lunes, 12 de enero de 2026

Gobernar sin permiso

Por: F. Sánchez | 12 de enero de 2026

​A Pedro Sánchez se le pueden achacar muchas cosas, pero hay un hecho que define su era: es el primer líder que se atrevió a gobernar sin pedir permiso. No pidió permiso al aparato de su partido cuando fue defenestrado en 2016; no pidió permiso a los "jarrones chinos" para cambiar las alianzas históricas del PSOE; y no pide permiso a una derecha que ha decidido que cualquier gobierno que no sea el suyo es ilegítimo.

​Sin embargo, este "gobernar sin permiso" no es solo una actitud personal; es la respuesta inevitable a un sistema bloqueado.

​El fin de la tutela de los mayores

​Es asombroso escuchar a Felipe González o Alfonso Guerra hablar con esa nostalgia de quien cree que el tiempo se detuvo en los años 90. Con la vasta experiencia que atesoran, sorprende que no vean lo que cualquier ciudadano percibe con claridad: que la fragmentación que hoy nos gobierna es el efecto colateral de su propia "obra maestra".

​La Transición dejó demasiadas asignaturas pendientes y un modelo territorial inacabado que el bipartidismo ocultó mientras pudo. Ellos diseñaron el tablero, pero ahora se quejan de que los jugadores actuales no siguen sus viejas reglas. Lo que les duele no es solo el "qué" se pacta, sino que se haga sin su bendición.

​La orografía de la necesidad y la herida del PP

​La derecha se lleva las manos a la cabeza, pero su estrategia de confrontación total ha dinamitado cualquier puente. A esta cerrazón se suma un factor emocional determinante: el PP nunca ha perdonado que un aguerrido Pedro Sánchez armase aquella moción de censura que los desalojó de la Moncl

oa.

​Para la derecha, que el PSOE utilizase una sentencia histórica sobre la corrupción del partido para arrebatarles el poder fue un golpe que aún no han digerido. Desde entonces, su estrategia no ha sido la de alternancia democrática, sino la de una revancha permanente. Cuando el principal partido de la oposición renuncia a ser un socio de Estado para convertirse en un muro de contención, empuja inevitablemente al Gobierno a buscar apoyos en la periferia. No es que se prefiera el equilibrio sobre el alambre; es que la orografía política actual no ofrece otra ruta.

​Un mañana hipotecado

​El problema es que, mientras unos ignoran la realidad y otros la sabotean, la visión de Estado ha desaparecido. Ya no hay arquitectos con altura de miras, solo supervivientes y estrategas del corto plazo. Cada día que pasa sin que seamos capaces de reformar el motor de nuestro sistema, la "transición de la transición" se vuelve más difícil. Estamos consumiendo el capital institucional de España en peleas de trinchera.

​Gobernar sin permiso ha sido la solución para sobrevivir al hoy, pero sin una mínima altura de miras y un pacto que incluya a la derecha —que hoy por hoy no se ve posible por esa propia derecha—, el mañana de España se parece demasiado a un callejón sin salida.

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