Señor Feijóo,
Me dirijo a usted apelando a su actual cargo institucional como Presidente Frustrado. No le llamo líder de la oposición, ni siquiera líder del PP, porque en ambos espacios es usted reiteradamente cuestionado por propios y extraños. Habita usted un "no lugar" político: ni manda en el país, ni termina de mandar en su partido.
Usted es un hombre atrapado en el trauma de haber perdido ganando. Pero lo grave es que, en su despecho, ha decidido que su venganza sea intentar ganar perdiéndonos a todos por el camino.
La sombra de Madrid y el pánico al relevo
No nos engañemos: su "No" a las medidas sociales no nace de una convicción ideológica, sino de su propia debilidad. Usted siente constantemente el aliento de Madrid en su cogote. Vive con el temor de que, al menor gesto de sentido de Estado o de pacto con el Gobierno, quienes realmente manejan los hilos desde la capital le corten la cabeza. Esa presión interna le obliga a sobreactuar, a flirtear con un "soldadito de plomo" que el unico uniforme que vistió seria el de su primera comunión, y a adoptar el tono de odio que llega desde Waterloo.
¿Cómo explica usted, precisamente usted, a los millones de afectados que su bloqueo es por "higiene democrática"? ¿No entiende que en la España de hoy la legitimidad emana de la capacidad de pactar? Su piel, acostumbrada al "microclima" gallego, no cicatriza la herida, producida en su orgullo por, siendo el partido más votado, ser incapaz de articular una mayoría de confianza para gobernar. Su fracaso, su destino, es su soledad.
Usted castiga a la sociedad qie le votó, y a la que no, bloqueando el escudo social para que el Gobierno no pueda respirar, y nosotros, sumidos en esta idiocracia colectiva, parecemos preferir el espectáculo del conflicto, del bulo y de las supuestas "noticias de teletipo" a las aburridas explicaciones de la gestión real.
Sr. Feijóo: gobernar —o intentar hacerlo— desde el rencor y el miedo a los propios barones es la forma más baja de hacer política. Si algún día supera su trauma, reconoce la legitimidad democrática y constitucional de las mayorías parlamentarias para conformar gobierno, quizá descubra que España es mucho más que su despacho de la calle Génova o el palacete de la Moncloa.
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