sábado, 31 de octubre de 2026

LAS TRAGEDIAS NO TIENEN SIGLAS; LA DOBLE MORAL, SÍ

LAS TRAGEDIAS NO TIENEN SIGLAS; LA DOBLE MORAL, SÍ

De Angrois a la DANA y los accidentes ferroviarios de 2026: hechos, declaraciones y responsabilidades políticas en la España democrática.

El Rincón de Kurro | 30 de octubre de 2026


Las tragedias, la memoria y las responsabilidades

Cada vez que España sufre una gran tragedia, junto al dolor de las víctimas y sus familias aparece inevitablemente el debate sobre las responsabilidades.

Es lógico que así sea. Las administraciones públicas tienen obligaciones de prevención, vigilancia, protección y respuesta. Cuando se produce una catástrofe, corresponde investigar si esas obligaciones se cumplieron y qué consecuencias deben derivarse de las actuaciones u omisiones acreditadas.

Sin embargo, la historia reciente de España ofrece una circunstancia que merece examinarse: las exigencias políticas formuladas ante distintas tragedias no siempre han seguido los mismos criterios.

Para comprobarlo, conviene acudir a los hechos: qué ocurrió, quién gobernaba, qué competencias tenía cada administración, qué revelaron las investigaciones, qué dijeron los responsables políticos y qué consecuencias asumieron.

Especialmente interesante resulta comparar las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo cuando presidía la Xunta de Galicia durante la investigación del accidente de Angrois, su defensa de Ana Pastor, su actitud ante Carlos Mazón tras la DANA valenciana y sus actuales exigencias de responsabilidades al Gobierno de Pedro Sánchez por los accidentes ferroviarios de 2026.

No se trata de equiparar tragedias diferentes ni de atribuir responsabilidades por el mero hecho de ocupar un cargo público. Tampoco de eximir a nadie de ellas.

Se trata de examinar hechos documentados, distinguir las responsabilidades políticas de las penales y observar cómo han reaccionado nuestros dirigentes cuando las tragedias afectaban a gobiernos propios o ajenos.

Angrois: la prudencia que reclamaba Feijóo

El 24 de julio de 2013, un tren Alvia descarriló en las proximidades de Santiago de Compostela. Murieron 80 personas.

Mariano Rajoy presidía el Gobierno de España, Ana Pastor era ministra de Fomento y Alberto Núñez Feijóo presidía la Xunta de Galicia. Los tres pertenecían al Partido Popular.

La investigación identificó el exceso de velocidad del maquinista, pero también suscitó cuestiones sobre la evaluación de riesgos, la señalización y los mecanismos de seguridad de la infraestructura.

Las asociaciones de víctimas reclamaron durante años que se investigaran todas las circunstancias del accidente.

En enero de 2014, Feijóo rechazó una comisión parlamentaria de investigación en Galicia y defendió que debía dejarse trabajar a la Justicia. Cuestionó, además, que la tragedia pudiera utilizarse para atribuir responsabilidades políticas al Gobierno socialista que había impulsado la infraestructura.

Dos años después, en julio de 2016, cuando la Agencia Ferroviaria Europea cuestionó la independencia de la investigación técnica española, Feijóo salió nuevamente en defensa de Ana Pastor.

Su argumento fue que la ministra no había construido ni inaugurado la línea ferroviaria, puesto que cuando se ejecutó era diputada de la oposición.

Ana Pastor no dimitió a consecuencia del accidente.

En enero de 2026, la Audiencia Provincial de A Coruña confirmó la condena al maquinista y absolvió al antiguo director de Seguridad en la Circulación de Adif, con un voto particular discrepante.

La resolución penal no impide examinar las obligaciones de supervisión, mantenimiento y prevención desde una perspectiva técnica o política.

El argumento utilizado entonces por Feijóo plantea una cuestión que conserva toda su actualidad: ¿hasta dónde alcanza la responsabilidad de un ministro sobre una infraestructura construida antes de su llegada al cargo?

La DANA: El Ventorro, los WhatsApp y la continuidad de Mazón

El 29 de octubre de 2024, unas inundaciones devastadoras causaron centenares de víctimas mortales en la Comunidad Valenciana.

Pedro Sánchez presidía el Gobierno de España y Carlos Mazón, del Partido Popular, la Generalitat Valenciana.

AEMET había emitido avisos rojos y existían mecanismos de vigilancia hidrológica. Sin embargo, la alerta masiva ES-Alert no se remitió a los teléfonos móviles hasta las 20:11, cuando numerosas localidades ya estaban gravemente afectadas.

Durante parte de aquella tarde, Mazón permaneció en el restaurante El Ventorro, donde había acudido a comer con la periodista Maribel Vilaplana.

La reunión del Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI) comenzó a las 17:00.

A las 17:37, la entonces consellera de Emergencias, Salomé Pradas, informó telefónicamente a Mazón sobre las inundaciones en Utiel.

Según las declaraciones conocidas durante la investigación, el presidente valenciano abandonó el restaurante aproximadamente entre las 18:30 y las 19:00.

La cuestión no es simplemente que estuviera comiendo, sino su disponibilidad, la información que recibió y cómo ejerció sus responsabilidades institucionales mientras la emergencia se agravaba.

Los mensajes entre Feijóo y Mazón

Los WhatsApp intercambiados entre ambos dirigentes durante aquella jornada, posteriormente aportados al juzgado de Catarroja, permiten conocer parte de sus comunicaciones.

A las 19:59, Feijóo ofreció su solidaridad y ayuda a Mazón.

A las 20:09, el presidente valenciano le comunicó que la situación empeoraba rápidamente.

A las 20:26, Feijóo le recomendó que liderara la comunicación pública, como había hecho durante el incendio de Campanar.

Posteriormente, preguntó por la existencia de muertos, desaparecidos y daños materiales.

A las 23:25, Mazón le comunicó que estaban apareciendo víctimas mortales en Utiel.

Los mensajes muestran que Feijóo se interesó por la emergencia, ofreció ayuda y formuló recomendaciones sobre la comunicación institucional (El Relato).

No demuestran por sí solos que participara en las decisiones operativas de protección civil. Pero sí constituyen documentación relevante sobre su actuación política durante aquellas horas.

La dimisión que Feijóo no exigió

Feijóo no reclamó públicamente la dimisión inmediata de Carlos Mazón.

Posteriormente explicó que había considerado necesario mantener la dirección de la emergencia durante sus primeros días.

Mazón permaneció al frente de la Generalitat durante más de un año, hasta anunciar su dimisión el 3 de noviembre de 2025.

Según fuentes de la dirección nacional del PP citadas entonces por distintos medios, Feijóo no había previsto exigirle directamente que abandonara la presidencia, sino comunicarle que no volvería a ser candidato.

En febrero de 2026, Feijóo compareció ante la comisión de investigación de la DANA del Congreso. Defendió su actuación, sostuvo que el Gobierno central debería haber declarado la emergencia de interés nacional y reconoció que las administraciones no habían estado a la altura, incluida la Generalitat Valenciana.

La investigación judicial sobre la gestión de la emergencia continúa abierta.

En marzo de 2026, el Tribunal Superior de Justicia valenciano rechazó abrir una causa penal contra Mazón en los términos entonces planteados.

Esa decisión no supone una declaración judicial de que su gestión política fuera correcta. Del mismo modo, cuestionar esa gestión tampoco equivale a atribuirle un delito.

Adamuz y Urda: las exigencias de responsabilidades en 2026

En enero y octubre de 2026, España ha sufrido dos graves tragedias ferroviarias.

El accidente de Adamuz, ocurrido el 18 de enero, causó 46 fallecidos.

El de Urda, ocurrido el 28 de octubre, presenta un balance provisional de 69 víctimas mortales, según la información disponible a fecha de publicación.

Las investigaciones deben esclarecer las causas de ambos accidentes, las condiciones de seguridad de las infraestructuras y las posibles responsabilidades.

En el caso de Urda se examinan cuestiones relacionadas con los sistemas de supervisión ferroviaria, las comunicaciones y las decisiones de circulación, sin que puedan darse por establecidas conclusiones técnicas definitivas.

Alberto Núñez Feijóo ha reclamado responsabilidades políticas al Gobierno de Pedro Sánchez y al ministro de Transportes, Óscar Puente.

Vox también ha formulado graves acusaciones contra el Ejecutivo y ha acudido a los tribunales.

Conviene recordar que la presentación de una querella no acredita por sí misma los hechos denunciados.

Óscar Puente ha reconocido el deterioro de la confianza ciudadana en la seguridad ferroviaria y ha defendido su actuación. Según las informaciones publicadas el 30 de octubre, puso su cargo a disposición del presidente del Gobierno, quien le pidió continuar.

La investigación deberá determinar qué riesgos eran conocidos, qué medidas preventivas existían, qué decisiones se adoptaron y cuáles eran las competencias de cada responsable.

Tres situaciones, distintas respuestas

En Angrois, Feijóo defendió a Ana Pastor y argumentó que la ministra no había construido ni inaugurado la infraestructura.

Durante la DANA, no exigió públicamente la dimisión inmediata de Carlos Mazón, pese a la controversia sobre su actuación durante las horas decisivas de la emergencia.

Ante los accidentes ferroviarios de 2026, ha reclamado responsabilidades políticas al Gobierno central y al ministro Óscar Puente.

Las circunstancias y competencias son diferentes.

También lo son las posiciones políticas documentadas.

La comparación permite examinar qué criterios se aplicaron en cada caso.

Despolitizar Renfe y Adif: una propuesta que merece atención

El 30 de octubre de 2026, elDiario.es publicó una información sobre las propuestas de varios antiguos responsables de Renfe y del Ministerio de Fomento nombrados durante gobiernos del Partido Popular.

Juan Alfaro, Julio Gómez-Pomar y Berta Barrero defendieron, con distintos matices, una mayor independencia institucional de Renfe y Adif, la profesionalización de sus órganos directivos y una menor dependencia de los cambios políticos.

Entre ellos figura Julio Gómez-Pomar, que presidía Renfe cuando se produjo el accidente de Angrois en julio de 2013 y posteriormente fue secretario de Estado de Infraestructuras durante el Gobierno de Mariano Rajoy.

Berta Barrero, por su parte, figura entre los expertos a los que Feijóo ha recurrido para analizar la situación ferroviaria tras la tragedia de Urda.

La propuesta plantea una cuestión que trasciende a los partidos: cómo garantizar la continuidad de las políticas de seguridad, mantenimiento e inversión con independencia de quién gobierne.

También invita a examinar cómo se nombraban los responsables de estas empresas públicas durante los distintos gobiernos y qué autonomía tenían sus órganos de dirección.

La independencia técnica y la responsabilidad política no son incompatibles.

Una empresa pública puede disponer de directivos profesionales y autonomía de gestión sin que desaparezcan las obligaciones de supervisión y control de la Administración.

La cuestión resulta especialmente pertinente cuando quienes ahora defienden esa profesionalización desempeñaron anteriormente responsabilidades en las mismas estructuras institucionales.

Otras tragedias, otros gobiernos

El examen de las responsabilidades no puede limitarse a los accidentes ferroviarios recientes ni a las administraciones del Partido Popular.

La historia democrática española ofrece ejemplos bajo gobiernos de distinto signo.

Spanair: 154 fallecidos bajo un Gobierno socialista

El 20 de agosto de 2008, un avión de Spanair se estrelló durante el despegue en Madrid-Barajas. Murieron 154 personas.

Gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero y Magdalena Álvarez era ministra de Fomento.

La investigación técnica identificó errores de la tripulación y deficiencias relacionadas con los procedimientos y mecanismos de seguridad.

