sábado, 24 de octubre de 2026

La vergüenza no era el acento tejano


De Aznar en el rancho de Bush a Sánchez ante Naciones Unidas. Cuatro presidentes, distintas maneras de ejercer el poder y una reflexión sobre la dignidad política, el respeto democrático y la memoria.


A veces, por estas redes, alguien me pregunta si no siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos.

La pregunta suele llegar acompañada de algún insulto, una descalificación personal o una de esas sentencias rotundas que pretenden sustituir a los argumentos. Como si el patriotismo se midiera por la intensidad con la que uno desprecia al presidente cuando no pertenece a su cuerda política.

Pues bien, la pregunta me ha hecho recordar otra época.

Y otra vergüenza.

Cuando España se hizo tejana

Recuerdo a José María Aznar junto a George W. Bush. Recuerdo aquella fotografía de los pies sobre la mesa, el puro y la familiaridad exhibida con el presidente de la primera potencia mundial. Y recuerdo especialmente su comparecencia en el rancho de Crawford, Texas, el 22 de febrero de 2003.

Son imágenes de momentos distintos, pero forman parte de una misma etapa política.

Y recuerdo aquel peculiar acento estadounidense de Aznar, que a mis oídos parecía más propio de alguien empeñado en convertirse en tejano de adopción que de un presidente español compareciendo ante la prensa internacional.

Aquello me produjo una considerable vergüenza ajena.

No porque un presidente español deba hablar inglés con una pronunciación impecable. Ni mucho menos. A mí no me preocupa el acento de nuestros gobernantes, sino lo que dicen, lo que hacen y los intereses que defienden.

Lo que me incomodaba era la imagen de un presidente que parecía confundir la relevancia internacional de España con la proximidad personal al hombre más poderoso del planeta.

Pero lo verdaderamente grave no estaba en la pronunciación.

Estaba en Irak.

El problema no era cómo hablaba. Era lo que se estaba decidiendo

Aquel 22 de febrero de 2003, Bush recibió a Aznar en Crawford. Ambos defendieron públicamente la necesidad de desarmar a Sadam Husein.

La transcripción oficial de aquella comparecencia, conservada en los archivos de la Casa Blanca, permite comprobar el tono de sus declaraciones y la posición que ambos mantenían ante Irak.

Apenas unas semanas después, la invasión se convertiría en una realidad.

En septiembre de 2007 conocimos, a través de la publicación de un acta diplomática de aquella reunión, detalles de las conversaciones que habían mantenido ambos dirigentes.

Los preparativos militares estadounidenses estaban muy avanzados. Se hablaba de plazos para la intervención, de resoluciones de Naciones Unidas y de cómo afrontar la oposición que la guerra despertaba en distintos países.

Tambiéŕn en España.

Millones de ciudadanos se habían manifestado contra aquella intervención. No era una protesta marginal ni una ocurrencia de unos cuantos agitadores. Era una movilización social extraordinaria que expresaba un rechazo profundo a una guerra cuyas justificaciones acabarían seriamente desacreditadas.

El Gobierno español, sin embargo, continuó respaldando políticamente la estrategia de Washington.

Pocas semanas después llegó la fotografía de las Azores.

Bush, Blair y Aznar escenificaron una alianza que precedió inmediatamente a la invasión.

Sus defensores sostuvieron que aquella posición respondía a la responsabilidad internacional de España y a sus compromisos con los aliados.

Yo la consideré entonces, y sigo considerándola, un grave error político y moral.

Las armas de destrucción masiva, cuya existencia nos aseguraba aquel pseudotejano y que ocuparon el centro de la justificación de la guerra, no aparecieron. Las consecuencias humanas y geopolíticas de aquella intervención fueron devastadoras.

Por eso, cuando recuerdo el rancho de Crawford, el acento tejano es casi lo de menos.

Era la expresión más pintoresca de algo que me preocupaba bastante más: una manera de entender el prestigio internacional de España excesivamente ligada a la cercanía con el poder estadounidense.

Y siempre he pensado que la importancia de un país no se mide por la confianza personal que su presidente consiga despertar en otro mandatario.

Zapatero: también hay una manera de estar en política

Y ya que hablamos de dignidad institucional, hay otra escena que siempre me ha parecido reveladora.

Noviembre de 2007. Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile.

Hugo Chávez arremete contra José María Aznar y lo califica de fascista.

¿Quién sale en defensa del expresidente español?

José Luis Rodríguez Zapatero.

El mismo Zapatero que había combatido políticamente el apoyo de Aznar a la guerra de Irak. El mismo que, tras llegar al Gobierno en abril de 2004, había ordenado retirar las tropas españolas de aquel país.

Zapatero no compartía las ideas de Aznar. Lo dejó perfectamente claro.

Pero recordó que había sido elegido democráticamente por los españoles y exigió respeto para él.

Aquello marcaba un estilo.

Y, aunque el célebre «¿Por qué no te callas?» del rey Juan Carlos acabó acaparando los titulares, para mí lo verdaderamente importante fue la intervención del presidente del Gobierno.

Zapatero defendió a un adversario político ante un mandatario extranjero.

No defendió sus decisiones. No justificó su actuación en Irak. No renunció a sus convicciones.

Defendió la legitimidad democrática de quien había presidido España.

Y demostró que es posible discrepar profundamente sin convertir al adversario en un enemigo al que todo está permitido.

Esa actitud me sigue pareciendo digna de reconocimiento.


Reconocer los aciertos no obliga a justificar los errores

Y ahora imagino a algunos lectores preparando ya la réplica.

«¿Y Zapatero? ¿Qué me dices de Zapatero y sus problemas judiciales?».

Pues hablemos también de Zapatero.

Considero que fue un gran presidente del Gobierno, especialmente por su contribución a la ampliación de los derechos sociales y civiles.

Durante sus mandatos se aprobaron el matrimonio entre personas del mismo sexo, la Ley de Dependencia de 2006 y otras importantes medidas legislativas en materia de igualdad.

Y retiró las tropas españolas de Irak, cumpliendo uno de sus compromisos electorales más relevantes.

Son decisiones que forman parte de nuestra historia democrática y que merecen ser reconocidas.

Pero eso no significa que comparta toda su gestión.

Siempre he sido crítico con la forma en que afrontó la crisis económica sobrevenida a partir de 2008.

Y quiero explicar por qué.

No ignoro que aquella crisis tuvo un alcance internacional extraordinario. Tampoco que obligó a numerosos gobiernos europeos, de diferentes orientaciones políticas, a adoptar decisiones difíciles.

Mi discrepancia no consiste en negar esas circunstancias.

Consiste en cómo considero que debió responder políticamente a ellas.

La situación económica había cambiado de forma radical respecto de aquella en la que Zapatero obtuvo la confianza de los electores.

Las medidas que terminó aplicando, especialmente a partir de 2010, se apartaban sustancialmente del programa con el que el PSOE había concurrido a las elecciones.

Siempre he pensado que debió explicar con absoluta claridad a los españoles la gravedad de lo que estaba sucediendo, las alternativas existentes y las consecuencias de las decisiones que consideraba necesarias.

Y, sobre todo, creo que debió convocar elecciones.

No porque la Constitución lo obligara, sino porque aquellas medidas suponían, a mi juicio, una modificación tan profunda del compromiso electoral que merecían una nueva legitimación democrática.

Si las circunstancias te obligan a gobernar con un programa sustancialmente diferente del que ofreciste a los ciudadanos, lo políticamente adecuado es pedirles nuevamente su confianza.

Esa era mi opinión entonces.

Y sigue siéndolo ahora.

¿Y las cuestiones judiciales que puedan afectar a Zapatero?

Mi criterio es exactamente el mismo que aplicaría a cualquier otro ciudadano.

Que se investigue cuanto deba investigarse. Que los tribunales trabajen con independencia. Que se respeten las garantías procesales y la presunción de inocencia. Y que, si se acreditan responsabilidades, se exijan conforme a la ley.

Ni sus aciertos políticos le conceden inmunidad ni una investigación permite anticipar una condena.

No necesito convertir a Zapatero en un santo para reconocer sus méritos.

Ni necesito borrar sus aciertos para criticar sus errores.

Rajoy: la dignidad también se pone a prueba en la derrota

Y esa misma vara de medir debe aplicarse a Mariano Rajoy.

Se puede discrepar de sus políticas, criticar su gestión económica y cuestionar sus decisiones sin recurrir a la humillación personal.

Recuerdo, por ejemplo, aquella tarde del 31 de mayo de 2018, cuando se debatía en el Congreso la moción de censura que terminaría desalojándolo de La Moncloa.

Rajoy pasó buena parte de aquellas horas en el restaurante Arahy, mientras el debate parlamentario continuaba sin su presencia.

La escena me pareció poco afortunada.

Comprendo que afrontar una derrota política de semejante magnitud no debe resultar sencillo. Pero precisamente en esos momentos se pone a prueba la manera de ejercer una responsabilidad institucional.

Habría preferido verlo permanecer en el Congreso, escuchar las intervenciones y afrontar políticamente lo que estaba sucediendo.

La documentación parlamentaria de la moción de censura recoge su tramitación y aprobación el 1 de junio de 2018.

Es una crítica a su comportamiento en aquel momento, no una invitación a despreciarlo.

Porque la dignidad institucional no debería depender de si quien ocupa el cargo pertenece al partido al que uno vota.


Pedro Sánchez: resistir, negociar y gobernar en tiempos difíciles

Y llegamos al presente.

Veo a Pedro Sánchez intervenir ante la Asamblea General de Naciones Unidas, defender el multilateralismo, reivindicar la legalidad internacional y hablar de paz, cooperación y derechos humanos.

Su intervención del 23 de septiembre de 2026 ante Naciones Unidas constituye, a mi juicio, una muestra de esa voluntad de defender posiciones propias en el escenario internacional.

Lo veo mantener esas posiciones incluso cuando generan discrepancias con algunos de los gobiernos más poderosos del planeta.

Y esa imagen, personalmente, me produce orgullo.

Pero sería injusto reducir mi valoración de Sánchez a su desenvoltura en los escenarios internacionales.

Porque hay algo más que considero especialmente relevante: su resiliencia política y su capacidad para alcanzar acuerdos en un escenario parlamentario extraordinariamente complejo.

No estamos hablando de un presidente que haya disfrutado de cómodas mayorías absolutas ni de una oposición particularmente dispuesta a facilitarle las cosas.

Ha tenido que gobernar mediante coaliciones, negociaciones y acuerdos con fuerzas políticas de intereses muy diferentes, en ocasiones abiertamente enfrentados entre sí.

Y eso, en un sistema parlamentario como el nuestro, no constituye una anomalía democrática.

Es precisamente una de las expresiones de su funcionamiento.

Naturalmente, esos acuerdos tienen costes, generan contradicciones y pueden merecer críticas. No todos me parecen igualmente acertados.

Pero negociar no es claudicar por definición, como tampoco alcanzar compromisos con adversarios equivale a traicionar a los electores.

Gobernar sin mayoría absoluta exige algo más que pronunciar discursos.

Exige escuchar, ceder, negociar y asumir que nadie puede imponer íntegramente su programa.

Y Sánchez ha tenido que hacerlo, además, en circunstancias que difícilmente podrían calificarse de normales.

Primero llegó la pandemia de la COVID-19, con una emergencia sanitaria, social y económica de dimensiones extraordinarias.

Después, la erupción del volcán de La Palma, que arrasó viviendas, explotaciones agrícolas y proyectos de vida enteros.

Más tarde, la invasión rusa de Ucrania, con sus consecuencias sobre los precios de la energía, la inflación y la economía europea.

A ello se han sumado las tensiones internacionales, los problemas de abastecimiento, las dificultades de acceso a la vivienda y un clima político interno de confrontación permanente.


