lunes, 2 de febrero de 2026

​Las Aventuras de Albertocho en la Comisión de Dignatarios



​Había una vez, en un taller de la calle Ruiz de Alarcón, en la capital del Reino, un viejo carpintero de bigote afilado y voz de mando llamado Giuseppe que decidió tallar su obra definitiva. Quería un mueble robusto, de esos que aguantan décadas en el salón del Palacio. Lo fabricó con madera de pino gallego, le dio un barniz de supuesta moderación y le puso por nombre "Albertocho".

​"Serás un Presidente de verdad", le prometió el carpintero, "siempre y cuando aprendas a manejar los hilos sin que se noten".

​Pero el muñeco de pino gallego no estaba solo. Siempre le seguía el Cerdito, un personaje zorrón, de gafas y lengua ácida que se encargaba de morder a cualquiera que se acercara demasiado al taller. El Cerdito zorrón convenció a Albertocho de que, si quería ser presidente, no necesitaba la verdad, sino un buen equipo de carpintería que ocultara las grietas con panfletos y pasquines.

​El problema es que Albertochoñ tenía un amigo en el este levantino que no compartía su aparente sobriedad. Este compañero, un títere de sonrisa fácil, piel bronceada y entregado al hedonismo, prefería las largas comidas en las tabernas, acompañado de hermosas féminas y buenos caldos, a la pesadez de vigilar los cielos del reino.

​El 29 de octubre, mientras el cielo se abrió sobre la Albufeta, el títere levantino estaba en su particular "Paraíso de Placeres", donde el tiempo parecía no correr. Mientras tanto, Albertocho, desde el taller central de Ruiz de Alarcón, empezó a ensayar su primera gran mentira para intentar salvar el honor del gremio y no comprometer sus aspiraciones.

​Hoy, ante la Gran Comisión de Dignatarios, el muñeco ha intentado su último truco bajo los consejos y la atenta mirada del Cerdito. Con la nariz creciendo a cada segundo hasta casi golpear el estrado, Albertocho ha mirado a los presentes y ha proclamado: "¡Estoy informado en tiempo real!".

​Acto seguido, con un gesto de madera indignada, ha clamado que la culpa de que el agua lo inundara todo sin avisar a nadie no era de quien estaba en el "Paraíso de Placeres", sino del Gran Visir —el "Perro Xanxe", como le llama entre crujidos de pino—, por no haber tenido la decencia de desplegar su paraguas sobre el virreinato levantino y salvarlos de su propia desidia. Según el relato de Albertocho, el Gran Visir debería haberle arrebatado los hilos al títere hedonista por la fuerza, rescatando al taller de sí mismo mientras su nronceado amigo, seguia, con su compañía, apurando los postres.

​El carpintero Giuseppe observa desde la distancia y empieza a pensar que su creación se ha convertido en un mueble de oficina difícil de encajar, ya casi un estorbo. Ya no luce en el salón principal; su estructura está llena de nudos de contradicciones y el barniz se ha podrido con el fango.

​Por eso, entre el humo de su puro, Giuseppe ha empezado a mirar hacia otro rincón del taller. Allí descansa una figura distinta, de metal frío y lengua afilada, a la que todos llaman Pepita Grillo. Ella no quiere salvar al muñeco; espera pacientemente a que Albertocho termine de astillarse para ocupar, por fin, el centro del escenario.

​Y mientras el muñeco sigue jurando ante los Dignatarios que "él siempre supo dónde estaba su amigo", la madera de su cara cruje. Es el sonido de un relato que nació seco y ha terminado por pudrirse en el agua.

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