En 1953, los habitantes de Villar del Río se vistieron de gala y ensayaron coplas para recibir a unos americanos que nunca bajaron del coche. Hoy, en pleno 2026, España parece haber desempolvado los sombreros cordobeses para recibir a un nuevo visitante. El convoy ya está aquí, pero no trae el Plan Marshall; trae la receta del caos. Bienvenido, Mr. Donald.
El Alcalde, el Conserje y el "Cowboy"
En nuestro particular Villar del Río moderno, los papeles han cambiado. El Alcalde entusiasta es ahora Abascal, que ha ensayado el discurso de bienvenida en los grandes foros de la ultraderecha como la CPAC, convencido de que este Cowboy americano es el sheriff que necesitamos para "limpiar" el pueblo.
A su lado, encontramos a un Feijóo que ejerce de conserje de la extrema derecha. Navegando entre dos aguas, se encarga de barrer el portal y tener las llaves listas por si el "Cowboy" decide quedarse, intentando que no se le note demasiado que, en el fondo, solo está preparando el terreno para los que vienen con las espuelas puestas.
Un avance al pasado
Lo que nos proponen estos líderes no es una evolución, sino un avance al pasado. Bajo la promesa de "recuperar" una grandeza perdida, nos arrastran de vuelta a dinámicas que creíamos superadas. Como analizaba recientemente Público sobre la multiplicación de los clones de Trump en América Latina, este retroceso disfrazado de vanguardia solo busca alimentar la ignorancia de una masa de figurantes que no ve que el decorado es de cartón piedra.
La masa de figurantes y el ruido
La polarización afectiva ha hecho el resto. Los vecinos de este Villar del Río moderno ya no debaten; se lanzan piedras digitales mientras esperan que los bulos sobre las instituciones se conviertan en verdades por puro agotamiento mediático. Es el triunfo de la víscera sobre el dato.
El final de la función
En la película de Berlanga, los americanos pasaban de largo. Con este Mr. Donald, el riesgo es que el vaquero decida que España es su nuevo rancho. Si no adoptamos recetas de espíritu crítico, acabaremos siendo ese pueblo que hipotecó su futuro a cambio de un desfile de cinco minutos y un eslogan en mayúsculas.
Cuidado con lo que gritamos al paso del coche, no vaya a ser que mientras celebramos ese avance al pasado, el "conserje" nos cierre la puerta por fuera y el "Alcalde" nos deje a merced de un vaquero que no respeta nuestras leyes.
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