Hay una figura silenciosa que gobierna España desde 2015, y no es de carne y hueso. Es un algoritmo. Lo llamaremos el Arquitecto D'Hondt. Este viejo sistema, diseñado para dar estabilidad, se ha convertido en el notario de nuestra decadencia, gestionando la desgana democrática y convirtiendo los restos de los votos en gobiernos de alquiler.
La realidad es testaruda: hoy nadie puede ganar solo. El PP ha descubierto que su éxito es su propia trampa. Gana votos, pero alimenta a una "bestia" a su derecha que, cuanto más crece, más lo encarcela en el rincón de los imposibles. Y el PSOE de Sánchez sobrevive no por convicción, sino por el pánico que genera ese mismo bloque. Es un círculo vicioso donde el país no avanza, solo se atrinchera.
La jugada suicida: El sacrificio de Feijóo
¿Y si el PP aceptara que, bajo las reglas actuales, Feijóo nunca será presidente? En un escenario de verdadera reconstrucción institucional, el mayor servicio de Feijóo no sería una investidura imposible con Vox, sino ofrecer su propio sacrificio. Plantarse ante Sánchez y decirle: "Aquí tienes mis votos para sacar a España del bloqueo y reformar las reglas del juego. Una vez hecho, nos vamos ambos. Yo me retiro, pero el país queda arreglado".
Sé que suena loco. Sánchez no lo aceptaría porque su supervivencia depende de que ese pacto sea impensable. Pero el valor de la jugada es obligarle a explicar por qué prefiere a sus socios actuales antes que una mano tendida de Estado. El desgaste de esa explicación sería el fin del "sanchismo".
El elefante en la habitación: Corrupción y Pasado
Pero hay una mina en el camino: el horizonte judicial. El PP arrastra una sombra que Sánchez usa como botón nuclear. Cada vez que Génova intenta levantar la cabeza, el eco de los sumarios le devuelve al barro. La corrupción es el cemento del muro: permite al PSOE decir que no pacta con la sospecha, justificando así cualquier otra alianza.
La única salida: Un Congreso "a calzón bajado"
Por eso, la solución no es un cambio de caras, sino una refundación radical. El PP necesita un congreso a calzón bajado. Una catarsis que no sea un cierre de filas, sino una ruptura.
Hay que zafarse de una vez de los tonos sepias. Dejar atrás la herencia del aznarismo más oscuro, el marianismo pasivo y, por encima de todo, cortar el cordón umbilical con el filofranquismo. Ya va siendo hora. Una derecha moderna y europea es aquella que no tiene miedo a su pasado porque ya lo ha condenado, y que no necesita agitar fantasmas para ganar votos.
Sin esa cirugía radical, el PP seguirá siendo un rehén. Seguirá alimentando a la bestia mientras espera que el hambre de esta se coma a su rival. Y mientras tanto, el Arquitecto D'Hondt seguirá diseñando una España donde nadie gana, todos perdemos, y la única que crece es la desidia.
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