La causa penal contra los técnicos de mantenimiento investigados fue archivada.

Años después, una comisión parlamentaria señaló responsabilidades políticas y de gestión, incluida la de la ministra.

En su Sentencia 108/2025, el Tribunal Constitucional desestimó un recurso relacionado con las conclusiones de aquella comisión.

La resolución no constituye una condena penal de Magdalena Álvarez ni acredita judicialmente todas las conclusiones del dictamen parlamentario.

La ministra no dimitió inmediatamente a consecuencia del accidente.

Metro de Valencia: 43 fallecidos

El 3 de julio de 2006, el descarrilamiento de un convoy del metro de Valencia causó 43 muertos.

La Generalitat estaba presidida por Francisco Camps, del Partido Popular, mientras que el Gobierno central correspondía al PSOE.

Durante años, la explicación se concentró en el exceso de velocidad del maquinista fallecido.

Las asociaciones de víctimas reclamaron investigaciones más amplias sobre las condiciones de seguridad y las decisiones de gestión.

En 2020, cuatro antiguos directivos de Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana aceptaron condenas mediante un acuerdo de conformidad.

Yak-42: 62 militares fallecidos

El 26 de mayo de 2003, 62 militares españoles murieron al estrellarse en Turquía el avión Yak-42 que los trasladaba desde Afganistán.

Gobernaba José María Aznar y Federico Trillo era ministro de Defensa.

A las controversias sobre las condiciones del transporte se añadió la identificación errónea de los restos de 30 militares, que dio lugar a condenas penales.

En 2017, catorce años después, el Ministerio de Defensa reconoció la responsabilidad patrimonial de la Administración.

Trillo no dimitió como ministro a consecuencia del accidente.

Prestige: las decisiones de una emergencia

En noviembre de 2002, el petrolero Prestige sufrió una avería y terminó hundiéndose frente a las costas gallegas.

Gobernaba José María Aznar.

La decisión de alejar el buque, la coordinación de la emergencia y la información pública ofrecida provocaron una intensa controversia política.

El movimiento Nunca Máis expresó la indignación de numerosos ciudadanos.

Las consecuencias ambientales y los litigios derivados del desastre se prolongaron durante décadas.

El 28 de octubre de 2026, el Tribunal Supremo del Reino Unido dictó una nueva resolución relacionada con el conflicto entre España, Francia y la aseguradora del petrolero.

El 11-M: terrorismo, prevención e información pública

El 11 de marzo de 2004, España sufrió los atentados terroristas de Madrid.

La autoría criminal correspondió al terrorismo yihadista.

La Comisión de Investigación del Congreso examinó también el funcionamiento de los servicios de inteligencia, la coordinación policial y la información ofrecida por el Gobierno de José María Aznar durante los días posteriores.

El Ejecutivo mantuvo inicialmente la hipótesis de ETA mientras aparecían indicios de autoría yihadista.

La responsabilidad de los terroristas no excluye el examen de la prevención, la coordinación institucional y la comunicación pública.

Una mirada a toda la etapa democrática

Las grandes tragedias españolas no pertenecen a un único periodo político.

Durante los gobiernos de UCD se produjeron, entre otros, los accidentes aéreos de Dan-Air en Tenerife y Spantax en Málaga.

Durante gobiernos socialistas ocurrieron las tragedias aéreas de Avianca, la colisión de Barajas, el accidente de monte Oiz y el de Spanair.

Durante gobiernos del Partido Popular se produjeron, entre otros, el accidente de Pauknair, el desastre del Prestige, el Yak-42, Chinchilla y Angrois.

El metro de Valencia ocurrió bajo una Generalitat del PP y un Gobierno central socialista.

La DANA valenciana de 2024 también afectó a administraciones gobernadas por partidos diferentes.

Los accidentes de Adamuz y Urda se han producido bajo el actual Gobierno socialista.

Esta relación no pretende ser exhaustiva.

Tampoco sería riguroso sumar fallecidos y atribuir el resultado a unas siglas.

Las causas de los accidentes son diferentes, los periodos de gobierno tienen distinta duración y las competencias administrativas no siempre corresponden al Ejecutivo central.

Lo que sí puede compararse es la respuesta institucional y política ante cada tragedia.

Qué se investigó.

Qué información se ofreció.

Qué decisiones se adoptaron.

Qué responsabilidades se reconocieron.

Y qué criterios utilizaron nuestros dirigentes cuando esas responsabilidades afectaban a sus compañeros o a sus adversarios.


Responsabilidad política no es responsabilidad penal

La responsabilidad penal exige acreditar la comisión de un delito y la participación de las personas investigadas.

La responsabilidad política puede derivarse de decisiones, omisiones, deficiencias de gestión o incumplimientos de las obligaciones de supervisión, aunque no exista una condena penal.

Pero tampoco debe presumirse automáticamente por ocupar un cargo público cuando ocurre un accidente.

Es necesario examinar las competencias, la información disponible, las decisiones adoptadas y las medidas preventivas que razonablemente podían exigirse.

La ausencia de condena penal no demuestra necesariamente que una gestión fuera adecuada.

Y una acusación política tampoco demuestra que existiera una negligencia.

Una dimisión, por otra parte, no sustituye a la investigación de las causas ni a la corrección de los problemas detectados.

Las mismas preguntas

La historia de las grandes tragedias españolas ofrece abundante documentación para estudiar cómo han reaccionado los responsables públicos ante situaciones de enorme gravedad.

En Angrois, Feijóo defendió a Ana Pastor frente a las peticiones de dimisión.

Durante la DANA, intercambió mensajes con Carlos Mazón, le ofreció ayuda y recomendaciones sobre la comunicación pública y no exigió su salida inmediata.

Ante los accidentes ferroviarios de 2026, ha reclamado responsabilidades políticas al Gobierno central y al ministro Óscar Puente.

También existen antecedentes bajo gobiernos socialistas en los que se formularon exigencias de responsabilidad política que no desembocaron en dimisiones inmediatas.

Cada episodio tiene circunstancias propias y exige una investigación individualizada.

Pero las declaraciones públicas, las decisiones institucionales y las consecuencias políticas también forman parte de los hechos.

¿Se han aplicado siempre los mismos criterios para exigir responsabilidades?

Las fechas, las declaraciones y las decisiones están documentadas.

Las tragedias no tienen siglas.

Las responsabilidades deben investigarse y exigirse cuando correspondan, con independencia de quién gobierne.

Y las conclusiones sobre la coherencia de nuestros dirigentes pertenecen a cada lector.


Fuentes documentales y periodísticas

  • El País, 23 de enero de 2014. Feijóo rechaza investigar Angrois para no cargar las responsabilidades sobre el PSOE.
  • Europa Press, 8 de julio de 2016. Declaraciones de Feijóo en defensa de Ana Pastor.
  • El País, 14 de julio de 2016. Posición de Feijóo sobre la repetición de la investigación de Angrois.
  • Audiencia Provincial de A Coruña. Resolución de enero de 2026 sobre el accidente de Angrois.
  • RTVE, enero de 2026. Publicación de los mensajes entre Feijóo y Mazón durante la DANA.
  • Congreso de los Diputados. Comparecencia de Alberto Núñez Feijóo ante la comisión de investigación de la DANA, 2 de febrero de 2026.
  • AEMET. Documentación técnica de la DANA del 29 de octubre de 2024.
  • Tribunal Constitucional. Sentencia 108/2025, ECLI:ES:TC:2025:108.
  • Ministerio de Defensa, 4 de mayo de 2017. Reconocimiento de responsabilidad patrimonial por el Yak-42.
  • Consejo de Estado. Dictamen 481/2016, relativo al Yak-42.
  • Tribunal Supremo del Reino Unido. Procedimiento sobre el Prestige.
  • Congreso de los Diputados. Comisión de Investigación del 11-M, julio de 2005.
  • elDiario.es, 30 de octubre de 2026. Ex altos cargos del PP que dirigieron Renfe piden despolitizar Adif.
  • RTVE y Europa Press. Informaciones sobre Adamuz, Urda y las declaraciones políticas de octubre de 2026.

El Rincón de Kurro

viernes, 30 de octubre de 2026

Pongamos que hablo de Madrid


De la venta de 1.860 viviendas públicas por 128,5 millones de euros a una operación inmobiliaria de 1.050 millones. Trece años de decisiones políticas, controversias judiciales y negocios financieros.


Hay historias que explican un modelo de sociedad mucho mejor que los discursos políticos. Historias que comienzan con una decisión administrativa, continúan en los balances de grandes fondos de inversión y terminan afectando a personas para quienes una vivienda no es un activo financiero, sino su hogar.

Esta historia comienza en Madrid, en 2013.

Ana Botella, del Partido Popular, ocupaba entonces la Alcaldía. La Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) atravesaba dificultades económicas y su dirección decidió desprenderse de una parte significativa de su patrimonio residencial.

El 31 de octubre de aquel año se formalizó la venta de 18 promociones, integradas por 1.860 viviendas protegidas, junto con garajes, trasteros y otros inmuebles, a las sociedades Fidere Vivienda y Fidere Gestión, vinculadas al fondo estadounidense Blackstone.

Precio total: 128,5 millones de euros.

Trece años después, aquellas viviendas figuran dentro de una cartera inmobiliaria mucho mayor, transmitida por Blackstone a la gestora canadiense Brookfield.

Y aquí comienza una reflexión que no debería agotarse en los tribunales.

1. El precio de vender patrimonio público

La operación de 2013 comprendió 5.315 inmuebles y elementos registrales, de los cuales 1.860 eran viviendas.

Si dividimos los 128,5 millones de euros entre esas viviendas, obtenemos aproximadamente 69.086 euros por piso. Pero sería incorrecto presentar esa cantidad como precio individual de cada vivienda, porque la operación incluía también otros bienes.

El Ayuntamiento justificó la venta dentro de las medidas destinadas a afrontar la situación financiera de la EMVS.

Sus defensores sostuvieron que era necesario obtener liquidez, atender las exigencias del plan de viabilidad y evitar consecuencias más graves para la empresa municipal.

Es un argumento que merece ser recogido.

Pero también merece una pregunta: ¿era la venta de aquellas viviendas la única alternativa posible para garantizar la continuidad de la empresa?

Porque cuando una administración vende patrimonio destinado a atender necesidades sociales, no está realizando una operación inmobiliaria cualquiera.

Está renunciando a la titularidad de bienes que podrían continuar cumpliendo una función pública durante décadas.

2. Lo que dijeron los órganos fiscalizadores

La Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid examinó las enajenaciones inmobiliarias realizadas por la EMVS durante 2012 y 2013.

Su informe, aprobado el 30 de junio de 2016, identificó importantes deficiencias en la preparación y tramitación de las operaciones.

Entre las cuestiones señaladas figuraban la ausencia de determinadas valoraciones previas, las deficiencias de procedimiento y la insuficiente justificación económica y administrativa de la venta.

Posteriormente, en abril de 2018, una comisión de investigación del Ayuntamiento de Madrid aprobó un dictamen especialmente crítico.

Según sus conclusiones, la operación había supuesto una pérdida contable de 31 millones de euros y un perjuicio patrimonial estimado en más de 162 millones, tomando como referencia determinados valores oficiales aplicables a las viviendas protegidas y sus anejos.

Estas cantidades no deben confundirse con el perjuicio finalmente reconocido por los tribunales, ni presentarse como una deuda judicialmente establecida.

Pero tampoco conviene hacer desaparecer los informes fiscalizadores del relato histórico.

