martes, 20 de octubre de 2026

CONTRATO CON ESPAÑA… ¿O CONTRATO CON EL DIABLO?


Doce promesas, una firma solemne y una letra pequeña que quizá no conozcamos hasta después de las elecciones.

El Rincón de Kurro — 20 de octubre de 2026

Alberto Núñez Feijóo acaba de presentar solemnemente su «Contrato con España». Doce compromisos, cuatro páginas, una firma y una escenografía cuidadosamente preparada para transmitir seriedad, responsabilidad y confianza. No faltan las grandes palabras: regeneración democrática, unidad, prosperidad, esfuerzo, bienestar, respeto a las instituciones y amor a España.

Todo muy solemne. Todo muy patriótico. Y, permítanme decirlo, todo muy electoral.

Reconozco que lo primero que me ha llamado la atención no ha sido tanto el contenido como el nombre elegido. ¿Un contrato? ¿De verdad estamos ante un contrato?

Porque, hasta donde alcanza mi experiencia, los contratos contienen obligaciones suficientemente concretas, condiciones, plazos y consecuencias por incumplimiento. No todos establecen penalizaciones expresas, naturalmente, pero existen reglas que permiten exigir lo pactado o reclamar responsabilidades cuando una de las partes deja de cumplir.

Este, sin embargo, parece pertenecer a una categoría bastante singular: una parte lo firma, la otra debe confiar y, si lo prometido no se cumple, nadie puede exigir judicialmente su ejecución por el mero hecho de aquella firma.

Y aquí comienza mi primera reflexión.

No hay que imaginar que Feijóo nos invita a firmar su contrato. Ya nos está pidiendo que lo suscribamos con nuestro voto. Algunos ciudadanos lo harán, legítimamente, convencidos de que sus doce promesas representan el futuro que desean para España.

Feijóo ha puesto su firma sobre el papel. Sus electores pondrán la suya en las urnas.

Y es entonces cuando me viene a la memoria el viejo pacto literario con el diablo, aquel que se rubricaba con la propia sangre.

Naturalmente, hablo metafóricamente. Pero no me parece una imagen desacertada.

Porque cuando los ciudadanos depositamos nuestra confianza electoral no entregamos simplemente una papeleta. Ponemos en manos de quienes eventualmente nos gobernarán decisiones que afectan a nuestros salarios, nuestras pensiones, nuestra sanidad, la educación de nuestros hijos, nuestros derechos sociales y las condiciones de vida de las generaciones futuras.

Nos jugamos bastante más que una firma.

Y algunos suscribirán ese contrato convencidos, otros esperanzados y quizá no pocos sin haberse detenido a examinar suficientemente su letra pequeña.

Lo paradójico es que, mientras los ciudadanos asumiremos las consecuencias reales de las políticas que se apliquen, el firmante no establece en su documento ninguna penalización contractual por incumplirlas.

¿No tiene todo esto algo de lo que, en sentido figurado, podríamos llamar un contrato leonino?

Una parte asume las consecuencias. La otra conserva un amplio margen para interpretar sus compromisos.

Una entrega la confianza. La otra administra las condiciones.

Y si las cosas salen mal, siempre habrá una crisis, una dificultad presupuestaria, una coyuntura internacional imprevista o una herencia recibida que permita explicar por qué aquello que parecía irrenunciable ha dejado de ser posible.

Eso sin contar con que Feijóo ya tiene cierta experiencia en estas ceremonias.

En febrero de 2009 firmó otro documento muy parecido, entonces denominado «Contrato con Galicia». Aquel contenía catorce compromisos y también se presentó entre banderas, fotografías y promesas de rendición de cuentas. Incluso anunció que aspiraba a obtener una calificación no inferior a sobresaliente.

La realidad posterior fue bastante más discutida que la solemnidad de aquella ceremonia.

En 2016, el candidato socialista gallego Xoaquín Fernández Leiceaga denunció que doce de los catorce compromisos habían quedado incumplidos. Era, naturalmente, una valoración de la oposición y no una auditoría independiente. Tampoco sería justo ignorar que hubo medidas ejecutadas y circunstancias económicas extraordinarias que condicionaron los resultados.

Pero precisamente ahí reside el problema.

Entre aquellos compromisos figuraba convertir la lucha contra el desempleo en una máxima prioridad. Sin embargo, según el Instituto Gallego de Estadística, la tasa media de paro pasó del 12,4 % en 2009 al 20,5 % en 2012.

La crisis económica explica buena parte de aquel deterioro, pero no convierte automáticamente una prioridad proclamada en un objetivo alcanzado.

¿Se cumplió el contrato? ¿Se incumplió? ¿Quién realizó una evaluación independiente? ¿Qué consecuencias prácticas tuvo?

Y, sobre todo, ¿qué garantía adicional ofrece Feijóo ahora para que su nuevo documento sea algo más que aquel de 2009?

No pretendo negar la legitimidad de formular compromisos electorales. Todo lo contrario. Considero imprescindible que quien aspire a gobernar explique qué pretende hacer y se someta posteriormente al juicio de los ciudadanos.

Lo que me cuesta aceptar es que una colección de promesas, redactadas con suficiente amplitud como para admitir interpretaciones muy diferentes, adquiera la categoría de contrato simplemente porque su autor decida denominarla así.

España es un país social, económica, territorial y políticamente complejo. Sus problemas no caben en doce titulares, por muy atractivos que resulten.

Las pensiones están relacionadas con el empleo, los salarios, la productividad y las cotizaciones. La sanidad depende de la financiación, los profesionales y la organización. La vivienda condiciona la emancipación juvenil, la formación de familias y la movilidad laboral. La educación repercute en la igualdad de oportunidades y en el desarrollo económico.

Y todo ello se encuentra condicionado por una realidad europea e internacional que ningún Gobierno controla completamente.

Reducir semejante complejidad a doce grandes compromisos puede ser un recurso legítimo de comunicación política. Pero presentarlo como una fórmula magistral para resolver los problemas de España tiene, desde mi punto de vista, algo de alquimia electoral.

Se mezclan doce promesas atractivas, se añaden unas dosis de patriotismo, regeneración y grandes palabras, se agita cuidadosamente el recipiente y se ofrece el resultado como remedio para nuestros males.

Y siempre habrá alguien dispuesto a comprar el producto sin preguntar demasiado por sus ingredientes.

Por ejemplo, Feijóo promete construir al menos un millón de viviendas. Magnífico. Pero ¿en qué plazo, dónde, con qué financiación y cuántas serán públicas o estarán destinadas a alquileres verdaderamente asequibles?

También promete actualizar las pensiones conforme al IPC. Una declaración tranquilizadora, sin duda, aunque conviene recordar que esa garantía ya está recogida en nuestra legislación desde la reforma de 2021.

Lo verdaderamente interesante sería conocer qué medidas adicionales propone para asegurar la suficiencia y sostenibilidad futura de nuestro sistema público de pensiones.

Pero hay una promesa que merece especial atención: bajar impuestos.

¿A quién no le gustaría pagar menos?

A mí también, naturalmente.

Sin embargo, desde mi manera de entender la sociedad y la función del Estado, una rebaja fiscal no puede valorarse únicamente por la cantidad que dejamos de pagar.

Necesito saber qué impuestos se reducirán, en qué cuantía, quiénes obtendrán mayores beneficios y cuánto dejarán de ingresar las administraciones públicas.

Y, especialmente, cómo se compensará esa eventual pérdida de recursos.

Porque los impuestos no son simplemente dinero que sale de nuestros bolsillos. También son hospitales, colegios, universidades, dependencia, infraestructuras, pensiones y servicios públicos que muchos ciudadanos no podrían costearse individualmente.

Por supuesto, no considero que todos los impuestos sean intocables ni que cualquier gasto público esté justificado. Creo en la eficiencia administrativa, en combatir el despilfarro y en un sistema fiscal que no castigue injustamente el trabajo.

Pero también creo que la justicia tributaria exige contribuir de acuerdo con la capacidad económica de cada uno y disponer de servicios públicos de calidad con independencia de la fortuna personal.

Esa es, en buena medida, la esencia de mi concepción socialdemócrata.

Por eso me preocupa que se hable tanto de cuánto dejaremos de pagar y tan poco de lo que podríamos dejar de recibir.

Porque quien dispone de elevados ingresos puede contratar seguros sanitarios privados, pagar determinados servicios educativos o complementar su jubilación mediante inversiones.

Quien vive de un salario modesto o de una pensión necesita especialmente que la sanidad pública, la educación y la protección social funcionen.

Y si una rebaja fiscal beneficia principalmente a quienes más tienen, mientras la pérdida de ingresos termina deteriorando los servicios públicos, el resultado puede ser bastante menos atractivo de lo que sugería el anuncio.

No afirmo que necesariamente vaya a suceder. Dependerá del diseño concreto de las medidas.

Precisamente por eso quisiera conocerlo.

Porque las rebajas fiscales también pueden tener letra pequeña, y lo que algunos se ahorran individualmente puede terminar costándonos mucho más colectivamente.

Hay otra información reciente que me ha hecho reflexionar.

Alberto Nadal, responsable económico del PP, ha planteado revisar la participación del Estado en empresas privadas y limitarla fundamentalmente a los ámbitos de defensa, seguridad nacional y servicios públicos esenciales.

De prosperar esa orientación, podrían revisarse participaciones estatales en compañías como Telefónica, Talgo, Duro Felguera o CaixaBank, aunque por ahora no existe una decisión firme anunciada de venderlas.

La propuesta presenta ciertas semejanzas con la orientación privatizadora impulsada por Javier Milei en Argentina, sin que ello signifique que ambos proyectos sean idénticos.

Y vuelven a surgir las preguntas.

¿Qué empresas considera el PP estratégicas? ¿Cuáles dejarían de justificar una participación pública? ¿Quién adquiriría esas acciones? ¿A qué precio? ¿Qué dividendos futuros dejaría de percibir el Estado y qué capacidad de influencia perdería en sectores importantes?

No sostengo que toda participación estatal deba mantenerse indefinidamente. Pero tampoco comparto la idea de que la presencia pública en determinadas actividades económicas sea necesariamente un problema.

En ocasiones permite proteger intereses estratégicos, mantener capacidad de decisión o atender objetivos que el mercado, por sí solo, no siempre garantiza.

Por eso quisiera conocer si los ingresos de eventuales ventas se destinarían a reducir deuda, financiar inversiones, compensar rebajas fiscales o atender otras necesidades.

Porque vender patrimonio público puede proporcionar ingresos inmediatos, pero también significa desprenderse de activos que pueden generar valor e influencia durante muchos años.

Y me pregunto si semejante propuesta no merecería figurar, con toda su letra pequeña, en un contrato que pretende comprometer el futuro de España.

Pero llegamos a una cuestión que considero todavía más importante.

Feijóo ha firmado su contrato. ¿Quién garantiza que pueda cumplirlo si necesita gobernar con Vox?

No estoy anticipando un resultado electoral. Nadie conocerá la composición definitiva del Congreso hasta que se abran las urnas el próximo 29 de noviembre.

Sin embargo, podemos examinar las estimaciones publicadas por algunas empresas demoscópicas privadas.

40dB. atribuyó 132 diputados al PP y 66 a Vox. GAD3 estimó 133 y 65, respectivamente. Y Sigma Dos, en su sondeo del 19 de octubre, sitúa al PP entre 132 y 137 escaños y a Vox entre 65 y 68.

Son encuestas, no resultados electorales. Y sabemos que pueden equivocarse, especialmente cuando existe incertidumbre sobre la movilización y la participación.

Pero estas proyecciones permiten analizar una circunstancia concreta: Vox representaría aproximadamente un tercio de los diputados obtenidos conjuntamente por ambas formaciones.

Un tercio.

Eso no significa que le correspondiera automáticamente un tercio de los ministerios ni que su influencia pudiera calcularse mediante una sencilla regla de tres.

La capacidad negociadora depende de muchas circunstancias, especialmente de las alternativas parlamentarias disponibles.

Pero tampoco parece razonable suponer que una formación con semejante representación hipotética renunciaría sin más a defender su propio programa y a obtener responsabilidades gubernamentales.

Porque hay algo que no deberíamos olvidar: Vox también tendría compromisos con sus electores y difícilmente entraría en un Gobierno para olvidarse de todos ellos.

Y sus propuestas no son exactamente las mismas que las del PP.

Ambos partidos comparten parte del espacio político conservador, pero no son intercambiables. Podríamos decir, recurriendo al arcoíris político, que unos se presentan de azul y otros ocupan una tonalidad bastante más próxima al ultravioleta.

Y los matices, especialmente cuando afectan a derechos y políticas públicas, importan mucho.

Vox ha defendido importantes reducciones fiscales, cambios estructurales en la organización territorial del Estado, modificaciones de normas laborales, revisión de políticas de igualdad, medidas migratorias más restrictivas y una profunda reducción de regulaciones administrativas.

También ha planteado reformas del sistema de pensiones, incluida una mayor presencia de mecanismos de capitalización.

No todas esas propuestas son incompatibles con las del Partido Popular. Tampoco podemos afirmar que todas acabarían incorporándose a un hipotético acuerdo.

Pero sí parece legítimo preguntarse hasta dónde podría evolucionar el programa de Feijóo como consecuencia de una negociación con Abascal.

¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Se mantendría íntegramente el actual sistema público de reparto y su garantía de actualización conforme al IPC?

¿Qué sucedería con la reforma laboral, los convenios colectivos, los derechos sindicales o determinadas obligaciones empresariales?

¿Qué cambios podrían introducirse en las políticas de igualdad, inmigración, educación o protección social?

¿Y cómo se financiarían las rebajas fiscales defendidas por ambos partidos sin comprometer los servicios públicos?

No estoy afirmando que esas modificaciones vayan necesariamente a producirse.

Precisamente porque no lo sabemos, considero imprescindible que se expliquen las posiciones y los límites de cada formación antes de que los ciudadanos depositen su voto.

Y quizá alguien piense que exagero al preguntarme por el alcance de una eventual coalición.

Pero tenemos experiencias autonómicas recientes que merecen ser examinadas.

En Andalucía, tras las elecciones de mayo de 2026, Juanma Moreno necesitó pactar con Vox para formar Gobierno. El PP había obtenido 53 diputados y Vox 15.

El nuevo Ejecutivo mantuvo trece consejerías, pero incorporó tres vicepresidencias y amplió su estructura en trece altos cargos, pasando de 301 a 314.

En Castilla y León, el pacto de 2026 dio lugar a una estructura de al menos 105 altos cargos previstos, frente a los 96 del anterior Gobierno del PP en solitario. La prensa estimó el incremento de las retribuciones correspondientes en aproximadamente 700.000 euros anuales.

En Extremadura se establecieron dos vicepresidencias, una para cada partido, y se reorganizaron consejerías. Aragón también distribuyó vicepresidencias y responsabilidades entre ambas formaciones.

Son situaciones diferentes y no conviene confundirlas.

Tampoco puedo asegurar que todos los nuevos puestos respondan exclusivamente a la necesidad de acomodar dirigentes de uno u otro partido. Algunos pueden corresponder a competencias nuevas o necesidades organizativas reales.

Pero, permítanme, la coincidencia merece una reflexión.

¿No resulta paradójico que partidos que proclaman su intención de adelgazar las administraciones terminen ampliando determinados niveles de dirección después de negociar un gobierno de coalición?

En Andalucía, además, me gustaría conocer exactamente qué funciones desempeñan los trece puestos adicionales, quiénes los ocupan, qué coste representan y qué razones justifican su creación.

Porque si responden a necesidades administrativas reales, podrán explicarse. Y si obedecen principalmente al reparto político, también debería conocerse.

No afirmo que toda ampliación administrativa sea negativa. Una Administración puede necesitar más profesionales, más medios e incluso nuevos órganos cuando sus funciones lo justifican.

Pero no deberíamos confundir el fortalecimiento de los servicios públicos con la multiplicación de puestos de dirección política.

Personalmente, prefiero que cualquier incremento de recursos destinado a mejorar la sanidad se traduzca, siempre que sea posible, en más médicos, enfermeras, profesionales sanitarios y medios asistenciales, antes que en una estructura directiva más amplia cuya utilidad no haya sido suficientemente acreditada.

Y aquí regreso al compromiso de Feijóo de reducir ministerios, altos cargos y asesores.

¿Qué sucedería si, para integrar a Vox en un Gobierno de coalición, hubiera que redistribuir ministerios, crear nuevas secretarías de Estado o ampliar determinadas estructuras administrativas?

¿Aceptaría el PP reducir sus propias posiciones para cederlas al socio?

¿O buscarían una fórmula que permitiera acomodar a ambos sin que ninguno perdiera demasiados espacios de poder?

Los precedentes autonómicos no permiten asegurar cuál sería la respuesta, pero sí justifican la pregunta.

Porque, además, el reparto no se limita a los despachos.

Una coalición también exige negociar políticas.

En Castilla y León, por ejemplo, el acuerdo de 2026 incorporó compromisos programáticos sobre cuestiones sociales, administrativas y económicas. Y algunas de las decisiones posteriores muestran que la participación de Vox puede traducirse en actuaciones concretas dentro de las competencias que administra.

Un ejemplo reciente es la modificación de las condiciones para conceder determinadas ayudas a producciones cinematográficas, incorporando restricciones relacionadas con lo que la Consejería de Cultura considera adoctrinamiento ideológico.

No pretendo juzgar aquí la totalidad de esa regulación, pero sí señalar algo evidente: las competencias atribuidas a un socio de coalición pueden convertirse en decisiones administrativas que afectan directamente a los ciudadanos.

Por tanto, no hablamos únicamente de quién ocupa cada despacho.

Hablamos de qué políticas se aplican desde ellos.

Y desde mi perspectiva socialdemócrata, esta cuestión tiene una importancia especial.

No considero que el Estado deba intervenir en todo ni que la iniciativa privada sea incompatible con el interés general. Una economía moderna necesita empresas competitivas, inversión, innovación y seguridad jurídica.

Pero también necesita protección social suficiente, servicios públicos universales, derechos laborales efectivos y mecanismos de redistribución que impidan que el lugar donde uno nace o la fortuna de su familia determinen todas sus oportunidades.

No comparto la idea de que reducir la intervención pública constituya siempre una mejora, ni que toda regulación sea una traba innecesaria.

Hay normas que complican injustificadamente la actividad económica y deberían simplificarse. Pero también las hay que protegen la seguridad de los trabajadores, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades y los derechos de los consumidores.

La cuestión no consiste simplemente en contar cuántas normas se eliminan, sino en analizar cuáles son prescindibles y cuáles garantizan derechos efectivos.

Lo mismo sucede con los impuestos.

Para mí, la prosperidad de un país no puede medirse únicamente por la reducción de la presión fiscal o por los beneficios empresariales.

También debe medirse por la posibilidad real de acceder a una vivienda, disponer de una sanidad de calidad, recibir una educación adecuada, trabajar con dignidad y alcanzar la jubilación sin miedo a la pobreza.

No creo que esta forma de entender la sociedad sea patrimonio exclusivo de ningún partido, pero sí constituye un criterio esencial desde el que examino las propuestas políticas.

Y por eso me interesan mucho más las consecuencias concretas de las decisiones que la grandilocuencia de las ceremonias electorales.

Hay, además, otra cuestión que me inquieta especialmente.

Gobernar implica enfrentarse a dificultades imprevistas. Una crisis internacional, una recesión, un conflicto bélico o una catástrofe pueden alterar cualquier programa.

Es lógico que los gobiernos tengan que adaptar sus decisiones.

Pero existe una diferencia fundamental entre explicar responsablemente por qué no se ha podido cumplir un compromiso y utilizar cualquier contratiempo como coartada para abandonarlo.

Y cuando se gobierna en coalición aparece una explicación adicional extraordinariamente cómoda: la culpa puede ser del socio.

Imaginemos que Feijóo debe renunciar a alguna de sus promesas porque Vox exige una medida incompatible con ella.

¿Nos diría que quiso cumplir, pero que las circunstancias parlamentarias se lo impidieron?

¿Y si fuera Vox quien tuviera que renunciar a una parte de su programa? ¿Atribuiría a Feijóo la responsabilidad?

No afirmo que eso vaya a suceder. Pero tampoco me parece una hipótesis tan extravagante como para descartarla.

La experiencia demuestra que las coaliciones necesitan negociar y transigir. Eso es legítimo, como también lo es gobernar mediante acuerdos parlamentarios.

Lo que cuestiono es presentar compromisos personales con apariencia de garantías absolutas cuando su cumplimiento podría depender de acuerdos posteriores que todavía desconocemos.

Y aquí encuentro la gran paradoja del documento.

Feijóo firma hoy un contrato con España, pero el programa de gobierno verdaderamente determinante podría terminar escribiéndolo mañana con Abascal.

