Las elecciones europeas han marcado un antes y un después en la política española que se quiere sombrear a fuerza de poner el foco en el derrumbe del partido socialista, y en la dispersión del voto de izquierda, haciendo desapercibidas las consecuencias que han tenido estos comicios en las filas populares, que han visto como un importante puñado de sus fieles votantes, en el mejor de los casos, se ha abstenido de otorgarles confianza para ayudar a políticas europeas continuistas. Se habla de la caída del bipartidismo distrayendo la atención del análisis y diagnóstico social.
Dramática ha sido la caída de confianza en los socialistas, provocando la mayor crisis interna de la historia de un partido que, llevando más de dos años sin gobernar, no ha sido capaz de desembarazarse de la responsabilidad que se le atribuye en una crisis de contexto global que no provocaron, pero que quisieron silenciar. Bien es cierto que (la crisis global) tampoco fue provocada por el partido que gobierna, pero las medidas fiscales, económicas y legislativas implantadas han producido la mayor desigualdad social, laboral y económica que se recuerda, recalcitrándola y despojando a los españoles (en general) de derechos sociales y laborales y queriéndolos enmudecer.
Medidas ideológicas recubiertas de un falso pragmatismo han propiciado una devaluación laboral sin precedentes en la que el desempleo se ha reproducido hasta alcanzar tasas inéditas, creando un medio de cultivo que ha hecho crecer unos índices de pobreza impropios de la coalición euro, así como una espantosa percepción de la corrupción y de la injusticia social como principales elementos conformadores de la actual democracia española. Ello ha dado lugar, no solo una ingente marea de desesperanza; han hecho germinar en los ciudadanos el hastío y la repugnancia hacia la clase política elitista, provocando un grito social, cada vez más silenciado pero menos silencioso, que pocos quieren escuchar.
El aparato socialista no ha querido o podido ver que estaba pasando o prefirió esperar, en detrimento democrático, a que el desgate situara a los conservadores por debajo suyo en lugar de establecer la oposición proactiva que clamaba un pueblo situado en la parte izquierda del espectro. No aspiró a ganar y se acomodó, esperando que la simple alternancia les aupara en el ranking, sin caer en la cuenta que, con ello, perdía identidad y entidad al tiempo que ligaba su perfil al del partido popular.
La desesperanza es peligrosa como aditivo social por lo que de manipulable tiene a través de la demagogia, pero la desesperación que trae el constatar dicha manipulación es aún peor.
Ahora el aparato socialista quiere regenerar la ilusión electoral con cambios que el tiempo dirá si son de fondo, o solo de forma. Ahora la cúpula gobernante, consciente de su menos visible pero cierta caída, se reúne en secreto retiro espiritual toledano para establecer medidas paliativas (ellos pueden, aquellos menos) que engatusen a los votantes con arteras benevolencias fiscales, acaso sociales o hasta laborales. Ahora todo valdrá ahora para conformar un cuerpo electoral que les permita, a unos y a otros, sin cambiar lo sustancial, mantener apuntalado un sistema que se cae a pedazos.
No confundo sin intención los términos del aforismo cuando digo que no hay peor ciego que el que no quiere oír, peor sordo que el que no quiere ver, ni mayor mudo que el que se deja callar, porque si peor desgracia hay que perder un sentido, es renunciar a alguno de los otros cinco.
F. Sánchez
18/06/2014

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