No pretendo atribuir al Gobierno la responsabilidad de acontecimientos que tuvieron su origen fuera de sus decisiones.

Pero tampoco sería razonable analizar su gestión como si esos acontecimientos no hubieran existido.

Y, pese a todo, durante sus mandatos se han aprobado reformas y medidas que considero importantes para la vida de millones de españoles.

La reforma laboral de 2021, acordada mediante el diálogo social, introdujo cambios sustanciales en la contratación y contribuyó a reducir la temporalidad.

Las sucesivas subidas del salario mínimo interprofesional mejoraron las retribuciones de numerosos trabajadores con salarios bajos.

La Ley 21/2021, de garantía del poder adquisitivo de las pensiones, recuperó un mecanismo de revalorización vinculado al IPC, reforzando la protección de los pensionistas frente a la inflación.

También se aprobaron medidas de protección social durante la pandemia, como los ERTE extraordinarios, y se estableció el ingreso mínimo vital, posteriormente regulado por la Ley 19/2021, además de reformas en materia de derechos civiles, igualdad y protección social.

No todas esas políticas han funcionado de manera perfecta. Algunas presentan deficiencias y otras siguen pendientes de ofrecer los resultados esperados.

La vivienda, por ejemplo, continúa siendo uno de los grandes problemas de nuestro país, especialmente para los jóvenes y las familias con menos recursos.

Y sería absurdo negar que el Gobierno tiene responsabilidades en las cuestiones que no ha conseguido resolver.

Pero una valoración equilibrada tampoco puede ignorar las reformas aprobadas, los acuerdos alcanzados y las dificultades extraordinarias en las que ha tenido que gobernar.

Hay quienes presentan su capacidad de resistencia como si fuera exclusivamente una obsesión por permanecer en La Moncloa.

Yo veo también otra dimensión.

La de un dirigente que ha conseguido mantener una acción de gobierno y promover cambios legislativos en un Parlamento donde cada mayoría debe construirse, frecuentemente, desde posiciones políticas muy alejadas.

Se puede discutir el precio político de esos acuerdos. Se puede cuestionar su oportunidad y sus consecuencias.

Pero no se puede negar que requieren capacidad negociadora.

Y conviene recordar algo: en democracia parlamentaria, la legitimidad de un Gobierno no depende de que sus apoyos nos resulten simpáticos, sino de que se obtengan conforme a las reglas constitucionales.

Por supuesto, no considero a Sánchez infalible.

Le reprocho decisiones y actitudes. Creo que en ocasiones ha cometido errores de comunicación, que algunas de sus actuaciones merecen una crítica severa y que determinadas dificultades de su Gobierno no pueden atribuirse siempre a factores externos o a la oposición.

También considero que la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto institucional deben exigírsele con el mismo rigor que a cualquier otro presidente.

Pero reconocer esos aspectos no me obliga a ignorar sus aciertos.

Ni a aceptar esa especie de obligación moral de avergonzarme de él que algunos pretenden imponerme.

Puedo sentir orgullo de su presencia internacional, reconocer su capacidad para construir acuerdos y valorar las reformas sociales impulsadas por sus gobiernos, sin renunciar por ello a mi derecho a criticarlo.

Porque el verdadero ejercicio de independencia política no consiste en encontrar defectos únicamente en quienes piensan de manera diferente.

Consiste también en saber reconocer los méritos de quienes comparten algunas de nuestras convicciones, sin convertirlos por ello en personajes intocables.

Y, sobre todo, en juzgar a los gobernantes teniendo en cuenta no solamente lo que prometieron, sino también las circunstancias en las que tuvieron que gobernar, las decisiones que adoptaron y sus consecuencias reales para los ciudadanos.

Ni la obediencia es patriotismo ni la discrepancia es traición

Hay una idea que me preocupa especialmente en el debate político actual.

La pretensión de que algunos pueden decidir quién siente orgullo de España, quién debe avergonzarse de su presidente y quién merece ser considerado patriota.

Parece que, para determinados sectores, la dignidad nacional depende de quién gobierne.

Si gobierna uno de los suyos, cualquier discrepancia exterior puede interpretarse como un ataque a España.

Si gobierna el adversario, insultarlo se convierte casi en una obligación patriótica.

A mí esa forma de entender la política me resulta profundamente contradictoria.

España no pertenece a ningún partido.

Tampoco a quienes más alto gritan su nombre.

España también somos quienes pensamos de otra manera, quienes discrepamos de determinados discursos y quienes consideramos que el respeto institucional no puede administrarse según las simpatías políticas.

Por eso valoro aquella defensa que Zapatero hizo de Aznar.

Por eso puedo criticar la gestión económica de Zapatero sin negar sus avances sociales.

Por eso puedo cuestionar la actitud de Rajoy durante su moción de censura sin convertir su derrota en motivo de humillación.

Y por eso puedo reconocer determinados aciertos de Sánchez sin sentirme obligado a justificar cada una de sus decisiones.

No encuentro contradicción alguna.

Al contrario.

Creo que la contradicción está en exigir respeto para los propios mientras se considera legítimo cualquier insulto contra los demás.

¿Vergüenza de nuestro presidente?

Vuelvo a la pregunta inicial.

¿Siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos?

No por las razones que algunos pretenden imponerme.

Puedo discrepar de Pedro Sánchez. Puedo criticar sus decisiones. Puedo exigirle responsabilidades políticas con toda la firmeza que considere necesaria.

Y, si alguna actuación de cualquier responsable público pudiera constituir delito, defenderé que se investigue y se juzgue con todas las garantías.

Pero no voy a aceptar que nadie me dicte de qué debo sentir orgullo o vergüenza.

Recuerdo perfectamente cuándo sentí vergüenza ajena viendo a un presidente español en el rancho de George W. Bush.

Y recuerdo que aquella sensación no procedía simplemente de un acento impostado.

Procedía de lo que estaba ocurriendo detrás de aquella escenificación.

De Irak.

De las Azores.

De una guerra que tantos españoles rechazamos.

También recuerdo con admiración a un presidente socialista defendiendo públicamente a su adversario político ante Hugo Chávez.

Y hoy puedo sentir orgullo al escuchar a otro presidente español defender ante Naciones Unidas posiciones que considero dignas de reconocimiento.

Pero también al observar su capacidad de resistencia política, su habilidad para construir acuerdos parlamentarios y las reformas sociales aprobadas en medio de circunstancias extraordinariamente difíciles.

No hay ninguna incompatibilidad entre esos recuerdos.

Porque la dignidad política no es patrimonio de una sigla.

Y porque la independencia de criterio comienza precisamente cuando somos capaces de reconocer un acierto en quien no nos gusta y un error en quien nos representa.

Así que, cuando vuelvan a preguntarme si siento vergüenza del presidente que tenemos, quizá les responda con otra pregunta:

¿Vergüenza de qué? ¿De que un presidente español defienda sus posiciones ante el mundo y consiga impulsar reformas sociales en medio de enormes dificultades, o de aquella España que quiso hacerse grande poniendo los pies sobre la mesa de los poderosos mientras se preparaba una guerra?

Cada cual tendrá sus recuerdos.

Yo tengo los míos.

Y también tengo muy claro algo:

La dignidad de un presidente no se mide por su proximidad a los poderosos, ni por la cantidad de insultos que recibe de sus adversarios, sino también por su capacidad para defender sus convicciones, alcanzar acuerdos, afrontar las dificultades y mejorar, con sus aciertos y sus errores, la vida de los ciudadanos.


Documentación y fuentes

Para quienes prefieran comprobar los hechos antes de discutir las opiniones, dejo algunas de las fuentes utilizadas:

La guerra de Irak y José María Aznar

Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero

La moción de censura a Mariano Rajoy

Los gobiernos de Pedro Sánchez

Las valoraciones políticas expresadas en este artículo son personales. Las referencias documentales se facilitan para distinguir los hechos comprobables de las opiniones que estos me merecen.

El Rincón de Kurro

viernes, 23 de octubre de 2026

El patriotismo de quita y pon: Milei, España y la bandera de los otros


Cuando el rechazo a un presidente pesa más que el respeto a las instituciones, el patriotismo corre el riesgo de convertirse en una coartada ideológica.

Hace un par de días publiqué en Threads una reflexión que no esperaba que provocara semejante discusión.

Me parecía vergonzoso que el presidente de Argentina, Javier Milei, viniera a España a insultar al presidente de nuestro Gobierno y que, para colmo, encontrara a españoles dispuestos a celebrarlo.

Mi planteamiento era sencillo: no se trataba de defender a Pedro Sánchez, sino de exigir respeto a nuestras instituciones y a la soberanía de nuestro país.

Y terminaba formulando una pregunta:

¿Qué clase de patriotas son quienes aplauden semejante desaire mientras se llenan la boca hablando de España y patriotismo?

No imaginaba entonces hasta dónde llegaría aquella pregunta.

La publicación que dio origen al debate. La ilustración es una caricatura satírica, no una representación documental de un encuentro.

Cuando una reflexión alcanza casi 90.000 visualizaciones

Lo que comenzó como una reflexión personal sobre la conducta de Milei ha terminado convirtiéndose en un debate de dimensiones que no esperaba.

Apenas dos días después de publicarla, mi entrada en Threads había alcanzado 88.600 visualizaciones, alrededor de 3.000 «me gusta», 823 respuestas y 255 republicaciones.

Son cifras que me han sorprendido. Pero lo verdaderamente interesante no es cuántas personas han visto la publicación, sino las reacciones que ha provocado.

Entre esos centenares de comentarios hay coincidencias, discrepancias razonadas, críticas legítimas y también insultos, acusaciones y descalificaciones que dicen bastante sobre la manera en que discutimos de política.

No pretendo confundir las visualizaciones con apoyos ni presentar los «me gusta» como una encuesta de opinión. Sería absurdo.

Lo que sí considero significativo es que una pregunta aparentemente sencilla haya generado semejante discusión.

La publicación había alcanzado 88.600 visualizaciones y 823 respuestas en aproximadamente dos días. Las cifras corresponden al momento de la captura.

También me ha sorprendido encontrar una republicación de una cuenta que reproduce mi reflexión traducida al japonés y la presenta favorablemente.

No sé hasta dónde habrá llegado esa difusión, ni pretendo atribuirle una repercusión internacional que desconozco.

Pero resulta curioso que alguien considere interesante trasladar a otra audiencia una reflexión sobre nuestras instituciones mientras algunos de quienes proclaman defenderlas responden con insultos.

Una cuenta de Threads reproduce y comenta favorablemente la reflexión original mediante una traducción.

Cuando las palabras provocan un conflicto diplomático

Lo sucedido con Milei no puede reducirse a una simple discusión entre dos políticos que no se soportan.

Un presidente del Gobierno puede recibir críticas, incluso muy duras, de sus adversarios. Forma parte del debate democrático.

Pero las declaraciones de un presidente extranjero tienen una dimensión diferente. Quien ocupa esa responsabilidad representa institucionalmente a su país, incluso cuando interviene en actos de carácter político.

Y cuando sus declaraciones contienen descalificaciones contra el presidente del Gobierno de otro Estado, las consecuencias pueden ir mucho más allá de la polémica mediática.

Las manifestaciones de Javier Milei provocaron una respuesta del Ministerio español de Asuntos Exteriores, encabezado por José Manuel Albares, y un nuevo episodio de tensión diplomática entre España y Argentina.

No olvidemos, además, que ambos países ya atravesaron una grave crisis diplomática en 2024, también a raíz de declaraciones de Milei.

Por tanto, no estamos ante una cuestión exclusivamente personal.

Estamos hablando de las relaciones entre dos Estados unidos por profundos vínculos históricos, culturales y humanos.

Y eso exige una responsabilidad que debería estar por encima de las simpatías ideológicas.

Ver vídeo de Albares en YouTube

Ver video Albares

[VÍDEO: Intervención de José Manuel Albares sobre las declaraciones de Milei]

Un debate en el que apareció de todo

A medida que aumentaban las respuestas, fui comprobando cómo la discusión se alejaba cada vez más de la cuestión original.

Algunos participantes argumentaban que Sánchez no merece respeto porque, a su juicio, ha mentido, incumplido promesas o perjudicado a España.

Otros daban directamente por probadas acusaciones que deberían examinarse con las garantías propias de un Estado de derecho.

Y tampoco faltaron quienes recurrieron al insulto personal como si fuera una forma particularmente brillante de defender sus ideas.

Me han llamado rojo, comunista, ignorante y algunas cosas bastante menos presentables.

Naturalmente, aparecieron ETA, Bildu, Marruecos, Ceuta y prácticamente todos los asuntos que suelen utilizarse para desviar una conversación política hacia otra discusión diferente.

Hubo incluso quien preguntó qué clase de patriotismo tenían los «zurdos españoles» que se habían dejado invadir por los musulmanes.

Reconozco que aquello me pudo.

Tirando de sarcasmo, le pregunté si se refería a la conquista del año 711, cuya historia nos conduciría, casi ocho siglos después, hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

¡Menuda responsabilidad histórica nos atribuía a los zurdos!

Uno intenta mantener la seriedad, pero hay ocasiones en las que el humor resulta inevitable.

Lo verdaderamente llamativo era que aquellas intervenciones tenían algo en común:

No respondían a la pregunta que había planteado.

Una discusión sobre el respeto institucional acaba remontándose al año 711.

Sánchez no es España, pero representa institucionalmente a España

Una de las confusiones más repetidas durante el debate ha sido identificar el respeto al presidente del Gobierno con una defensa incondicional de Pedro Sánchez.

No son lo mismo.

Se puede criticar su gestión, discrepar de sus decisiones, denunciar políticamente sus incumplimientos y trabajar democráticamente para que deje de gobernar.

Todo eso es legítimo.

Pero Pedro Sánchez ocupa la Presidencia del Gobierno porque ha obtenido la confianza del Congreso de los Diputados conforme a los procedimientos establecidos en nuestra Constitución.

No porque sus adversarios le hayan concedido permiso para hacerlo.

Y esa legitimidad no desaparece porque haya ciudadanos que lo detesten.

Respetar una institución no obliga a compartir las decisiones de quien temporalmente la representa.

Por eso me resulta tan difícil comprender que algunos consideren perfectamente aceptable que un mandatario extranjero insulte al presidente español simplemente porque ellos también lo rechazan.

Una cosa es la discrepancia política y otra convertirla en una excusa para despreciar nuestras propias instituciones.

¿Y cuando Sánchez llamó indecente a Rajoy?

También hubo quien recordó el debate electoral de 2015 en el que Pedro Sánchez dijo a Mariano Rajoy que no era una persona decente.

Lo recuerdo perfectamente.

Fue una descalificación dura, discutible y criticable.

Pero aquello ocurrió en un enfrentamiento electoral entre dos candidatos españoles que aspiraban a presidir el Gobierno.

Lo sucedido con Milei tiene otra dimensión: es un presidente extranjero interviniendo, mediante insultos y descalificaciones, en la confrontación política interna de España.

No hace falta justificar aquella frase de Sánchez para cuestionar la conducta de Milei.

Como tampoco hace falta justificar las declaraciones de Óscar Puente sobre el presidente argentino.

Podemos criticar todas esas intervenciones sin convertir la política en una cadena interminable de represalias verbales.

Porque si cada insulto justifica el siguiente, terminaremos aceptando que la diplomacia se ejerza a gritos.

Y no creo que eso beneficie a nadie.

La patria no pertenece a un partido

Aquí llegamos, a mi juicio, al fondo del asunto.

Hay sectores políticos que reivindican constantemente su condición de patriotas, se envuelven en la bandera y parecen considerar que tienen una especie de derecho exclusivo a decidir quién es buen español y quién no.

Sin embargo, cuando un dirigente extranjero arremete contra un presidente español al que detestan, algunos encuentran motivos para celebrarlo.

La contradicción me parece evidente.

Porque España no pertenece a quienes votan a un determinado partido.

España también es de quienes votan a otros.

Es de quienes apoyan al Gobierno y de quienes lo combaten democráticamente.

De quienes defienden la monarquía y de quienes preferirían una república.

De quienes se sienten de izquierdas, de derechas, de centro o de ninguna parte.

La bandera no cambia de significado cada vez que cambia el Gobierno.

Y las instituciones tampoco dejan de ser españolas cuando las ocupan personas que no nos gustan.

El patriotismo no puede consistir en defender a España únicamente cuando gobiernan los nuestros.

O, al menos, esa no es mi manera de entenderlo.

Cuando el insulto sustituye al argumento

Hay un intercambio entre los muchos que he mantenido estos días que me parece especialmente ilustrativo.

Un participante comenzó afirmando que «la Patria es de todos», pero inmediatamente calificó de «basura roja» a quienes identificaba como adversarios políticos.

Defendió que se dirigieran los peores insultos a Sánchez, aunque procedieran de un mandatario extranjero, y presentó a Milei como un ejemplo de señorío.

Cuando le señalé la contradicción entre semejante lenguaje y su pretendida defensa del respeto, respondió acusándonos de fascistas, atribuyéndome la justificación de agresiones contra Vox y la Policía y terminando por llamarme «chusma roja».

Mi respuesta fue sencilla: condeno cualquier agresión, venga de donde venga y afecte a quien afecte, incluido Santiago Abascal.

No sé si conseguí hacerle reflexionar. Probablemente no.

Pero aquel intercambio me hizo pensar en algo que trasciende nuestra discusión:

Qué difícil resulta defender la tolerancia cuando se considera que quien discrepa de nosotros no merece siquiera ser tratado con respeto.

Y qué fácil es atribuir al adversario opiniones que nunca ha expresado para evitar discutir las que realmente sostiene.

Dos momentos de un mismo intercambio: de la defensa de los insultos de Milei a las descalificaciones personales contra quien discrepa.

Lo que me preocupa no es que alguien piense de manera radicalmente distinta a la mía.

Lo que me preocupa es la facilidad con la que algunas personas han normalizado el desprecio hacia quien piensa de otra manera.

Basta con identificar a alguien como adversario político para atribuirle automáticamente toda clase de defectos, intenciones y responsabilidades.

Ya no se discute lo que ha dicho.

Se discute lo que supuestamente es.

Y si se le coloca una etiqueta suficientemente despectiva, parece que todo lo demás queda justificado.

Como si llamarme rojo o comunista fuera suficiente para demostrar que estaba equivocado.

No sostengo que estas conductas sean patrimonio exclusivo de una ideología. Sería absurdo afirmarlo.

Pero sí creo que estamos asistiendo a una degradación preocupante del debate público, alimentada por la polarización, los mensajes simplistas y una creciente incapacidad para reconocer legitimidad a quien discrepa de nosotros.

Hemos llegado a confundir la firmeza con la grosería y la discrepancia con la enemistad.

Y eso empobrece nuestra democracia.

También ha habido respuestas que merecen reconocimiento

Sería injusto presentar todos los comentarios recibidos como una sucesión de insultos.

No ha sido así.

He encontrado personas que comparten mi planteamiento y otras que discrepan, pero lo hacen con educación y argumentos.

Incluso participantes que no simpatizan con Pedro Sánchez han sido capaces de distinguir entre su rechazo político al presidente y el respeto debido a la institución que representa.

Eso demuestra que todavía es posible discutir sin convertir cada conversación en una batalla.

Y me parece importante reconocerlo.

Porque no escribo estas reflexiones para que todo el mundo piense como yo.

Las escribo porque creo que merece la pena confrontar ideas, revisar argumentos y defender nuestras convicciones sin renunciar al respeto hacia los demás.

Las capturas seleccionadas no constituyen una muestra representativa de las respuestas recibidas. Son ejemplos concretos que permiten ilustrar distintas formas de participar en una discusión pública.

Y vuelvo a la pregunta original

Después de casi 90.000 visualizaciones y centenares de respuestas, mi posición sigue siendo exactamente la misma.

No necesito defender todas las decisiones de Pedro Sánchez para exigir que un presidente extranjero respete las instituciones españolas.

Tampoco necesito compartir las ideas de Javier Milei para reconocer que fue elegido democráticamente por los argentinos y que merece el respeto institucional correspondiente.

El principio debería ser el mismo en ambos casos.

Porque la democracia no consiste únicamente en respetar a quienes votamos.

Consiste también en aceptar la legitimidad de quienes no votamos, mientras ejerzan sus responsabilidades conforme a las reglas democráticas.

Podemos discrepar profundamente sin convertirnos en enemigos.

Podemos criticar al Gobierno sin despreciar las instituciones.

Y podemos defender a España sin apropiarnos de su bandera ni pretender que solo nosotros representamos a los españoles.

Después de todo lo leído, sigo sin encontrar una respuesta convincente a la pregunta que originó esta discusión:

¿Qué clase de patriotismo es ese que celebra los insultos de un mandatario extranjero contra el presidente del Gobierno español?

Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece.

Cuando alguien solo defiende el respeto a España si gobiernan los suyos, puede que no esté defendiendo tanto a España como a los suyos.

Y eso, por muchas banderas que se agiten, es otra cosa.


El Rincón de Kurro
23 de octubre de 2026

jueves, 22 de octubre de 2026

CUANDO LA METRALLA VUELVE A GÉNOVA


Las familias, los negocios y esa curiosa costumbre de exigir a los demás lo que no siempre se exige a los propios.

En el Partido Popular quizá deberían empezar a hablar menos de estrategia y un poco más de daños colaterales.

Durante más de dos años, la actividad profesional de Begoña Gómez ha ocupado buena parte del discurso de la oposición. Su situación judicial merece, naturalmente, ser investigada y resuelta con todas las garantías. Pero una cosa es exigir responsabilidades por hechos acreditados y otra convertir cualquier circunstancia personal o familiar en munición política.

Miguel Tellado llegó a afirmar, en junio de 2024, que nada de lo que había hecho Begoña Gómez habría sido posible sin la colaboración de su marido. Una afirmación política de enorme alcance que trasladaba al presidente del Gobierno una responsabilidad que debía probarse, no darse por supuesta.

Y aquí comienza lo interesante.

Porque cuando se establece que la actividad de una persona permite cuestionar políticamente a su pareja, conviene pensar muy bien hasta dónde puede conducir semejante criterio.

Sobre todo cuando uno también tiene pareja.

Una empresaria que no necesita presentación

Eva Cárdenas, compañera de Alberto Núñez Feijóo, no es una desconocida en el mundo empresarial gallego.

Mucho antes de que su relación sentimental adquiriera notoriedad pública, ya había desarrollado una importante carrera profesional. Trabajó en multinacionales como L'Oréal y ocupó la dirección de Zara Home desde su creación en 2003 hasta 2018.

No estamos, por tanto, ante alguien que haya descubierto los negocios de repente ni cuya trayectoria profesional pueda explicarse únicamente por su relación con un político.

Reconocerlo es una cuestión de rigor.

Ahora bien, tampoco significa que sus negocios deban permanecer fuera de cualquier examen público cuando existen circunstancias que puedan afectar al interés general.

Tras abandonar Inditex, Eva Cárdenas constituyó en marzo de 2019 la sociedad inmobiliaria Niebla Azul, dedicada principalmente a la explotación y comercialización de inmuebles.

La empresa nació con un capital social de 3.000 euros y ese mismo año realizó ampliaciones hasta alcanzar los 778.000 euros.

Conviene aclarar que esas ampliaciones no equivalen a beneficios obtenidos: representan capital aportado a la sociedad.

Según las cuentas de 2025 recogidas por Economía Digital, la empresa dispone de activos por valor de 4,21 millones de euros, un patrimonio neto de 3,75 millones y unos beneficios de 284.401 euros, aproximadamente el doble que en 2024.

Los resultados son positivos, aunque buena parte del incremento de los beneficios procede de ingresos extraordinarios por operaciones con activos inmobiliarios.

¿Hay algo delictivo en esas cifras? No hay fundamento para afirmarlo.

¿Demuestran que Feijóo haya intervenido para favorecer los negocios de su pareja? Tampoco.

Pero sí plantean una pregunta política legítima: ¿con qué criterios debe examinarse la actividad empresarial de las personas vinculadas sentimentalmente a quienes ejercen el poder?

Una pregunta que debería tener la misma respuesta con independencia de quién ocupe la Moncloa o aspire a ocuparla.


La farmacia y las raíces de una fortuna familiar

Hay otro episodio, mucho más antiguo, que merece ser tratado con especial cuidado.

En julio de 2025, el periodista Antonio Maestre publicó en elDiario.es un artículo sobre los orígenes patrimoniales de la familia materna de Eva Cárdenas.

La historia nos lleva a Pontedeume, a la Guerra Civil y a una farmacia cuyo propietario, Antonio Díaz Zamorano, sufrió la represión franquista.

Según la reconstrucción histórica expuesta por Maestre, después del asesinato del farmacéutico y de otros miembros de su entorno familiar, la botica terminó provisionalmente en manos de Santiago Botas Blanco, abuelo materno de Eva Cárdenas, por decisión de las autoridades franquistas.

El periodista remitía a investigaciones locales y a documentación histórica sobre aquellos acontecimientos.

Es una historia que merece atención, especialmente por lo que revela sobre las relaciones entre represión política, propiedad y poder económico durante la dictadura.

Pero también conviene establecer una distinción imprescindible: no está demostrado que aquella farmacia forme parte de los negocios actuales de Eva Cárdenas ni que el patrimonio de Niebla Azul proceda de ella.

Y, desde luego, ninguna persona hereda la responsabilidad moral o penal de los posibles actos de sus antepasados.

Por eso mismo, sería un error utilizar esta historia como una acusación personal contra la empresaria.

Lo que sí invita a recordar es que las fortunas familiares tienen historias, que esas historias pueden investigarse y que la transparencia no debería resultar incómoda únicamente cuando afecta a determinadas familias.

La memoria histórica tampoco puede aplicarse con criterios de conveniencia partidista.

Moaña: cuando lo público llega hasta el jardín

Más reciente y directamente relacionado con el interés general es el conflicto administrativo por la vivienda de Eva Cárdenas en Moaña.

La controversia no gira simplemente alrededor de una propiedad privada, sino del uso de una parcela de dominio público marítimo-terrestre situada entre la vivienda y la playa de O Con.

Cárdenas solicitó una concesión para mantener hasta 2037 el uso de ese terreno. En mayo de 2025, Costas denegó la petición. Posteriormente, la empresaria recurrió esa decisión ante la Audiencia Nacional.

La Xunta, por su parte, defendió la legalidad de la vivienda, construida antes de la Ley de Costas de 1988.

Son cuestiones diferentes: una cosa es la legalidad de la edificación y otra el derecho a utilizar privadamente una porción de dominio público.

Precisamente por eso, la controversia merece explicaciones administrativas claras y una resolución conforme a derecho, sin necesidad de atribuir delitos que no están acreditados.

El asunto permite formular una reflexión sencilla: la playa es de todos, aunque algunos tengan la fortuna de vivir junto a ella.

Y esa condición de bien público no debería cambiar porque el propietario de la vivienda colindante sea una persona anónima, una empresaria conocida o la pareja de un dirigente político.

Montse Mínguez y la responsabilidad por los negocios de la pareja

Y mientras todo esto formaba parte de la actualidad, llegó la dimisión de Montse Mínguez.

El 16 de octubre, la dirigente socialista abandonó sus responsabilidades en la Ejecutiva Federal del PSOE y renunció a encabezar la candidatura por Lleida, después de hacerse públicas las actividades inmobiliarias de su pareja.

Las informaciones hablaban de una treintena de viviendas destinadas al alquiler y de procedimientos de desahucio.

El asunto merecía explicaciones, especialmente por la posición política de Mínguez en defensa del derecho a la vivienda. La coherencia entre lo que se defiende públicamente y las actividades económicas del entorno familiar puede ser objeto legítimo de debate.

El PP no tardó en denunciar esa supuesta incoherencia.

El propio Feijóo afirmó el 17 de octubre que al PSOE le había explotado en las manos su hipocresía en materia de vivienda.

Una metáfora curiosamente apropiada.

Porque su pareja también desarrolla una actividad inmobiliaria, aunque sus circunstancias sean distintas.

No hay motivo para equiparar automáticamente ambos negocios. No se han acreditado en Niebla Azul las mismas prácticas que se atribuyeron a las sociedades de la pareja de Mínguez.

Pero precisamente ahí reside la necesidad de razonar en lugar de limitarse a lanzar acusaciones.

¿Qué debe justificar una exigencia de responsabilidad política? ¿La existencia de un negocio inmobiliario? ¿Sus prácticas concretas? ¿Un conflicto de intereses demostrado? ¿La intervención del cargo público en beneficio de su pareja?

Son preguntas diferentes y sus respuestas también deberían serlo.

La proximidad familiar no puede constituir, por sí sola, una presunción de culpabilidad.

Ni en Ferraz ni en Génova.

La doctrina de Tellado y el problema del espejo

En este escenario aparece Miguel Tellado, uno de los principales portavoces de la ofensiva política contra Begoña Gómez.

Su planteamiento de junio de 2024 atribuía a Sánchez una colaboración necesaria en las actividades investigadas de su esposa.

Pero ¿qué sucedería si alguien aplicara esa misma lógica a los negocios de Eva Cárdenas?

¿Sería legítimo concluir que su trayectoria inmobiliaria se explica necesariamente por la intervención de Feijóo?

No lo sería.

Y esta es, a mi entender, la verdadera cuestión.

No se combate una presunción injusta fabricando otra de signo contrario. Se combate exigiendo hechos, pruebas y responsabilidades individualizadas.

La investigación judicial de Begoña Gómez, respecto de la cual se acordó en septiembre de 2026 la apertura de juicio oral, tiene una dimensión procesal que no existe en los asuntos empresariales aquí examinados de Eva Cárdenas.

Ignorar esa diferencia sería faltar al rigor.

Pero tampoco debería ignorarse otra: la diferencia entre pedir que la justicia investigue unos hechos y aprovechar cualquier oportunidad para extender la sospecha a toda una familia.

Cuando el debate político abandona esa distinción, se convierte en un terreno donde todos pueden acabar atrapados.

Las piedras no desaparecen

Lo verdaderamente preocupante de este episodio no es que ahora se hable de Eva Cárdenas.

Sus negocios, como los de cualquier ciudadano, merecen respeto mientras se desarrollen legalmente. Y cuando existen controversias que afectan a bienes públicos o posibles conflictos de intereses, merecen también las explicaciones correspondientes.

Lo preocupante es que llevemos tanto tiempo acostumbrándonos a utilizar las relaciones familiares como sustituto de las pruebas.

Primero se convierte a la pareja del adversario en objetivo de la confrontación. Después se extiende la sospecha al dirigente político. Finalmente, la mera existencia de una relación personal parece bastar para reclamar responsabilidades.

Hasta que las circunstancias cambian y el mismo procedimiento amenaza con volverse contra quien lo promovió.

No sé si en Génova habrán reparado en esa contradicción.

Quizá Miguel Tellado, tan aficionado a buscar responsabilidades políticas en el entorno familiar de Pedro Sánchez, podría dedicar algún tiempo a explicar dónde sitúa exactamente los límites de esa doctrina.

Y quizá todos, incluidos quienes no compartimos sus planteamientos, deberíamos evitar caer en la tentación de responderle con las mismas armas.

Porque la coherencia no consiste en reclamar para los nuestros la indulgencia que negamos a los demás.

Consiste en aplicar los mismos principios cuando hacerlo nos favorece y cuando nos incomoda.

De lo contrario, la política acaba reducida a una competición por encontrar el familiar más vulnerable del adversario.

Las piedras que se lanzan no siempre desaparecen.

Algunas regresan.

Y, cuando lo hacen, lo verdaderamente revelador no es el golpe.

Es la sorpresa de quienes pensaban que sus propias ventanas estaban hechas de un cristal diferente.

miércoles, 21 de octubre de 2026

VIVIR SIN PERMISO


Las amistades, el poder y la memoria selectiva de Feijóo

Hay historias que parecen sacadas de una serie de televisión. Y otras que, cuando uno conoce sus antecedentes, hacen que la ficción resulte sorprendentemente familiar.

Hace algún tiempo disfruté de una estupenda serie que puede verse en Netflix: Vivir sin permiso. José Coronado interpreta magistralmente a Nemo Bandeira, un poderoso empresario gallego cuya fortuna tiene sus raíces en actividades ilegales. A su lado aparece Ferro, interpretado por un magnífico Luis Zahera, su inseparable hombre de confianza, dispuesto a resolver cualquier problema que amenace los intereses de su jefe.


La serie es ficción, naturalmente. Pero al repasar determinadas noticias sobre la Galicia de los años ochenta y noventa, sus redes de contrabando, sus narcotraficantes y sus relaciones con algunos círculos de poder, me ha venido inevitablemente a la memoria.

De ahí el título de este artículo.

Y no porque pretenda identificar a personas reales con aquellos personajes, sino porque la serie retrata un ambiente de relaciones personales, negocios, influencias y silencios que encuentra ciertos paralelismos en episodios documentados de nuestra historia reciente.

Galicia es una tierra maravillosa. Una tierra de extraordinaria belleza, de gentes trabajadoras, con una identidad y una idiosincrasia muy particulares. Pero también es un territorio donde, especialmente en determinadas comarcas y círculos de influencia, todo el mundo parece conocerse.

Y en aquellos años había personajes cuyas actividades resultaban suficientemente notorias como para preguntarse hasta qué punto podían pasar inadvertidas para quienes frecuentaban sus ambientes.

Porque una cosa es no conocer todos los negocios de alguien y otra, bastante distinta, ignorar por completo quién es.

Y aquí empieza nuestra historia.

De los cadeneros franquistas a los despachos de la Xunta

Uno de los personajes más interesantes de esta historia es Manuel Cruz López.

En abril de 2015, el periodista Aníbal Malvar publicó en Público una investigación sobre su pasado y sus conexiones políticas.

Según aquel reportaje, en el Ferrol de los años setenta era conocido como «Cruz Gamada», un apodo relacionado con su ideología ultraderechista.

La investigación lo vinculaba con los llamados cadeneros, jóvenes próximos a los Guerrilleros de Cristo Rey que protagonizaron agresiones contra estudiantes, trabajadores, sindicalistas y demócratas durante los últimos años del franquismo.

Se les llamaba así porque utilizaban cadenas de bicicleta para atacar a sus víctimas.

La escritora Ánxela Loureiro relató al periodista cómo fue agredida en febrero de 1975. Identificó a Cruz entre los agresores, denunció los hechos y aseguró que fueron condenados.

En aquel mismo entorno, según la investigación, también militaba Arsenio Fernández de Mesa, quien décadas después llegaría a dirigir la Guardia Civil.

Lo verdaderamente llamativo es la evolución posterior de algunas de aquellas trayectorias.

Según el citado reportaje, Manuel Cruz y Fernández de Mesa terminaron integrándose en Alianza Popular, la formación fundada por Manuel Fraga.

Y Manuel Cruz acabó trabajando como chófer de importantes responsables de la Xunta de Galicia.