Ese hipotético segundo documento tendría una importancia enorme. Podría definir ministerios, presupuestos, prioridades económicas, reformas laborales, políticas sociales, inmigración, educación y muchas otras cuestiones que afectan directamente a nuestra vida cotidiana.

Y nosotros habríamos votado antes de conocerlo.

Por cierto, no se trata únicamente de especulaciones sobre futuras relaciones entre ambos partidos. Feijóo ha confirmado este mismo 20 de octubre conversaciones con Vox para estudiar fórmulas de colaboración electoral en el Senado.

Esas conversaciones no constituyen un acuerdo para gobernar España, pero muestran que ambas formaciones ya están explorando posibles entendimientos.

De manera que tampoco parece una extravagancia preguntarse qué condiciones podrían negociar en el Congreso si la aritmética parlamentaria exigiera sus apoyos recíprocos.

Y aquí aparece otra cuestión.

¿Compromete el contrato a Feijóo?

Políticamente, sí. Jurídicamente, no como un contrato ordinario.

¿Compromete a Abascal?

No.

¿Compromete a los hipotéticos ministros de Vox o a sus diputados?

Tampoco por el simple hecho de haberlo firmado Feijóo.

¿Y qué sucedería si alguno de los compromisos chocara con las condiciones de un acuerdo de coalición?

Esa es precisamente la letra pequeña que todavía desconocemos.

Naturalmente, no se puede exigir a un candidato que anticipe todas las circunstancias de su futuro Gobierno ni que conozca el resultado de unas negociaciones que aún no se han producido.

Pero sí se le puede pedir que explique públicamente cuáles son sus compromisos irrenunciables, qué medidas estaría dispuesto a negociar y qué consecuencias económicas tendrían sus propuestas.

Especialmente cuando utiliza la palabra contrato para revestirlas de una solemnidad extraordinaria.

No quiero terminar esta reflexión dando la impresión de que considero ilegítima una eventual coalición entre PP y Vox. Si se alcanzara conforme a las reglas de nuestra democracia parlamentaria, tendría la legitimidad institucional que corresponde a cualquier Gobierno constituido legalmente.

Mi preocupación no consiste en negar esa posibilidad, sino en conocer sus condiciones y consecuencias.

Tampoco pretendo sostener que Feijóo vaya necesariamente a incumplir aquello que ahora promete.

Lo que digo es que una firma, por solemne que sea, no sustituye a las garantías, la transparencia ni la rendición de cuentas.

Y que el antecedente de Galicia invita, cuando menos, a examinar con prudencia la diferencia entre los compromisos anunciados y los resultados finalmente obtenidos.

Al final vuelvo al título de esta reflexión.

¿Contrato con España o contrato con el diablo?

No porque identifique literalmente a nadie con el diablo, naturalmente. Se trata de una metáfora literaria que me sirve para expresar una preocupación: la posibilidad de que los ciudadanos aceptemos un pacto sin conocer suficientemente todas sus condiciones.

En aquellos viejos relatos, el diablo solía esconderse en la letra pequeña.

Aquí lo inquietante es que una parte importante de esa letra pequeña quizá ni siquiera esté escrita todavía.

Y lo verdaderamente singular es que Feijóo nos está pidiendo que suscribamos su contrato ahora, mediante nuestro voto, aunque el documento que finalmente determine las políticas de un hipotético Gobierno de coalición pudiera negociarse después del 29 de noviembre.

Algunos lo firmarán convencidos de lo que han leído.

Otros quizá confiando en que las promesas se cumplirán íntegramente.

Y otros puede que ni siquiera se hayan planteado cuánto costarán, quién las financiará o hasta dónde podrán modificarse.

Todos estarán ejerciendo legítimamente su derecho al voto.

Pero las consecuencias de las decisiones que se adopten después afectarán también a quienes no hayan suscrito aquel contrato.

Porque los compromisos electorales pueden ser particulares de un partido, pero las políticas de un Gobierno tienen consecuencias colectivas.

Y esas consecuencias las pagamos, o las disfrutamos, todos.

Por eso, antes de rubricar metafóricamente con nuestra sangre, considero razonable preguntar cuánto cuesta lo prometido, quién lo financia, qué garantías existen y qué condiciones podría imponer quien todavía no ha firmado nada.

Quizá la cuestión sea mucho más sencilla de lo que parece.

Feijóo pone la firma. Abascal podría negociar las condiciones. Y los españoles asumiríamos las consecuencias.

No sé si finalmente habrá contrato, pacto de coalición o gobierno en solitario. Eso lo decidirán los ciudadanos con sus votos y, después, nuestros representantes conforme a las reglas parlamentarias.

Pero me gustaría que, llegado ese momento, nadie pretendiera presentarnos como inevitable aquello que hoy no se ha explicado con suficiente claridad.

Porque gobernar consiste en administrar intereses, recursos y derechos reales, no en representar una ceremonia.

Y la confianza de los ciudadanos merece algo más que una firma ante las cámaras.

La confianza se solicita. Las garantías se acreditan. Y los compromisos se demuestran cumpliéndolos.

O, dicho de otra manera:

¿Estamos ante un contrato con España o ante uno cuya verdadera letra pequeña conoceremos cuando ya hayamos votado?

Quizá no sea necesario invocar al diablo.

Pero sí sería prudente asegurarnos de que, cuando llegue la hora de cumplir lo prometido, no descubramos que nosotros pusimos la sangre mientras otros se reservaron el derecho de cambiar las cláusulas.


El Rincón de Kurro

20 de octubre de 2026

Fuentes y documentación

lunes, 19 de octubre de 2026

Rumbo a la idiocracia: cuando pensar empieza a ser una molestia


La democracia no corre peligro solamente cuando alguien pretende silenciar a quienes piensan diferente. También se debilita cuando conseguimos que nadie quiera escucharlos.

De la ficción a una realidad inquietante

En 2006, la película Idiocracia, dirigida por Mike Judge, imaginaba un futuro disparatado en el que la ignorancia había terminado por imponerse al conocimiento, la vulgaridad al razonamiento y el espectáculo al pensamiento.

Era una comedia. Una caricatura deliberadamente exagerada que pretendía hacernos reír.

Veinte años después, algunas de sus escenas pueden suscitar una sonrisa bastante más incómoda.

No porque estemos viviendo literalmente aquella ficción, sino porque resulta inquietante comprobar cómo determinados mecanismos que la película ridiculizaba encuentran paralelismos en nuestro debate público.

El grito se impone al argumento. La ocurrencia desplaza a la explicación. El insulto consigue más atención que una propuesta razonada. Y no faltan quienes han descubierto que, para obtener adhesiones, puede resultar más rentable despertar resentimientos que ofrecer soluciones.

Tengo la inquietante sensación de que estamos caminando hacia una sociedad en la que pensar críticamente empieza a resultar incómodo y en la que razonar corre el riesgo de convertirse en una actividad casi extravagante.

No porque seamos menos inteligentes que nuestros antepasados. Ni siquiera porque estemos menos informados.

Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, sin embargo, pocas veces me había preocupado tanto la facilidad con la que un eslogan puede imponerse a un razonamiento.

Estamos rodeados de información, pero eso no significa que estemos mejor informados. Y mucho menos que seamos más capaces de distinguir entre lo verdadero, lo falso y lo simplemente conveniente.

Quizás lo verdaderamente preocupante no sea que existan dirigentes dispuestos a explotar la ignorancia, sino que estemos dejando de exigirles que la combatan.

Porque cuando una sociedad deja de hacer preguntas, quienes pretenden gobernarla pueden terminar considerando innecesario dar respuestas.

La extraordinaria rentabilidad del mensaje simplón

Explicar un problema exige conocerlo. Proponer una solución requiere estudiar sus causas, valorar alternativas, calcular consecuencias y reconocer dificultades.

Pero todo ese esfuerzo puede ahorrarse con una frase contundente, una acusación escandalosa o una promesa suficientemente atractiva.

¿Que las pensiones plantean importantes desafíos de financiación? No hace falta explicar la demografía, las cotizaciones, los salarios, la productividad o los ingresos públicos. Basta con prometer que eliminando determinados gastos sobrará dinero para todo.

¿Que los servicios públicos necesitan más recursos? Prometamos bajar impuestos sin explicar cómo sostendremos la sanidad, la educación o la atención a la dependencia.

¿Que la vivienda se ha convertido en un problema para millones de personas? Busquemos un culpable al que señalar, aunque las causas sean mucho más complejas.

¿Que la realidad contradice nuestro discurso? Peor para la realidad.

La demagogia tiene una ventaja extraordinaria sobre la pedagogía: no necesita demostrar que sus soluciones funcionan. Le basta con conseguir que su público quiera creerlas.

Y cuanto más simple sea el mensaje, más fácil resultará repetirlo, compartirlo y convertirlo en una supuesta verdad colectiva.

No importa tanto que la propuesta sea razonable como que resulte emocionalmente atractiva.

Y ahí comienza el verdadero problema.

Primero se desacredita, después se deshumaniza

Hay algo que me preocupa todavía más que la simplificación de los problemas: la progresiva normalización del desprecio hacia quien piensa de manera diferente.

Ya no basta con discrepar de las ideas del adversario. Parece necesario presentarlo como un ser despreciable, indigno, peligroso o moralmente inferior.

No se combate su argumento: se ataca su persona.

No se rebate una propuesta: se insulta a quien la formula.

No se discuten sus decisiones: se cuestiona hasta su derecho a participar en el debate.

Y así se consigue algo extraordinariamente peligroso.

Cuando previamente has convencido a alguien de que su adversario es despreciable, ya no necesitas demostrar que sus argumentos son falsos. Has conseguido que no quiera escucharlos.

El insulto deja entonces de ser una simple manifestación de mala educación. Se convierte en un instrumento para desautorizar al adversario antes de que pueda abrir la boca.

Y si alguien intenta introducir un matiz, aportar un dato o plantear una reflexión, enseguida puede ser señalado como cómplice del enemigo.

Ya no se trata de convencer. Se trata de dividir el mundo entre los nuestros y los otros.

Esa es, a mi juicio, una de las formas más eficaces de empobrecer una democracia.

Porque el pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar lo que dicen nuestros adversarios. Consiste también, y especialmente, en someter a examen aquello que dicen quienes nos resultan simpáticos, próximos o ideológicamente afines.

Y eso, reconozcámoslo, cuesta bastante más.

El gran circo de las emociones

Las redes sociales han proporcionado un escenario formidable para esta transformación.

Un razonamiento elaborado necesita tiempo y atención. Un insulto apenas necesita unos segundos.

