domingo, 15 de marzo de 2026

Traficantes de odio

​​A veces me paro a pensar en el ábaco. Aquel armatoste de madera donde el pensamiento era el motor y la herramienta solo una extensión de nuestra voluntad. Hoy, esa sencillez parece un sueño lejano. Estamos en la era del "engendro" digital, donde ya no usamos la tecnología; ella nos usa a nosotros como combustible para un negocio oscuro: el tráfico de odio.

​En este escenario, hay que observar con atención lo que está ocurriendo en España. Iniciativas como HODIO, o los intentos previos por limitar el acceso de los menores a contenidos nocivos, no deben leerse como simples maniobras administrativas, sino como un intento de poner orden en un territorio sin ley. Es una actitud que busca reducir ese tráfico insano de crispación que nos está envenenando la convivencia.

​Sin embargo, intentar poner límites a los traficantes de odio tiene un precio. Esta postura le está granjeando al Gobierno enemigos de un calibre y una ubicación geográfica tan dispar como significativa. Por un lado, el libertarismo radical de Elon Musk desde Silicon Valley; por otro, la opacidad de Nikolái Dúrov y su Telegram. Gigantes que ven en cualquier intento de regulación una amenaza a su modelo de negocio, ese que se disfraza de "libertad de expresión" pero que en realidad es "libertad de facturación" a costa de nuestra paz.

​Es la hipocresía de los sepulcros blanqueados. Estas plataformas son capaces de censurar con una moralidad puritana un cuadro renacentista o un pecho materno, tachándolos de inapropiados, mientras protegen la bilis y el insulto porque mantienen los servidores echando humo y el contador de beneficios en marcha.

​El reto es colosal. Dicen que el cerebro humano no es más que un ordenador biológico, y si seguimos permitiendo que estos algoritmos —que premian la furia sobre la razón— nos programen el día a día, el "sorpaso" será inevitable. Nuestros destinos se separarán: la IA hacia una eficiencia gélida y nosotros hacia una sociedad fracturada y dependiente.

​Lo que se busca con estos intentos de regulación, más allá de las siglas, es algo tan básico como olvidado: más amor, más respeto y más tolerancia. Menos "ruido" y más humanidad. Es una batalla de David contra Goliat, donde los dueños de los datos no están dispuestos a ceder ni un milímetro de su poder sobre nuestra atención.

​La mayoría de los usuarios, analfabetos como yo de este lenguaje binario, consumen redes con la pasividad de quien mira una vieja televisión, sin darse cuenta de que el mando a distancia lo tiene alguien al otro lado del océano que comercia con su indignación. Yo prefiero aferrarme a la curiosidad. A la curiosidad de ver si seremos capaces de recuperar el control de nuestra propia mente antes de que los traficantes de odio la alienen con la bilis del odio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario