El panorama digital español se ha convertido en un tablero de ajedrez donde los peones somos nosotros y, lamentablemente, nuestros hijos. El Gobierno ha lanzado su última ofensiva: prohibir por ley las redes sociales a los menores de 16 años. Una medida que medios como El País analizan desde la psicología y Computing.es desde la viabilidad técnica, pero que esconde una realidad mucho más cruda de la que pocos se atreven a hablar.
Estamos asistiendo a un choque de titanes sin precedentes. Por un lado, tenemos a los villanos oficiales para el Ejecutivo: Elon Musk y Pavel Durov. El dueño de X no ha dudado en llamar al presidente "tirano" y "traidor", mientras que el fundador de Telegram lanza mensajes a sus usuarios alertando sobre el fin de las libertades.
Seamos claros: las redes sociales son hoy un terreno peligroso. Son el laboratorio perfecto para los bulos, las mentiras y los escraches coordinados. Los bots ya no son ciencia ficción; son herramientas diseñadas para dar golpes de timón a la opinión pública de un país entero a golpe de clic. Pero, ¿es la protección del menor el fin real o solo la excusa perfecta para intervenir el flujo de información?
Resulta, cuanto menos, curioso el baile de alianzas. Mientras Sánchez se bate en duelo dialéctico con Musk —diciendo aquello de que "la democracia no se rinde ante los señores del algoritmo"—, viaja a Nueva York para ser premiado por la Fundación Gates.
Parece que hay algoritmos "malos" (los que no se dejan controlar) y algoritmos "buenos" (los que se alinean con la Agenda 2030). Se nos vende la protección de la infancia mientras se acelera la implantación de una identidad digital global bendecida por fundaciones que poco tienen que ver con la soberanía de los pueblos.
Sin embargo, el factor clave no está en Silicon Valley ni en La Moncloa. Está en el sofá de nuestras casas. Por verdadera comodidad, muchos padres han dimitido de sus funciones. Es más fácil entregarle un smartphone a un chaval de 14 años para que no moleste que educarlo en el espíritu crítico o vigilar en qué ciénaga digital se está metiendo.
La seguridad de un hijo no se garantiza con una ley de prohibición si en casa no hay una mínima responsabilidad. Si el Estado tiene que hacer de padre, es porque los padres han decidido que es más cómodo ser amigos (o desconocidos) de sus hijos que educadores.
Estamos ante un cambio de era. Se justifica el control social bajo la bandera de la salud mental, mientras los grandes poderes se reparten medallas y gestionan nuestra atención. Muchos critican, muchos se indignan, pero el guion parece estar escrito en despachos muy lejanos.
Muchos ladran desde sus teclados, muchos se quejan en las redes... pero el rumbo está marcado.
Ladran, Sánchez, luego cabalgas.
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