Entre ellos, José Manuel Romay Beccaría, consejero del Gobierno de Fraga, posteriormente ministro de Sanidad con José María Aznar y uno de los principales impulsores de la carrera política de Alberto Núñez Feijóo.

Curiosa evolución, desde luego.

De un pasado vinculado, según testimonios periodísticos, a grupos que combatían violentamente a quienes reclamaban democracia, a frecuentar los despachos de quienes administraban las instituciones democráticas.

Pero la historia de Manuel Cruz no termina aquí.

El hombre que conectaba dos mundos

Una investigación publicada por El País el 3 de abril de 2013 describía a Manuel Cruz como una pieza relevante dentro del entramado empresarial de Marcial Dorado.

Cruz mantenía relaciones de confianza con destacados políticos gallegos y, simultáneamente, participaba en negocios del conocido contrabandista.

Su nombre aparecía relacionado con la compra de Astilleros Hércules y con empresas vinculadas al suministro de carburantes, entre ellas Petrogalicia y Xatevín.

El entramado de Dorado llegó a comprender unas cuarenta sociedades, según aquella investigación.

Resulta interesante detenerse en esta circunstancia.

Mientras Cruz frecuentaba los despachos de la Xunta y mantenía relaciones de confianza con dirigentes políticos, también participaba en los negocios de uno de los contrabandistas más conocidos de las Rías Baixas.

Y fue precisamente ese hombre quien presentó a Alberto Núñez Feijóo y Marcial Dorado a finales de 1994.

No hablamos de una conjetura. El propio Feijóo reconoció que Manuel Cruz fue quien los presentó.

Así comenzó una relación que años después terminaría ocupando las portadas de los periódicos.

Una amistad que no cabía en una fotografía

En marzo de 2013, El País publicó las conocidas fotografías de Feijóo y Marcial Dorado compartiendo actividades de ocio durante los años noventa.

Las imágenes mostraban a ambos disfrutando de una jornada en una embarcación.

Pero la relación no se limitaba a aquella fotografía.

Hubo viajes a diferentes destinos, encuentros y estancias compartidas.

Feijóo reconoció públicamente esa relación personal, aunque negó haber participado en actividades ilícitas o haber favorecido económicamente a Dorado.

Y conviene aclararlo sin rodeos: no existe una condena judicial que atribuya a Feijóo participación en los delitos cometidos por Marcial Dorado.

Pero hay un detalle que considero especialmente significativo.

Cuando ambos comenzaron a relacionarse, Dorado ya había sido detenido en 1983 por asuntos relacionados con el contrabando de tabaco. También había sido detenido durante la Operación Nécora de 1990, aunque aquella detención no terminó en una condena por narcotráfico contra él.

Su posterior condena por tráfico de drogas llegaría años después.

Feijóo sostuvo en 2013 que, cuando lo conoció, desconocía sus actividades y sus antecedentes.

Sin embargo, durante la campaña electoral de julio de 2023, reconoció que Dorado había sido contrabandista, insistiendo en que no sabía que estuviera relacionado con el narcotráfico.

Y aquí vuelvo a aquella reflexión sobre la Galicia de los noventa.

¿Resulta creíble que alguien que ocupaba importantes responsabilidades públicas desconociera los antecedentes de una persona tan conocida en determinados ambientes gallegos?

Puede que sí.

Pero también me parece legítimo plantear la pregunta.

Porque el desconocimiento de una actividad concreta no equivale necesariamente al desconocimiento de los antecedentes de quien la desarrollaba.

Y porque la responsabilidad política exige algo más que demostrar que no se ha cometido un delito.

Baltasar Garzón y la Operación Nécora

Hay otro nombre que me viene a la memoria cuando recuerdo aquella Galicia: Baltasar Garzón.

El 12 de junio de 1990 comenzó la Operación Nécora, una de las mayores actuaciones policiales y judiciales desarrolladas hasta entonces contra las organizaciones del narcotráfico gallego.

Garzón fue el juez instructor.

La operación supuso un punto de inflexión porque no se limitó a intervenir cargamentos de droga, sino que trató de investigar las estructuras organizadas que sostenían aquel negocio.

El proceso culminó en septiembre de 1994 con una sentencia que combinó condenas y absoluciones.

Aquella investigación mostró una realidad que durante años había causado enormes daños sociales.

Las madres gallegas que se movilizaron contra la droga, las familias destrozadas y quienes combatieron aquellas organizaciones forman parte de una historia que nunca debería quedar eclipsada por la notoriedad de los narcotraficantes.

Y aquí aparece una circunstancia que, personalmente, me invita a reflexionar.

Años después, en febrero de 2012, Baltasar Garzón fue condenado a once años de inhabilitación por ordenar escuchas de conversaciones entre investigados y abogados en el caso Gürtel.

Es importante precisar que aquella condena no estuvo relacionada con la Operación Nécora.

Pero la historia judicial tuvo una continuación.

En 2021, el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas concluyó que el procedimiento contra Garzón había vulnerado derechos fundamentales y reclamó una reparación efectiva.

Y todavía más recientemente, en mayo y junio de 2026, el Tribunal Supremo rechazó que aquel dictamen permitiera revisar por la vía planteada los acuerdos de expulsión de la carrera judicial.

La inhabilitación no fue anulada.

Es decir, el juez que había encabezado una investigación histórica contra los grandes clanes gallegos terminó fuera de la carrera judicial por un procedimiento completamente diferente, pese al posterior pronunciamiento del organismo de Naciones Unidas.

No establezco una relación causal entre aquellos acontecimientos, porque no está acreditada.

Pero la trayectoria resulta suficientemente singular como para recordar que la lucha contra la delincuencia organizada, la persecución de la corrupción y la garantía de independencia judicial han atravesado episodios extraordinariamente controvertidos en nuestra democracia.

Los negocios, las adjudicaciones y los documentos

Volvamos a Feijóo y Marcial Dorado.

Las investigaciones periodísticas también abordaron los contratos y ayudas que empresas relacionadas con Dorado habían recibido de distintas administraciones gallegas.

En 2013, el Gobierno autonómico facilitó documentación sobre determinados pagos y adjudicaciones correspondientes a diferentes etapas de gobierno, incluidas administraciones de distinto signo político.

Sin embargo, los grupos de la oposición reclamaron también los contratos de suministros energéticos, carburantes e informática de hospitales y dependencias sanitarias durante los años noventa.

Se trataba de un periodo en el que Feijóo había desempeñado importantes responsabilidades en la sanidad gallega.

La documentación proporcionada entonces no permitió esclarecer completamente las cuestiones planteadas sobre aquellos suministros.

Además, en noviembre de 2013 se conoció que cinco expedientes relacionados con empresas de Dorado habían sido destruidos, según la Xunta, como consecuencia de inundaciones que afectaron a su archivo.

Aquellos cinco expedientes eran distintos de los contratos hospitalarios que reclamaba la oposición.

Es preciso distinguirlos para no construir conclusiones falsas.

Tampoco está acreditado que Feijóo adjudicara irregularmente contratos a Dorado.

Pero hay una cuestión que me parece elemental.

La transparencia administrativa no consiste únicamente en negar haber cometido irregularidades.

Consiste también en permitir que las actuaciones públicas puedan comprobarse con documentos.

Y cuando las explicaciones no van acompañadas de toda la documentación requerida, siempre queda espacio para las dudas.

Dos barcos y una memoria selectiva

Hay un episodio que me parece particularmente interesante por lo que revela sobre la exigencia de responsabilidades políticas.

En febrero de 2009, durante la campaña de las elecciones gallegas, se publicó una fotografía del entonces vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana, a bordo del yate del empresario Jacinto Rey.

Feijóo exigió explicaciones y consideró justificado que el presidente gallego, Emilio Pérez Touriño, destituyera a Quintana por aquella relación.

Cuatro años después se publicaron las fotografías del propio Feijóo en el barco de Marcial Dorado.

No pretendo presentar ambos episodios como si fueran idénticos, porque no lo eran.

Pero sí me interesa la diferencia de criterio.

Cuando la relación personal comprometía a un adversario político, Feijóo consideraba que merecía explicaciones y podía justificar una destitución.

Cuando las fotografías afectaron a su propia trayectoria, defendió que no había cometido ninguna ilegalidad y rechazó dimitir.

Cabe preguntarse si el criterio de ejemplaridad política debería ser distinto según quién aparezca en el barco.

Porque una cosa es la responsabilidad penal, que requiere pruebas y corresponde determinar a los tribunales, y otra la responsabilidad política, que también se relaciona con la transparencia, la coherencia y la confianza pública.

Galicia no era el narcotráfico

No quisiera terminar sin hacer una precisión que considero imprescindible.

Galicia no puede identificarse con los contrabandistas ni con los narcotraficantes que operaron en sus costas.

Aquella tierra sufrió profundamente las consecuencias de la droga.

Hubo miles de familias afectadas, madres que lucharon contra los clanes, ciudadanos que se enfrentaron a organizaciones poderosas, policías, jueces y fiscales que desempeñaron un papel fundamental.

La verdadera historia de Galicia no la escribieron únicamente quienes acumularon fortunas mediante actividades ilegales.

La escribieron también quienes se negaron a aceptar que aquel fuera el destino de sus pueblos y de sus hijos.

Pero reconocerlo no significa ignorar las relaciones de influencia que algunas organizaciones criminales desarrollaron.

Y ahí vuelve a aparecer, inevitablemente, el recuerdo de Vivir sin permiso.

Aquella magnífica serie no es un documental, pero plantea una cuestión que trasciende la ficción: qué ocurre cuando las relaciones personales, los negocios y las instituciones se entremezclan hasta dificultar la distinción entre los intereses privados y las responsabilidades públicas.

En una democracia, esa separación debe ser clara.

Y si alguna vez deja de estarlo, la ciudadanía tiene derecho a pedir explicaciones.

Vivir sin permiso

Al final, lo que me interesa de esta historia no es la fotografía de un político en un barco.

Es algo bastante más profundo.

Es la facilidad con la que determinados episodios pueden desaparecer de la conversación pública sin que todas las preguntas hayan encontrado respuesta.

Es la distinta exigencia de ejemplaridad que a veces aplicamos a nuestros adversarios y a quienes consideramos próximos.

Es la costumbre de confundir la ausencia de responsabilidad penal con la inexistencia de cualquier responsabilidad política.

Y es, sobre todo, la memoria selectiva.

No pretendo que los delitos de Marcial Dorado se atribuyan a Feijóo por haber sido su amigo.

Sería injusto.

Tampoco afirmo que conocer a un contrabandista demuestre haber participado en sus negocios.

Lo que sostengo es que las relaciones personales de quienes ejercen responsabilidades públicas pueden merecer explicaciones cuando concurren circunstancias que plantean preguntas legítimas sobre la transparencia y la ejemplaridad.

Quien tiene derecho a exigirlas a los demás debe estar dispuesto a ofrecerlas cuando le afectan personalmente.

Porque nadie necesita permiso para elegir sus amistades.

Pero ejercer el poder, o aspirar a ejercerlo, implica someterse al escrutinio de los ciudadanos.

Y ese escrutinio debería ser el mismo para todos.

Tal vez por eso aquella serie tele
visiva me ha vuelto a la memoria.

En la ficción, algunos personajes se acostumbran a vivir convencidos de que su posición les permite escapar de las consecuencias de sus actos.

En una democracia, por el contrario, el poder debería llevar aparejada una responsabilidad mayor, nunca menor.

Y así llegamos a la pregunta que verdaderamente me interesa.

¿Exigimos transparencia y ejemplaridad porque creemos en ellas, o solamente cuando sirven para señalar a quienes no piensan como nosotros?

Porque quizá el problema no sea únicamente que algunos pretendan vivir sin dar explicaciones.

Quizá el problema sea que los demás hayamos terminado acostumbrándonos a no exigírselas.


