El 25 de mayo resultó ser un revulsivo para la clase política instituida que ha producido, o deberá producir, ciertos vómitos purgativos en el PSOE y, aunque por ahora aguanten las arcadas, en el PP. Los votantes mostraron su hartazgo dando un varapalo histórico a la actual forma de hacer política y a los perpetuos hacedores de la misma.
Los progresistas, tradicionalmente dispersos alrededor del hemisferio izquierdo del centro político, y los conservadores, convenientemente apelotonados en el derecho, representados en su mayoría por un bipartidismo que se disputa los etéreos espacios fronterizos de esa zona nuclear del espectro político, han notado como se han sacudido los cimientos de unas bases electorales que están cansadas de la política de lo sutil, profesionalizada y sin identidad social, que permite que políticos y “servidores públicos” sin escrúpulos medren mientras en tejido social se hunde.
El Partido Popular, en el poder, quizá por ello, aguanta mejor la sacudida, pero sus grietas cada vez son más anchas y, más pronto que tarde, deberán abordar cambios que les hagan recuperar la confianza, so pena de desmembrar la compacidad del “frente conservador” convenido trás el congreso refundacional de la Alianza Popular.
El Partido Socialista ha iniciado un proceso para limpiar los cascotes y ofrecer un PSOE remozado que resulte atractivo a la izquierda social del país, sin querer perder de vista esos espacios fronterizos que, tanto estos como aquellos, consideran granero de votos que luego gestionan cual si de cheque en blanco se tratara.
La fórmula adoptada se pasea por el alambre queriendo equilibrar el anquilosamiento estatutario aparatual con la necesidad palmaría de cambio y es, qué duda cabe, innovadora pero un tanto improvisada, efectista pero acaso por ello no efectiva y, a mi entender, de consecuencias más o menos impredecibles, según la propia evolución del proceso y del calado que se quiera imprimir al mismo. Dicho de otra forma, el principal partido de la oposición se ha metido en un huerto del que veremos a ver cómo y cuando sale.
Cuatro socialistas aspiraban a liderar el nuevo tiempo del viejo PSOE: Eduardo Madina, Pedro Sánchez, Pérez Tapia y Alberto Sotillos.
El requisito estatutario de los avales dejó a este último, acaso el más díscolo, en la cuneta con una mochila de más de cinco mil avales que le autorizan a conformar corriente a la izquierda de la "izquierda", que ya veremos que da de sí.
Las empatías, solapadas en una pulcra imparcialidad oficial, tentarán a quienes llevan años haciendo valer su peso en el aparato; la necesidad de cambios adaptativos quizás les suponga un esfuerzo ímprobo al que no estén dispuestos, o sean incapaces de realizar. La dimisión diferida del actual secretario general, el caudal de avales de unos y otros, su distribución geográfica, ya hace presentir sutiles toqueteos y tomas de posiciones. ¿Dejará la élite dirigente del PSOE que el proceso se mueva por sí mismo? Se verá.
El domingo 13 se ofrece a doscientos mil militantes el poder “opinar” respecto de los tres candidatos formalmente avalados en una consulta presidencialista en la que no conocerán el equipo colegiado que conformará la ejecutiva, que se reserva para los delegados al congreso del 26 y 27 (viejas prácticas de pasillo); ni sobre qué modelo de partido se escribirá; ni tan siquiera sobre el plan que se ofrecerá para recuperar la confianza de unos votantes desencantados, cuando no asqueados, que empiezan a reunirse en torno al discurso, más cercano, de un Pablo Iglesias de mentirijillas que se erige en el cuarto candidato para liderar no el PSOE fundado por su homónimo, pero si ese cuerpo social harto ya de arteras maniobras que hacen perder la entidad política y la identidad social de las organizaciones que dicen representarlos.
Ojalá el PSOE, con este proceso, haga camino al andar y sea capaz de recomponerse de una forma creíble.
Círculo vicioso
F. Sánchez
10/07/2014

No hay comentarios:
Publicar un comentario