La democracia no corre peligro solamente cuando alguien pretende silenciar a quienes piensan diferente. También se debilita cuando conseguimos que nadie quiera escucharlos.
De la ficción a una realidad inquietante
En 2006, la película Idiocracia, dirigida por Mike Judge, imaginaba un futuro disparatado en el que la ignorancia había terminado por imponerse al conocimiento, la vulgaridad al razonamiento y el espectáculo al pensamiento.
Era una comedia. Una caricatura deliberadamente exagerada que pretendía hacernos reír.
Veinte años después, algunas de sus escenas pueden suscitar una sonrisa bastante más incómoda.
No porque estemos viviendo literalmente aquella ficción, sino porque resulta inquietante comprobar cómo determinados mecanismos que la película ridiculizaba encuentran paralelismos en nuestro debate público.
El grito se impone al argumento. La ocurrencia desplaza a la explicación. El insulto consigue más atención que una propuesta razonada. Y no faltan quienes han descubierto que, para obtener adhesiones, puede resultar más rentable despertar resentimientos que ofrecer soluciones.
Tengo la inquietante sensación de que estamos caminando hacia una sociedad en la que pensar críticamente empieza a resultar incómodo y en la que razonar corre el riesgo de convertirse en una actividad casi extravagante.
No porque seamos menos inteligentes que nuestros antepasados. Ni siquiera porque estemos menos informados.
Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, sin embargo, pocas veces me había preocupado tanto la facilidad con la que un eslogan puede imponerse a un razonamiento.
Estamos rodeados de información, pero eso no significa que estemos mejor informados. Y mucho menos que seamos más capaces de distinguir entre lo verdadero, lo falso y lo simplemente conveniente.
Quizás lo verdaderamente preocupante no sea que existan dirigentes dispuestos a explotar la ignorancia, sino que estemos dejando de exigirles que la combatan.
Porque cuando una sociedad deja de hacer preguntas, quienes pretenden gobernarla pueden terminar considerando innecesario dar respuestas.
La extraordinaria rentabilidad del mensaje simplón
Explicar un problema exige conocerlo. Proponer una solución requiere estudiar sus causas, valorar alternativas, calcular consecuencias y reconocer dificultades.
Pero todo ese esfuerzo puede ahorrarse con una frase contundente, una acusación escandalosa o una promesa suficientemente atractiva.
¿Que las pensiones plantean importantes desafíos de financiación? No hace falta explicar la demografía, las cotizaciones, los salarios, la productividad o los ingresos públicos. Basta con prometer que eliminando determinados gastos sobrará dinero para todo.
¿Que los servicios públicos necesitan más recursos? Prometamos bajar impuestos sin explicar cómo sostendremos la sanidad, la educación o la atención a la dependencia.
¿Que la vivienda se ha convertido en un problema para millones de personas? Busquemos un culpable al que señalar, aunque las causas sean mucho más complejas.
¿Que la realidad contradice nuestro discurso? Peor para la realidad.
La demagogia tiene una ventaja extraordinaria sobre la pedagogía: no necesita demostrar que sus soluciones funcionan. Le basta con conseguir que su público quiera creerlas.
Y cuanto más simple sea el mensaje, más fácil resultará repetirlo, compartirlo y convertirlo en una supuesta verdad colectiva.
No importa tanto que la propuesta sea razonable como que resulte emocionalmente atractiva.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Primero se desacredita, después se deshumaniza
Hay algo que me preocupa todavía más que la simplificación de los problemas: la progresiva normalización del desprecio hacia quien piensa de manera diferente.
Ya no basta con discrepar de las ideas del adversario. Parece necesario presentarlo como un ser despreciable, indigno, peligroso o moralmente inferior.
No se combate su argumento: se ataca su persona.
No se rebate una propuesta: se insulta a quien la formula.
No se discuten sus decisiones: se cuestiona hasta su derecho a participar en el debate.
Y así se consigue algo extraordinariamente peligroso.
Cuando previamente has convencido a alguien de que su adversario es despreciable, ya no necesitas demostrar que sus argumentos son falsos. Has conseguido que no quiera escucharlos.
El insulto deja entonces de ser una simple manifestación de mala educación. Se convierte en un instrumento para desautorizar al adversario antes de que pueda abrir la boca.