Fuentes y documentación

  1. El País, 3 de abril de 2013 — «Chófer, testaferro y amigo de Feijóo».
  2. Público, 12 de abril de 2015 — Investigación de Aníbal Malvar sobre Manuel Cruz y los cadeneros.
  3. Maldita.es, 21 de julio de 2023 — Cronología de la relación entre Feijóo y Marcial Dorado.
  4. El País, 3 de abril de 2013 — Contactos telefónicos entre Feijóo y Dorado posteriores al año 2000.
  5. RTVE, 11 de junio de 2025 — 35 años de la Operación Nécora.
  6. Naciones Unidas, 26 de agosto de 2021 — Dictamen sobre los procesos contra Baltasar Garzón.
  7. Agencia EFE, 27 de mayo de 2026 — El Supremo rechaza la readmisión judicial de Garzón.
  8. elDiario.es, 15 de noviembre de 2013 — Contratos de la Xunta con empresas de Dorado y documentación del Sergas.
  9. El País, 19 de noviembre de 2013 — Destrucción de cinco expedientes.
  10. Europa Press, 25 de febrero de 2009 — Exigencias de Feijóo sobre la fotografía de Anxo Quintana.

El Rincón de Kurro — Opinión y reflexión personal a partir de hechos documentados, investigaciones periodísticas y resoluciones judiciales.

Cuando la humanidad empieza a darnos miedo


Hay días en los que me embarga una extraña sensación. No sé si llamarla tristeza, decepción, impotencia o, sencillamente, desesperanza. Quizás sea una mezcla de todas ellas.

Hace unos días publiqué en Threads una noticia sobre la decisión de la Junta de Andalucía de no continuar financiando un programa de atención a personas sin hogar, desarrollado por varias organizaciones humanitarias, entre ellas Cruz Roja.

Hablamos de seres humanos. De personas que no tienen un techo bajo el que cobijarse. Españoles y extranjeros. Hombres y mujeres a quienes la vida, por distintas circunstancias, ha colocado en una situación de extrema vulnerabilidad.

Pero lo que terminó afectándome profundamente no fue solo la noticia, sino las reacciones que provocó.

Bastó que apareciera la palabra inmigrantes para que se desencadenara una avalancha de comentarios viscerales, de rechazo y de una frialdad que me resultó difícil de comprender.

No todos los comentarios expresaban lo mismo, ni toda preocupación por la gestión de los recursos puede reducirse a xenofobia. Pero en demasiadas intervenciones parecía que la nacionalidad de quienes necesitaban ayuda era más importante que su sufrimiento.

Y entonces me asaltó una pregunta:

¿En qué momento hemos empezado a considerar la compasión como una debilidad y la solidaridad como algo sospechoso?

Por el contenido de muchos mensajes, tuve la impresión de encontrarme ante personas próximas a posiciones políticas conservadoras, algunas posiblemente identificadas con los valores cristianos.

Y aquí quiero detenerme.

Yo no soy creyente. No voy por la vida golpeándome el pecho para demostrar una fe que no profeso. Pero conozco suficientemente los principios del cristianismo como para saber que predican el amor al prójimo, la misericordia, la solidaridad con el necesitado y la acogida al extranjero.

No hace falta creer en Dios para comprender el valor de esos principios.

Por eso me resulta especialmente farisaica la actitud de quienes presumen de cristianos, exhiben sus símbolos religiosos y se proclaman defensores de determinados valores, pero parecen olvidarlos cuando el necesitado tiene otro origen, otra cultura o simplemente no pertenece a los suyos.

No digo que todos los creyentes actúen así. Sería profundamente injusto. Conozco y admiro la labor de innumerables personas cristianas que dedican su vida a ayudar a los demás, sin preguntarles de dónde vienen ni qué religión profesan.

Pero una cosa es profesar una fe y otra utilizarla como distintivo de respetabilidad mientras se desprecia a quienes esa misma fe invita a proteger.

Y esa contradicción me resulta difícil de digerir.

Durante aquel hilo procuré mantener la mesura, la educación y hasta la cortesía con quienes discrepaban de mí.

Intenté razonar, explicar que hablábamos de personas sin hogar, que entre ellas había españoles y extranjeros, que la miseria no tiene nacionalidad y que la solidaridad no debería depender de un pasaporte.

No pretendía imponer mis ideas. Ni siquiera necesitaba que me dieran la razón. Me habría conformado con un intercambio razonado de opiniones.

Pero las respuestas fueron subiendo de tono.

«Retrasado mental», «hijo de puta» y otras muchas lindezas formaron parte del repertorio que tuve que leer.

Y junto a los insultos aparecieron manifestaciones racistas, xenófobas, machistas y expresiones de un desprecio hacia determinados seres humanos que, sinceramente, me revolvieron por dentro.

En más de una ocasión tuve que contenerme para no responder con la misma moneda.

No porque me faltaran palabras, sino porque no quiero que la conducta de otros termine convirtiéndome en aquello que precisamente rechazo.

Finalmente dejé de participar en aquel hilo.

No me quedé sin argumentos. Tampoco me convencieron.

Simplemente llegó un momento en que continuar leyendo aquellas manifestaciones me producía un profundo asco. No hacia las personas por pensar de forma distinta, sino hacia esa manera de despreciar, insultar y deshumanizar a otros seres humanos.

Y comprendí que seguir respondiendo no iba a servir para construir ningún diálogo.

Lo verdaderamente inquietante es que no considero aquello un episodio aislado.

Observo cómo determinados discursos políticos y sociales encuentran cada vez mayor aceptación cuando señalan a colectivos vulnerables como responsables de nuestros problemas.

El inmigrante, el pobre, quien necesita una ayuda pública o quien simplemente es diferente se convierte con demasiada facilidad en objeto de sospecha.

Y parece que cuanto más cruel resulta el mensaje, más aplausos consigue.

Naturalmente, existen problemas reales relacionados con la inmigración, la vivienda, la distribución de los recursos públicos y la eficacia de las políticas sociales. Deben discutirse con rigor, sin prohibiciones ni simplificaciones.

Pero una cosa es debatir cómo se gestionan los recursos y otra muy distinta celebrar que alguien pueda quedarse sin techo.

Una sociedad puede discutir cuánto, cómo y a quién ayuda. Lo que no debería discutirse es la dignidad de quien necesita ayuda.

He vivido suficientes años para recordar una sociedad que, con todas sus imperfecciones, aspiraba a avanzar en derechos, libertades, igualdad y justicia social.

Una sociedad en la que muchos creíamos que las generaciones siguientes vivirían mejor y serían más tolerantes, más cultas y más solidarias.

Hoy ya no tengo esa certeza.

Y eso me entristece.

Porque los gobiernos cambian, las leyes se modifican y las decisiones políticas pueden rectificarse.

Pero ¿qué sucede cuando lo que empieza a deteriorarse es nuestra propia conciencia colectiva?

¿Qué ocurre cuando dejamos de reconocernos en el sufrimiento ajeno?

¿Qué futuro podemos esperar de una sociedad en la que algunas personas parecen sentirse orgullosas de su insensibilidad?

Sé que las redes sociales no son un retrato fiel de toda la sociedad. Sé que amplifican el ruido, premian la provocación y favorecen los enfrentamientos. Y sé también que existen muchísimas personas buenas, generosas y comprometidas, creyentes y no creyentes, conservadoras y progresistas, que trabajan silenciosamente para mejorar la vida de los demás.

Pero reconocerlo no consigue disipar del todo mi inquietud.

Porque detrás de cada comentario hay una persona. Y detrás de tantos mensajes de desprecio hay formas de pensar que no desaparecen cuando apagamos el teléfono.

Al llegar a este punto de mi vida, me duele preguntarme si hemos sabido transmitir a quienes vienen detrás el valor de aquello que tanto costó conquistar.

Me duele comprobar cómo la demagogia encuentra terreno abonado allí donde debería crecer el pensamiento crítico.

Y me duele, sobre todo, que algo tan elemental como sentir compasión por quien sufre pueda convertirse en motivo de enfrentamiento.

No me desespera que existan personas que piensen políticamente de manera distinta a mí. Eso es la democracia. Ni considero que mis ideas estén libres de errores.

Lo que me produce verdadera desesperanza es comprobar que, para algunos, pensar diferente parece exigir también dejar de sentir por los demás.

Tal vez sea el cansancio de los años. Tal vez sea la decepción de quien creyó que el progreso material vendría acompañado inevitablemente de un mayor progreso moral.

O tal vez sea simplemente que todavía me resisto a aceptar como normal lo que nunca debería serlo.

No quiero perder la esperanza en el ser humano. Pero reconozco que hay días en los que mantenerla cuesta.

Y hoy es uno de esos días.

Porque cada vez me preocupa menos quién pueda ganar unas elecciones y más qué clase de sociedad estamos contribuyendo a construir.

¿De qué nos servirá conquistar el futuro si, por el camino, terminamos perdiendo nuestra humanidad?

El Rincón de Kurro

martes, 20 de octubre de 2026

CONTRATO CON ESPAÑA… ¿O CONTRATO CON EL DIABLO?


Doce promesas, una firma solemne y una letra pequeña que quizá no conozcamos hasta después de las elecciones.

El Rincón de Kurro — 20 de octubre de 2026

Alberto Núñez Feijóo acaba de presentar solemnemente su «Contrato con España». Doce compromisos, cuatro páginas, una firma y una escenografía cuidadosamente preparada para transmitir seriedad, responsabilidad y confianza. No faltan las grandes palabras: regeneración democrática, unidad, prosperidad, esfuerzo, bienestar, respeto a las instituciones y amor a España.

Todo muy solemne. Todo muy patriótico. Y, permítanme decirlo, todo muy electoral.

Reconozco que lo primero que me ha llamado la atención no ha sido tanto el contenido como el nombre elegido. ¿Un contrato? ¿De verdad estamos ante un contrato?

Porque, hasta donde alcanza mi experiencia, los contratos contienen obligaciones suficientemente concretas, condiciones, plazos y consecuencias por incumplimiento. No todos establecen penalizaciones expresas, naturalmente, pero existen reglas que permiten exigir lo pactado o reclamar responsabilidades cuando una de las partes deja de cumplir.

Este, sin embargo, parece pertenecer a una categoría bastante singular: una parte lo firma, la otra debe confiar y, si lo prometido no se cumple, nadie puede exigir judicialmente su ejecución por el mero hecho de aquella firma.

Y aquí comienza mi primera reflexión.

No hay que imaginar que Feijóo nos invita a firmar su contrato. Ya nos está pidiendo que lo suscribamos con nuestro voto. Algunos ciudadanos lo harán, legítimamente, convencidos de que sus doce promesas representan el futuro que desean para España.

Feijóo ha puesto su firma sobre el papel. Sus electores pondrán la suya en las urnas.

Y es entonces cuando me viene a la memoria el viejo pacto literario con el diablo, aquel que se rubricaba con la propia sangre.

Naturalmente, hablo metafóricamente. Pero no me parece una imagen desacertada.

Porque cuando los ciudadanos depositamos nuestra confianza electoral no entregamos simplemente una papeleta. Ponemos en manos de quienes eventualmente nos gobernarán decisiones que afectan a nuestros salarios, nuestras pensiones, nuestra sanidad, la educación de nuestros hijos, nuestros derechos sociales y las condiciones de vida de las generaciones futuras.

Nos jugamos bastante más que una firma.

Y algunos suscribirán ese contrato convencidos, otros esperanzados y quizá no pocos sin haberse detenido a examinar suficientemente su letra pequeña.

Lo paradójico es que, mientras los ciudadanos asumiremos las consecuencias reales de las políticas que se apliquen, el firmante no establece en su documento ninguna penalización contractual por incumplirlas.

¿No tiene todo esto algo de lo que, en sentido figurado, podríamos llamar un contrato leonino?