Una explicación económica puede exigir varios párrafos. Un vídeo de diez segundos, convenientemente recortado, puede provocar miles de reacciones.

Una rectificación razonada rara vez despierta tanto entusiasmo como una acusación escandalosa.

Y así vamos convirtiendo el debate público en una competición por nuestra atención.

La indignación, el miedo, el resentimiento y la ira se convierten en poderosos instrumentos de movilización emocional.

Hay quienes ya ni siquiera necesitan explicar por qué deberíamos apoyar sus propuestas. Les basta con convencernos de que debemos rechazar, despreciar o temer a quienes tienen enfrente.

El problema no es sentir emociones. Son consustanciales a nuestra humanidad y tienen un papel legítimo en la política.

El problema aparece cuando dejamos que las emociones sustituyan al razonamiento, en lugar de acompañarlo.

Cuando dejamos de preguntarnos si algo es cierto y comenzamos a valorar únicamente si confirma lo que ya creíamos.

Cuando compartimos una noticia porque perjudica a quien detestamos, sin molestarnos en comprobarla.

Cuando disculpamos en los nuestros aquello que condenamos indignados en los demás.

O cuando aceptamos cualquier disparate, siempre que lo pronuncie alguien de nuestro bando.

Entonces dejamos de ser ciudadanos que opinan y corremos el riesgo de convertirnos en simples seguidores que aplauden.

Dirigentes que ya no necesitan explicar nada

Imaginemos por un momento el escenario ideal para un dirigente político poco interesado en rendir cuentas.

Un público que aplaude sus afirmaciones sin pedir pruebas.

Que recibe sus promesas sin exigir cifras.

Que justifica sus contradicciones sin solicitar explicaciones.

Que interpreta cualquier crítica como un ataque de sus enemigos.

Y que considera una traición escuchar argumentos procedentes del otro lado.

¿Qué necesidad tendría ese dirigente de elaborar propuestas rigurosas?

¿Para qué explicar de dónde saldrá el dinero, cuáles serán las consecuencias de sus decisiones o qué sacrificios exigirán?

¿Para qué comparecer ante preguntas incómodas si basta con denunciar una conspiración, señalar a un enemigo o lanzar una consigna?

El poder sin espíritu crítico enfrente encuentra muchas menos dificultades para convertirse en arbitrariedad.

Y esto no debería preocuparnos únicamente cuando gobiernan quienes rechazamos.

Tendría que preocuparnos, sobre todo, cuando gobiernan aquellos con quienes simpatizamos.

Porque una democracia no mejora cuando dejamos de fiscalizar a los nuestros. Se debilita.

La democracia necesita gobiernos responsables, oposiciones exigentes y ciudadanos capaces de distinguir entre la crítica legítima y la descalificación sistemática.

No necesita hinchas políticos que perdonen cualquier cosa a los suyos y condenen exactamente lo mismo cuando lo hacen los contrarios.

¿Y nosotros? ¿No tenemos responsabilidad?

Sería demasiado cómodo atribuir toda la culpa a los políticos, los medios de comunicación o los algoritmos.

Nosotros también participamos en ese escenario.

Cada vez que difundimos algo sin comprobarlo.

Cada vez que preferimos una respuesta ingeniosa a una explicación verdadera.

Cada vez que confundimos la contundencia con la razón.

Cada vez que aplaudimos un insulto porque va dirigido contra alguien que no nos gusta.

O cada vez que rechazamos una información, no porque sea falsa, sino porque contradice nuestras convicciones.

No estoy diciendo que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que debamos mantener una equidistancia artificial entre la verdad y la mentira.

Precisamente lo contrario.

Se trata de recuperar la exigencia de pruebas, la honestidad intelectual y la capacidad de reconocer que también podemos equivocarnos.

No todas las ideas son igual de razonables. No todos los argumentos resisten una comprobación.

Pero para distinguirlos hace falta algo más que indignación y consignas.

Hace falta pensar.

Y, en ocasiones, tener el valor de llevarles la contraria a los nuestros.

La idiocracia no necesita imponerse por la fuerza

Cuando hablo de idiocracia no me refiero a una sociedad poblada por personas carentes de inteligencia.

Me refiero a algo bastante más inquietante: una sociedad en la que la inteligencia crítica deja de tener prestigio, el conocimiento se desprecia cuando resulta incómodo y la ignorancia exhibida con suficiente seguridad puede confundirse con liderazgo.

Una sociedad en la que el que pregunta molesta, el que matiza parece débil y el que rectifica es considerado un perdedor.

Mientras tanto, el que grita, insulta y promete soluciones milagrosas puede presentarse como alguien valiente que dice las cosas claras.

Y no.

Decir barbaridades con aplomo no es sinónimo de sinceridad.

Como tampoco hablar muy alto demuestra que se tenga razón.

La idiocracia no necesita prohibir los libros si consigue que nadie quiera leerlos.

No necesita censurar los argumentos si logra que nadie quiera escucharlos.

Y no necesita eliminar el pensamiento crítico si consigue que pensar resulte menos atractivo que dejarse llevar.

En la película, aquella sociedad era una exageración humorística.

En nuestra realidad, el riesgo no consiste en que todos terminemos comportándonos como sus personajes, sino en que acabemos aceptando como normales algunos de los mecanismos que la ficción pretendía ridiculizar.

Todavía podemos cambiar de dirección

No creo que estemos condenados inexorablemente a ese destino. Pero tampoco pienso que podamos evitarlo simplemente lamentándonos.

Necesitamos recuperar una costumbre que nunca debimos perder: exigir explicaciones.

Que quien prometa bajar impuestos explique cuánto, a quién y con qué consecuencias.

Que quien anuncie recortes detalle qué servicios se verán afectados.

Que quien acuse aporte pruebas.

Que quien gobierne rinda cuentas.

Que quien aspire a gobernar presente algo más que una relación interminable de culpables.

Y que quienes participamos en el debate público seamos capaces de escuchar, discrepar, contrastar y rectificar.

No se trata de renunciar a nuestras convicciones. Se trata de defenderlas con argumentos y de estar dispuestos a revisarlas cuando los hechos lo justifiquen.

Porque la democracia no consiste en que todos pensemos lo mismo.

Consiste, entre otras cosas, en que podamos pensar libremente y discutir nuestras diferencias sin convertirnos en enemigos.

Quizás el mayor triunfo de quienes explotan el enfrentamiento no sea conseguir que odiemos a nuestros adversarios, sino conseguir que dejemos de pensar por nosotros mismos.

Y entonces ya no necesitarán convencernos de nada.

Bastará con decirnos a quién debemos odiar, qué debemos temer y qué tenemos que aplaudir.

Y lo haremos.

No porque nos hayan arrebatado la libertad de pensar, sino porque habremos renunciado a ejercerla.

Esa sería, a mi entender, la verdadera idiocracia.

Y lo más inquietante es que podría llegar sin que nadie la impusiera, sin que se prohibiera un solo libro, sin que se cerrara un periódico y sin que nadie nos ordenara guardar silencio.

Simplemente habríamos dejado de hacernos preguntas.

Por eso, antes de reírnos demasiado de aquella película, quizás deberíamos preguntarnos algo:

¿Nos estamos riendo de una sociedad absurda imaginada hace veinte años o estamos empezando a reconocer algunos de nuestros propios comportamientos?

Y, sobre todo:

¿Estamos dispuestos a seguir pensando por nosotros mismos, aunque eso signifique, de vez en cuando, descubrir que quienes nos llevan la contraria tienen razón?

El Rincón de Kurro
19 de octubre de 2026

domingo, 18 de octubre de 2026

LA PARADOJA DEL PENSIONISTA MASOKA


Cuando las lágrimas de la nostalgia nos impiden ver la realidad.

Hay cosas que, por mucho que uno se esfuerce, resultan difíciles de comprender.

Por ejemplo, la del pensionista que desconfía profundamente de un Gobierno que ha recuperado la revalorización de las pensiones conforme al IPC, pero pone la mano en el fuego por PP y Vox, convencido de que jamás pondrán en peligro sus derechos.

Y eso que tenemos memoria suficiente para recordar aquel famoso 0,25 %, el incremento anual al que quedaron reducidas las pensiones durante varios años bajo el Gobierno de Mariano Rajoy.

No hablamos de una sospecha, una interpretación malintencionada ni una promesa electoral. Hablamos de algo que ocurrió.

Conviene precisar que aquella política fue responsabilidad del PP, no de Vox, que entonces no gobernaba. Pero ese antecedente debería servir, como mínimo, para exigir garantías a quienes hoy aspiran a dirigir el país.

Y, sin embargo, nuestro protagonista no alberga la menor duda.

Los hechos le generan desconfianza, mientras que las promesas le inspiran una fe inquebrantable.

Es la curiosa paradoja de quien parece dispuesto a poner en riesgo sus propios intereses con tal de ver satisfechas sus preferencias políticas. O, peor aún, de quien termina prestando más atención a los insultos, los eslóganes y las emociones que a las razones, los argumentos y los hechos comprobables.

Pero creo que detrás de esa contradicción puede esconderse algo más profundo, más humano y, probablemente, más frecuente de lo que imaginamos.

LAS LÁGRIMAS DE LA NOSTALGIA EMPAÑAN LA MIRADA E IMPIDEN VER LA REALIDAD.

Con los años tendemos a recordar con especial cariño determinados momentos de nuestro pasado. Y es comprensible. La memoria tiene esa maravillosa capacidad de conservar lo que nos hizo felices y, a veces, de suavizar aquello que nos hizo sufrir.

Añoramos nuestra juventud, nuestro primer amor, la fuerza y el vigor de aquellos años. Añoramos aquella sensación de poder con todo, de comernos el mundo, de no necesitar a nadie ni depender de nada.

Añoramos nuestra familia al completo. A nuestros padres, a nuestros hermanos, a quienes compartieron nuestra vida y hoy ya no están.

Añoramos a nuestros hijos pequeños, sus primeras palabras, sus juegos, sus abrazos. Aquella casa llena de vida, de proyectos, de alegrías y también de preocupaciones que hoy recordamos con una sonrisa.

Añoramos momentos maravillosos que ya no volverán.

Y es perfectamente comprensible. Yo diría que hasta hermoso.

Pero hay algo que quizá olvidamos: muchos de aquellos momentos felices transcurrieron en un escenario social, económico y político que distaba mucho de ser halagüeño.

En una España con menos libertades, menos derechos, mayores desigualdades y unas condiciones de vida que hoy difícilmente aceptaríamos.

Y ahí aparece la gran trampa de la nostalgia.