Que una determinada responsabilidad no termine siendo declarada judicialmente no convierte automáticamente en irrelevantes las deficiencias de gestión documentadas.

3. Ana Botella y los tribunales: una precisión necesaria

Este asunto exige especial rigor.

En diciembre de 2018, el Tribunal de Cuentas dictó una sentencia que condenaba inicialmente a Ana Botella y otros responsables municipales al reintegro de cantidades millonarias por responsabilidad contable.

Sin embargo, aquella resolución fue revocada.

La Sentencia 13/2019, de 17 de julio, de la Sala de Justicia del Tribunal de Cuentas, estimó los recursos de los demandados y concluyó que no concurrían los presupuestos legales necesarios para declarar responsabilidad contable por alcance.

La Sala cuestionó la existencia de un perjuicio real, efectivo y determinado en los términos exigidos por esa modalidad de responsabilidad.

En 2020, el Tribunal Supremo rechazó el recurso promovido contra aquella decisión, que quedó firme.

También concluyó sin condenas la vía penal seguida por estos hechos.

Por tanto, debe quedar absolutamente claro: Ana Botella no fue condenada mediante sentencia firme por aquella venta.

Y precisamente porque eso es cierto, conviene distinguir dos planos.

Uno es la responsabilidad jurídica personal, que exige acreditar determinados presupuestos legales.

Otro es la responsabilidad política, que permite valorar si una decisión fue oportuna, si existían alternativas y si respondió adecuadamente al interés general.

No son conceptos intercambiables.

La absolución judicial debe respetarse. Pero no impide debatir las consecuencias económicas y sociales de una decisión pública.

4. Trece años después: de Blackstone a Brookfield

El 31 de marzo de 2026 se anunció la venta de la cartera residencial de Fidere a Brookfield.

La operación, completada posteriormente, comprendía alrededor de 5.000 viviendas distribuidas en 47 edificios, por un importe neto de aproximadamente 1.050 millones de euros.

Entre esos inmuebles se encontraban las antiguas viviendas protegidas adquiridas al Ayuntamiento de Madrid en 2013.

Pero debemos precisar algo fundamental.

Blackstone no vendió exclusivamente las 1.860 viviendas municipales por 1.050 millones.

La cartera comprendía otras adquisiciones realizadas durante años, así como inmuebles con distintas características y situaciones jurídicas.

Por tanto, no podemos atribuir a las antiguas viviendas municipales toda la revalorización de la cartera ni calcular un beneficio concreto restando simplemente los precios de ambas operaciones.

Lo que sí sabemos es que aquellas viviendas pasaron del patrimonio público a integrarse en una estructura de inversión inmobiliaria internacional.

Y que, trece años después, formaban parte de otra gran operación financiera.

Hay otro dato revelador.

Según la información publicada por Cinco Días en mayo de 2026, Blackstone había recibido aproximadamente 724,8 millones de euros en dividendos de Fidere desde 2016, según los cálculos del periódico a partir de las cuentas de la sociedad.

La cifra corresponde al conjunto de su actividad y no exclusivamente a las viviendas procedentes de la EMVS. Tampoco equivale al beneficio neto de la inversión.

Pero permite comprender la dimensión económica que alcanzó el negocio residencial de Fidere.

5. ¿Y los inquilinos?

En medio de balances, valoraciones, sociedades mercantiles y resoluciones judiciales existe una realidad que no debería quedar relegada.

Las personas que vivían en aquellas viviendas.

Algunas promociones estaban destinadas al alquiler y otras al arrendamiento con opción a compra.

Los cambios de titularidad dieron lugar a controversias sobre los derechos de determinados arrendatarios, especialmente en relación con sus posibilidades de adquirir las viviendas.

Esos litigios siguieron trayectorias propias y no pueden confundirse con el procedimiento de responsabilidad contable de Ana Botella.

Además, las resoluciones judiciales sobre derechos de adquisición no han sido uniformes para todos los colectivos afectados.

Por ello, tampoco sería correcto afirmar que todos los inquilinos perdieron sus derechos o que todos obtuvieron finalmente reconocimiento judicial.

Lo que resulta indiscutible es que el destino de unas viviendas inicialmente públicas terminó dependiendo también de decisiones empresariales adoptadas por sus sucesivos propietarios.

Y eso plantea una cuestión política de primer orden.

¿Qué capacidad conserva una administración para garantizar la función social de unas viviendas cuando deja de ser su propietaria?

6. El artículo 47 de la Constitución no es un adorno

Nuestra Constitución reconoce el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada y encomienda a los poderes públicos promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo.

No prohíbe la propiedad privada ni la inversión inmobiliaria.

Pero tampoco contempla la vivienda exclusivamente como una mercancía.

La política pública de vivienda debe encontrar instrumentos para responder a necesidades que el mercado, por sí solo, no siempre satisface.

Entre esos instrumentos se encuentra disponer de un parque público de viviendas suficiente, estable y asequible.

Cuando una administración vende parte de ese patrimonio, puede obtener ingresos inmediatos. Pero pierde también la titularidad de unos bienes y la capacidad de gestionarlos directamente para cumplir sus objetivos sociales.

Ese coste de oportunidad merece ser evaluado.

Y no basta con conocer el precio obtenido en el momento de la venta.

También sería necesario estudiar qué ingresos por alquiler podrían haberse mantenido, qué gastos habría exigido conservar las viviendas y cuánto costaría hoy disponer de un patrimonio equivalente.

Sin ese análisis, cualquier afirmación rotunda sobre el beneficio o el perjuicio económico total sería incompleta.

7. Pongamos que hablo de Madrid

Madrid es una gran capital europea, con un mercado inmobiliario de enorme atractivo para los inversores.

Pero Madrid también es la ciudad de quienes trabajan, estudian, forman familias, envejecen y necesitan estabilidad residencial.

Para un fondo de inversión, una vivienda puede representar rentabilidad, flujos de caja y expectativas de revalorización.

Para quienes viven en ella, representa algo mucho más elemental: seguridad, arraigo y un proyecto de vida.

No se trata de negar la existencia del mercado inmobiliario ni de atribuir automáticamente comportamientos ilícitos a quienes participan en él.

Se trata de preguntarnos qué papel deben desempeñar las administraciones públicas cuando están en juego bienes destinados a satisfacer necesidades sociales.

La venta de las 1.860 viviendas de Madrid es un buen ejemplo de por qué esa discusión resulta necesaria.

Los tribunales resolvieron las responsabilidades jurídicas sometidas a su consideración.

Los órganos fiscalizadores y la comisión municipal documentaron y denunciaron deficiencias que forman parte de la historia de aquella operación.

Y los fondos de inversión continuaron desarrollando su actividad inmobiliaria.

Mientras tanto, aquellas 1.860 viviendas dejaron de formar parte del patrimonio municipal.

No sabemos cuánto habría costado mantenerlas ni qué resultados económicos y sociales habría producido su conservación.

Pero sí sabemos que una administración pública ya no dispone de ellas para desarrollar directamente su política de vivienda.

Y eso, con independencia del resultado de los procedimientos judiciales, merece una reflexión política.

Porque una vivienda tiene un precio en el mercado.

Pero el valor social de un patrimonio público no puede medirse únicamente por lo que alguien está dispuesto a pagar por él.

Pongamos que hablo de Madrid.

Aunque, en realidad, podríamos estar hablando de algo mucho más amplio: de cómo entendemos los servicios públicos, el patrimonio colectivo y las responsabilidades de quienes lo administran.


Fuentes documentales y periodísticas consultadas

1. Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid (2016). Informe de fiscalización de las enajenaciones inmobiliarias de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo de Madrid, ejercicios 2012 y 2013. Aprobado el 30 de junio de 2016.

Consultar informes oficiales de la Cámara de Cuentas

2. Ayuntamiento de Madrid (2017). Información institucional sobre la demanda presentada por la venta de inmuebles de la EMVS.

El Ayuntamiento presenta demanda por la venta de inmuebles de la EMVS

3. Ayuntamiento de Madrid (2018). Dictamen de la comisión municipal de investigación sobre la venta de viviendas sociales, aprobado el 24 de abril de 2018.

Consultar información sobre el dictamen municipal

4. Tribunal de Cuentas (2019). Sentencia 13/2019, de 17 de julio, Sala de Justicia, recurso de apelación 20/19, procedimiento de reintegro por alcance A-124/17. Revocación de la condena contable inicial.

Buscador oficial de resoluciones del Tribunal de Cuentas

5. RTVE (2020). Información sobre la resolución del Tribunal Supremo que dejó firme la revocación de la condena.

El Supremo confirma la absolución de Ana Botella por la venta de viviendas sociales

6. Cinco Días (31 de marzo de 2026). Información económica sobre la venta de la cartera residencial de Fidere a Brookfield.

Blackstone cierra la venta de 5.000 viviendas de Fidere a Brookfield por 1.050 millones

7. Cinco Días (16 de mayo de 2026). Información sobre los dividendos distribuidos por Fidere desde 2016, a partir de las cuentas de la sociedad.

Blackstone se embolsa 725 millones en dividendos desde 2016 por el negocio de Fidere

8. Constitución española (1978). Artículo 47, derecho a una vivienda digna y adecuada.

Consultar el texto oficial de la Constitución en el BOE


Nota sobre las fuentes: las conclusiones de los órganos fiscalizadores, los pronunciamientos judiciales y las informaciones económicas de prensa tienen distinta naturaleza y alcance. Se citan separadamente para facilitar su comprobación. Los enlaces a los repositorios institucionales no sustituyen la lectura de las resoluciones originales.


El Rincón de Kurro · 29 de octubre de 2026

Cuando el pato grazna: 242.000 euros y demasiadas preguntas


La empresa editora de OKDiario pagó la defensa jurídica de Koldo García. Las facturas están documentadas. Las razones de esa financiación y su posible relación con determinadas exclusivas periodísticas merecen explicaciones.


Hay noticias que resultan llamativas por sí solas. Y otras que, cuando se colocan junto a determinados acontecimientos, despiertan preguntas bastante más incómodas.

La información conocida este 29 de octubre de 2026 pertenece, a mi juicio, a esta segunda categoría.

Según han publicado RTVE, El País, la Cadena SER, elDiario.es y otros medios, Dos Mil Palabras, S. L., empresa editora de OKDiario, periódico dirigido por Eduardo Inda, abonó 242.000 euros, IVA incluido, por la defensa jurídica de Koldo García.

No se trata de una filtración anónima sin respaldo documental. La información procede de dos facturas y sus correspondientes justificantes bancarios, aportados por la abogada Leticia de la Hoz a la Audiencia Nacional, a requerimiento del juez Santiago Pedraz.

Los importes son concretos:

  • 181.500 euros, abonados el 27 de noviembre de 2025.
  • 60.500 euros, abonados el 23 de enero de 2026.

En ambos casos, el concepto corresponde a honorarios y gastos de asesoramiento jurídico relacionados con Koldo García.

Hasta aquí, los hechos publicados.

Pero hay algo más.

1. Una entrevista y una transferencia

Según la información de la Cadena SER, el primero de esos pagos se produjo al día siguiente de que OKDiario publicara una entrevista con José Luis Ábalos y Koldo García en la que se formularon acusaciones contra Pedro Sánchez y su entorno.

La proximidad temporal entre ambos acontecimientos resulta llamativa.

Naturalmente, una coincidencia de fechas no demuestra que exista una relación causal.

Pero cuando una empresa periodística financia la defensa jurídica de una persona que protagoniza informaciones políticamente relevantes en ese mismo medio, considero razonable preguntarse por la naturaleza de esa relación.

¿Quién decidió asumir esos gastos?

¿Qué interés empresarial justificaba semejante desembolso?

¿Existía algún acuerdo relacionado con la actividad informativa?

¿Conocían los lectores que la empresa editora estaba financiando la defensa jurídica de uno de los protagonistas de sus exclusivas?

Son preguntas. No acusaciones.

Y merecen respuestas.

2. Las declaraciones de Koldo García

Hay otra circunstancia que no debería pasar inadvertida.

Según publicó elDiario.es, durante su intervención final ante el Tribunal Supremo, Koldo García aseguró que representantes de dos medios de comunicación se habían reunido con él y le habían ofrecido supuestas ventajas procesales si realizaba declaraciones falsas contra el Gobierno.

Koldo afirmó que podía demostrarlo.

Ahora bien, conviene precisar algo fundamental: no identificó en esas declaraciones a OKDiario como uno de esos medios, ni consta acreditada la veracidad de aquellas supuestas ofertas.

Por tanto, sería incorrecto presentar ambas circunstancias como si estuvieran necesariamente relacionadas.

Pero sí considero de interés público que se esclarezca a qué se refería Koldo, si existen pruebas de sus afirmaciones y qué relación, si alguna, podrían tener con otros acontecimientos conocidos.

Porque una cosa es investigar una hipótesis y otra convertirla anticipadamente en sentencia.

3. ¿Qué se estaba pagando exactamente?

Las facturas describen servicios jurídicos.

No acreditan por sí mismas ningún acuerdo para obtener entrevistas, declaraciones o acusaciones contra terceros.

Pero tampoco explican cuál fue el interés de la empresa periodística en asumir esos costes.

Esa diferencia merece atención.

Una empresa puede celebrar acuerdos económicos lícitos y financiar servicios profesionales de terceros. La existencia de esos pagos no constituye, por sí sola, una irregularidad penal.

Sin embargo, desde una perspectiva periodística y de transparencia, parece razonable exigir claridad cuando la empresa que paga tiene simultáneamente una relación informativa relevante con la persona beneficiaria.

La pregunta no es únicamente cuánto se pagó. También importa por qué se pagó, en qué condiciones y qué compromisos, si los hubo, acompañaban esa financiación.

Y eso, con la documentación conocida hasta ahora, no está suficientemente explicado.

4. Si tiene pico de pato...

Existe un viejo dicho popular: si algo tiene pico de pato, anda como un pato y grazna como un pato, posiblemente sea un pato.

Es una metáfora que utilizamos para expresar cómo distintas circunstancias pueden alimentar una sospecha razonable.

Pero hay que saber dónde termina la metáfora y dónde comienza la exigencia de pruebas.

En este caso tenemos pagos documentados, una proximidad temporal con determinadas entrevistas y unas declaraciones posteriores de Koldo García sobre supuestas ofertas de medios de comunicación.

Son circunstancias que merecen ser examinadas.

No permiten, sin embargo, afirmar que existiera un acuerdo para fabricar acusaciones ni que alguien pagara para conseguir testimonios falsos.

Sospechar no es demostrar. Pero investigar tampoco es difamar.

La prudencia obliga a no dar por acreditado aquello que desconocemos. No obliga a renunciar a las preguntas.

5. El periodismo también debe rendir cuentas

Quienes ejercen el periodismo tienen una función esencial en una sociedad democrática: investigar, contrastar, denunciar irregularidades y fiscalizar el poder.

Pero esa función también exige transparencia sobre las relaciones económicas que puedan afectar, o parecer afectar, a la independencia informativa.

La exigencia debe ser idéntica para todos los medios, cualquiera que sea su orientación editorial.

Porque la credibilidad no depende únicamente de lo que se publica, sino también de cómo se obtiene la información y de qué relaciones mantiene el medio con sus fuentes.

Y cuando existen relaciones económicas de esta magnitud, resulta legítimo preguntarse si los lectores recibieron información suficiente para valorar la independencia de las publicaciones.

No se trata de limitar la libertad de prensa.

Se trata de defender su credibilidad.

6. Ni condenas anticipadas ni silencios complacientes

La documentación publicada permite identificar quién asumió los gastos jurídicos de Koldo García.

No permite concluir que se pagara para incriminar falsamente a Pedro Sánchez o a cualquier otra persona.

Esa distinción debe mantenerse con absoluta claridad.

Pero también es legítimo exigir explicaciones sobre una operación económica que involucra a una empresa periodística y a uno de los protagonistas de un asunto de extraordinaria trascendencia política y judicial.

Quizá exista una explicación perfectamente legítima.

Quizá las coincidencias temporales no tengan ninguna relación con los pagos.

Quizá todo responda a un acuerdo cuya naturaleza todavía desconocemos.

Precisamente por eso sería conveniente que sus protagonistas lo aclararan.

Porque quienes reclaman transparencia a los demás no deberían considerar impertinente que se les reclame esa misma transparencia.

Y termino como empecé.

Si algo tiene pico de pato, anda como un pato y grazna como un pato, podemos preguntarnos razonablemente si estamos ante un pato.

Pero antes de asegurarlo, habrá que comprobarlo.

Lo que no parece razonable es exigirnos que cerremos los ojos y dejemos de hacer preguntas.


Fuentes consultadas

Artículo de opinión basado en informaciones periodísticas publicadas el 29 de octubre de 2026. Las hipótesis y preguntas expuestas no constituyen imputaciones de conductas delictivas ni afirmaciones de hechos no acreditados.

jueves, 29 de octubre de 2026

UN ERROR HUMANO NO PUEDE SER EL FINAL DE LA INVESTIGACIÓN


La tragedia ferroviaria de Urda exige conocer toda la verdad, depurar las responsabilidades que correspondan y evitar que el dolor de las víctimas se convierta en un arma política.


Por Kurro | El Rincón de Kurro
29 de octubre de 2026

Hay tragedias ante las que cualquier palabra parece insuficiente. La ocurrida en Urda (Toledo), donde la colisión de dos trenes de alta velocidad ha dejado al menos 68 personas fallecidas y numerosos heridos, es una de ellas.

Detrás de cada cifra hay una vida truncada, una familia destrozada, proyectos que nunca llegarán a realizarse y personas que salieron de casa pensando que regresarían a ella.

Lo primero, por tanto, es el respeto. El respeto a quienes han perdido la vida, a sus familiares, a los heridos y a quienes trabajan en las tareas de rescate, atención e investigación.

Pero el respeto no puede confundirse con el silencio. Precisamente porque hablamos de vidas humanas, tenemos la obligación de exigir toda la verdad.

Y toda la verdad significa investigar hasta el final, sin conclusiones anticipadas, sin culpables elegidos de antemano y sin permitir que una explicación aparentemente sencilla cierre preguntas que todavía necesitan respuestas.

Una decisión humana, pero ¿solo una decisión humana?

Las primeras informaciones apuntan a una posible autorización indebida del centro de control de Adif para que un AVE de Renfe reanudara su marcha mientras otro tren, de la compañía Iryo, permanecía detenido en la misma vía.

El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha calificado esa decisión de inexplicable.

La Guardia Civil ha comenzado a investigar lo sucedido, ha tomado declaración al personal del centro de control y está recopilando las pruebas necesarias para reconstruir los acontecimientos.

Si finalmente se acredita que existió una orden equivocada, habrá que determinar quién la dio, en qué circunstancias, con qué información y qué obligaciones profesionales pudieron incumplirse.

Pero hay una pregunta que considero fundamental:

¿Puede un sistema ferroviario de alta velocidad permitir que una sola decisión humana desencadene una catástrofe de semejantes dimensiones sin que otros mecanismos de seguridad consigan impedirla?

No estoy afirmando que esos mecanismos no existieran. Estoy diciendo que debemos saber cuáles eran, cómo funcionaban y por qué no evitaron el accidente.

Porque los seres humanos podemos equivocarnos. Precisamente por eso existen protocolos, procedimientos, controles y sistemas de seguridad.

Su finalidad no es únicamente reducir las posibilidades de error, sino impedir, en la medida técnicamente posible, que un error termine convirtiéndose en una tragedia.

Diecisiete minutos que necesitan una explicación

Según las informaciones publicadas, transcurrieron aproximadamente diecisiete minutos entre la autorización para reanudar la marcha y la colisión.

Diecisiete minutos.

No sabemos todavía si durante ese intervalo existieron posibilidades reales de advertir el peligro, rectificar la orden o detener el tren.

Eso deberá determinarlo la investigación técnica.

Pero resulta imprescindible conocer qué información recibía el centro de control, qué señales estaban activas, qué comunicaciones se produjeron y qué procedimientos eran aplicables tras el fallo del sistema de seguridad.

No basta con saber qué ocurrió en el último instante.

Necesitamos conocer toda la secuencia de decisiones, incidencias y circunstancias que condujeron al desenlace.

Una investigación que se limitara a identificar el último error sin examinar el funcionamiento del conjunto del sistema sería, cuando menos, incompleta.

Las responsabilidades no son todas iguales

En estos momentos ya se escuchan exigencias de dimisión, acusaciones políticas y atribuciones de culpabilidad.

Conviene distinguir algo elemental que con demasiada frecuencia se mezcla deliberadamente.

Una cosa es la responsabilidad penal, que corresponde determinar a los tribunales mediante pruebas y con todas las garantías jurídicas.

Otra es la responsabilidad administrativa u organizativa, que puede derivarse de deficiencias en los procedimientos, la supervisión, la formación o el funcionamiento de los servicios.

Y otra distinta es la responsabilidad política, que afecta a quienes tienen encomendada la dirección y supervisión de las políticas públicas.

Las tres pueden existir, pero ninguna debe presumirse automáticamente.

No sería serio atribuir al ministro la responsabilidad directa de una orden operativa emitida desde un centro de control sin acreditar su intervención o una conducta jurídicamente relevante.

Pero tampoco sería razonable sostener que la identificación de un posible error individual exonera, por sí misma, a todos los niveles superiores de organización y supervisión.

Ni condenas políticas automáticas ni absoluciones institucionales anticipadas.

Lo que corresponde es investigar, comprobar, esclarecer y, después, exigir las responsabilidades que procedan.

La seguridad ferroviaria es una obligación pública

La liberalización del transporte ferroviario ha introducido nuevos operadores y ha transformado el funcionamiento de una parte importante de nuestra red.

Ese cambio obliga a prestar especial atención a la coordinación, la capacidad de las infraestructuras, el mantenimiento, los recursos humanos y los sistemas de seguridad.

No estoy estableciendo ninguna relación causal entre la liberalización y el accidente de Urda. No existen, por ahora, conclusiones que permitan hacerlo.

Pero sí considero legítimo preguntarnos si los recursos destinados a gestionar una circulación ferroviaria cada vez más compleja son suficientes.

Si las plantillas están adecuadamente dimensionadas.

Si la formación y los procedimientos responden a las necesidades reales del servicio.

Si las incidencias técnicas se analizan con la profundidad necesaria.

Y si las recomendaciones de seguridad se aplican con la diligencia exigible.

Estas preguntas no deberían incomodar a nadie que tenga como prioridad la seguridad de los viajeros.

Porque la seguridad ferroviaria no puede medirse exclusivamente por la ausencia de accidentes. También debe evaluarse por la capacidad de prevenirlos.

Cuando la tragedia se convierte en munición política

Hay otra cuestión que me preocupa profundamente.

La facilidad con la que determinados discursos políticos transforman una tragedia en una oportunidad para atacar al adversario.

Apenas conocemos los primeros datos y ya aparecen quienes parecen tener todas las respuestas, todas las culpabilidades establecidas y todas las sentencias redactadas.