Una parte asume las consecuencias. La otra conserva un amplio margen para interpretar sus compromisos.

Una entrega la confianza. La otra administra las condiciones.

Y si las cosas salen mal, siempre habrá una crisis, una dificultad presupuestaria, una coyuntura internacional imprevista o una herencia recibida que permita explicar por qué aquello que parecía irrenunciable ha dejado de ser posible.

Eso sin contar con que Feijóo ya tiene cierta experiencia en estas ceremonias.

En febrero de 2009 firmó otro documento muy parecido, entonces denominado «Contrato con Galicia». Aquel contenía catorce compromisos y también se presentó entre banderas, fotografías y promesas de rendición de cuentas. Incluso anunció que aspiraba a obtener una calificación no inferior a sobresaliente.

La realidad posterior fue bastante más discutida que la solemnidad de aquella ceremonia.

En 2016, el candidato socialista gallego Xoaquín Fernández Leiceaga denunció que doce de los catorce compromisos habían quedado incumplidos. Era, naturalmente, una valoración de la oposición y no una auditoría independiente. Tampoco sería justo ignorar que hubo medidas ejecutadas y circunstancias económicas extraordinarias que condicionaron los resultados.

Pero precisamente ahí reside el problema.

Entre aquellos compromisos figuraba convertir la lucha contra el desempleo en una máxima prioridad. Sin embargo, según el Instituto Gallego de Estadística, la tasa media de paro pasó del 12,4 % en 2009 al 20,5 % en 2012.

La crisis económica explica buena parte de aquel deterioro, pero no convierte automáticamente una prioridad proclamada en un objetivo alcanzado.

¿Se cumplió el contrato? ¿Se incumplió? ¿Quién realizó una evaluación independiente? ¿Qué consecuencias prácticas tuvo?

Y, sobre todo, ¿qué garantía adicional ofrece Feijóo ahora para que su nuevo documento sea algo más que aquel de 2009?

No pretendo negar la legitimidad de formular compromisos electorales. Todo lo contrario. Considero imprescindible que quien aspire a gobernar explique qué pretende hacer y se someta posteriormente al juicio de los ciudadanos.

Lo que me cuesta aceptar es que una colección de promesas, redactadas con suficiente amplitud como para admitir interpretaciones muy diferentes, adquiera la categoría de contrato simplemente porque su autor decida denominarla así.

España es un país social, económica, territorial y políticamente complejo. Sus problemas no caben en doce titulares, por muy atractivos que resulten.

Las pensiones están relacionadas con el empleo, los salarios, la productividad y las cotizaciones. La sanidad depende de la financiación, los profesionales y la organización. La vivienda condiciona la emancipación juvenil, la formación de familias y la movilidad laboral. La educación repercute en la igualdad de oportunidades y en el desarrollo económico.

Y todo ello se encuentra condicionado por una realidad europea e internacional que ningún Gobierno controla completamente.

Reducir semejante complejidad a doce grandes compromisos puede ser un recurso legítimo de comunicación política. Pero presentarlo como una fórmula magistral para resolver los problemas de España tiene, desde mi punto de vista, algo de alquimia electoral.

Se mezclan doce promesas atractivas, se añaden unas dosis de patriotismo, regeneración y grandes palabras, se agita cuidadosamente el recipiente y se ofrece el resultado como remedio para nuestros males.

Y siempre habrá alguien dispuesto a comprar el producto sin preguntar demasiado por sus ingredientes.

Por ejemplo, Feijóo promete construir al menos un millón de viviendas. Magnífico. Pero ¿en qué plazo, dónde, con qué financiación y cuántas serán públicas o estarán destinadas a alquileres verdaderamente asequibles?

También promete actualizar las pensiones conforme al IPC. Una declaración tranquilizadora, sin duda, aunque conviene recordar que esa garantía ya está recogida en nuestra legislación desde la reforma de 2021.

Lo verdaderamente interesante sería conocer qué medidas adicionales propone para asegurar la suficiencia y sostenibilidad futura de nuestro sistema público de pensiones.

Pero hay una promesa que merece especial atención: bajar impuestos.

¿A quién no le gustaría pagar menos?

A mí también, naturalmente.

Sin embargo, desde mi manera de entender la sociedad y la función del Estado, una rebaja fiscal no puede valorarse únicamente por la cantidad que dejamos de pagar.

Necesito saber qué impuestos se reducirán, en qué cuantía, quiénes obtendrán mayores beneficios y cuánto dejarán de ingresar las administraciones públicas.

Y, especialmente, cómo se compensará esa eventual pérdida de recursos.

Porque los impuestos no son simplemente dinero que sale de nuestros bolsillos. También son hospitales, colegios, universidades, dependencia, infraestructuras, pensiones y servicios públicos que muchos ciudadanos no podrían costearse individualmente.

Por supuesto, no considero que todos los impuestos sean intocables ni que cualquier gasto público esté justificado. Creo en la eficiencia administrativa, en combatir el despilfarro y en un sistema fiscal que no castigue injustamente el trabajo.

Pero también creo que la justicia tributaria exige contribuir de acuerdo con la capacidad económica de cada uno y disponer de servicios públicos de calidad con independencia de la fortuna personal.

Esa es, en buena medida, la esencia de mi concepción socialdemócrata.

Por eso me preocupa que se hable tanto de cuánto dejaremos de pagar y tan poco de lo que podríamos dejar de recibir.

Porque quien dispone de elevados ingresos puede contratar seguros sanitarios privados, pagar determinados servicios educativos o complementar su jubilación mediante inversiones.

Quien vive de un salario modesto o de una pensión necesita especialmente que la sanidad pública, la educación y la protección social funcionen.

Y si una rebaja fiscal beneficia principalmente a quienes más tienen, mientras la pérdida de ingresos termina deteriorando los servicios públicos, el resultado puede ser bastante menos atractivo de lo que sugería el anuncio.

No afirmo que necesariamente vaya a suceder. Dependerá del diseño concreto de las medidas.

Precisamente por eso quisiera conocerlo.

Porque las rebajas fiscales también pueden tener letra pequeña, y lo que algunos se ahorran individualmente puede terminar costándonos mucho más colectivamente.

Hay otra información reciente que me ha hecho reflexionar.

Alberto Nadal, responsable económico del PP, ha planteado revisar la participación del Estado en empresas privadas y limitarla fundamentalmente a los ámbitos de defensa, seguridad nacional y servicios públicos esenciales.

De prosperar esa orientación, podrían revisarse participaciones estatales en compañías como Telefónica, Talgo, Duro Felguera o CaixaBank, aunque por ahora no existe una decisión firme anunciada de venderlas.

La propuesta presenta ciertas semejanzas con la orientación privatizadora impulsada por Javier Milei en Argentina, sin que ello signifique que ambos proyectos sean idénticos.

Y vuelven a surgir las preguntas.

¿Qué empresas considera el PP estratégicas? ¿Cuáles dejarían de justificar una participación pública? ¿Quién adquiriría esas acciones? ¿A qué precio? ¿Qué dividendos futuros dejaría de percibir el Estado y qué capacidad de influencia perdería en sectores importantes?

No sostengo que toda participación estatal deba mantenerse indefinidamente. Pero tampoco comparto la idea de que la presencia pública en determinadas actividades económicas sea necesariamente un problema.

En ocasiones permite proteger intereses estratégicos, mantener capacidad de decisión o atender objetivos que el mercado, por sí solo, no siempre garantiza.

Por eso quisiera conocer si los ingresos de eventuales ventas se destinarían a reducir deuda, financiar inversiones, compensar rebajas fiscales o atender otras necesidades.

Porque vender patrimonio público puede proporcionar ingresos inmediatos, pero también significa desprenderse de activos que pueden generar valor e influencia durante muchos años.

Y me pregunto si semejante propuesta no merecería figurar, con toda su letra pequeña, en un contrato que pretende comprometer el futuro de España.

Pero llegamos a una cuestión que considero todavía más importante.

Feijóo ha firmado su contrato. ¿Quién garantiza que pueda cumplirlo si necesita gobernar con Vox?

No estoy anticipando un resultado electoral. Nadie conocerá la composición definitiva del Congreso hasta que se abran las urnas el próximo 29 de noviembre.

Sin embargo, podemos examinar las estimaciones publicadas por algunas empresas demoscópicas privadas.

40dB. atribuyó 132 diputados al PP y 66 a Vox. GAD3 estimó 133 y 65, respectivamente. Y Sigma Dos, en su sondeo del 19 de octubre, sitúa al PP entre 132 y 137 escaños y a Vox entre 65 y 68.

Son encuestas, no resultados electorales. Y sabemos que pueden equivocarse, especialmente cuando existe incertidumbre sobre la movilización y la participación.

Pero estas proyecciones permiten analizar una circunstancia concreta: Vox representaría aproximadamente un tercio de los diputados obtenidos conjuntamente por ambas formaciones.

Un tercio.

Eso no significa que le correspondiera automáticamente un tercio de los ministerios ni que su influencia pudiera calcularse mediante una sencilla regla de tres.

La capacidad negociadora depende de muchas circunstancias, especialmente de las alternativas parlamentarias disponibles.

Pero tampoco parece razonable suponer que una formación con semejante representación hipotética renunciaría sin más a defender su propio programa y a obtener responsabilidades gubernamentales.

Porque hay algo que no deberíamos olvidar: Vox también tendría compromisos con sus electores y difícilmente entraría en un Gobierno para olvidarse de todos ellos.

Y sus propuestas no son exactamente las mismas que las del PP.

Ambos partidos comparten parte del espacio político conservador, pero no son intercambiables. Podríamos decir, recurriendo al arcoíris político, que unos se presentan de azul y otros ocupan una tonalidad bastante más próxima al ultravioleta.

Y los matices, especialmente cuando afectan a derechos y políticas públicas, importan mucho.

Vox ha defendido importantes reducciones fiscales, cambios estructurales en la organización territorial del Estado, modificaciones de normas laborales, revisión de políticas de igualdad, medidas migratorias más restrictivas y una profunda reducción de regulaciones administrativas.

También ha planteado reformas del sistema de pensiones, incluida una mayor presencia de mecanismos de capitalización.

No todas esas propuestas son incompatibles con las del Partido Popular. Tampoco podemos afirmar que todas acabarían incorporándose a un hipotético acuerdo.

Pero sí parece legítimo preguntarse hasta dónde podría evolucionar el programa de Feijóo como consecuencia de una negociación con Abascal.

¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Se mantendría íntegramente el actual sistema público de reparto y su garantía de actualización conforme al IPC?

¿Qué sucedería con la reforma laboral, los convenios colectivos, los derechos sindicales o determinadas obligaciones empresariales?

¿Qué cambios podrían introducirse en las políticas de igualdad, inmigración, educación o protección social?

¿Y cómo se financiarían las rebajas fiscales defendidas por ambos partidos sin comprometer los servicios públicos?

No estoy afirmando que esas modificaciones vayan necesariamente a producirse.

Precisamente porque no lo sabemos, considero imprescindible que se expliquen las posiciones y los límites de cada formación antes de que los ciudadanos depositen su voto.

Y quizá alguien piense que exagero al preguntarme por el alcance de una eventual coalición.

Pero tenemos experiencias autonómicas recientes que merecen ser examinadas.

En Andalucía, tras las elecciones de mayo de 2026, Juanma Moreno necesitó pactar con Vox para formar Gobierno. El PP había obtenido 53 diputados y Vox 15.

El nuevo Ejecutivo mantuvo trece consejerías, pero incorporó tres vicepresidencias y amplió su estructura en trece altos cargos, pasando de 301 a 314.

En Castilla y León, el pacto de 2026 dio lugar a una estructura de al menos 105 altos cargos previstos, frente a los 96 del anterior Gobierno del PP en solitario. La prensa estimó el incremento de las retribuciones correspondientes en aproximadamente 700.000 euros anuales.