Confundimos lo hermosa que fue nuestra juventud con lo bueno que supuestamente era el mundo en el que la vivi4mos.

No necesariamente añoramos aquella sociedad. Añoramos lo que fuimos, lo que tuvimos y a quienes nos acompañaban.

A veces no echamos de menos aquellos tiempos. Echamos de menos a las personas que éramos entonces.

Y esa diferencia es fundamental.

Porque nuestra juventud pudo ser maravillosa sin que aquella España lo fuera.

Y LLEGA EL MOMENTO EN QUE LA VIDA NOS CAMBIA LA PERSPECTIVA.

Cuando alcanzamos la jubilación, lamentablemente, ya hemos dejado atrás buena parte de aquella juventud, de aquel vigor y de aquella sensación de que podíamos comernos el mundo.

No lo digo desde el edadismo, que rechazo profundamente. Cumplir años no significa perder capacidades, independencia, ilusiones ni ganas de vivir. Hay personas mayores con una vitalidad y una autonomía admirables.

Pero tampoco podemos ignorar una realidad: con el paso de los años pueden aumentar nuestras necesidades de atención sanitaria, cuidados, protección económica y apoyo social.

Y entonces adquiere todavía mayor importancia algo que quizá en nuestra juventud no valorábamos suficientemente: la solidaridad colectiva.

Esa solidaridad que ayudamos a construir con décadas de trabajo, cotizaciones, impuestos y esfuerzo.

La que permite que hoy percibamos una pensión y que mañana nuestros hijos puedan percibir la suya.

La que sostiene los hospitales públicos, la atención a la dependencia y los servicios que necesitamos cuando nuestras fuerzas, nuestras circunstancias o nuestra salud dejan de ser las de antes.

Porque nuestro sistema público de pensiones no funciona como una hucha individual donde cada cual retira exclusivamente lo que ingresó. Es un pacto de solidaridad entre generaciones.

Nosotros contribuimos a sostener a quienes nos precedieron y las generaciones que hoy trabajan contribuyen a sostenernos a nosotros.

Esa es una de las grandes conquistas de nuestra sociedad.

Y por eso resulta especialmente paradójico que alguien que ya disfruta de esa protección colectiva pueda dejarse seducir por discursos que desprecian lo público, cuestionan la solidaridad o prometen reducir impuestos sin explicar suficientemente cómo seguirán financiándose los derechos sociales.

No se trata de exigir a nadie que renuncie a sus simpatías políticas, a sus convicciones ni a los recuerdos de su juventud.

Se trata de no confundir esas simpatías, ni la nostalgia que nos lleva a idealizar tiempos pasados, con las garantías reales que hoy protegen nuestros derechos.

Las pensiones públicas, su revalorización, la sanidad universal, la educación pública y los derechos laborales no son regalos caídos del cielo ni concesiones graciosas de ningún gobernante.

Son conquistas sociales, fruto de décadas de trabajo, reivindicaciones, sacrificios y decisiones políticas.

Derechos que no siempre existieron y que tampoco debemos considerar eternamente garantizados.

Por eso, cuando alguien promete proteger nuestras pensiones, me parece estupendo. Pero habrá que preguntarle cómo piensa hacerlo, con qué recursos, mediante qué compromisos y con qué garantías.

Porque prometer bajadas de impuestos, mejores prestaciones y que nada se recortará es relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es explicar cómo se financiará todo ello sin debilitar los servicios públicos ni las bases de nuestro Estado del bienestar.

Las promesas electorales no pueden valer más que los hechos comprobables.

Y tampoco debería pesar más nuestra antipatía hacia un gobernante que la valoración objetiva de sus decisiones.

Se puede criticar a Pedro Sánchez, discrepar de su gestión y desear legítimamente otro Gobierno. Pero eso no debería impedir reconocer las medidas favorables que se hayan aprobado, como tampoco debería llevarnos a aceptar sin examen cualquier promesa de sus adversarios.

Porque los derechos no se defienden con actos de fe, sino con leyes, financiación suficiente y compromisos verificables.

Y aquí reside la verdadera paradoja de nuestro pensionista masoka: desconfía de una protección que ya existe, olvida lo que ocurrió con aquel 0,25 % y deposita toda su confianza en promesas cuyo cumplimiento todavía está por demostrar.

Quizá porque los insultos le llegan más que las explicaciones. Quizá porque las emociones vencen a las razones. O quizá porque la nostalgia ha terminado por convertir los recuerdos personales en convicciones políticas.

No sé si llamarlo ingenuidad, memoria selectiva, nostalgia mal entendida o masoquismo político.

Pero sí tengo algo bastante claro.

La nostalgia es un sentimiento legítimo, entrañable y profundamente humano. Convertirla en criterio político puede salir muy caro.

Especialmente cuando lo que está en juego es nuestra pensión, nuestra sanidad, nuestros derechos y el futuro de nuestros hijos y nietos.

Porque recordar con cariño el pasado no debería hacernos olvidar cuánto hemos avanzado, cuánto nos costó conseguirlo y cuánto nos queda todavía por defender.

Podemos añorar profundamente nuestra juventud sin desear que nuestros nietos tengan que vivir en la España de nuestra juventud.

Y podemos sentirnos orgullosos de todo lo que hemos trabajado, luchado y contribuido sin olvidar que hoy también necesitamos preservar aquella solidaridad que ayudamos a construir.

Porque una cosa es echar de menos los años en que podíamos comernos el mundo y otra muy distinta permitir que, por nostalgia, terminen comiéndose los derechos que conquistamos.

sábado, 17 de octubre de 2026

EL ESPEJO DE CASADO Y LA CONCIENCIA DE FEIJÓO


De las promesas de moderación a las malas compañías. Una reflexión sobre el poder, la coherencia y el difícil ejercicio de mirarse a uno mismo.

¿Os acordáis de aquella fotografía de Pablo Casado, en mangas de camisa, con barba de varios días, apoyado sobre un lavabo y contemplándose fijamente en el espejo?

Fue en abril de 2020, en plena pandemia. Una imagen en blanco y negro, de gesto grave, que pretendía transmitir preocupación por la tragedia que estábamos viviendo.

Muchas veces me he preguntado qué estaría escrutando Casado en aquel cara a cara con su yo más íntimo.

¿Buscaba respuestas? ¿Examinaba su conciencia? ¿Trataba de reconocerse en aquel hombre que le devolvía la mirada? ¿O simplemente ensayaba una pose de estadista preocupado por los problemas de España?

Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, menos de dos años después, aquel hombre del espejo fue políticamente desfenestrado.

Y no precisamente por haber perdido unas elecciones generales.

Su caída llegó en medio de una extraordinaria crisis interna del Partido Popular, después de que su dirección cuestionara las explicaciones sobre los negocios del hermano de Isabel Díaz Ayuso relacionados con un contrato de mascarillas durante la pandemia.

Hubo acusaciones cruzadas, enfrentamientos, denuncias de espionaje y una auténtica rebelión interna. Finalmente, el liderazgo que terminó sucumbiendo fue el de Casado.

No deja de resultar curioso que quien reclamaba explicaciones acabara perdiendo el puesto.

Así es la política en ocasiones. Hay preguntas que pueden resultar más peligrosas para quien las formula que para quien debe responderlas.


Y entonces llegó Feijóo

Desde Galicia llegó Alberto Núñez Feijóo.

Un hombre de aparente sosiego, procedente de aquellas tierras donde la retranca constituye casi una institución cultural, con larga experiencia de gobierno y una imagen pública de moderación.

Venía, según proclamaba, a recuperar la serenidad, el diálogo, el respeto institucional y la buena política.

Hasta el punto de afirmar solemnemente, el 1 de abril de 2022:

«Yo no he venido a crispar ni a insultar. Creo en la moderación y la serenidad».

Y unas semanas antes había anunciado:

«No vengo a insultar a Pedro Sánchez, vengo a ganarle».

¡Qué hermosa declaración de intenciones!

Parecía que, después de la tormenta que había terminado con Casado, el Partido Popular se disponía a inaugurar una nueva etapa.

Una oposición firme, desde luego, pero constructiva. Una derecha capaz de discrepar sin convertir cada intervención en una batalla personal. Una alternativa que aspirase a gobernar convenciendo a los ciudadanos y no alimentando permanentemente el enfrentamiento.

Han transcurrido más de cuatro años.

Y no puedo evitar preguntarme qué ha quedado de aquellas promesas.

¿Dónde está aquella moderación? ¿Qué fue del compromiso de no crispar ni insultar? ¿Cómo se concilia aquel discurso de presentación con la dureza de determinadas expresiones y estrategias de confrontación posteriores?

Porque una cosa es hacer oposición, incluso muy dura, y otra bien distinta entender que cualquier recurso dialéctico resulta aceptable para desgastar al adversario.

Y las promesas políticas, al menos las que se formulan con tanta solemnidad, no deberían tener fecha de caducidad al día siguiente de pronunciarlas.

Las malas compañías generan malos hábitos

Ya lo dice el refranero: las malas compañías generan malos hábitos.

Y quizá, solo quizá, tanto competir con Vox por la contundencia del discurso haya terminado contagiando algunas de sus formas.

No pretendo afirmar que PP y Vox sean lo mismo. Tienen diferencias políticas que conviene reconocer.

Pero cuando la oposición se convierte en una competición por demostrar quién es más duro con el presidente del Gobierno, cabe preguntarse cuánto espacio queda para aquella moderación que Feijóo presentaba como su principal seña de identidad.

Porque la firmeza no exige malos modos. La discrepancia no necesita insultos. Y la oposición no obliga a convertir al adversario político en enemigo personal.

Se puede cuestionar la gestión de Pedro Sánchez, criticar sus decisiones, exigir responsabilidades y defender una alternativa de gobierno sin contribuir a un clima permanente de hostilidad.

Precisamente eso parecía defender Feijóo cuando llegó a Madrid.

Por eso me pregunto:

¿Será que, de tanto mirar hacia su derecha, ha dejado de mirarse a sí mismo?


Porque las malas compañías pueden explicar determinados hábitos, pero no eximen a nadie de la responsabilidad de adquirirlos.

La sombra de Casado

Y aquí es donde vuelvo a recordar aquella fotografía.

¿Se habrá colocado Feijóo alguna vez delante de un espejo como aquel?

¿Se habrá preguntado si sigue siendo el mismo político que desembarcó en Madrid proclamando que no venía a insultar a nadie?

¿O habrá descubierto que, en la política nacional, las convicciones personales pueden encontrarse con dificultades que no figuraban en el programa de viaje?

A veces pienso en el recuerdo de Casado.

Porque debe de resultar aleccionador llegar a presidir un partido, contemplar cómo se cuestiona tu liderazgo desde dentro y terminar abandonándolo en circunstancias tan traumáticas.

¿Puede ese precedente influir en las decisiones de quien le sucede?

No lo sé.

¿Podría Feijóo considerar que contrariar a determinados sectores de su partido entraña riesgos para su propio liderazgo?

Tampoco lo sé.

Sería aventurado afirmar que esa es la explicación de su conducta.

Pero me parece legítimo hacerse esas preguntas cuando uno observa el contraste entre las palabras que acompañaron su llegada y algunas de sus actuaciones posteriores.

Quizá sea una cuestión de convicciones. Quizá de estrategia. Quizá de supervivencia política.

O quizá, sencillamente, considere que está cumpliendo cuanto prometió.

Solo él puede saberlo.

Y es que el espejo tiene un pequeño inconveniente: no siempre devuelve la imagen que nos gustaría contemplar.

El regreso a la ribera del Miño

Y todavía me permito una última maldad, naturalmente irónica.

¿Y si Feijóo estuviera preocupado por la posibilidad de que, después de tantos años de política, tuviera que regresar a su tierra sin haber conseguido instalarse en La Moncloa?

Porque volver a la ribera del Miño, después de haber presidido Galicia durante tantos años, no debería constituir ninguna tragedia.

Galicia sigue siendo Galicia, con sus paisajes, sus gentes, sus ríos y su incomparable capacidad para contemplar las cosas con paciencia y retranca.

Pero claro, una vez que se ha probado el ambiente de la política nacional, quizá resulte difícil renunciar al sueño de presidir el Gobierno de España.

Siempre quedaría la jubilación, naturalmente.

Aunque, sin haber pasado por La Moncloa, quizá tuviera que conformarse con ella sin el complemento de algún sillón en el consejo de administración de una gasista, una eléctrica, una telefónica o cualquier otra gran empresa necesitada de experimentados exresponsables políticos.

¡Qué contrariedad!

Tener que jubilarse y vivir de la pensión, sin más.

Como hacemos millones de españoles.

Y, por cierto, algunos hasta conseguimos hacerlo sin necesidad de pedir sacrificios a los demás.

El espejo que todos deberíamos tener

Pero volvamos al principio.

A aquella fotografía de Casado, al lavabo, a las mangas de camisa y a la mirada perdida frente al espejo.

Quizá mi reflexión no tenga tanto que ver con Casado ni con Feijóo como con algo bastante más elemental: la necesidad de ser coherentes con nosotros mismos.

Todos cambiamos. Todos podemos rectificar. Todos podemos descubrir que determinadas convicciones necesitan ser revisadas.

Y los políticos, naturalmente, también.

Lo importante no es permanecer inmóviles, sino ser capaces de explicar por qué hemos cambiado, qué nos ha hecho cambiar y qué queda de aquellos principios que un día proclamamos públicamente.

Porque no es lo mismo evolucionar que acomodarse. Ni rectificar que renunciar silenciosamente a lo prometido.

Y porque gobernar, o aspirar a hacerlo, debería exigir algo más que conseguir el poder.

Debería exigir conservar la capacidad de reconocerse en las propias palabras.

Por eso sigo pensando en aquella fotografía.

Y me pregunto si el problema de algunos políticos será que han dejado de mirarse al espejo o que, cuando lo hacen, ya no reconocen a quien les devuelve la mirada.

Aunque quizá lo verdaderamente preocupante sea que se reconozcan perfectamente y que ya no les importe lo que ven.

El Rincón de Kurro — 17 de octubre de 2026

AYER COMO HOY: EL PAN, LOS SACRIFICIOS Y EL «QUE SE JODAN»


El Rincón de Kurro | Opinión | 17 de octubre de 2026

Hay frases que nunca deberían olvidarse. No porque constituyan por sí solas la definición ideológica de un partido, sino porque, pronunciadas en determinados momentos, permiten reflexionar sobre la consideración que algunos responsables políticos tienen hacia quienes sufren las consecuencias de sus decisiones.

Corría julio de 2012. España atravesaba una de las mayores crisis económicas de su historia reciente. El paro castigaba a millones de familias y Mariano Rajoy anunciaba en el Congreso nuevos recortes, entre ellos la reducción de las prestaciones por desempleo.

Desde la bancada del Partido Popular, entre aplausos, la diputada Andrea Fabra gritó: «¡Que se jodan!». A su lado se escuchó también un «¡Ya era hora!».

Después explicó que el insulto iba dirigido a los diputados socialistas y no a los desempleados. Sea como fuere, aquellas palabras quedaron asociadas a uno de los momentos más dolorosos para miles de familias españolas.

Pero no era la única frase que merecía pasar a la memoria política de nuestro país.

En mayo de 2010, Cristóbal Montoro, que ya había sido ministro de Hacienda con Aznar y volvería a serlo con Rajoy, protagonizó otro episodio memorable.

Según denunció Ana Oramas, diputada de Coalición Canaria, Montoro le había espetado, intentando que votara contra las medidas de ajuste del Gobierno de Zapatero: «Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros».

Cuando Rubalcaba se lo recordó en el Congreso en julio de 2012, Montoro, lejos de negar expresamente aquella conversación, justificó su actuación afirmando que entonces trabajaba en una alternativa política.

La frase tiene una carga política extraordinaria. No se trataba simplemente de querer sustituir a un Gobierno, aspiración completamente legítima en democracia. Lo verdaderamente preocupante era la posibilidad de aceptar el deterioro de la situación del país como precio para alcanzar el poder.

Y el tiempo nos ha deparado una circunstancia que invita, cuando menos, a la ironía.

Aquel ministro, responsable de las finanzas públicas, ha terminado investigado judicialmente por su presunta participación en una trama destinada a conseguir modificaciones fiscales favorables a determinadas empresas, a través del despacho Equipo Económico, que él mismo había fundado.

Por supuesto, hablamos de una investigación judicial, no de una condena. La presunción de inocencia debe respetarse siempre.

Pero la imagen resulta inevitable: el presunto cocinero de leyes a la carta para distinguidos comensales.

Mientras a millones de ciudadanos se les servía el menú de los recortes, la justicia investiga si determinados intereses empresariales podían encargar platos fiscales especialmente preparados para ellos.

En mayo de 2018 llegaría otra expresión difícil de olvidar. Carmen Martínez Castro, secretaria de Estado de Comunicación del Gobierno de Rajoy, fue grabada refiriéndose a unos pensionistas que protestaban en Alicante:

«¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: pues os jodéis!».

Pidió disculpas después, pero aquellas palabras también quedaron para la historia.

Tres episodios, tres circunstancias y una pregunta común: ¿qué consideración merecen los ciudadanos corrientes cuando sus necesidades incomodan al poder?

Y llegamos al presente

Han pasado los años, han cambiado los protagonistas y las circunstancias económicas son distintas. Pero seguimos asistiendo a debates políticos en los que resulta imprescindible preguntarse quién asume los sacrificios y quién recibe los beneficios.

Recordemos que, durante varios ejercicios del Gobierno de Rajoy, las pensiones se revalorizaron apenas un 0,25 %, desvinculadas del IPC. Cuando los precios crecían por encima de ese porcentaje, los pensionistas perdían poder adquisitivo.

En noviembre de 2022, PP y Vox votaron contra los gravámenes extraordinarios a la banca, las energéticas y las grandes fortunas.

En octubre de 2026, PP, Vox y Junts rechazaron dos decretos sobre vivienda que incluían medidas de protección de los inquilinos y prórrogas de alquileres.

Todos ellos defendieron sus razones económicas y jurídicas. Naturalmente, tienen derecho a hacerlo. Pero los ciudadanos también tenemos derecho a valorar las consecuencias sociales de sus decisiones y a preguntarnos qué intereses quedan mejor protegidos.

No todas las votaciones son iguales: el pasado 16 de octubre, por ejemplo, el PP sí respaldó las ayudas para afrontar las consecuencias de la DANA y la crisis energética, mientras Vox votó en contra.

Precisamente por eso hay que examinar cada decisión y no quedarse exclusivamente en los discursos.

Y ahora Alberto Núñez Feijóo nos anuncia que quiere presidir un Gobierno que nos pida sacrificios.

El Partido Popular asegura que habla de esfuerzo personal, no de recortes. Bien. Pero después de conocer determinadas experiencias históricas, parece razonable exigir que se concrete qué sacrificios se pretenden pedir, a quiénes y con qué finalidad.

Porque los sacrificios no significan lo mismo para quien vive de su trabajo o de una pensión que para quien dispone de un patrimonio considerable.

El pan y quienes lo untan

Hay una expresión popular que resume bastante bien una realidad de la vida: cada cual sabe por qué lado tiene untado el pan.

Y, en política, quizá deberíamos preguntarnos también quién unta ese pan y a quién se le sirve la mejor parte.

Las decisiones de los gobiernos y los parlamentos nunca son socialmente neutras. Reducir determinados impuestos, modificar las condiciones laborales, intervenir o no en el mercado de la vivienda, actualizar las pensiones o exigir mayores contribuciones a las grandes fortunas son decisiones que afectan de manera diferente a cada sector de la sociedad.

Las derechas defienden, legítimamente, un modelo económico en el que conceden especial importancia a la iniciativa privada, la propiedad y la reducción de determinadas cargas fiscales.

Mi discrepancia surge cuando, a mi juicio, esas prioridades terminan colocando la protección de intereses económicamente poderosos por delante de las necesidades del pueblo llano.

Y todavía me preocupa más una forma de ejercer la oposición que convierte el desgaste del Gobierno en un objetivo tan importante que puede acabar relegando los problemas concretos de los ciudadanos.

Oponerse es democrático. Fiscalizar al Gobierno es imprescindible. Denunciar sus errores es una obligación de cualquier oposición responsable.

Pero una cosa es querer que caiga un Gobierno y otra muy distinta aceptar que el país sufra para facilitar esa caída.

España no es Pedro Sánchez, como tampoco lo fue José Luis Rodríguez Zapatero.

España somos quienes trabajamos, quienes hemos trabajado toda una vida, quienes buscan empleo, quienes necesitan una vivienda y quienes dependen de una sanidad, una educación y unas pensiones públicas dignas.

Y nuestras necesidades no deberían convertirse en instrumentos de una batalla partidista.

Una reflexión final

No afirmo que todos los dirigentes de derecha piensen igual ni que todos sus votantes compartan estas expresiones. Sería injusto y, además, falso.

Tampoco sostengo que cualquier medida de un Gobierno progresista sea necesariamente acertada. Hay decisiones que deben ser corregidas, errores que deben reconocerse y responsabilidades que deben exigirse.

Lo que cuestiono es una determinada manera de hacer política, documentada en declaraciones y decisiones concretas, que me lleva a desconfiar cuando los sacrificios se reclaman insistentemente a la ciudadanía mientras se defienden ventajas fiscales para determinados sectores económicos.

Porque tengo la impresión de que, con demasiada frecuencia, el pan se unta por arriba y los sacrificios se reparten por abajo.

Y ahí es donde vuelve a resonar aquel desagradable «¡Que se jodan!», aunque hayan cambiado los tiempos y los protagonistas.

La oposición no está para hacer que los ciudadanos vivan peor y así tener más posibilidades de gobernar. Está para demostrar que sabe cómo conseguir que vivan mejor.

Porque gobernar un país no debería consistir en decidir quién tiene que joderse para que otros puedan seguir disfrutando de la mejor parte del pastel.

Y porque España no necesita que nadie la deje caer para después prometer que la levantará.

Necesita que quienes aspiran a gobernarla contribuyan, también desde la oposición, a mantenerla en pie.



martes, 13 de octubre de 2026

¿SE HA CANSADO ESPAÑA DE LA DEMOCRACIA?


El 29 de noviembre, entre la memoria, el desencanto y el futuro


Me resisto a creer que España se haya cansado de la democracia. Me resisto a pensar que una sociedad que tanto tuvo que recorrer para conquistar sus libertades haya decidido, de repente, abrazar mayoritariamente postulados ultraconservadores. No me lo creo. O, al menos, necesito encontrar una explicación más convincente.

Y, sin embargo, algo está ocurriendo.

El próximo 29 de noviembre tenemos una cita con las urnas que considero trascendental. No porque cualquier elección carezca de importancia, sino porque esta podría dar paso a una situación inédita en nuestra democracia constitucional: la incorporación de un partido situado en la ultraderecha al Gobierno de España, ocupando sus representantes los sillones azules del Congreso de los Diputados.

No hablo de una posibilidad remota inventada para infundir miedo. Hablo de un escenario contemplado por encuestas que atribuyen al Partido Popular y a Vox una representación conjunta próxima a los doscientos diputados, e incluso superior en algunas estimaciones.

Doscientos diputados. Conviene detenerse un momento en esa cifra.

Son muchos escaños, mucho poder parlamentario y una considerable capacidad para modificar leyes, aprobar presupuestos y orientar las políticas públicas. No es un poder ilimitado, naturalmente. La Constitución impone garantías que ninguna mayoría ordinaria puede eludir. Pero tampoco debemos confundir esas garantías con la imposibilidad de transformar profundamente nuestro modelo social.

Porque una cosa es no poder suprimir las comunidades autónomas sin una reforma constitucional y otra muy distinta es no poder modificar buena parte de la legislación que regula las relaciones laborales, la fiscalidad, la vivienda, la protección social o los servicios públicos.

Y aquí surge mi primera pregunta: ¿somos verdaderamente conscientes de lo que puede cambiar con una mayoría parlamentaria de semejante magnitud?

Durante los últimos ocho años, España ha conocido gobiernos presididos por Pedro Sánchez y, desde enero de 2020, gobiernos de coalición progresista. Un periodo atravesado por acontecimientos extraordinarios: la pandemia, la erupción volcánica de La Palma, la dana de Valencia y sucesivas crisis internacionales.

No han sido años fáciles. Tampoco han faltado errores, controversias, incumplimientos y motivos legítimos de crítica.

Pero sería igualmente injusto ignorar los avances.

España ha alcanzado cifras históricas de ocupación. En el segundo trimestre de 2026 se aproximaba a los 22,8 millones de personas empleadas y la tasa de paro descendía al 9,87 %. El salario mínimo interprofesional ha pasado de los 735,90 euros mensuales de 2018 a los 1.221 euros de 2026, en catorce pagas. Se ha reformado la legislación laboral, se han adoptado medidas de protección del empleo y se ha recuperado la actualización de las pensiones conforme al IPC.

No son opiniones. Son hechos contrastables.

¿Significa eso que todo marcha bien? Naturalmente que no.

La vivienda se ha convertido en un problema angustioso. Hay trabajadores que, aun teniendo empleo, encuentran enormes dificultades para independizarse. El encarecimiento de la vida reduce la percepción de las mejoras salariales. Y, según los datos de 2025, más de una cuarta parte de la población española continúa en riesgo de pobreza o exclusión social.

De poco sirve proclamar que la economía crece si quien escucha tiene dificultades para pagar el alquiler.

Pero precisamente por eso deberíamos ser capaces de distinguir entre lo conseguido, lo pendiente y lo que propone cada alternativa política.

¿Por qué, entonces, la mejora de tantos indicadores no se traduce necesariamente en una mayor confianza electoral?

Creo que una parte de la respuesta está en el clima político que hemos ido construyendo —o permitiendo que se construya— durante estos años.

La discrepancia, indispensable en democracia, ha ido acompañándose de una creciente confrontación personal. El adversario político deja de ser alguien que propone soluciones distintas y pasa a convertirse, para algunos discursos, en un enemigo al que hay que desacreditar.

El insulto sustituye al argumento. La sospecha suplanta a la prueba. El bulo viaja más deprisa que su desmentido. Y la repetición termina dando apariencia de certeza a afirmaciones que quizá nunca debieron superar el primer examen de veracidad.

No pretendo repartir responsabilidades por igual ni disculpar comportamientos concretos. Cada formación y cada dirigente deben responder por sus propias palabras y actuaciones.

Pero sí me preocupa que hayamos normalizado una manera de hacer política en la que parece importar más destruir la credibilidad del contrario que explicar las virtudes del proyecto propio.

En ese contexto, merece una reflexión particular la evolución del Partido Popular.

El 1 de junio de 2018, Mariano Rajoy perdió la Presidencia del Gobierno mediante una moción de censura aprobada por el Congreso, después de conocerse la sentencia del caso Gürtel. Fue un procedimiento plenamente constitucional.

Tengo la impresión de que aquel acontecimiento dejó una profunda herida política en el PP, aunque sería aventurado atribuir a esa circunstancia, por sí sola, toda su evolución posterior.

Lo que sí podemos observar son sus acuerdos con Vox y la creciente presencia de esta formación en el debate sobre las posibles mayorías de gobierno.

Un Partido Popular que históricamente aspiró a representar un amplio espacio de centroderecha se encuentra hoy ante el desafío de competir electoralmente con una derecha más radical y, al mismo tiempo, contemplarla como posible socio.

¿Hasta dónde puede llevar esa relación? ¿Qué parte de sus respectivos programas prevalecería en un eventual acuerdo de gobierno?

No son preguntas menores.

Vox ha defendido la sustitución del Estado autonómico por un Estado unitario, administrativamente descentralizado. Es una propuesta que afectaría a elementos esenciales de nuestra organización constitucional y que exigiría, para llevarse a cabo plenamente, una reforma de la Constitución.

Defender una reforma constitucional es legítimo. Pero también lo es examinar sus consecuencias y discrepar profundamente de ella.

Porque la democracia consiste precisamente en poder confrontar modelos de sociedad, no en dar por supuesto que todos son equivalentes.

Y aquí aparece otro fenómeno que considero extraordinariamente dañino: el mantra de que todos los políticos son iguales.

¡Cuántas veces lo habremos leído o escuchado!

Todos son iguales. Todos prometen. Todos engañan. Todos buscan lo mismo. Da igual quién gobierne.

A fuerza de repetirlo, esa afirmación puede terminar convirtiéndose en una explicación cómoda de cualquier frustración.

Si todos son iguales, ¿para qué interesarse por sus programas? ¿Para qué comprobar qué votan en el Parlamento? ¿Para qué distinguir entre quien aprueba una disposición y quien se opone a ella?

Y, finalmente, ¿para qué votar?

No estoy diciendo que el desencanto sea inventado. Hay motivos reales para la decepción política, y los gobernantes harían mal en ignorarlos.

Pero convertir la legítima desconfianza en la convicción de que ninguna decisión política puede cambiar nada equivale a privar a la ciudadanía de una parte fundamental de su poder democrático.

La abstención adquiere aquí una importancia extraordinaria.

Millones de personas no participan en las elecciones. Unas por desencanto, otras por desinterés, por protesta o por circunstancias personales. Sería injusto reducir todas esas conductas a indiferencia.

Pero el resultado práctico es que las decisiones terminan adoptándose con los votos de quienes sí participan.

No sabemos cómo votarían los abstencionistas si acudieran a las urnas, ni debemos atribuirles de antemano una determinada ideología. Lo que sí sabemos es que su ausencia también condiciona la representación parlamentaria.

Y me pregunto si hemos hecho lo suficiente para comprender por qué tantos ciudadanos han dejado de sentirse protagonistas de la vida pública.

En mis recorridos por las redes sociales encuentro, además, otro problema que me inquieta: el desconocimiento del funcionamiento de nuestras instituciones.

Es frecuente comprobar cómo se atribuyen al Gobierno central responsabilidades que corresponden principalmente a las comunidades autónomas o a los ayuntamientos. Y también sucede lo contrario.

Pensemos en los incendios forestales o en las inundaciones de Valencia.

Las comunidades autónomas tienen responsabilidades esenciales en la prevención y extinción de incendios y en la dirección ordinaria de muchas emergencias. El Estado, por su parte, dispone de competencias y medios de apoyo, coordinación y, en determinadas circunstancias, dirección nacional.

Son responsabilidades diferentes, aunque relacionadas.

Sin embargo, demasiadas veces la exigencia de responsabilidades parece depender menos de las competencias legales que de la simpatía o antipatía política hacia quien gobierna cada administración.

Si gobierna alguien de los míos, buscamos explicaciones. Si gobierna alguien de los otros, buscamos culpables.

Y así resulta muy difícil ejercer un control democrático verdaderamente informado.

Por eso considero que la cultura institucional debería ser una responsabilidad permanente del Estado, entendido en todos sus niveles: local, autonómico y estatal.

No para enseñar a nadie a pensar políticamente de una determinada manera, sino para enseñar cómo funciona nuestro sistema democrático.

Quién legisla. Quién ejecuta. Quién financia. Quién gestiona. Quién responde. Qué es una ley ordinaria, una ley orgánica o una reforma constitucional. Qué pueden hacer los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el Gobierno de España.