Y si alguien intenta introducir un matiz, aportar un dato o plantear una reflexión, enseguida puede ser señalado como cómplice del enemigo.
Ya no se trata de convencer. Se trata de dividir el mundo entre los nuestros y los otros.
Esa es, a mi juicio, una de las formas más eficaces de empobrecer una democracia.
Porque el pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar lo que dicen nuestros adversarios. Consiste también, y especialmente, en someter a examen aquello que dicen quienes nos resultan simpáticos, próximos o ideológicamente afines.
Y eso, reconozcámoslo, cuesta bastante más.
El gran circo de las emociones
Las redes sociales han proporcionado un escenario formidable para esta transformación.
Un razonamiento elaborado necesita tiempo y atención. Un insulto apenas necesita unos segundos.
Una explicación económica puede exigir varios párrafos. Un vídeo de diez segundos, convenientemente recortado, puede provocar miles de reacciones.
Una rectificación razonada rara vez despierta tanto entusiasmo como una acusación escandalosa.
Y así vamos convirtiendo el debate público en una competición por nuestra atención.
La indignación, el miedo, el resentimiento y la ira se convierten en poderosos instrumentos de movilización emocional.
Hay quienes ya ni siquiera necesitan explicar por qué deberíamos apoyar sus propuestas. Les basta con convencernos de que debemos rechazar, despreciar o temer a quienes tienen enfrente.
El problema no es sentir emociones. Son consustanciales a nuestra humanidad y tienen un papel legítimo en la política.
El problema aparece cuando dejamos que las emociones sustituyan al razonamiento, en lugar de acompañarlo.
Cuando dejamos de preguntarnos si algo es cierto y comenzamos a valorar únicamente si confirma lo que ya creíamos.
Cuando compartimos una noticia porque perjudica a quien detestamos, sin molestarnos en comprobarla.
Cuando disculpamos en los nuestros aquello que condenamos indignados en los demás.
O cuando aceptamos cualquier disparate, siempre que lo pronuncie alguien de nuestro bando.
Entonces dejamos de ser ciudadanos que opinan y corremos el riesgo de convertirnos en simples seguidores que aplauden.
Dirigentes que ya no necesitan explicar nada
Imaginemos por un momento el escenario ideal para un dirigente político poco interesado en rendir cuentas.
Un público que aplaude sus afirmaciones sin pedir pruebas.
Que recibe sus promesas sin exigir cifras.
Que justifica sus contradicciones sin solicitar explicaciones.
Que interpreta cualquier crítica como un ataque de sus enemigos.
Y que considera una traición escuchar argumentos procedentes del otro lado.
¿Qué necesidad tendría ese dirigente de elaborar propuestas rigurosas?
¿Para qué explicar de dónde saldrá el dinero, cuáles serán las consecuencias de sus decisiones o qué sacrificios exigirán?
¿Para qué comparecer ante preguntas incómodas si basta con denunciar una conspiración, señalar a un enemigo o lanzar una consigna?
El poder sin espíritu crítico enfrente encuentra muchas menos dificultades para convertirse en arbitrariedad.
Y esto no debería preocuparnos únicamente cuando gobiernan quienes rechazamos.
Tendría que preocuparnos, sobre todo, cuando gobiernan aquellos con quienes simpatizamos.
Porque una democracia no mejora cuando dejamos de fiscalizar a los nuestros. Se debilita.
La democracia necesita gobiernos responsables, oposiciones exigentes y ciudadanos capaces de distinguir entre la crítica legítima y la descalificación sistemática.
No necesita hinchas políticos que perdonen cualquier cosa a los suyos y condenen exactamente lo mismo cuando lo hacen los contrarios.
¿Y nosotros? ¿No tenemos responsabilidad?
Sería demasiado cómodo atribuir toda la culpa a los políticos, los medios de comunicación o los algoritmos.
Nosotros también participamos en ese escenario.
Cada vez que difundimos algo sin comprobarlo.
Cada vez que preferimos una respuesta ingeniosa a una explicación verdadera.
Cada vez que confundimos la contundencia con la razón.
Cada vez que aplaudimos un insulto porque va dirigido contra alguien que no nos gusta.