En Extremadura se establecieron dos vicepresidencias, una para cada partido, y se reorganizaron consejerías. Aragón también distribuyó vicepresidencias y responsabilidades entre ambas formaciones.

Son situaciones diferentes y no conviene confundirlas.

Tampoco puedo asegurar que todos los nuevos puestos respondan exclusivamente a la necesidad de acomodar dirigentes de uno u otro partido. Algunos pueden corresponder a competencias nuevas o necesidades organizativas reales.

Pero, permítanme, la coincidencia merece una reflexión.

¿No resulta paradójico que partidos que proclaman su intención de adelgazar las administraciones terminen ampliando determinados niveles de dirección después de negociar un gobierno de coalición?

En Andalucía, además, me gustaría conocer exactamente qué funciones desempeñan los trece puestos adicionales, quiénes los ocupan, qué coste representan y qué razones justifican su creación.

Porque si responden a necesidades administrativas reales, podrán explicarse. Y si obedecen principalmente al reparto político, también debería conocerse.

No afirmo que toda ampliación administrativa sea negativa. Una Administración puede necesitar más profesionales, más medios e incluso nuevos órganos cuando sus funciones lo justifican.

Pero no deberíamos confundir el fortalecimiento de los servicios públicos con la multiplicación de puestos de dirección política.

Personalmente, prefiero que cualquier incremento de recursos destinado a mejorar la sanidad se traduzca, siempre que sea posible, en más médicos, enfermeras, profesionales sanitarios y medios asistenciales, antes que en una estructura directiva más amplia cuya utilidad no haya sido suficientemente acreditada.

Y aquí regreso al compromiso de Feijóo de reducir ministerios, altos cargos y asesores.

¿Qué sucedería si, para integrar a Vox en un Gobierno de coalición, hubiera que redistribuir ministerios, crear nuevas secretarías de Estado o ampliar determinadas estructuras administrativas?

¿Aceptaría el PP reducir sus propias posiciones para cederlas al socio?

¿O buscarían una fórmula que permitiera acomodar a ambos sin que ninguno perdiera demasiados espacios de poder?

Los precedentes autonómicos no permiten asegurar cuál sería la respuesta, pero sí justifican la pregunta.

Porque, además, el reparto no se limita a los despachos.

Una coalición también exige negociar políticas.

En Castilla y León, por ejemplo, el acuerdo de 2026 incorporó compromisos programáticos sobre cuestiones sociales, administrativas y económicas. Y algunas de las decisiones posteriores muestran que la participación de Vox puede traducirse en actuaciones concretas dentro de las competencias que administra.

Un ejemplo reciente es la modificación de las condiciones para conceder determinadas ayudas a producciones cinematográficas, incorporando restricciones relacionadas con lo que la Consejería de Cultura considera adoctrinamiento ideológico.

No pretendo juzgar aquí la totalidad de esa regulación, pero sí señalar algo evidente: las competencias atribuidas a un socio de coalición pueden convertirse en decisiones administrativas que afectan directamente a los ciudadanos.

Por tanto, no hablamos únicamente de quién ocupa cada despacho.

Hablamos de qué políticas se aplican desde ellos.

Y desde mi perspectiva socialdemócrata, esta cuestión tiene una importancia especial.

No considero que el Estado deba intervenir en todo ni que la iniciativa privada sea incompatible con el interés general. Una economía moderna necesita empresas competitivas, inversión, innovación y seguridad jurídica.

Pero también necesita protección social suficiente, servicios públicos universales, derechos laborales efectivos y mecanismos de redistribución que impidan que el lugar donde uno nace o la fortuna de su familia determinen todas sus oportunidades.

No comparto la idea de que reducir la intervención pública constituya siempre una mejora, ni que toda regulación sea una traba innecesaria.

Hay normas que complican injustificadamente la actividad económica y deberían simplificarse. Pero también las hay que protegen la seguridad de los trabajadores, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades y los derechos de los consumidores.

La cuestión no consiste simplemente en contar cuántas normas se eliminan, sino en analizar cuáles son prescindibles y cuáles garantizan derechos efectivos.

Lo mismo sucede con los impuestos.

Para mí, la prosperidad de un país no puede medirse únicamente por la reducción de la presión fiscal o por los beneficios empresariales.

También debe medirse por la posibilidad real de acceder a una vivienda, disponer de una sanidad de calidad, recibir una educación adecuada, trabajar con dignidad y alcanzar la jubilación sin miedo a la pobreza.

No creo que esta forma de entender la sociedad sea patrimonio exclusivo de ningún partido, pero sí constituye un criterio esencial desde el que examino las propuestas políticas.

Y por eso me interesan mucho más las consecuencias concretas de las decisiones que la grandilocuencia de las ceremonias electorales.

Hay, además, otra cuestión que me inquieta especialmente.

Gobernar implica enfrentarse a dificultades imprevistas. Una crisis internacional, una recesión, un conflicto bélico o una catástrofe pueden alterar cualquier programa.

Es lógico que los gobiernos tengan que adaptar sus decisiones.

Pero existe una diferencia fundamental entre explicar responsablemente por qué no se ha podido cumplir un compromiso y utilizar cualquier contratiempo como coartada para abandonarlo.

Y cuando se gobierna en coalición aparece una explicación adicional extraordinariamente cómoda: la culpa puede ser del socio.

Imaginemos que Feijóo debe renunciar a alguna de sus promesas porque Vox exige una medida incompatible con ella.

¿Nos diría que quiso cumplir, pero que las circunstancias parlamentarias se lo impidieron?

¿Y si fuera Vox quien tuviera que renunciar a una parte de su programa? ¿Atribuiría a Feijóo la responsabilidad?

No afirmo que eso vaya a suceder. Pero tampoco me parece una hipótesis tan extravagante como para descartarla.

La experiencia demuestra que las coaliciones necesitan negociar y transigir. Eso es legítimo, como también lo es gobernar mediante acuerdos parlamentarios.

Lo que cuestiono es presentar compromisos personales con apariencia de garantías absolutas cuando su cumplimiento podría depender de acuerdos posteriores que todavía desconocemos.

Y aquí encuentro la gran paradoja del documento.

Feijóo firma hoy un contrato con España, pero el programa de gobierno verdaderamente determinante podría terminar escribiéndolo mañana con Abascal.

Ese hipotético segundo documento tendría una importancia enorme. Podría definir ministerios, presupuestos, prioridades económicas, reformas laborales, políticas sociales, inmigración, educación y muchas otras cuestiones que afectan directamente a nuestra vida cotidiana.

Y nosotros habríamos votado antes de conocerlo.

Por cierto, no se trata únicamente de especulaciones sobre futuras relaciones entre ambos partidos. Feijóo ha confirmado este mismo 20 de octubre conversaciones con Vox para estudiar fórmulas de colaboración electoral en el Senado.

Esas conversaciones no constituyen un acuerdo para gobernar España, pero muestran que ambas formaciones ya están explorando posibles entendimientos.

De manera que tampoco parece una extravagancia preguntarse qué condiciones podrían negociar en el Congreso si la aritmética parlamentaria exigiera sus apoyos recíprocos.

Y aquí aparece otra cuestión.

¿Compromete el contrato a Feijóo?

Políticamente, sí. Jurídicamente, no como un contrato ordinario.

¿Compromete a Abascal?

No.

¿Compromete a los hipotéticos ministros de Vox o a sus diputados?

Tampoco por el simple hecho de haberlo firmado Feijóo.

¿Y qué sucedería si alguno de los compromisos chocara con las condiciones de un acuerdo de coalición?

Esa es precisamente la letra pequeña que todavía desconocemos.

Naturalmente, no se puede exigir a un candidato que anticipe todas las circunstancias de su futuro Gobierno ni que conozca el resultado de unas negociaciones que aún no se han producido.

Pero sí se le puede pedir que explique públicamente cuáles son sus compromisos irrenunciables, qué medidas estaría dispuesto a negociar y qué consecuencias económicas tendrían sus propuestas.

Especialmente cuando utiliza la palabra contrato para revestirlas de una solemnidad extraordinaria.

No quiero terminar esta reflexión dando la impresión de que considero ilegítima una eventual coalición entre PP y Vox. Si se alcanzara conforme a las reglas de nuestra democracia parlamentaria, tendría la legitimidad institucional que corresponde a cualquier Gobierno constituido legalmente.

Mi preocupación no consiste en negar esa posibilidad, sino en conocer sus condiciones y consecuencias.

Tampoco pretendo sostener que Feijóo vaya necesariamente a incumplir aquello que ahora promete.

Lo que digo es que una firma, por solemne que sea, no sustituye a las garantías, la transparencia ni la rendición de cuentas.

Y que el antecedente de Galicia invita, cuando menos, a examinar con prudencia la diferencia entre los compromisos anunciados y los resultados finalmente obtenidos.

Al final vuelvo al título de esta reflexión.

¿Contrato con España o contrato con el diablo?

No porque identifique literalmente a nadie con el diablo, naturalmente. Se trata de una metáfora literaria que me sirve para expresar una preocupación: la posibilidad de que los ciudadanos aceptemos un pacto sin conocer suficientemente todas sus condiciones.

En aquellos viejos relatos, el diablo solía esconderse en la letra pequeña.

Aquí lo inquietante es que una parte importante de esa letra pequeña quizá ni siquiera esté escrita todavía.

Y lo verdaderamente singular es que Feijóo nos está pidiendo que suscribamos su contrato ahora, mediante nuestro voto, aunque el documento que finalmente determine las políticas de un hipotético Gobierno de coalición pudiera negociarse después del 29 de noviembre.

Algunos lo firmarán convencidos de lo que han leído.

Otros quizá confiando en que las promesas se cumplirán íntegramente.

Y otros puede que ni siquiera se hayan planteado cuánto costarán, quién las financiará o hasta dónde podrán modificarse.

Todos estarán ejerciendo legítimamente su derecho al voto.

Pero las consecuencias de las decisiones que se adopten después afectarán también a quienes no hayan suscrito aquel contrato.

Porque los compromisos electorales pueden ser particulares de un partido, pero las políticas de un Gobierno tienen consecuencias colectivas.

Y esas consecuencias las pagamos, o las disfrutamos, todos.

Por eso, antes de rubricar metafóricamente con nuestra sangre, considero razonable preguntar cuánto cuesta lo prometido, quién lo financia, qué garantías existen y qué condiciones podría imponer quien todavía no ha firmado nada.

Quizá la cuestión sea mucho más sencilla de lo que parece.

Feijóo pone la firma. Abascal podría negociar las condiciones. Y los españoles asumiríamos las consecuencias.

No sé si finalmente habrá contrato, pacto de coalición o gobierno en solitario. Eso lo decidirán los ciudadanos con sus votos y, después, nuestros representantes conforme a las reglas parlamentarias.

Pero me gustaría que, llegado ese momento, nadie pretendiera presentarnos como inevitable aquello que hoy no se ha explicado con suficiente claridad.

Porque gobernar consiste en administrar intereses, recursos y derechos reales, no en representar una ceremonia.

Y la confianza de los ciudadanos merece algo más que una firma ante las cámaras.

La confianza se solicita. Las garantías se acreditan. Y los compromisos se demuestran cumpliéndolos.

O, dicho de otra manera:

¿Estamos ante un contrato con España o ante uno cuya verdadera letra pequeña conoceremos cuando ya hayamos votado?

Quizá no sea necesario invocar al diablo.

Pero sí sería prudente asegurarnos de que, cuando llegue la hora de cumplir lo prometido, no descubramos que nosotros pusimos la sangre mientras otros se reservaron el derecho de cambiar las cláusulas.


El Rincón de Kurro

20 de octubre de 2026

Fuentes y documentación