En este inicio de 2026, el tablero internacional nos está dejando una imagen para la posteridad. Un enfrentamiento que va mucho más allá de lo político y que se adentra en el terreno de la ética de nuestra especie. Por un lado, el eje Musk-Trump; por otro, la resistencia de un modelo social que en España —y por extensión en Europa— encarna Pedro Sánchez.
Para entender dónde estamos, es obligatorio mirar atrás. Hubo un tiempo en que otro trío ocupaba el tablero: Aznar, Bush y Blair. En aquella infame foto de las Azores, el papel de España fue el de la "pelotilla", el del acompañante que buscaba una palmada en la espalda a cambio de hipotecar nuestra soberanía y nuestra ética en una guerra basada en mentiras. Era el seguidismo del alumno que busca la aprobación del matón de la clase.
Hoy, la historia se repite pero con una diferencia fundamental: el criterio. Sánchez no ha buscado la foto de cortesía con el nuevo eje de poder estadounidense. Al contrario, se ha convertido en el "antígeno" de un sistema que Musk y Trump pretenden imponer a escala global. Si Musk ataca con saña, llamando "tirano" al presidente español, no es por el tamaño de nuestro país, sino porque le irrita que un líder se atreva a decirle "no" en nombre de la ley.
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Como especie, nos comportamos de manera inquietantemente similar a las levaduras en un caldo de cultivo. Cuando el medio es apropiado, crecemos desmedidamente, transformando el entorno y desprendiendo residuos. La levadura produce alcohol hasta que la concentración es tan alta que acaba por destruirla.
La humanidad está haciendo lo mismo con la tecnología:
El alcohol de nuestro tiempo: Son los algoritmos sin control, la polarización extrema y el abandono de nuestros menores en el vertedero digital de las redes sociales.
La obsesión de Musk por Marte no es una solución, es una huida. Es buscar un nuevo tubo de ensayo porque el nuestro está empezando a ser tóxico. Pero, como bien dice la frase de Sánchez: "Marte puede esperar, la humanidad no". No sirve de nada conquistar las estrellas si en el camino nos hemos intoxicado hasta dejar de ser humanos.
Lo que más escuece en el búnker tecnológico de Musk no es solo que se pongan reglas al juego, sino que se haga mientras España presenta unos resultados económicos que desmontan el dogma ciber-libertario.
Resulta que se puede proteger al trabajador, regular el algoritmo y poner límites a las Big Tech sin que la economía se hunda. Al contrario: España lidera el crecimiento y la creación de empleo en una Europa que busca su brújula. Para el eje Musk-Trump, este es el escenario más peligroso de todos: la prueba viviente de que el progreso social es el motor de la eficiencia económica, y no su freno.
Debemos considerar nuestro planeta como un organismo vivo, como Gaia. Un sistema dinámico que aguanta agresiones hasta que, para sanar, reacciona eliminando al agente tóxico. La evolución tecnológica es imparable, pero si no va de la mano de una evolución social y una conciencia ética, será nuestra propia sentencia de muerte.
La verdadera batalla de 2026 no es entre izquierda o derecha, sino entre el imperialismo económico-tecnológico que quiere tratarnos como datos y la democracia social que nos trata como personas.
Hoy, España no es la "pelotilla" de nadie. Es el adulto en la sala recordando que el progreso sin conciencia es solo un viaje más rápido hacia el abismo. Marte puede esperar; nosotros, aquí y ahora, no.
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