No necesitan esperar a la Guardia Civil, a los investigadores ferroviarios ni a los tribunales.

Les basta con saber quién gobierna.

Y eso no es exigir responsabilidades. Es sustituir la investigación por la conveniencia partidista.

Naturalmente que la oposición tiene derecho, y también la obligación, de fiscalizar al Gobierno. Puede reclamar explicaciones, documentación, comparecencias e investigaciones parlamentarias.

Faltaría más.

Pero una cosa es ejercer el control democrático y otra utilizar el sufrimiento de las víctimas como instrumento de confrontación.

La exigencia de responsabilidades gana fuerza cuando se fundamenta en hechos acreditados. La pierde cuando se convierte en una carrera por señalar culpables antes de conocer las pruebas.

Y este principio debe aplicarse a todos, independientemente de sus siglas.

No podemos reclamar prudencia cuando gobiernan los nuestros y practicar la condena inmediata cuando gobiernan los demás.

La coherencia democrática consiste precisamente en mantener el mismo criterio en cualquier circunstancia.

Adamuz y Urda: dos tragedias que obligan a reflexionar

España ha sufrido en apenas nueve meses dos accidentes ferroviarios de enorme gravedad.

Primero Adamuz, en Córdoba. Ahora Urda, en Toledo.

Sería irresponsable afirmar que ambos accidentes tienen causas comunes sin disponer de conclusiones técnicas que lo acrediten.

Pero sería igualmente equivocado ignorar que la repetición de tragedias de esta magnitud obliga a examinar con especial atención el funcionamiento general de nuestro sistema ferroviario.

No para sembrar una desconfianza indiscriminada hacia el ferrocarril, sino precisamente para reforzar la confianza mediante la transparencia y la mejora continua.

Los ciudadanos tenemos derecho a conocer qué ha fallado, qué riesgos se han identificado y qué medidas se adoptarán para reducir la posibilidad de que algo semejante vuelva a suceder.

Y quienes trabajan en el sector ferroviario también merecen procedimientos claros, medios suficientes y condiciones que les permitan desarrollar sus funciones con las máximas garantías.

La seguridad de los viajeros y la seguridad de los trabajadores no son intereses contrapuestos.

Son dos partes inseparables de una misma obligación.

Ni cabezas de turco ni responsabilidades diluidas

Existe un riesgo que deberíamos evitar.

Que toda la explicación de lo ocurrido termine concentrándose en la actuación de una sola persona.

Si esa persona cometió una imprudencia jurídicamente relevante, tendrá que responder por ella en los términos que establezca la justicia.

Pero convertirla anticipadamente en la explicación completa de la tragedia sería tan precipitado como atribuir automáticamente la culpa a toda la estructura institucional.

Los accidentes complejos requieren investigaciones complejas.

Hay que analizar las decisiones individuales, pero también los protocolos, las comunicaciones, los sistemas técnicos, la supervisión y las circunstancias en las que se desarrolló la actividad.

Si todo funcionaba correctamente y se produjo una actuación individual imprevisible, habrá que acreditarlo.

Si existían deficiencias organizativas o técnicas que contribuyeron al accidente, también deberán conocerse.

Y si se demuestra que hubo advertencias ignoradas, riesgos conocidos o incumplimientos de obligaciones de seguridad, las responsabilidades tendrán que alcanzar a quienes correspondan.

Sin excepciones.

Sin protecciones políticas.

Sin condenas por anticipado.

La verdad es la primera obligación con las víctimas

No pretendo repartir culpas desde estas líneas.

Pretendo exactamente lo contrario: defender el derecho de las víctimas, sus familiares y el conjunto de la ciudadanía a una investigación que no se detenga donde resulte políticamente conveniente.

Quiero saber qué ocurrió.

Por qué ocurrió.

Qué podía haberse hecho para evitarlo.

Y qué debemos cambiar para impedir que vuelva a suceder.

No me importa si las conclusiones incomodan a un Gobierno, a una empresa, a un organismo público o a un trabajador.

Me importa que estén fundamentadas en pruebas y que permitan corregir aquello que deba corregirse.

Porque una sociedad democrática no demuestra su fortaleza encontrando rápidamente a alguien a quien culpar.

La demuestra siendo capaz de investigar incluso aquello que resulta incómodo para quienes ejercen el poder.

Si hubo un error humano, que se acredite. Si hubo fallos de organización, que se identifiquen. Si existieron responsabilidades políticas, administrativas o penales, que se depuren.

Pero que nadie pretenda cerrar la investigación con una explicación apresurada.

Sesenta y ocho vidas, según el balance provisional conocido al escribir estas líneas, y tantas familias golpeadas por el dolor merecen mucho más que una batalla de declaraciones.

Merecen verdad, justicia, reparación y garantías de seguridad.

Porque un error humano puede explicar el comienzo de una tragedia. Pero nunca debe convertirse, sin una investigación completa, en la excusa para dejar de buscar todas sus causas.

Kurro
El Rincón de Kurro


Fuentes y documentación

Nota editorial: artículo elaborado con información disponible a primera hora del 29 de octubre de 2026. Las cifras de víctimas son provisionales y las causas del accidente permanecen bajo investigación.

miércoles, 28 de octubre de 2026

LA GESTIÓN DEL ODIO


Cuando la tragedia se convierte en munición política

28 de octubre de 2026 | El Rincón de Kurro


Hay momentos en los que la política debería recordar que, antes que adversarios, somos seres humanos. Momentos en los que el dolor exige respeto, la incertidumbre reclama prudencia y las víctimas merecen algo más que convertirse en protagonistas involuntarias de una disputa partidista.

Hoy debería ser uno de esos momentos.

España vuelve a enfrentarse al horror de un grave accidente ferroviario. Dos trenes de alta velocidad han colisionado en la provincia de Toledo. Los servicios de emergencia trabajan sobre el terreno, las familias buscan noticias de sus seres queridos y el balance de víctimas continúa siendo provisional.

Todavía hay preguntas fundamentales sin respuesta. Todavía no se han determinado las causas definitivas del siniestro. Todavía no sabemos qué falló, por qué falló ni quién, en su caso, deberá responder.

Pero Santiago Abascal parece tener ya construido su relato político.

Y eso merece una reflexión.

Primero la acusación, después los hechos

El presidente de Vox ha reaccionado al accidente denunciando la supuesta degradación de las infraestructuras y de las instituciones españolas, relacionando la tragedia con la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez.

No se ha limitado a reclamar una investigación rigurosa, transparente e independiente. Ha recuperado acusaciones de corrupción vinculadas a la gestión ferroviaria y ha anunciado que mantendrá su actividad electoral para continuar denunciando al Ejecutivo.

Y todo ello cuando todavía se investigan las circunstancias del accidente.

Conviene dejar algo muy claro: exigir responsabilidades políticas no solamente es legítimo; es una obligación democrática cuando existen razones para hacerlo.

Si hubo negligencias, deben conocerse. Si se incumplieron protocolos de seguridad, deben identificarse. Si existieron decisiones administrativas equivocadas, deben examinarse. Y si aparecen responsabilidades políticas, administrativas o penales, deben exigirse hasta sus últimas consecuencias.

Sin excepciones. Sin privilegios. Sin protección partidista.

Pero una cosa es investigar para determinar responsabilidades y otra muy distinta es señalar culpables antes de disponer de pruebas suficientes.

La responsabilidad se demuestra. No se decreta desde un mitin.

El dolor no debería formar parte de una campaña electoral

Mientras otras formaciones políticas han suspendido sus actividades de precampaña, Vox ha decidido mantener las suyas.

Abascal sostiene que el luto no debe utilizarse para silenciar las críticas.

Y tiene razón en una cosa: ninguna tragedia debe convertirse en una excusa para impedir la fiscalización del poder.

Pero aquí aparece una contradicción que considero difícil de justificar.

¿Quién está impidiendo investigar? ¿Quién ha decretado que no puedan exigirse explicaciones? ¿Quién sostiene que el Gobierno deba quedar exento de responsabilidades?

Suspender durante unas horas un acto electoral no equivale a renunciar al control democrático.

Significa, sencillamente, reconocer que existen momentos en los que la dimensión humana de una tragedia merece prevalecer sobre la confrontación partidista.

La prudencia no es complicidad. El respeto no es sumisión. Y esperar a conocer los hechos no significa conceder impunidad a nadie.

La gestión política del odio

Hay una forma de hacer política que necesita mantener permanentemente encendida la indignación.

Todo debe convertirse en escándalo. Cada problema, en una acusación. Cada dificultad, en una demostración de que España se desmorona. Y cada tragedia, en una nueva oportunidad para señalar al enemigo político.

Es una estrategia que, a mi juicio, termina convirtiendo el sufrimiento colectivo en combustible para la confrontación.

Y tiene consecuencias.

Porque cuando un dirigente transmite que las instituciones están irremediablemente degradadas, que el Gobierno es culpable antes de que se conozcan los hechos y que ninguna explicación oficial merece credibilidad, no está simplemente formulando una crítica política.

Está contribuyendo a instalar una desconfianza generalizada que puede sobrevivir incluso a las conclusiones de una investigación independiente.

Resulta especialmente preocupante que Abascal haya adelantado que no creerá las explicaciones del Gobierno.

La credibilidad de una explicación debería depender de sus pruebas, de su consistencia y de la posibilidad de contrastarla, no de quién la pronuncie.

Si la conclusión está decidida antes de la investigación, los hechos dejan de ser el punto de partida y pasan a convertirse en un estorbo.

Las víctimas no son argumentos electorales

Detrás de las cifras hay personas.

Hay familias esperando una llamada. Hay profesionales sanitarios y equipos de rescate trabajando bajo una presión enorme. Hay ciudadanos que esta mañana emprendieron un viaje ordinario sin imaginar que sus vidas podían cambiar para siempre.

Ninguno de ellos merece que su sufrimiento se convierta precipitadamente en una herramienta de confrontación.

Y aquí es donde considero que la actitud de Abascal resulta especialmente censurable.

No por criticar al Gobierno. No por reclamar responsabilidades. Ni siquiera por cuestionar el estado de las infraestructuras ferroviarias, una cuestión que debe poder debatirse con toda libertad.

Sino por la precipitación con la que introduce acusaciones políticas en un escenario donde todavía faltan certezas esenciales.

Porque la tragedia de unas familias no debería ser la oportunidad electoral de nadie.

Gobernar exige responsabilidad. Oponerse, también.

Existe una idea profundamente equivocada según la cual solamente quienes gobiernan están obligados a actuar con responsabilidad.

No es así.

Quien aspira a dirigir un país también debe demostrar que sabe distinguir entre la denuncia legítima y la acusación temeraria, entre la crítica razonada y el aprovechamiento partidista de una desgracia.

La oposición no tiene que guardar silencio. Tiene que ejercer su función con seriedad.

Y precisamente porque hablamos de seguridad ferroviaria, de vidas humanas y de instituciones públicas, la exigencia de rigor debería ser máxima.

Cuando conozcamos los hechos, habrá tiempo de debatir sobre inversiones, mantenimiento, sistemas de seguridad, decisiones administrativas y responsabilidades.

Habrá que hacerlo con toda la dureza que resulte necesaria.

Pero con documentos, informes y pruebas.

No con sentencias políticas redactadas antes de que termine el trabajo de los equipos de emergencia.

Una última reflexión

No pretendo que Santiago Abascal deje de criticar a Pedro Sánchez. Eso sería absurdo en una democracia.

Lo que considero exigible es algo bastante más elemental: que no confunda la rapidez para acusar con la capacidad para esclarecer.

Que comprenda que el dolor de las víctimas merece un respeto que está por encima de cualquier calendario electoral.

Y que recuerde que una tragedia ferroviaria no es un escenario de campaña.

La democracia necesita oposición. Necesita crítica. Necesita vigilancia del poder. Pero también necesita dirigentes capaces de reconocer que hay momentos en los que la humanidad debe llegar antes que el eslogan.

Hoy España necesita respuestas, atención a las víctimas, una investigación independiente y responsabilidades allí donde se demuestren.

No necesita que nadie convierta las vías de un accidente en una tribuna electoral.

Porque hay algo profundamente inquietante en una política que, ante una tragedia todavía abierta, parece tener más prisa por encontrar un culpable político que por esperar a conocer la verdad.

Y esa es, precisamente, la gestión del odio: convertir cualquier desgracia en una oportunidad para alimentar la confrontación, incluso cuando las víctimas todavía esperan ser rescatadas, identificadas o atendidas.

El Rincón de Kurro

martes, 27 de octubre de 2026

Cuando preguntar incomoda: Silvia Intxaurrondo, el PP y la tentación de domesticar el periodismo


La libertad de prensa no consiste en que los periodistas nos den la razón, sino en que puedan incomodar al poder sin convertirse en sus enemigos.

Una imagen que dice mucho más de lo que parece

Hay acontecimientos que, considerados aisladamente, podrían parecer simples episodios de la habitual confrontación política. Un vídeo electoral, unas declaraciones polémicas, una protesta institucional y un comunicado de una asociación profesional.

Pero cuando se examinan conjuntamente, permiten plantear preguntas bastante más profundas sobre nuestra democracia.

El Partido Popular de Madrid ha difundido un vídeo en el que presenta distintas características de lo que considera un Gobierno autoritario. Al referirse al supuesto control de los medios públicos, utiliza la imagen de Silvia Intxaurrondo, presentadora de La hora de La 1, vinculándola visualmente con RTVE y la censura.

El presidente de RTVE, José Pablo López, ha denunciado públicamente ese señalamiento y ha reclamado la intervención de la Asociación de la Prensa de Madrid.

La APM ha respondido advirtiendo de que el vídeo coloca a una periodista en la posición de adversaria política y reclamando respeto a los profesionales de la información.

Hasta aquí, los hechos.

Pero lo verdaderamente importante no es solamente lo ocurrido. Es lo que revela sobre la relación entre los partidos políticos y un periodismo que no siempre se acomoda a sus intereses.

Cuando una pregunta se convierte en una ofensa

Silvia Intxaurrondo no es una dirigente política. No se presenta a unas elecciones, no encabeza una candidatura y no forma parte de un Gobierno.

Es periodista.

Su obligación profesional no consiste en facilitar entrevistas cómodas, sino en preguntar, contrastar afirmaciones y exigir explicaciones cuando encuentra contradicciones.

Recordemos su conocida entrevista a Alberto Núñez Feijóo en julio de 2023.

Durante aquella conversación, el entonces candidato del Partido Popular realizó afirmaciones sobre la revalorización de las pensiones que la periodista cuestionó con datos históricos.

La controversia fue ampliamente difundida y se convirtió en uno de los episodios más comentados de aquella campaña electoral.

Podemos discutir el tono de una entrevista, la selección de preguntas o incluso la oportunidad de una intervención periodística. Todo eso forma parte del debate legítimo.

Pero conviene distinguir entre discutir una actuación profesional y transformar al profesional en un objetivo político.

Un periodista no está para confirmar lo que dice un dirigente. Está, precisamente, para comprobarlo.

Y si esa comprobación incomoda, la respuesta democrática debería consistir en aportar mejores argumentos, no en desacreditar personalmente a quien formula la pregunta.

«Acabar con las Intxaurrondos»: el problema de las palabras

La polémica adquiere otra dimensión cuando recordamos las recientes declaraciones de Cayetana Álvarez de Toledo.

La diputada del Partido Popular habló de acabar «con las Intxaurrondos» en el contexto de su denuncia de una supuesta colonización partidista de las instituciones.

Es importante reconocer ese contexto para no desvirtuar sus palabras.

La cuestión, sin embargo, permanece: ¿por qué convertir el apellido de una periodista en una categoría política que debe desaparecer?

Si lo que se pretende es reformar el modelo de gobernanza de RTVE, modificar sus mecanismos de nombramiento o reforzar su independencia institucional, existen propuestas legislativas y procedimientos parlamentarios para hacerlo.

Si se considera que una información es incorrecta, existen mecanismos de rectificación, derecho de réplica y vías de reclamación.

Pero utilizar el nombre de una periodista como representación de aquello que un partido promete combatir introduce una dimensión personal innecesaria.

Y ahí aparece una pregunta inquietante:

¿Se pretende cambiar las reglas de funcionamiento de los medios públicos o cambiar a quienes hacen preguntas que no gustan?

No son objetivos equivalentes.

Telemadrid: un antecedente que merece ser examinado

José Pablo López ha relacionado el episodio con lo ocurrido en Telemadrid.

La comparación no es casual.

López dirigió la radiotelevisión pública madrileña desde 2017 hasta 2021, cuando fue destituido tras una reforma legislativa promovida durante el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso.

Aquella reforma modificó el modelo de dirección de la cadena y abrió una importante controversia sobre su independencia.

Sus defensores argumentaron la necesidad de reorganizar la institución. Sus críticos denunciaron una intervención política que debilitaba la autonomía de la radiotelevisión pública.

No es necesario aceptar automáticamente ninguna de esas interpretaciones para reconocer que existe un problema institucional de fondo.

Cuando una mayoría parlamentaria modifica las reglas de gobierno de una radiotelevisión pública, debe poder justificar que esas modificaciones favorecen su independencia y no simplemente la capacidad de influencia del Ejecutivo correspondiente.

Y esa exigencia debe aplicarse igualmente a RTVE, Telemadrid y cualquier otra corporación pública.

Porque la independencia informativa no debería cambiar de significado según el partido que controle la administración.

La televisión pública no pertenece al Gobierno

Conviene recordar una obviedad que, a fuerza de confrontación, parece haberse olvidado.

RTVE no es propiedad de Pedro Sánchez.

Como tampoco Telemadrid pertenece a Isabel Díaz Ayuso ni las televisiones autonómicas a sus respectivos presidentes.

Son servicios públicos sostenidos mediante recursos públicos y sujetos a obligaciones de pluralismo, independencia y servicio a la ciudadanía.

Eso significa que deben estar sometidos a escrutinio.

Sus presupuestos pueden cuestionarse. Sus responsables deben rendir cuentas. Sus criterios editoriales pueden analizarse. Sus informaciones deben ser contrastadas y sus errores corregidos.

Nada de eso constituye un ataque a la libertad de prensa.

Lo que sí merece una reflexión distinta es la pretensión de identificar a determinados profesionales con el partido que gobierna y tratarlos, por esa razón, como adversarios políticos.

Porque entonces dejamos de discutir cómo funciona una institución para empezar a decidir qué periodistas resultan aceptables.

Y ese es un terreno especialmente delicado.

Los medios públicos no deben ser instrumentos de propaganda gubernamental, pero tampoco pueden convertirse en instituciones cuyos profesionales deban superar un examen de afinidad política cada vez que cambia el Gobierno.

El comunicado de la APM: una advertencia necesaria

La Asociación de la Prensa de Madrid ha intervenido para reclamar mesura y respeto.

Su planteamiento contiene una distinción fundamental: los periodistas pueden recibir críticas, como cualquier otro profesional, pero no deberían ser utilizados como adversarios en las campañas políticas.

La precisión importa.

Nadie reclama inmunidad para los periodistas.

Una información falsa debe rectificarse. Una entrevista manipuladora puede denunciarse. Una conducta profesional cuestionable puede ser examinada.

Pero criticar una información exige identificar qué información es incorrecta, qué dato ha sido tergiversado o qué norma profesional se ha vulnerado.

La mera incomodidad de un dirigente ante determinadas preguntas no demuestra parcialidad periodística.

Tampoco demuestra independencia, por sí sola, la dureza con la que se entrevista a un político.

La independencia debe valorarse mediante criterios profesionales, verificables y aplicados con coherencia.

Por eso resulta tan importante que las asociaciones periodísticas mantengan una posición exigente con todos los poderes, sin excepciones partidistas.

Su autoridad moral dependerá precisamente de esa coherencia.

La peligrosa confusión entre información y propaganda

Vivimos en una época en la que resulta extraordinariamente sencillo desacreditar una noticia sin discutir su contenido.

Basta con descalificar al medio que la publica.

Si una información perjudica a un partido, se acusa al periodista de servir al adversario.

Si una entrevista descubre una contradicción, se habla de persecución.

Si un dato desmiente un discurso, se cuestiona la intención de quien lo presenta.

Es una forma de desplazar el debate desde los hechos hacia las supuestas motivaciones personales del informador.

Y el resultado puede ser profundamente perjudicial.

Porque cuando los ciudadanos dejan de preguntarse si una noticia es cierta y comienzan a preguntarse únicamente quién la publica, la información pierde terreno frente a la identidad partidista.

No importa entonces la calidad de las pruebas, sino la simpatía que inspire quien las presenta.

La verdad no debería necesitar un carné político para ser reconocida.

Y una falsedad no se convierte en cierta porque la pronuncie alguien con quien coincidimos ideológicamente.

El riesgo de convertir al periodista en enemigo

Existe otra consecuencia que no debería despreciarse.

Cuando desde posiciones de influencia política se identifica reiteradamente a determinados periodistas como enemigos, puede contribuirse a crear un clima de hostilidad hacia ellos.

Eso no significa atribuir automáticamente a los autores de un vídeo la responsabilidad de cualquier agresión o amenaza posterior.

Las responsabilidades deben acreditarse individualmente.

Pero tampoco sería razonable ignorar que el lenguaje político tiene efectos sobre el ambiente en el que los profesionales desarrollan su trabajo.

Las palabras de quienes representan a miles o millones de ciudadanos poseen una repercusión que supera la conversación privada.

Por eso cabe exigirles una responsabilidad proporcional a su influencia.

La discrepancia puede ser rotunda sin convertirse en hostigamiento personal.

Y la crítica puede ser durísima sin presentar a un periodista como enemigo al que hay que eliminar del escenario público.

Una cuestión de coherencia democrática

Llegados a este punto, conviene ampliar el foco.

No estamos ante un principio que deba aplicarse exclusivamente al Partido Popular.

Si mañana el PSOE, Sumar, Vox o cualquier otra formación utilizara la imagen de un periodista para convertirlo en símbolo de un enemigo político, merecería exactamente el mismo examen crítico.

Si un Gobierno tratara de condicionar nombramientos, presionar redacciones o castigar informaciones incómodas, debería encontrar la misma resistencia.

La independencia periodística no puede defenderse solamente cuando el periodista cuestiona a nuestros adversarios.

Debe defenderse también cuando cuestiona a quienes apoyamos.

Porque una prensa que solo puede incomodar a una parte del espectro político no es plenamente independiente.

Y una ciudadanía que solo tolera las preguntas difíciles dirigidas a sus contrarios termina renunciando a una de sus principales herramientas de control democrático.

La paradoja de invocar la libertad para cuestionar al periodista

El episodio contiene una contradicción que merece especial atención.

El vídeo del PP de Madrid pretende denunciar prácticas autoritarias y falta de independencia informativa.

Es perfectamente legítimo que un partido formule esas acusaciones y trate de sustentarlas.

Pero cuando la denuncia del supuesto control político de los medios se ilustra mediante el señalamiento de una periodista concreta, surge inevitablemente una pregunta sobre la coherencia del procedimiento.

¿No sería más convincente demostrar la existencia de interferencias mediante decisiones documentadas, instrucciones editoriales, mecanismos de nombramiento o casos verificables de censura?

¿Por qué recurrir a la imagen de una profesional determinada?

Las acusaciones institucionales requieren pruebas institucionales.

La independencia de RTVE merece un debate serio, con datos, propuestas y garantías de pluralismo.

Reducirlo a una confrontación con determinados rostros televisivos empobrece precisamente ese debate.

La libertad de prensa se demuestra cuando incomoda

Una democracia no se mide únicamente por la celebración periódica de elecciones.

También se mide por la posibilidad real de fiscalizar al poder, cuestionar sus decisiones, investigar sus contradicciones y exigir explicaciones públicas.

El periodismo participa de esa función.

No sustituye a los tribunales, no representa a los ciudadanos en el Parlamento y tampoco está exento de errores, intereses o responsabilidades.

Pero constituye una herramienta indispensable para que la sociedad pueda conocer y evaluar la actuación de quienes gobiernan y de quienes aspiran a hacerlo.

Por eso la independencia informativa no es un privilegio corporativo de los periodistas.

Es una garantía para los ciudadanos.

Cuando un periodista puede preguntar libremente, quien gana no es necesariamente ese periodista.

Ganamos quienes tenemos derecho a escuchar la pregunta y conocer la respuesta.

Cuando una entrevista pone de manifiesto una contradicción, no debería importar tanto si perjudica al Gobierno o a la oposición.

Debería importar si la contradicción existe.

Y cuando un político considera que una pregunta es injusta, tiene todo el derecho a rebatirla públicamente.

Lo que no debería pretender es que la pregunta desaparezca junto con quien la formula.

Una última reflexión

Quizá la pregunta más importante de toda esta controversia no sea qué piensa el Partido Popular de Silvia Intxaurrondo.

Ni siquiera qué piensa Silvia Intxaurrondo del Partido Popular.

La cuestión verdaderamente relevante es qué modelo de relación entre poder político y periodismo queremos para nuestra democracia.

Uno en el que los partidos acepten ser interrogados, contrastados y contradichos.

O uno en el que cada cambio de mayoría política abra la posibilidad de señalar, desacreditar o apartar a los profesionales considerados incómodos.

La libertad de expresión ampara la crítica a los periodistas.

La libertad de prensa exige que esa crítica no se transforme en una herramienta de presión destinada a condicionar su trabajo.

Ambas libertades deben convivir.

Y precisamente por eso es necesario distinguir entre fiscalizar el periodismo y pretender domesticarlo.

Porque el verdadero problema de una democracia no es que un periodista haga preguntas incómodas.

El problema comienza cuando alguien considera que tiene derecho a decidir qué preguntas pueden hacerse y quién debe dejar de hacerlas.

El Rincón de Kurro — 26 de octubre de 2026



Fuentes y documentación para incorporar al blog

El Televisero: denuncia de RTVE y respuesta de la APM⁠. Recoge el contenido de la polémica y las declaraciones de las partes. 

Vertele: antecedentes y declaraciones de José Pablo López⁠. Incluye el contexto de Telemadrid y las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo. 

Ley 17/2006, de la radio y la televisión de titularidad estatal⁠. Marco jurídico de la función de servicio público y la independencia de RTVE.

Constitución Española, artículo 20⁠. Libertad de expresión, derecho a la información y garantías de pluralismo en los medios públicos.



sábado, 24 de octubre de 2026

La vergüenza no era el acento tejano


De Aznar en el rancho de Bush a Sánchez ante Naciones Unidas. Cuatro presidentes, distintas maneras de ejercer el poder y una reflexión sobre la dignidad política, el respeto democrático y la memoria.


A veces, por estas redes, alguien me pregunta si no siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos.

La pregunta suele llegar acompañada de algún insulto, una descalificación personal o una de esas sentencias rotundas que pretenden sustituir a los argumentos. Como si el patriotismo se midiera por la intensidad con la que uno desprecia al presidente cuando no pertenece a su cuerda política.

Pues bien, la pregunta me ha hecho recordar otra época.

Y otra vergüenza.

Cuando España se hizo tejana

Recuerdo a José María Aznar junto a George W. Bush. Recuerdo aquella fotografía de los pies sobre la mesa, el puro y la familiaridad exhibida con el presidente de la primera potencia mundial. Y recuerdo especialmente su comparecencia en el rancho de Crawford, Texas, el 22 de febrero de 2003.

Son imágenes de momentos distintos, pero forman parte de una misma etapa política.

Y recuerdo aquel peculiar acento estadounidense de Aznar, que a mis oídos parecía más propio de alguien empeñado en convertirse en tejano de adopción que de un presidente español compareciendo ante la prensa internacional.

Aquello me produjo una considerable vergüenza ajena.

No porque un presidente español deba hablar inglés con una pronunciación impecable. Ni mucho menos. A mí no me preocupa el acento de nuestros gobernantes, sino lo que dicen, lo que hacen y los intereses que defienden.

Lo que me incomodaba era la imagen de un presidente que parecía confundir la relevancia internacional de España con la proximidad personal al hombre más poderoso del planeta.

Pero lo verdaderamente grave no estaba en la pronunciación.

Estaba en Irak.

El problema no era cómo hablaba. Era lo que se estaba decidiendo

Aquel 22 de febrero de 2003, Bush recibió a Aznar en Crawford. Ambos defendieron públicamente la necesidad de desarmar a Sadam Husein.

La transcripción oficial de aquella comparecencia, conservada en los archivos de la Casa Blanca, permite comprobar el tono de sus declaraciones y la posición que ambos mantenían ante Irak.

Apenas unas semanas después, la invasión se convertiría en una realidad.

En septiembre de 2007 conocimos, a través de la publicación de un acta diplomática de aquella reunión, detalles de las conversaciones que habían mantenido ambos dirigentes.

Los preparativos militares estadounidenses estaban muy avanzados. Se hablaba de plazos para la intervención, de resoluciones de Naciones Unidas y de cómo afrontar la oposición que la guerra despertaba en distintos países.

Tambiéŕn en España.

Millones de ciudadanos se habían manifestado contra aquella intervención. No era una protesta marginal ni una ocurrencia de unos cuantos agitadores. Era una movilización social extraordinaria que expresaba un rechazo profundo a una guerra cuyas justificaciones acabarían seriamente desacreditadas.

El Gobierno español, sin embargo, continuó respaldando políticamente la estrategia de Washington.

Pocas semanas después llegó la fotografía de las Azores.

Bush, Blair y Aznar escenificaron una alianza que precedió inmediatamente a la invasión.

Sus defensores sostuvieron que aquella posición respondía a la responsabilidad internacional de España y a sus compromisos con los aliados.

Yo la consideré entonces, y sigo considerándola, un grave error político y moral.

Las armas de destrucción masiva, cuya existencia nos aseguraba aquel pseudotejano y que ocuparon el centro de la justificación de la guerra, no aparecieron. Las consecuencias humanas y geopolíticas de aquella intervención fueron devastadoras.

Por eso, cuando recuerdo el rancho de Crawford, el acento tejano es casi lo de menos.

Era la expresión más pintoresca de algo que me preocupaba bastante más: una manera de entender el prestigio internacional de España excesivamente ligada a la cercanía con el poder estadounidense.

Y siempre he pensado que la importancia de un país no se mide por la confianza personal que su presidente consiga despertar en otro mandatario.

Zapatero: también hay una manera de estar en política

Y ya que hablamos de dignidad institucional, hay otra escena que siempre me ha parecido reveladora.

Noviembre de 2007. Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile.

Hugo Chávez arremete contra José María Aznar y lo califica de fascista.

¿Quién sale en defensa del expresidente español?

José Luis Rodríguez Zapatero.

El mismo Zapatero que había combatido políticamente el apoyo de Aznar a la guerra de Irak. El mismo que, tras llegar al Gobierno en abril de 2004, había ordenado retirar las tropas españolas de aquel país.

Zapatero no compartía las ideas de Aznar. Lo dejó perfectamente claro.

Pero recordó que había sido elegido democráticamente por los españoles y exigió respeto para él.

Aquello marcaba un estilo.

Y, aunque el célebre «¿Por qué no te callas?» del rey Juan Carlos acabó acaparando los titulares, para mí lo verdaderamente importante fue la intervención del presidente del Gobierno.

Zapatero defendió a un adversario político ante un mandatario extranjero.

No defendió sus decisiones. No justificó su actuación en Irak. No renunció a sus convicciones.

Defendió la legitimidad democrática de quien había presidido España.

Y demostró que es posible discrepar profundamente sin convertir al adversario en un enemigo al que todo está permitido.

Esa actitud me sigue pareciendo digna de reconocimiento.


Reconocer los aciertos no obliga a justificar los errores

Y ahora imagino a algunos lectores preparando ya la réplica.

«¿Y Zapatero? ¿Qué me dices de Zapatero y sus problemas judiciales?».

Pues hablemos también de Zapatero.

Considero que fue un gran presidente del Gobierno, especialmente por su contribución a la ampliación de los derechos sociales y civiles.

Durante sus mandatos se aprobaron el matrimonio entre personas del mismo sexo, la Ley de Dependencia de 2006 y otras importantes medidas legislativas en materia de igualdad.

Y retiró las tropas españolas de Irak, cumpliendo uno de sus compromisos electorales más relevantes.

Son decisiones que forman parte de nuestra historia democrática y que merecen ser reconocidas.

Pero eso no significa que comparta toda su gestión.

Siempre he sido crítico con la forma en que afrontó la crisis económica sobrevenida a partir de 2008.

Y quiero explicar por qué.

No ignoro que aquella crisis tuvo un alcance internacional extraordinario. Tampoco que obligó a numerosos gobiernos europeos, de diferentes orientaciones políticas, a adoptar decisiones difíciles.

Mi discrepancia no consiste en negar esas circunstancias.

Consiste en cómo considero que debió responder políticamente a ellas.

La situación económica había cambiado de forma radical respecto de aquella en la que Zapatero obtuvo la confianza de los electores.

Las medidas que terminó aplicando, especialmente a partir de 2010, se apartaban sustancialmente del programa con el que el PSOE había concurrido a las elecciones.

Siempre he pensado que debió explicar con absoluta claridad a los españoles la gravedad de lo que estaba sucediendo, las alternativas existentes y las consecuencias de las decisiones que consideraba necesarias.

Y, sobre todo, creo que debió convocar elecciones.

No porque la Constitución lo obligara, sino porque aquellas medidas suponían, a mi juicio, una modificación tan profunda del compromiso electoral que merecían una nueva legitimación democrática.

Si las circunstancias te obligan a gobernar con un programa sustancialmente diferente del que ofreciste a los ciudadanos, lo políticamente adecuado es pedirles nuevamente su confianza.

Esa era mi opinión entonces.

Y sigue siéndolo ahora.

¿Y las cuestiones judiciales que puedan afectar a Zapatero?

Mi criterio es exactamente el mismo que aplicaría a cualquier otro ciudadano.

Que se investigue cuanto deba investigarse. Que los tribunales trabajen con independencia. Que se respeten las garantías procesales y la presunción de inocencia. Y que, si se acreditan responsabilidades, se exijan conforme a la ley.

Ni sus aciertos políticos le conceden inmunidad ni una investigación permite anticipar una condena.

No necesito convertir a Zapatero en un santo para reconocer sus méritos.

Ni necesito borrar sus aciertos para criticar sus errores.

Rajoy: la dignidad también se pone a prueba en la derrota

Y esa misma vara de medir debe aplicarse a Mariano Rajoy.

Se puede discrepar de sus políticas, criticar su gestión económica y cuestionar sus decisiones sin recurrir a la humillación personal.

Recuerdo, por ejemplo, aquella tarde del 31 de mayo de 2018, cuando se debatía en el Congreso la moción de censura que terminaría desalojándolo de La Moncloa.

Rajoy pasó buena parte de aquellas horas en el restaurante Arahy, mientras el debate parlamentario continuaba sin su presencia.

La escena me pareció poco afortunada.

Comprendo que afrontar una derrota política de semejante magnitud no debe resultar sencillo. Pero precisamente en esos momentos se pone a prueba la manera de ejercer una responsabilidad institucional.

Habría preferido verlo permanecer en el Congreso, escuchar las intervenciones y afrontar políticamente lo que estaba sucediendo.

La documentación parlamentaria de la moción de censura recoge su tramitación y aprobación el 1 de junio de 2018.

Es una crítica a su comportamiento en aquel momento, no una invitación a despreciarlo.

Porque la dignidad institucional no debería depender de si quien ocupa el cargo pertenece al partido al que uno vota.


Pedro Sánchez: resistir, negociar y gobernar en tiempos difíciles

Y llegamos al presente.

Veo a Pedro Sánchez intervenir ante la Asamblea General de Naciones Unidas, defender el multilateralismo, reivindicar la legalidad internacional y hablar de paz, cooperación y derechos humanos.

Su intervención del 23 de septiembre de 2026 ante Naciones Unidas constituye, a mi juicio, una muestra de esa voluntad de defender posiciones propias en el escenario internacional.

Lo veo mantener esas posiciones incluso cuando generan discrepancias con algunos de los gobiernos más poderosos del planeta.

Y esa imagen, personalmente, me produce orgullo.

Pero sería injusto reducir mi valoración de Sánchez a su desenvoltura en los escenarios internacionales.

Porque hay algo más que considero especialmente relevante: su resiliencia política y su capacidad para alcanzar acuerdos en un escenario parlamentario extraordinariamente complejo.

No estamos hablando de un presidente que haya disfrutado de cómodas mayorías absolutas ni de una oposición particularmente dispuesta a facilitarle las cosas.

Ha tenido que gobernar mediante coaliciones, negociaciones y acuerdos con fuerzas políticas de intereses muy diferentes, en ocasiones abiertamente enfrentados entre sí.

Y eso, en un sistema parlamentario como el nuestro, no constituye una anomalía democrática.

Es precisamente una de las expresiones de su funcionamiento.

Naturalmente, esos acuerdos tienen costes, generan contradicciones y pueden merecer críticas. No todos me parecen igualmente acertados.

Pero negociar no es claudicar por definición, como tampoco alcanzar compromisos con adversarios equivale a traicionar a los electores.

Gobernar sin mayoría absoluta exige algo más que pronunciar discursos.

Exige escuchar, ceder, negociar y asumir que nadie puede imponer íntegramente su programa.

Y Sánchez ha tenido que hacerlo, además, en circunstancias que difícilmente podrían calificarse de normales.

Primero llegó la pandemia de la COVID-19, con una emergencia sanitaria, social y económica de dimensiones extraordinarias.

Después, la erupción del volcán de La Palma, que arrasó viviendas, explotaciones agrícolas y proyectos de vida enteros.

Más tarde, la invasión rusa de Ucrania, con sus consecuencias sobre los precios de la energía, la inflación y la economía europea.

A ello se han sumado las tensiones internacionales, los problemas de abastecimiento, las dificultades de acceso a la vivienda y un clima político interno de confrontación permanente.


No pretendo atribuir al Gobierno la responsabilidad de acontecimientos que tuvieron su origen fuera de sus decisiones.

Pero tampoco sería razonable analizar su gestión como si esos acontecimientos no hubieran existido.

Y, pese a todo, durante sus mandatos se han aprobado reformas y medidas que considero importantes para la vida de millones de españoles.

La reforma laboral de 2021, acordada mediante el diálogo social, introdujo cambios sustanciales en la contratación y contribuyó a reducir la temporalidad.

Las sucesivas subidas del salario mínimo interprofesional mejoraron las retribuciones de numerosos trabajadores con salarios bajos.

La Ley 21/2021, de garantía del poder adquisitivo de las pensiones, recuperó un mecanismo de revalorización vinculado al IPC, reforzando la protección de los pensionistas frente a la inflación.

También se aprobaron medidas de protección social durante la pandemia, como los ERTE extraordinarios, y se estableció el ingreso mínimo vital, posteriormente regulado por la Ley 19/2021, además de reformas en materia de derechos civiles, igualdad y protección social.

No todas esas políticas han funcionado de manera perfecta. Algunas presentan deficiencias y otras siguen pendientes de ofrecer los resultados esperados.

La vivienda, por ejemplo, continúa siendo uno de los grandes problemas de nuestro país, especialmente para los jóvenes y las familias con menos recursos.

Y sería absurdo negar que el Gobierno tiene responsabilidades en las cuestiones que no ha conseguido resolver.

Pero una valoración equilibrada tampoco puede ignorar las reformas aprobadas, los acuerdos alcanzados y las dificultades extraordinarias en las que ha tenido que gobernar.

Hay quienes presentan su capacidad de resistencia como si fuera exclusivamente una obsesión por permanecer en La Moncloa.

Yo veo también otra dimensión.

La de un dirigente que ha conseguido mantener una acción de gobierno y promover cambios legislativos en un Parlamento donde cada mayoría debe construirse, frecuentemente, desde posiciones políticas muy alejadas.

Se puede discutir el precio político de esos acuerdos. Se puede cuestionar su oportunidad y sus consecuencias.

Pero no se puede negar que requieren capacidad negociadora.

Y conviene recordar algo: en democracia parlamentaria, la legitimidad de un Gobierno no depende de que sus apoyos nos resulten simpáticos, sino de que se obtengan conforme a las reglas constitucionales.

Por supuesto, no considero a Sánchez infalible.

Le reprocho decisiones y actitudes. Creo que en ocasiones ha cometido errores de comunicación, que algunas de sus actuaciones merecen una crítica severa y que determinadas dificultades de su Gobierno no pueden atribuirse siempre a factores externos o a la oposición.

También considero que la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto institucional deben exigírsele con el mismo rigor que a cualquier otro presidente.

Pero reconocer esos aspectos no me obliga a ignorar sus aciertos.

Ni a aceptar esa especie de obligación moral de avergonzarme de él que algunos pretenden imponerme.

Puedo sentir orgullo de su presencia internacional, reconocer su capacidad para construir acuerdos y valorar las reformas sociales impulsadas por sus gobiernos, sin renunciar por ello a mi derecho a criticarlo.

Porque el verdadero ejercicio de independencia política no consiste en encontrar defectos únicamente en quienes piensan de manera diferente.

Consiste también en saber reconocer los méritos de quienes comparten algunas de nuestras convicciones, sin convertirlos por ello en personajes intocables.

Y, sobre todo, en juzgar a los gobernantes teniendo en cuenta no solamente lo que prometieron, sino también las circunstancias en las que tuvieron que gobernar, las decisiones que adoptaron y sus consecuencias reales para los ciudadanos.

Ni la obediencia es patriotismo ni la discrepancia es traición

Hay una idea que me preocupa especialmente en el debate político actual.

La pretensión de que algunos pueden decidir quién siente orgullo de España, quién debe avergonzarse de su presidente y quién merece ser considerado patriota.

Parece que, para determinados sectores, la dignidad nacional depende de quién gobierne.

Si gobierna uno de los suyos, cualquier discrepancia exterior puede interpretarse como un ataque a España.

Si gobierna el adversario, insultarlo se convierte casi en una obligación patriótica.

A mí esa forma de entender la política me resulta profundamente contradictoria.

España no pertenece a ningún partido.

Tampoco a quienes más alto gritan su nombre.

España también somos quienes pensamos de otra manera, quienes discrepamos de determinados discursos y quienes consideramos que el respeto institucional no puede administrarse según las simpatías políticas.

Por eso valoro aquella defensa que Zapatero hizo de Aznar.

Por eso puedo criticar la gestión económica de Zapatero sin negar sus avances sociales.

Por eso puedo cuestionar la actitud de Rajoy durante su moción de censura sin convertir su derrota en motivo de humillación.

Y por eso puedo reconocer determinados aciertos de Sánchez sin sentirme obligado a justificar cada una de sus decisiones.

No encuentro contradicción alguna.

Al contrario.

Creo que la contradicción está en exigir respeto para los propios mientras se considera legítimo cualquier insulto contra los demás.

¿Vergüenza de nuestro presidente?

Vuelvo a la pregunta inicial.

¿Siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos?

No por las razones que algunos pretenden imponerme.

Puedo discrepar de Pedro Sánchez. Puedo criticar sus decisiones. Puedo exigirle responsabilidades políticas con toda la firmeza que considere necesaria.

Y, si alguna actuación de cualquier responsable público pudiera constituir delito, defenderé que se investigue y se juzgue con todas las garantías.

Pero no voy a aceptar que nadie me dicte de qué debo sentir orgullo o vergüenza.

Recuerdo perfectamente cuándo sentí vergüenza ajena viendo a un presidente español en el rancho de George W. Bush.

Y recuerdo que aquella sensación no procedía simplemente de un acento impostado.

Procedía de lo que estaba ocurriendo detrás de aquella escenificación.

De Irak.

De las Azores.

De una guerra que tantos españoles rechazamos.

También recuerdo con admiración a un presidente socialista defendiendo públicamente a su adversario político ante Hugo Chávez.

Y hoy puedo sentir orgullo al escuchar a otro presidente español defender ante Naciones Unidas posiciones que considero dignas de reconocimiento.

Pero también al observar su capacidad de resistencia política, su habilidad para construir acuerdos parlamentarios y las reformas sociales aprobadas en medio de circunstancias extraordinariamente difíciles.

No hay ninguna incompatibilidad entre esos recuerdos.

Porque la dignidad política no es patrimonio de una sigla.

Y porque la independencia de criterio comienza precisamente cuando somos capaces de reconocer un acierto en quien no nos gusta y un error en quien nos representa.

Así que, cuando vuelvan a preguntarme si siento vergüenza del presidente que tenemos, quizá les responda con otra pregunta:

¿Vergüenza de qué? ¿De que un presidente español defienda sus posiciones ante el mundo y consiga impulsar reformas sociales en medio de enormes dificultades, o de aquella España que quiso hacerse grande poniendo los pies sobre la mesa de los poderosos mientras se preparaba una guerra?

Cada cual tendrá sus recuerdos.

Yo tengo los míos.

Y también tengo muy claro algo:

La dignidad de un presidente no se mide por su proximidad a los poderosos, ni por la cantidad de insultos que recibe de sus adversarios, sino también por su capacidad para defender sus convicciones, alcanzar acuerdos, afrontar las dificultades y mejorar, con sus aciertos y sus errores, la vida de los ciudadanos.


Documentación y fuentes

Para quienes prefieran comprobar los hechos antes de discutir las opiniones, dejo algunas de las fuentes utilizadas:

La guerra de Irak y José María Aznar

Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero

La moción de censura a Mariano Rajoy

Los gobiernos de Pedro Sánchez

Las valoraciones políticas expresadas en este artículo son personales. Las referencias documentales se facilitan para distinguir los hechos comprobables de las opiniones que estos me merecen.

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