El oráculo de “Demos” ha hablado. Ahora los sacerdotes y
sacerdotisas interpretaran que cosa hemos querido decir con nuestros votos y,
en un lenguaje críptico y enigmático, repleto de simbolismos y grafismos que
creen de su exclusivo alcance intelectual, convencernos que Demos les ha
sonreído y que eso les permite seguir ejerciendo de curia, a lo mejor cambiando
las cosas sí, pero a lo peor tan poquito que todo permanecerá igual.
Unos, con sus togas azules. Esos que, con mentiras y falsas
promesas, manipularon la confianza mayoritaria para, a costa del bienestar
social, engordar grasientas panzas, están contentos porque, a pesar del importante
varapalo recibido, han ganado las elecciones gracias a incondicionales acólitos
que creen y hacen creer que los Gürteles, Púnicas, Bárcenas, …, son una patraña
de los rojos y de la canalla para desacreditarles en su particular cruzada. En su
moderno despotismo obvian la escandalosa inmoralidad que supone el
enriquecimiento corrupto de decenas y decenas de cargos públicos (y acaso de la
propia organización) mientras, incapaz de verse frenado por el empleo basura,
el paro galopa desbocado por un territorio en el que la pobreza se ceba con los
más débiles de forma vergonzante.
Los rosados, representantes tradicionales de la
socialdemocracia moderna, también están contentos porque, ahora sí, el país regresa
a la izquierda (más fragmentada y desorientada que nunca) y no al populismo de antes de ayer, y van a recuperar
presencia y poder institucional; Obvian sin embargo que ha sido por pura relatividad
democrática que el hastío social se haya cebado más en los otros que en ellos
mismos, construyendo la paradoja de más poder con peor resultado; Obvian
también los porqués de no recuperar la confianza perdida: construyeron un
aparato político tan mastodóntico, con una piel tan dura que era insensible al dolor y al lamento social de quienes sufren y se indignan; tan enmoquetado que les
llevó a perder la calle, el contacto con la realidad y las necesidades de la
gente llana; tan amarfilado que olvidaron que estaban por y para la base social
que, otrora, les llevó regir y legislar los grandes avances sociales; obvian
que, en mayor o menor medida, se abandonaron al hedonismo del poder y dejaron
que el marco de la economía capitalista
en que debían librarse la lucha por la justicia social, la dignidad humana y el
desarrollo democrático, se estrechara cada día más y acabara constriñendo valores ideológicos irrenunciables en favor de los señores del dinero y de la globalización.
Los dogmáticos, rojos de programa donde los haya (¿),precursores
de la utópica unidad de la izquierda
española, también dan muestras de felicidad pues seguramente esperaban más
jirones de los producidos y sobrepasar el 5% tranquiliza de cara a los comicios
generales; obvian, no obstante, antinaturales conductas no explicitadas ni por el
programa ni por el sentido común que propiciarán que una copia nacida de un romántico
discurso que nunca supieron llevar a la práctica acabe fagocitándoles. Un lujo
que, en mi opinión, la democracia de este país no debería permitirse.
Y luego, patrimonializando las mareas de indignación social,
llegan, no se sabe muy bien si de componente este u oeste, unas corrientes de “aire fresco” que remueve
el enrarecido ambiente creado por años de tradicionalismo democrático, gestado por
la artrosis que produce en los partidos el acomodo en las alternancias del poder
y el mantenimiento de políticas económicas de corte noroccidental y que, en
alguna medida, servirá para hacer más respirable el olor a cerrado que ha producido una
clase política , apalancada, acomodada y auto-protegida cuya pervivencia
como tal depende de la atrofia de una democracia interactiva y que también servirá (espero),
para renovar esos “partidos viejos” sin renunciar a su bagaje ideológico.
Estos que emergen de la indignación social, a pesar de tener orígenes y objetivos distintos, tienen
en común la estrategia anti-bipartidista y bañarse en una rentable ambigüedad ideológica.
Los de color naranja, al igual que los clásicos, están felices
pues se convierten en gozne sobre el que girará la política en muchas instituciones
y les permitirá, al no ser opción de gobierno, mantener el purismo y llegar a
las generales con los zapatos limpios; obvian que en realidad son la reedición de
una nueva derecha, de tacto suave que, para añadir más confusión, se mercantiliza
en el centro izquierda (¡!) al autodefinirse como constitucionalista, postnacionalista
y progresista y que, nacidos en la oposición al nacionalismo catalán, se ha
extendido como contrapeso ciudadano a los círculos ciudadanos.
Por ultimo estos círculos ciudadanos que han irrumpido con
fuerza en el mapa político, no podía hacer menos que mostrar su legitima exultación
poselectoral por unos resultado que, si bien son menores a las expectativas (sabiduría
del pueblo), son espectaculares; obvian el desasosiego que les produce tales
resultados, pues han sido tan buenos que, a pesar de haber preservado la marca
matriz en la experiencia municipal, les dificultará llegar inmaculados al otoño,
y no han sido lo bastante buenos como para alcanzar una cota de poder institucional que les garantizase, desde ya, su entrada en los
bancos azules.
Y, … estando todos tan felices,… ¿Quién soy yo para poner el acento en
que la indignación social y la oferta política, la vieja y nueva, la nueva y vieja, solo ha
motivado el voto de dos de cada tres, como siempre? ¿Quién soy yo para no dejar
a un lado la preocupación que me produce que la nueva arquitectura política no clave
sus cimientos sobre bases ideológicas y sí sobre un descontento social que
durará lo que dure la crisis? ¿Quién me he creído que soy para lamentar que no
haya sido el socialismo democrático el que se haya puesto al frente del
descontento social para erigirse en una oposición eficaz a barbarie neoliberal?
¿Quién soy para no sentirme atraído por la romántica visión de un arco iris político
idílico, de bellos colores en el cual los acuerdos y pactos marcaran un nuevo
tiempo político de prosperidad y bienestar social? ¿Acaso la falta de autocritica de los prelados me hace sospechar de la honestidad de sus palabras? ¿Pero por qué me he creído
que puedo mostrarme escéptico en que la
mezcla cromática de morados, naranjas, rojos, rosados y azules sea capaz de dar
origen una tonalidad distinta al negro?
¿Pero quién soy yo para no abrazar el incorpóreo arco iris que aparece después de la tormenta?
Francisco
Sánchez
26/mayo/2015
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