martes, 26 de mayo de 2015

Abracemos el Arco Iris


El oráculo de “Demos” ha hablado. Ahora los sacerdotes y sacerdotisas interpretaran que cosa hemos querido decir con nuestros votos y, en un lenguaje críptico y enigmático, repleto de simbolismos y grafismos que creen de su exclusivo alcance intelectual, convencernos que Demos les ha sonreído y que eso les permite seguir ejerciendo de curia, a lo mejor cambiando las cosas sí, pero a lo peor tan poquito que todo permanecerá igual.

Unos, con sus togas azules. Esos que, con mentiras y falsas promesas, manipularon la confianza mayoritaria para, a costa del bienestar social, engordar grasientas panzas, están contentos porque, a pesar del importante varapalo recibido, han ganado las elecciones gracias a incondicionales acólitos que creen y hacen creer que los Gürteles, Púnicas, Bárcenas, …, son una patraña de los rojos y de la canalla para desacreditarles en su particular cruzada. En su moderno despotismo obvian la escandalosa inmoralidad que supone el enriquecimiento corrupto de decenas y decenas de cargos públicos (y acaso de la propia organización) mientras, incapaz de verse frenado por el empleo basura, el paro galopa desbocado por un territorio en el que la pobreza se ceba con los más débiles de forma vergonzante.

Los rosados, representantes tradicionales de la socialdemocracia moderna, también están contentos porque, ahora sí, el país regresa a la izquierda (más fragmentada y desorientada que nunca) y no al populismo de antes de ayer, y van a recuperar presencia y poder institucional; Obvian sin embargo que ha sido por pura relatividad democrática que el hastío social se haya cebado más en los otros que en ellos mismos, construyendo la paradoja de más poder con peor resultado; Obvian también los porqués de no recuperar la confianza perdida: construyeron un aparato político tan mastodóntico, con una piel tan dura que era insensible al dolor y al lamento social de quienes sufren y se indignan; tan enmoquetado que les llevó a perder la calle, el contacto con la realidad y las necesidades de la gente llana; tan amarfilado que olvidaron que estaban por y para la base social que, otrora, les llevó regir y legislar los grandes avances sociales; obvian que, en mayor o menor medida, se abandonaron al hedonismo del poder y dejaron que  el marco de la economía capitalista en que debían librarse la lucha por la justicia social, la dignidad humana y el desarrollo democrático, se estrechara cada día más y acabara constriñendo valores ideológicos  irrenunciables en favor de los señores del dinero y de la globalización.

Los dogmáticos, rojos de programa donde los haya (¿),precursores de la utópica unidad de la  izquierda española, también dan muestras de felicidad pues seguramente esperaban más jirones de los producidos y sobrepasar el 5% tranquiliza de cara a los comicios generales; obvian, no obstante, antinaturales conductas no explicitadas ni por el programa ni por el sentido común que propiciarán que una copia nacida de un romántico discurso que nunca supieron llevar a la práctica acabe fagocitándoles. Un lujo que, en mi opinión, la democracia de este país no debería permitirse.

Y luego, patrimonializando las mareas de indignación social, llegan, no se sabe muy bien si de componente este u oeste,  unas corrientes de “aire fresco” que remueve el enrarecido ambiente creado por años de tradicionalismo democrático, gestado por la artrosis que produce en los partidos el acomodo en las alternancias del poder y el mantenimiento de políticas económicas de corte noroccidental y que, en alguna medida, servirá para hacer más respirable el olor a cerrado que ha producido una clase política , apalancada, acomodada y auto-protegida cuya pervivencia como tal depende de la atrofia de una democracia interactiva y que también servirá (espero), para renovar esos “partidos viejos” sin renunciar a su bagaje ideológico.

Estos que emergen de la indignación social, a  pesar de tener orígenes y objetivos distintos, tienen en común la estrategia anti-bipartidista y bañarse en una rentable ambigüedad ideológica.

Los de color naranja, al igual que los clásicos, están felices pues se convierten en gozne sobre el que girará la política en muchas instituciones y les permitirá, al no ser opción de gobierno, mantener el purismo y llegar a las generales con los zapatos limpios; obvian que en realidad son la reedición de una nueva derecha, de tacto suave que, para añadir más confusión, se mercantiliza en el centro izquierda (¡!) al autodefinirse como constitucionalista, postnacionalista y progresista y que, nacidos en la oposición al nacionalismo catalán, se ha extendido como contrapeso ciudadano a los círculos ciudadanos.

Por ultimo estos círculos ciudadanos que han irrumpido con fuerza en el mapa político, no podía hacer menos que mostrar su legitima exultación poselectoral por unos resultado que, si bien son menores a las expectativas (sabiduría del pueblo), son espectaculares; obvian el desasosiego que les produce tales resultados, pues han sido tan buenos que, a pesar de haber preservado la marca matriz en la experiencia municipal, les dificultará llegar inmaculados al otoño, y no han sido lo bastante buenos como para alcanzar una cota de poder institucional que les garantizase, desde ya, su entrada en los bancos azules.

Y, … estando todos tan felices,… ¿Quién soy yo para poner el acento en que la indignación social y la oferta política, la vieja y nueva, la nueva y vieja, solo ha motivado el voto de dos de cada tres, como siempre? ¿Quién soy yo para no dejar a un lado la preocupación que me produce que la nueva arquitectura política no clave sus cimientos sobre bases ideológicas y sí sobre un descontento social que durará lo que dure la crisis? ¿Quién me he creído que soy para lamentar que no haya sido el socialismo democrático el que se haya puesto al frente del descontento social para erigirse en una oposición eficaz a barbarie neoliberal? ¿Quién soy para no sentirme atraído por la romántica visión de un arco iris político idílico, de bellos colores en el cual los acuerdos y pactos marcaran un nuevo tiempo político de prosperidad y bienestar social? ¿Acaso la falta de autocritica de los prelados me hace sospechar de la honestidad de sus palabras? ¿Pero por qué me he creído que  puedo mostrarme escéptico en que la mezcla cromática de morados, naranjas, rojos, rosados y azules sea capaz de dar origen una tonalidad distinta al negro?

¿Pero quién soy yo para no abrazar el incorpóreo arco iris que aparece después de la tormenta?

 

Francisco Sánchez
26/mayo/2015

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