De las promesas de moderación a las malas compañías. Una reflexión sobre el poder, la coherencia y el difícil ejercicio de mirarse a uno mismo.
¿Os acordáis de aquella fotografía de Pablo Casado, en mangas de camisa, con barba de varios días, apoyado sobre un lavabo y contemplándose fijamente en el espejo?
Fue en abril de 2020, en plena pandemia. Una imagen en blanco y negro, de gesto grave, que pretendía transmitir preocupación por la tragedia que estábamos viviendo.
Muchas veces me he preguntado qué estaría escrutando Casado en aquel cara a cara con su yo más íntimo.
¿Buscaba respuestas? ¿Examinaba su conciencia? ¿Trataba de reconocerse en aquel hombre que le devolvía la mirada? ¿O simplemente ensayaba una pose de estadista preocupado por los problemas de España?
Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que, menos de dos años después, aquel hombre del espejo fue políticamente desfenestrado.
Y no precisamente por haber perdido unas elecciones generales.
Su caída llegó en medio de una extraordinaria crisis interna del Partido Popular, después de que su dirección cuestionara las explicaciones sobre los negocios del hermano de Isabel Díaz Ayuso relacionados con un contrato de mascarillas durante la pandemia.
Hubo acusaciones cruzadas, enfrentamientos, denuncias de espionaje y una auténtica rebelión interna. Finalmente, el liderazgo que terminó sucumbiendo fue el de Casado.
No deja de resultar curioso que quien reclamaba explicaciones acabara perdiendo el puesto.
Así es la política en ocasiones. Hay preguntas que pueden resultar más peligrosas para quien las formula que para quien debe responderlas.
Y entonces llegó Feijóo
Desde Galicia llegó Alberto Núñez Feijóo.
Un hombre de aparente sosiego, procedente de aquellas tierras donde la retranca constituye casi una institución cultural, con larga experiencia de gobierno y una imagen pública de moderación.
Venía, según proclamaba, a recuperar la serenidad, el diálogo, el respeto institucional y la buena política.
Hasta el punto de afirmar solemnemente, el 1 de abril de 2022:
«Yo no he venido a crispar ni a insultar. Creo en la moderación y la serenidad».
Y unas semanas antes había anunciado:
«No vengo a insultar a Pedro Sánchez, vengo a ganarle».
¡Qué hermosa declaración de intenciones!
Parecía que, después de la tormenta que había terminado con Casado, el Partido Popular se disponía a inaugurar una nueva etapa.
Una oposición firme, desde luego, pero constructiva. Una derecha capaz de discrepar sin convertir cada intervención en una batalla personal. Una alternativa que aspirase a gobernar convenciendo a los ciudadanos y no alimentando permanentemente el enfrentamiento.
Han transcurrido más de cuatro años.
Y no puedo evitar preguntarme qué ha quedado de aquellas promesas.
¿Dónde está aquella moderación? ¿Qué fue del compromiso de no crispar ni insultar? ¿Cómo se concilia aquel discurso de presentación con la dureza de determinadas expresiones y estrategias de confrontación posteriores?
Porque una cosa es hacer oposición, incluso muy dura, y otra bien distinta entender que cualquier recurso dialéctico resulta aceptable para desgastar al adversario.
Y las promesas políticas, al menos las que se formulan con tanta solemnidad, no deberían tener fecha de caducidad al día siguiente de pronunciarlas.
Las malas compañías generan malos hábitos
Ya lo dice el refranero: las malas compañías generan malos hábitos.
Y quizá, solo quizá, tanto competir con Vox por la contundencia del discurso haya terminado contagiando algunas de sus formas.
No pretendo afirmar que PP y Vox sean lo mismo. Tienen diferencias políticas que conviene reconocer.
Pero cuando la oposición se convierte en una competición por demostrar quién es más duro con el presidente del Gobierno, cabe preguntarse cuánto espacio queda para aquella moderación que Feijóo presentaba como su principal seña de identidad.
Porque la firmeza no exige malos modos. La discrepancia no necesita insultos. Y la oposición no obliga a convertir al adversario político en enemigo personal.
Se puede cuestionar la gestión de Pedro Sánchez, criticar sus decisiones, exigir responsabilidades y defender una alternativa de gobierno sin contribuir a un clima permanente de hostilidad.
Precisamente eso parecía defender Feijóo cuando llegó a Madrid.
Por eso me pregunto:
¿Será que, de tanto mirar hacia su derecha, ha dejado de mirarse a sí mismo?
Porque las malas compañías pueden explicar determinados hábitos, pero no eximen a nadie de la responsabilidad de adquirirlos.
La sombra de Casado
Y aquí es donde vuelvo a recordar aquella fotografía.
¿Se habrá colocado Feijóo alguna vez delante de un espejo como aquel?
¿Se habrá preguntado si sigue siendo el mismo político que desembarcó en Madrid proclamando que no venía a insultar a nadie?
¿O habrá descubierto que, en la política nacional, las convicciones personales pueden encontrarse con dificultades que no figuraban en el programa de viaje?
A veces pienso en el recuerdo de Casado.
Porque debe de resultar aleccionador llegar a presidir un partido, contemplar cómo se cuestiona tu liderazgo desde dentro y terminar abandonándolo en circunstancias tan traumáticas.
¿Puede ese precedente influir en las decisiones de quien le sucede?
No lo sé.
¿Podría Feijóo considerar que contrariar a determinados sectores de su partido entraña riesgos para su propio liderazgo?
Tampoco lo sé.
Sería aventurado afirmar que esa es la explicación de su conducta.
Pero me parece legítimo hacerse esas preguntas cuando uno observa el contraste entre las palabras que acompañaron su llegada y algunas de sus actuaciones posteriores.
Quizá sea una cuestión de convicciones. Quizá de estrategia. Quizá de supervivencia política.
O quizá, sencillamente, considere que está cumpliendo cuanto prometió.
Solo él puede saberlo.
Y es que el espejo tiene un pequeño inconveniente: no siempre devuelve la imagen que nos gustaría contemplar.
El regreso a la ribera del Miño
Y todavía me permito una última maldad, naturalmente irónica.
¿Y si Feijóo estuviera preocupado por la posibilidad de que, después de tantos años de política, tuviera que regresar a su tierra sin haber conseguido instalarse en La Moncloa?
Porque volver a la ribera del Miño, después de haber presidido Galicia durante tantos años, no debería constituir ninguna tragedia.
Galicia sigue siendo Galicia, con sus paisajes, sus gentes, sus ríos y su incomparable capacidad para contemplar las cosas con paciencia y retranca.
Pero claro, una vez que se ha probado el ambiente de la política nacional, quizá resulte difícil renunciar al sueño de presidir el Gobierno de España.
Siempre quedaría la jubilación, naturalmente.
Aunque, sin haber pasado por La Moncloa, quizá tuviera que conformarse con ella sin el complemento de algún sillón en el consejo de administración de una gasista, una eléctrica, una telefónica o cualquier otra gran empresa necesitada de experimentados exresponsables políticos.
¡Qué contrariedad!
Tener que jubilarse y vivir de la pensión, sin más.
Como hacemos millones de españoles.
Y, por cierto, algunos hasta conseguimos hacerlo sin necesidad de pedir sacrificios a los demás.
El espejo que todos deberíamos tener
Pero volvamos al principio.
A aquella fotografía de Casado, al lavabo, a las mangas de camisa y a la mirada perdida frente al espejo.
Quizá mi reflexión no tenga tanto que ver con Casado ni con Feijóo como con algo bastante más elemental: la necesidad de ser coherentes con nosotros mismos.
Todos cambiamos. Todos podemos rectificar. Todos podemos descubrir que determinadas convicciones necesitan ser revisadas.
Y los políticos, naturalmente, también.
Lo importante no es permanecer inmóviles, sino ser capaces de explicar por qué hemos cambiado, qué nos ha hecho cambiar y qué queda de aquellos principios que un día proclamamos públicamente.
Porque no es lo mismo evolucionar que acomodarse. Ni rectificar que renunciar silenciosamente a lo prometido.
Y porque gobernar, o aspirar a hacerlo, debería exigir algo más que conseguir el poder.
Debería exigir conservar la capacidad de reconocerse en las propias palabras.
Por eso sigo pensando en aquella fotografía.
Y me pregunto si el problema de algunos políticos será que han dejado de mirarse al espejo o que, cuando lo hacen, ya no reconocen a quien les devuelve la mirada.
Aunque quizá lo verdaderamente preocupante sea que se reconozcan perfectamente y que ya no les importe lo que ven.
El Rincón de Kurro — 17 de octubre de 2026