Y, sobre todo, cómo podemos los ciudadanos exigir responsabilidades con conocimiento.

La democracia necesita electores, pero también necesita ciudadanos informados durante los cuatro años que transcurren entre unas elecciones y otras.

No basta con enseñar dónde se introduce una papeleta. Hay que comprender qué decisiones pueden adoptarse gracias a ella.

Y volvemos al principio.

No creo que España se haya cansado de ser democrática. Creo que una parte de la sociedad puede estar cansada, frustrada, desconfiada y, en ocasiones, insuficientemente informada sobre el alcance de sus propias decisiones políticas.

Tampoco creo que debamos interpretar automáticamente unas encuestas favorables a la derecha como la prueba de que España se ha convertido en una sociedad mayoritariamente ultraconservadora.

Hay desplazamientos de voto, desencanto, problemas materiales, diferencias generacionales, debates identitarios y muchos otros factores que merecen analizarse sin simplificaciones.

Pero el próximo 29 de noviembre habrá que convertir todas esas inquietudes en una decisión electoral.

No pretendo decirle a nadie a quién debe votar. Ni siquiera que tenga que compartir mis preocupaciones.

Lo que sí deseo es que conozca las diferencias entre los proyectos políticos, las consecuencias posibles de sus propuestas y los límites que establece nuestra Constitución.

Porque las urnas no deciden solamente quién aparece en la fotografía del próximo Consejo de Ministros. Determinan también quién podrá impulsar, mantener o modificar las leyes que ordenan buena parte de nuestra convivencia.

Y termino con una última reflexión.

Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de apreciar la democracia.

Tal vez el problema sea que, entre tanto ruido, tanta descalificación y tanta frustración, estamos olvidando para qué sirve, cómo funciona y cuánto ha costado construirla.

El 29 de noviembre llegará, votaremos quienes decidamos hacerlo y las urnas hablarán.

Pero el verdadero examen democrático no estará solamente en aceptar su resultado. También estará en nuestra capacidad para comprenderlo, vigilar a quienes gobiernen y exigirles que respeten los derechos, las instituciones y las reglas de convivencia que nos pertenecen a todos.

Porque la democracia no es propiedad de quien gana unas elecciones. Ni deja de ser responsabilidad de quienes las pierden. Es patrimonio de toda la ciudadanía.

El Rincón de Kurro



jueves, 10 de septiembre de 2026

La tumba interminable: la hipérbole de la derecha frente al Perro que no cae.


​Llevamos años escuchando que el fin está cerca. Que cada crisis, cada sobresalto y cada pleno del Congreso es la tumba definitiva de Pedro Sánchez. La oposición ha construido su estrategia sobre una profecía autocumplida que nunca llega a cumplirse: desde las emergencias sanitarias o las mociones estrafalarias con Ramón Tamames, hasta el desgaste por el entorno familiar y la deshumanización personal. Sin embargo, la aritmética aguanta y el "Perro", aunque acuse el cansancio, sigue demostrando que sabe morder cuando lo acorralan.

​El verdadero problema para el bloque de la derecha no es solo la resistencia del Gobierno, sino el monstruo retórico que han alimentado. En su afán por no dejarse adelantar por Vox, el PP ha asumido el lenguaje de la hipérbole y la trinchera. Lo hemos visto recientemente con la crisis de Ceuta: al calificar cualquier situación límite como "invasión" o "traición", la derecha tradicional busca la bala de plata
que nunca llega.  

​Pero la hiperventilación tiene un precio. Mientras Feijóo y sus portavoces elevan la temperatura parlamentaria al límite, la demoscopia deja una lección clara: cuanto más se enfurece el PP, más engorda Vox. Al renunciar al contraste de programas y fiarlo todo a la cacería política, la oposición se atrapa en su propia impaciencia. Llegará el día en que tengan que explicar un proyecto de país frente a un electorado cansado del ruido, y para entonces, el Perro —sin amo y con cicatrices— seguirá ahí, esperando en el barro. 

M

miércoles, 26 de agosto de 2026

La soberanía acorralada: geopolítica, ciberguerra y la brecha interna


​Publicado el: 26 de agosto de 2026
Por: Kurro
Blog: El Rincón de Kurro

​La reciente filtración masiva de agentes de la inteligencia marroquí por parte del grupo de ciberseguridad Jabaroot y la permanente sombra del ciberespionaje a través de herramientas como Pegasus no son hechos aislados. Revelan un fenómeno cada vez más evidente: la convergencia entre presiones geopolíticas externas y el desgaste político irresponsable desde el ámbito interno sobre el gobierno progresista de coalición en España.

​No estamos ante meros episodios informativos o disputas diplomáticas menores; presenciamos una auténtica operación de tenaza que busca erosionar la autonomía estratégica del país e impedir la consolidación de un proyecto político de progreso.

​1. La presión en la frontera sur: la diplomacia del chantaje y las sombras de Pegasus

​Las tensiones en el entorno del Estrecho de Gibraltar y las fronteras de Ceuta y Melilla han dejado de responder a las dinámicas clásicas de la diplomacia tradicional. Hoy nos enfrentamos a una estrategia de guerra híbrida donde los flujos migratorios, las filtraciones opacas de datos de inteligencia y el uso de programas de espionaje avanzado como Pegasus son empleados como palancas de presión sobre un Estado soberano.

​Para determinados actores externos con visiones autocráticas o fuertemente pragmáticas, la presencia de un gobierno progresista en España resulta incómoda. Un Ejecutivo que defiende el multilateralismo, la legalidad internacional y un modelo de convivencia democrático e inclusivo es percibido como un interlocutor menos maleable y más proclive a resistir presiones que un gabinete conservador volcado hacia postulados más intransigentes o subordinados a acuerdos opacos.

​Las filtraciones masivas y las maniobras cibernéticas no solo buscan exponer a un aparato de seguridad extranjero; buscan también sembrar la duda en las instituciones españolas, condicionar la agenda exterior y chantajear la autonomía política del Estado.

​2. La pinza política: el patriotismo de trinchera y la derecha irresponsable

​Lo verdaderamente grave para el futuro de nuestra democracia no es únicamente la existencia de vectores de presión extranjera —algo previsible en el tablero geopolítico actual—, sino cómo esas maniobras encuentran eco y facilitación dentro de nuestras propias fronteras.

​Tradicionalmente, las cuestiones relativas a la seguridad nacional, la inteligencia y la política exterior requerían un suelo mínimo de consenso e institucionalidad. Sin embargo, la oposición articulada por el Partido Popular y Vox ha optado por dinamitar ese pacto implícito. En su afán por desgastar al gobierno de Pedro Sánchez e impedir la reedición y consolidación del bloque de investidura, la derecha ha emprendido una estrategia de acoso y derribo a cualquier precio.

​Se produce así una paradoja flagrante: quienes enarbolan con vehemencia la bandera del patriotismo terminan comprando y amplificando los marcos narrativos dictados por actores externos que buscan debilitar al Estado. Al calificar sistemáticamente al Ejecutivo legítimo como un «gobierno vendido» o «débil», la derecha actúa como un catalizador inestimable para las operaciones de injerencia, erosionando la credibilidad e imagen internacional de España para conseguir un rédito electoral a corto plazo.

​3. Hacia una respuesta verdaderamente progresista y democrática

​Frente a esta doble presión —externa e interna—, la respuesta de las fuerzas progresistas no puede ser la complacencia ni la mera postura defensiva. Es imperativo articular una defensa firme de la soberanía popular y de la calidad democrática:

​Fortalecimiento institucional y ciberseguridad: Garantizar la soberanía tecnológica del Estado y dotar al CNI y a los organismos de inteligencia de capacidades de vanguardia que prevengan el espionaje masivo y las interferencias opacas de terceros países.

​Transparencia frente al chantaje: Explicar con pedagogía y claridad a la ciudadanía los riesgos geopolíticos reales, evitando que la desinformación o la guerra psicológica dobleguen las políticas de Estado.

​Defensa firme del proyecto progresista: Demostrar que un gobierno con vocación social es la mejor garantía para defender el interés general, la integridad territorial y el respeto a los derechos humanos, sin ceder ante presiones autoritarias externas ni ante el ruido mediático y político interno.

​La soberanía de España no se defiende con discursos inflamados sobre fronteras o banderas, sino garantizando que la voluntad popular expresada en las urnas no sea tutelada ni por potencias extranjeras ni por oligarquías políticas incapaces de asumir las reglas del juego democrático.

lunes, 17 de agosto de 2026

Apagón general: cuando la luz de Cuba no la apaga el sol


​El silencio de las noches sin luz en Cuba ya no es un silencio tranquilo; es el rugido sordo de una crisis que consume a todo un país. Detrás de las cifras geopolíticas, las sanciones y las declaraciones oficiales, hay millones de vidas suspendidas en una penumbra cotidiana que asfixia, agota y desespera.

​Pensar en la Cuba de hoy no es pensar en un debate ideológico, sino en la realidad cruda de un hogar a oscuras. Imagina llevar más de veinte horas diarias sin electricidad en pleno calor caribeño, viendo cómo lo poco que lograste conseguir para alimentar a tu familia se echa a perder en una nevera apagada. Imagina no tener agua corriente porque las bombas necesitan una energía que simplemente no llega, o ver a un familiar enfermo sufrir sin poder conseguir los medicamentos más elementales en la farmacia de la esquina.

​En los hospitales, la situación roza lo inverosímil. Médicos con las manos atadas teniendo que suspender intervenciones quirúrgicas esenciales por falta de fluido eléctrico o de insumos básicos; salas de maternidad que operan bajo una tensión insostenible y enfermos crónicos que ven interrumpidos sus tratamientos vitales. No se trata solo de la falta de luz; se trata de la falta de margen para sobrevivir.

​Mientras la ayuda de emergencia de organismos internacionales gotea con lentitud —frenada por la propia parálisis logística de la isla y la falta de combustible—, la respuesta geopolítica global sigue atrapada en el ajedrez de siempre. Entre las presiones externas que asfixian aún más el flujo de recursos y las reformas internas que no terminan de aliviar el día a día de la gente, la población civil queda atrapada en el centro de una tormenta perfecta.

​La pregunta que resuena con dolor ante la mirada de un mundo que a menudo prefiere mirar hacia otro lado es evidente: ¿hasta cuándo la dignidad y el bienestar de millones de personas seguirán siendo el daño colateral de un conflicto interminable? Hoy, en cada esquina a oscuras de la isla, no solo falta corriente eléctrica; se está apagando, a fuego lento, la paciencia y la vida cotidiana de un pueblo.