O cada vez que rechazamos una información, no porque sea falsa, sino porque contradice nuestras convicciones.
No estoy diciendo que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que debamos mantener una equidistancia artificial entre la verdad y la mentira.
Precisamente lo contrario.
Se trata de recuperar la exigencia de pruebas, la honestidad intelectual y la capacidad de reconocer que también podemos equivocarnos.
No todas las ideas son igual de razonables. No todos los argumentos resisten una comprobación.
Pero para distinguirlos hace falta algo más que indignación y consignas.
Hace falta pensar.
Y, en ocasiones, tener el valor de llevarles la contraria a los nuestros.
La idiocracia no necesita imponerse por la fuerza
Cuando hablo de idiocracia no me refiero a una sociedad poblada por personas carentes de inteligencia.
Me refiero a algo bastante más inquietante: una sociedad en la que la inteligencia crítica deja de tener prestigio, el conocimiento se desprecia cuando resulta incómodo y la ignorancia exhibida con suficiente seguridad puede confundirse con liderazgo.
Una sociedad en la que el que pregunta molesta, el que matiza parece débil y el que rectifica es considerado un perdedor.
Mientras tanto, el que grita, insulta y promete soluciones milagrosas puede presentarse como alguien valiente que dice las cosas claras.
Y no.
Decir barbaridades con aplomo no es sinónimo de sinceridad.
Como tampoco hablar muy alto demuestra que se tenga razón.
La idiocracia no necesita prohibir los libros si consigue que nadie quiera leerlos.
No necesita censurar los argumentos si logra que nadie quiera escucharlos.
Y no necesita eliminar el pensamiento crítico si consigue que pensar resulte menos atractivo que dejarse llevar.
En la película, aquella sociedad era una exageración humorística.
En nuestra realidad, el riesgo no consiste en que todos terminemos comportándonos como sus personajes, sino en que acabemos aceptando como normales algunos de los mecanismos que la ficción pretendía ridiculizar.
Todavía podemos cambiar de dirección
No creo que estemos condenados inexorablemente a ese destino. Pero tampoco pienso que podamos evitarlo simplemente lamentándonos.
Necesitamos recuperar una costumbre que nunca debimos perder: exigir explicaciones.
Que quien prometa bajar impuestos explique cuánto, a quién y con qué consecuencias.
Que quien anuncie recortes detalle qué servicios se verán afectados.
Que quien acuse aporte pruebas.
Que quien gobierne rinda cuentas.
Que quien aspire a gobernar presente algo más que una relación interminable de culpables.
Y que quienes participamos en el debate público seamos capaces de escuchar, discrepar, contrastar y rectificar.
No se trata de renunciar a nuestras convicciones. Se trata de defenderlas con argumentos y de estar dispuestos a revisarlas cuando los hechos lo justifiquen.
Porque la democracia no consiste en que todos pensemos lo mismo.
Consiste, entre otras cosas, en que podamos pensar libremente y discutir nuestras diferencias sin convertirnos en enemigos.
Quizás el mayor triunfo de quienes explotan el enfrentamiento no sea conseguir que odiemos a nuestros adversarios, sino conseguir que dejemos de pensar por nosotros mismos.
Y entonces ya no necesitarán convencernos de nada.
Bastará con decirnos a quién debemos odiar, qué debemos temer y qué tenemos que aplaudir.
Y lo haremos.
No porque nos hayan arrebatado la libertad de pensar, sino porque habremos renunciado a ejercerla.
Esa sería, a mi entender, la verdadera idiocracia.
Y lo más inquietante es que podría llegar sin que nadie la impusiera, sin que se prohibiera un solo libro, sin que se cerrara un periódico y sin que nadie nos ordenara guardar silencio.
Simplemente habríamos dejado de hacernos preguntas.
Por eso, antes de reírnos demasiado de aquella película, quizás deberíamos preguntarnos algo:
¿Nos estamos riendo de una sociedad absurda imaginada hace veinte años o estamos empezando a reconocer algunos de nuestros propios comportamientos?
Y, sobre todo:
¿Estamos dispuestos a seguir pensando por nosotros mismos, aunque eso signifique, de vez en cuando, descubrir que quienes nos llevan la contraria tienen razón?
El Rincón de Kurro
19 de octubre de 2026