El ecosistema político actual se ha convertido en un campo de minas donde la verdad es la primera baja. Lo que estamos viendo con la cacería ultra contra Sarah Santaolalla no es un hecho aislado, sino el modus operandi de una derecha que ha decidido que, si no puede ganar el debate, debe destruir al analista.
Esta estrategia de "tierra quemada" tiene nombres y apellidos. Se activa cada vez que un profesional se atreve a ejercer de "notario de la realidad". Lo sufrió Silvia Intxaurrondo tras desmontar en directo las mentiras de Feijóo, un ejercicio de periodismo que la derecha nunca le ha perdonado. Lo vive a diario Javier Ruiz cuando utiliza sus datos para desmentir los bulos económicos que la caverna mediática intenta inocular en la opinión pública.
El patrón es siempre el mismo:
- El ataque desde la tribuna: Un dirigente, a menudo con el tono bronco de Miguel Tellado, lanza la acusación personal y el señalamiento.
- La caballería de bots: Miles de cuentas fantasma y perfiles robotizados amplifican el insulto para convertirlo en tendencia.
- El cutis fino: En cuanto se les señala su falta de ética, se envuelven en la bandera de la libertad de expresión para camuflar su cara muy dura.
Es imperativo legislar para que las redes sociales dejen de ser un escondite de pago. Necesitamos una regulación que impida el anonimato de las granjas de bots y que obligue a las plataformas a responder por la difamación que consienten. Porque mientras la mentira viaja en fibra óptica, la verdad sigue intentando ponerse las botas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario