jueves, 22 de octubre de 2026

CUANDO LA METRALLA VUELVE A GÉNOVA


Las familias, los negocios y esa curiosa costumbre de exigir a los demás lo que no siempre se exige a los propios.

En el Partido Popular quizá deberían empezar a hablar menos de estrategia y un poco más de daños colaterales.

Durante más de dos años, la actividad profesional de Begoña Gómez ha ocupado buena parte del discurso de la oposición. Su situación judicial merece, naturalmente, ser investigada y resuelta con todas las garantías. Pero una cosa es exigir responsabilidades por hechos acreditados y otra convertir cualquier circunstancia personal o familiar en munición política.

Miguel Tellado llegó a afirmar, en junio de 2024, que nada de lo que había hecho Begoña Gómez habría sido posible sin la colaboración de su marido. Una afirmación política de enorme alcance que trasladaba al presidente del Gobierno una responsabilidad que debía probarse, no darse por supuesta.

Y aquí comienza lo interesante.

Porque cuando se establece que la actividad de una persona permite cuestionar políticamente a su pareja, conviene pensar muy bien hasta dónde puede conducir semejante criterio.

Sobre todo cuando uno también tiene pareja.

Una empresaria que no necesita presentación

Eva Cárdenas, compañera de Alberto Núñez Feijóo, no es una desconocida en el mundo empresarial gallego.

Mucho antes de que su relación sentimental adquiriera notoriedad pública, ya había desarrollado una importante carrera profesional. Trabajó en multinacionales como L'Oréal y ocupó la dirección de Zara Home desde su creación en 2003 hasta 2018.

No estamos, por tanto, ante alguien que haya descubierto los negocios de repente ni cuya trayectoria profesional pueda explicarse únicamente por su relación con un político.

Reconocerlo es una cuestión de rigor.

Ahora bien, tampoco significa que sus negocios deban permanecer fuera de cualquier examen público cuando existen circunstancias que puedan afectar al interés general.

Tras abandonar Inditex, Eva Cárdenas constituyó en marzo de 2019 la sociedad inmobiliaria Niebla Azul, dedicada principalmente a la explotación y comercialización de inmuebles.

La empresa nació con un capital social de 3.000 euros y ese mismo año realizó ampliaciones hasta alcanzar los 778.000 euros.

Conviene aclarar que esas ampliaciones no equivalen a beneficios obtenidos: representan capital aportado a la sociedad.

Según las cuentas de 2025 recogidas por Economía Digital, la empresa dispone de activos por valor de 4,21 millones de euros, un patrimonio neto de 3,75 millones y unos beneficios de 284.401 euros, aproximadamente el doble que en 2024.

Los resultados son positivos, aunque buena parte del incremento de los beneficios procede de ingresos extraordinarios por operaciones con activos inmobiliarios.

¿Hay algo delictivo en esas cifras? No hay fundamento para afirmarlo.

¿Demuestran que Feijóo haya intervenido para favorecer los negocios de su pareja? Tampoco.

Pero sí plantean una pregunta política legítima: ¿con qué criterios debe examinarse la actividad empresarial de las personas vinculadas sentimentalmente a quienes ejercen el poder?

Una pregunta que debería tener la misma respuesta con independencia de quién ocupe la Moncloa o aspire a ocuparla.


La farmacia y las raíces de una fortuna familiar

Hay otro episodio, mucho más antiguo, que merece ser tratado con especial cuidado.

En julio de 2025, el periodista Antonio Maestre publicó en elDiario.es un artículo sobre los orígenes patrimoniales de la familia materna de Eva Cárdenas.

La historia nos lleva a Pontedeume, a la Guerra Civil y a una farmacia cuyo propietario, Antonio Díaz Zamorano, sufrió la represión franquista.

Según la reconstrucción histórica expuesta por Maestre, después del asesinato del farmacéutico y de otros miembros de su entorno familiar, la botica terminó provisionalmente en manos de Santiago Botas Blanco, abuelo materno de Eva Cárdenas, por decisión de las autoridades franquistas.

El periodista remitía a investigaciones locales y a documentación histórica sobre aquellos acontecimientos.

Es una historia que merece atención, especialmente por lo que revela sobre las relaciones entre represión política, propiedad y poder económico durante la dictadura.

Pero también conviene establecer una distinción imprescindible: no está demostrado que aquella farmacia forme parte de los negocios actuales de Eva Cárdenas ni que el patrimonio de Niebla Azul proceda de ella.

Y, desde luego, ninguna persona hereda la responsabilidad moral o penal de los posibles actos de sus antepasados.

Por eso mismo, sería un error utilizar esta historia como una acusación personal contra la empresaria.

Lo que sí invita a recordar es que las fortunas familiares tienen historias, que esas historias pueden investigarse y que la transparencia no debería resultar incómoda únicamente cuando afecta a determinadas familias.

La memoria histórica tampoco puede aplicarse con criterios de conveniencia partidista.

Moaña: cuando lo público llega hasta el jardín

Más reciente y directamente relacionado con el interés general es el conflicto administrativo por la vivienda de Eva Cárdenas en Moaña.

La controversia no gira simplemente alrededor de una propiedad privada, sino del uso de una parcela de dominio público marítimo-terrestre situada entre la vivienda y la playa de O Con.

Cárdenas solicitó una concesión para mantener hasta 2037 el uso de ese terreno. En mayo de 2025, Costas denegó la petición. Posteriormente, la empresaria recurrió esa decisión ante la Audiencia Nacional.

La Xunta, por su parte, defendió la legalidad de la vivienda, construida antes de la Ley de Costas de 1988.

Son cuestiones diferentes: una cosa es la legalidad de la edificación y otra el derecho a utilizar privadamente una porción de dominio público.

Precisamente por eso, la controversia merece explicaciones administrativas claras y una resolución conforme a derecho, sin necesidad de atribuir delitos que no están acreditados.

El asunto permite formular una reflexión sencilla: la playa es de todos, aunque algunos tengan la fortuna de vivir junto a ella.

Y esa condición de bien público no debería cambiar porque el propietario de la vivienda colindante sea una persona anónima, una empresaria conocida o la pareja de un dirigente político.

Montse Mínguez y la responsabilidad por los negocios de la pareja

Y mientras todo esto formaba parte de la actualidad, llegó la dimisión de Montse Mínguez.

El 16 de octubre, la dirigente socialista abandonó sus responsabilidades en la Ejecutiva Federal del PSOE y renunció a encabezar la candidatura por Lleida, después de hacerse públicas las actividades inmobiliarias de su pareja.

Las informaciones hablaban de una treintena de viviendas destinadas al alquiler y de procedimientos de desahucio.

El asunto merecía explicaciones, especialmente por la posición política de Mínguez en defensa del derecho a la vivienda. La coherencia entre lo que se defiende públicamente y las actividades económicas del entorno familiar puede ser objeto legítimo de debate.

El PP no tardó en denunciar esa supuesta incoherencia.

El propio Feijóo afirmó el 17 de octubre que al PSOE le había explotado en las manos su hipocresía en materia de vivienda.

Una metáfora curiosamente apropiada.

Porque su pareja también desarrolla una actividad inmobiliaria, aunque sus circunstancias sean distintas.

No hay motivo para equiparar automáticamente ambos negocios. No se han acreditado en Niebla Azul las mismas prácticas que se atribuyeron a las sociedades de la pareja de Mínguez.

Pero precisamente ahí reside la necesidad de razonar en lugar de limitarse a lanzar acusaciones.

¿Qué debe justificar una exigencia de responsabilidad política? ¿La existencia de un negocio inmobiliario? ¿Sus prácticas concretas? ¿Un conflicto de intereses demostrado? ¿La intervención del cargo público en beneficio de su pareja?

Son preguntas diferentes y sus respuestas también deberían serlo.

La proximidad familiar no puede constituir, por sí sola, una presunción de culpabilidad.

Ni en Ferraz ni en Génova.

La doctrina de Tellado y el problema del espejo

En este escenario aparece Miguel Tellado, uno de los principales portavoces de la ofensiva política contra Begoña Gómez.

Su planteamiento de junio de 2024 atribuía a Sánchez una colaboración necesaria en las actividades investigadas de su esposa.

Pero ¿qué sucedería si alguien aplicara esa misma lógica a los negocios de Eva Cárdenas?

¿Sería legítimo concluir que su trayectoria inmobiliaria se explica necesariamente por la intervención de Feijóo?

No lo sería.

Y esta es, a mi entender, la verdadera cuestión.

No se combate una presunción injusta fabricando otra de signo contrario. Se combate exigiendo hechos, pruebas y responsabilidades individualizadas.

La investigación judicial de Begoña Gómez, respecto de la cual se acordó en septiembre de 2026 la apertura de juicio oral, tiene una dimensión procesal que no existe en los asuntos empresariales aquí examinados de Eva Cárdenas.

Ignorar esa diferencia sería faltar al rigor.

Pero tampoco debería ignorarse otra: la diferencia entre pedir que la justicia investigue unos hechos y aprovechar cualquier oportunidad para extender la sospecha a toda una familia.

Cuando el debate político abandona esa distinción, se convierte en un terreno donde todos pueden acabar atrapados.

Las piedras no desaparecen

Lo verdaderamente preocupante de este episodio no es que ahora se hable de Eva Cárdenas.

Sus negocios, como los de cualquier ciudadano, merecen respeto mientras se desarrollen legalmente. Y cuando existen controversias que afectan a bienes públicos o posibles conflictos de intereses, merecen también las explicaciones correspondientes.

Lo preocupante es que llevemos tanto tiempo acostumbrándonos a utilizar las relaciones familiares como sustituto de las pruebas.

Primero se convierte a la pareja del adversario en objetivo de la confrontación. Después se extiende la sospecha al dirigente político. Finalmente, la mera existencia de una relación personal parece bastar para reclamar responsabilidades.

Hasta que las circunstancias cambian y el mismo procedimiento amenaza con volverse contra quien lo promovió.

No sé si en Génova habrán reparado en esa contradicción.

Quizá Miguel Tellado, tan aficionado a buscar responsabilidades políticas en el entorno familiar de Pedro Sánchez, podría dedicar algún tiempo a explicar dónde sitúa exactamente los límites de esa doctrina.

Y quizá todos, incluidos quienes no compartimos sus planteamientos, deberíamos evitar caer en la tentación de responderle con las mismas armas.

Porque la coherencia no consiste en reclamar para los nuestros la indulgencia que negamos a los demás.

Consiste en aplicar los mismos principios cuando hacerlo nos favorece y cuando nos incomoda.

De lo contrario, la política acaba reducida a una competición por encontrar el familiar más vulnerable del adversario.

Las piedras que se lanzan no siempre desaparecen.

Algunas regresan.

Y, cuando lo hacen, lo verdaderamente revelador no es el golpe.

Es la sorpresa de quienes pensaban que sus propias ventanas estaban hechas de un cristal diferente.

miércoles, 21 de octubre de 2026

VIVIR SIN PERMISO


Las amistades, el poder y la memoria selectiva de Feijóo

Hay historias que parecen sacadas de una serie de televisión. Y otras que, cuando uno conoce sus antecedentes, hacen que la ficción resulte sorprendentemente familiar.

Hace algún tiempo disfruté de una estupenda serie que puede verse en Netflix: Vivir sin permiso. José Coronado interpreta magistralmente a Nemo Bandeira, un poderoso empresario gallego cuya fortuna tiene sus raíces en actividades ilegales. A su lado aparece Ferro, interpretado por un magnífico Luis Zahera, su inseparable hombre de confianza, dispuesto a resolver cualquier problema que amenace los intereses de su jefe.


La serie es ficción, naturalmente. Pero al repasar determinadas noticias sobre la Galicia de los años ochenta y noventa, sus redes de contrabando, sus narcotraficantes y sus relaciones con algunos círculos de poder, me ha venido inevitablemente a la memoria.

De ahí el título de este artículo.

Y no porque pretenda identificar a personas reales con aquellos personajes, sino porque la serie retrata un ambiente de relaciones personales, negocios, influencias y silencios que encuentra ciertos paralelismos en episodios documentados de nuestra historia reciente.

Galicia es una tierra maravillosa. Una tierra de extraordinaria belleza, de gentes trabajadoras, con una identidad y una idiosincrasia muy particulares. Pero también es un territorio donde, especialmente en determinadas comarcas y círculos de influencia, todo el mundo parece conocerse.

Y en aquellos años había personajes cuyas actividades resultaban suficientemente notorias como para preguntarse hasta qué punto podían pasar inadvertidas para quienes frecuentaban sus ambientes.

Porque una cosa es no conocer todos los negocios de alguien y otra, bastante distinta, ignorar por completo quién es.

Y aquí empieza nuestra historia.

De los cadeneros franquistas a los despachos de la Xunta

Uno de los personajes más interesantes de esta historia es Manuel Cruz López.

En abril de 2015, el periodista Aníbal Malvar publicó en Público una investigación sobre su pasado y sus conexiones políticas.

Según aquel reportaje, en el Ferrol de los años setenta era conocido como «Cruz Gamada», un apodo relacionado con su ideología ultraderechista.

La investigación lo vinculaba con los llamados cadeneros, jóvenes próximos a los Guerrilleros de Cristo Rey que protagonizaron agresiones contra estudiantes, trabajadores, sindicalistas y demócratas durante los últimos años del franquismo.

Se les llamaba así porque utilizaban cadenas de bicicleta para atacar a sus víctimas.

La escritora Ánxela Loureiro relató al periodista cómo fue agredida en febrero de 1975. Identificó a Cruz entre los agresores, denunció los hechos y aseguró que fueron condenados.

En aquel mismo entorno, según la investigación, también militaba Arsenio Fernández de Mesa, quien décadas después llegaría a dirigir la Guardia Civil.

Lo verdaderamente llamativo es la evolución posterior de algunas de aquellas trayectorias.

Según el citado reportaje, Manuel Cruz y Fernández de Mesa terminaron integrándose en Alianza Popular, la formación fundada por Manuel Fraga.

Y Manuel Cruz acabó trabajando como chófer de importantes responsables de la Xunta de Galicia.

Entre ellos, José Manuel Romay Beccaría, consejero del Gobierno de Fraga, posteriormente ministro de Sanidad con José María Aznar y uno de los principales impulsores de la carrera política de Alberto Núñez Feijóo.

Curiosa evolución, desde luego.

De un pasado vinculado, según testimonios periodísticos, a grupos que combatían violentamente a quienes reclamaban democracia, a frecuentar los despachos de quienes administraban las instituciones democráticas.

Pero la historia de Manuel Cruz no termina aquí.

El hombre que conectaba dos mundos

Una investigación publicada por El País el 3 de abril de 2013 describía a Manuel Cruz como una pieza relevante dentro del entramado empresarial de Marcial Dorado.

Cruz mantenía relaciones de confianza con destacados políticos gallegos y, simultáneamente, participaba en negocios del conocido contrabandista.

Su nombre aparecía relacionado con la compra de Astilleros Hércules y con empresas vinculadas al suministro de carburantes, entre ellas Petrogalicia y Xatevín.

El entramado de Dorado llegó a comprender unas cuarenta sociedades, según aquella investigación.

Resulta interesante detenerse en esta circunstancia.

Mientras Cruz frecuentaba los despachos de la Xunta y mantenía relaciones de confianza con dirigentes políticos, también participaba en los negocios de uno de los contrabandistas más conocidos de las Rías Baixas.

Y fue precisamente ese hombre quien presentó a Alberto Núñez Feijóo y Marcial Dorado a finales de 1994.

No hablamos de una conjetura. El propio Feijóo reconoció que Manuel Cruz fue quien los presentó.

Así comenzó una relación que años después terminaría ocupando las portadas de los periódicos.

Una amistad que no cabía en una fotografía

En marzo de 2013, El País publicó las conocidas fotografías de Feijóo y Marcial Dorado compartiendo actividades de ocio durante los años noventa.

Las imágenes mostraban a ambos disfrutando de una jornada en una embarcación.

Pero la relación no se limitaba a aquella fotografía.

Hubo viajes a diferentes destinos, encuentros y estancias compartidas.

Feijóo reconoció públicamente esa relación personal, aunque negó haber participado en actividades ilícitas o haber favorecido económicamente a Dorado.

Y conviene aclararlo sin rodeos: no existe una condena judicial que atribuya a Feijóo participación en los delitos cometidos por Marcial Dorado.

Pero hay un detalle que considero especialmente significativo.

Cuando ambos comenzaron a relacionarse, Dorado ya había sido detenido en 1983 por asuntos relacionados con el contrabando de tabaco. También había sido detenido durante la Operación Nécora de 1990, aunque aquella detención no terminó en una condena por narcotráfico contra él.

Su posterior condena por tráfico de drogas llegaría años después.

Feijóo sostuvo en 2013 que, cuando lo conoció, desconocía sus actividades y sus antecedentes.

Sin embargo, durante la campaña electoral de julio de 2023, reconoció que Dorado había sido contrabandista, insistiendo en que no sabía que estuviera relacionado con el narcotráfico.

Y aquí vuelvo a aquella reflexión sobre la Galicia de los noventa.

¿Resulta creíble que alguien que ocupaba importantes responsabilidades públicas desconociera los antecedentes de una persona tan conocida en determinados ambientes gallegos?

Puede que sí.

Pero también me parece legítimo plantear la pregunta.

Porque el desconocimiento de una actividad concreta no equivale necesariamente al desconocimiento de los antecedentes de quien la desarrollaba.

Y porque la responsabilidad política exige algo más que demostrar que no se ha cometido un delito.

Baltasar Garzón y la Operación Nécora

Hay otro nombre que me viene a la memoria cuando recuerdo aquella Galicia: Baltasar Garzón.

El 12 de junio de 1990 comenzó la Operación Nécora, una de las mayores actuaciones policiales y judiciales desarrolladas hasta entonces contra las organizaciones del narcotráfico gallego.

Garzón fue el juez instructor.

La operación supuso un punto de inflexión porque no se limitó a intervenir cargamentos de droga, sino que trató de investigar las estructuras organizadas que sostenían aquel negocio.

El proceso culminó en septiembre de 1994 con una sentencia que combinó condenas y absoluciones.

Aquella investigación mostró una realidad que durante años había causado enormes daños sociales.

Las madres gallegas que se movilizaron contra la droga, las familias destrozadas y quienes combatieron aquellas organizaciones forman parte de una historia que nunca debería quedar eclipsada por la notoriedad de los narcotraficantes.

Y aquí aparece una circunstancia que, personalmente, me invita a reflexionar.

Años después, en febrero de 2012, Baltasar Garzón fue condenado a once años de inhabilitación por ordenar escuchas de conversaciones entre investigados y abogados en el caso Gürtel.

Es importante precisar que aquella condena no estuvo relacionada con la Operación Nécora.

Pero la historia judicial tuvo una continuación.

En 2021, el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas concluyó que el procedimiento contra Garzón había vulnerado derechos fundamentales y reclamó una reparación efectiva.

Y todavía más recientemente, en mayo y junio de 2026, el Tribunal Supremo rechazó que aquel dictamen permitiera revisar por la vía planteada los acuerdos de expulsión de la carrera judicial.

La inhabilitación no fue anulada.

Es decir, el juez que había encabezado una investigación histórica contra los grandes clanes gallegos terminó fuera de la carrera judicial por un procedimiento completamente diferente, pese al posterior pronunciamiento del organismo de Naciones Unidas.

No establezco una relación causal entre aquellos acontecimientos, porque no está acreditada.

Pero la trayectoria resulta suficientemente singular como para recordar que la lucha contra la delincuencia organizada, la persecución de la corrupción y la garantía de independencia judicial han atravesado episodios extraordinariamente controvertidos en nuestra democracia.

Los negocios, las adjudicaciones y los documentos

Volvamos a Feijóo y Marcial Dorado.

Las investigaciones periodísticas también abordaron los contratos y ayudas que empresas relacionadas con Dorado habían recibido de distintas administraciones gallegas.

En 2013, el Gobierno autonómico facilitó documentación sobre determinados pagos y adjudicaciones correspondientes a diferentes etapas de gobierno, incluidas administraciones de distinto signo político.

Sin embargo, los grupos de la oposición reclamaron también los contratos de suministros energéticos, carburantes e informática de hospitales y dependencias sanitarias durante los años noventa.

Se trataba de un periodo en el que Feijóo había desempeñado importantes responsabilidades en la sanidad gallega.

La documentación proporcionada entonces no permitió esclarecer completamente las cuestiones planteadas sobre aquellos suministros.

Además, en noviembre de 2013 se conoció que cinco expedientes relacionados con empresas de Dorado habían sido destruidos, según la Xunta, como consecuencia de inundaciones que afectaron a su archivo.

Aquellos cinco expedientes eran distintos de los contratos hospitalarios que reclamaba la oposición.

Es preciso distinguirlos para no construir conclusiones falsas.

Tampoco está acreditado que Feijóo adjudicara irregularmente contratos a Dorado.

Pero hay una cuestión que me parece elemental.

La transparencia administrativa no consiste únicamente en negar haber cometido irregularidades.

Consiste también en permitir que las actuaciones públicas puedan comprobarse con documentos.

Y cuando las explicaciones no van acompañadas de toda la documentación requerida, siempre queda espacio para las dudas.

Dos barcos y una memoria selectiva

Hay un episodio que me parece particularmente interesante por lo que revela sobre la exigencia de responsabilidades políticas.

En febrero de 2009, durante la campaña de las elecciones gallegas, se publicó una fotografía del entonces vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana, a bordo del yate del empresario Jacinto Rey.

Feijóo exigió explicaciones y consideró justificado que el presidente gallego, Emilio Pérez Touriño, destituyera a Quintana por aquella relación.

Cuatro años después se publicaron las fotografías del propio Feijóo en el barco de Marcial Dorado.

No pretendo presentar ambos episodios como si fueran idénticos, porque no lo eran.

Pero sí me interesa la diferencia de criterio.

Cuando la relación personal comprometía a un adversario político, Feijóo consideraba que merecía explicaciones y podía justificar una destitución.

Cuando las fotografías afectaron a su propia trayectoria, defendió que no había cometido ninguna ilegalidad y rechazó dimitir.

Cabe preguntarse si el criterio de ejemplaridad política debería ser distinto según quién aparezca en el barco.

Porque una cosa es la responsabilidad penal, que requiere pruebas y corresponde determinar a los tribunales, y otra la responsabilidad política, que también se relaciona con la transparencia, la coherencia y la confianza pública.

Galicia no era el narcotráfico

No quisiera terminar sin hacer una precisión que considero imprescindible.

Galicia no puede identificarse con los contrabandistas ni con los narcotraficantes que operaron en sus costas.

Aquella tierra sufrió profundamente las consecuencias de la droga.

Hubo miles de familias afectadas, madres que lucharon contra los clanes, ciudadanos que se enfrentaron a organizaciones poderosas, policías, jueces y fiscales que desempeñaron un papel fundamental.

La verdadera historia de Galicia no la escribieron únicamente quienes acumularon fortunas mediante actividades ilegales.

La escribieron también quienes se negaron a aceptar que aquel fuera el destino de sus pueblos y de sus hijos.

Pero reconocerlo no significa ignorar las relaciones de influencia que algunas organizaciones criminales desarrollaron.

Y ahí vuelve a aparecer, inevitablemente, el recuerdo de Vivir sin permiso.

Aquella magnífica serie no es un documental, pero plantea una cuestión que trasciende la ficción: qué ocurre cuando las relaciones personales, los negocios y las instituciones se entremezclan hasta dificultar la distinción entre los intereses privados y las responsabilidades públicas.

En una democracia, esa separación debe ser clara.

Y si alguna vez deja de estarlo, la ciudadanía tiene derecho a pedir explicaciones.

Vivir sin permiso

Al final, lo que me interesa de esta historia no es la fotografía de un político en un barco.

Es algo bastante más profundo.

Es la facilidad con la que determinados episodios pueden desaparecer de la conversación pública sin que todas las preguntas hayan encontrado respuesta.

Es la distinta exigencia de ejemplaridad que a veces aplicamos a nuestros adversarios y a quienes consideramos próximos.

Es la costumbre de confundir la ausencia de responsabilidad penal con la inexistencia de cualquier responsabilidad política.

Y es, sobre todo, la memoria selectiva.

No pretendo que los delitos de Marcial Dorado se atribuyan a Feijóo por haber sido su amigo.

Sería injusto.

Tampoco afirmo que conocer a un contrabandista demuestre haber participado en sus negocios.

Lo que sostengo es que las relaciones personales de quienes ejercen responsabilidades públicas pueden merecer explicaciones cuando concurren circunstancias que plantean preguntas legítimas sobre la transparencia y la ejemplaridad.

Quien tiene derecho a exigirlas a los demás debe estar dispuesto a ofrecerlas cuando le afectan personalmente.

Porque nadie necesita permiso para elegir sus amistades.

Pero ejercer el poder, o aspirar a ejercerlo, implica someterse al escrutinio de los ciudadanos.

Y ese escrutinio debería ser el mismo para todos.

Tal vez por eso aquella serie tele
visiva me ha vuelto a la memoria.

En la ficción, algunos personajes se acostumbran a vivir convencidos de que su posición les permite escapar de las consecuencias de sus actos.

En una democracia, por el contrario, el poder debería llevar aparejada una responsabilidad mayor, nunca menor.

Y así llegamos a la pregunta que verdaderamente me interesa.

¿Exigimos transparencia y ejemplaridad porque creemos en ellas, o solamente cuando sirven para señalar a quienes no piensan como nosotros?

Porque quizá el problema no sea únicamente que algunos pretendan vivir sin dar explicaciones.

Quizá el problema sea que los demás hayamos terminado acostumbrándonos a no exigírselas.


Fuentes y documentación

  1. El País, 3 de abril de 2013 — «Chófer, testaferro y amigo de Feijóo».
  2. Público, 12 de abril de 2015 — Investigación de Aníbal Malvar sobre Manuel Cruz y los cadeneros.
  3. Maldita.es, 21 de julio de 2023 — Cronología de la relación entre Feijóo y Marcial Dorado.
  4. El País, 3 de abril de 2013 — Contactos telefónicos entre Feijóo y Dorado posteriores al año 2000.
  5. RTVE, 11 de junio de 2025 — 35 años de la Operación Nécora.
  6. Naciones Unidas, 26 de agosto de 2021 — Dictamen sobre los procesos contra Baltasar Garzón.
  7. Agencia EFE, 27 de mayo de 2026 — El Supremo rechaza la readmisión judicial de Garzón.
  8. elDiario.es, 15 de noviembre de 2013 — Contratos de la Xunta con empresas de Dorado y documentación del Sergas.
  9. El País, 19 de noviembre de 2013 — Destrucción de cinco expedientes.
  10. Europa Press, 25 de febrero de 2009 — Exigencias de Feijóo sobre la fotografía de Anxo Quintana.

El Rincón de Kurro — Opinión y reflexión personal a partir de hechos documentados, investigaciones periodísticas y resoluciones judiciales.

Cuando la humanidad empieza a darnos miedo


Hay días en los que me embarga una extraña sensación. No sé si llamarla tristeza, decepción, impotencia o, sencillamente, desesperanza. Quizás sea una mezcla de todas ellas.

Hace unos días publiqué en Threads una noticia sobre la decisión de la Junta de Andalucía de no continuar financiando un programa de atención a personas sin hogar, desarrollado por varias organizaciones humanitarias, entre ellas Cruz Roja.

Hablamos de seres humanos. De personas que no tienen un techo bajo el que cobijarse. Españoles y extranjeros. Hombres y mujeres a quienes la vida, por distintas circunstancias, ha colocado en una situación de extrema vulnerabilidad.

Pero lo que terminó afectándome profundamente no fue solo la noticia, sino las reacciones que provocó.

Bastó que apareciera la palabra inmigrantes para que se desencadenara una avalancha de comentarios viscerales, de rechazo y de una frialdad que me resultó difícil de comprender.

No todos los comentarios expresaban lo mismo, ni toda preocupación por la gestión de los recursos puede reducirse a xenofobia. Pero en demasiadas intervenciones parecía que la nacionalidad de quienes necesitaban ayuda era más importante que su sufrimiento.

Y entonces me asaltó una pregunta:

¿En qué momento hemos empezado a considerar la compasión como una debilidad y la solidaridad como algo sospechoso?

Por el contenido de muchos mensajes, tuve la impresión de encontrarme ante personas próximas a posiciones políticas conservadoras, algunas posiblemente identificadas con los valores cristianos.

Y aquí quiero detenerme.

Yo no soy creyente. No voy por la vida golpeándome el pecho para demostrar una fe que no profeso. Pero conozco suficientemente los principios del cristianismo como para saber que predican el amor al prójimo, la misericordia, la solidaridad con el necesitado y la acogida al extranjero.

No hace falta creer en Dios para comprender el valor de esos principios.

Por eso me resulta especialmente farisaica la actitud de quienes presumen de cristianos, exhiben sus símbolos religiosos y se proclaman defensores de determinados valores, pero parecen olvidarlos cuando el necesitado tiene otro origen, otra cultura o simplemente no pertenece a los suyos.

No digo que todos los creyentes actúen así. Sería profundamente injusto. Conozco y admiro la labor de innumerables personas cristianas que dedican su vida a ayudar a los demás, sin preguntarles de dónde vienen ni qué religión profesan.

Pero una cosa es profesar una fe y otra utilizarla como distintivo de respetabilidad mientras se desprecia a quienes esa misma fe invita a proteger.

Y esa contradicción me resulta difícil de digerir.

Durante aquel hilo procuré mantener la mesura, la educación y hasta la cortesía con quienes discrepaban de mí.

Intenté razonar, explicar que hablábamos de personas sin hogar, que entre ellas había españoles y extranjeros, que la miseria no tiene nacionalidad y que la solidaridad no debería depender de un pasaporte.

No pretendía imponer mis ideas. Ni siquiera necesitaba que me dieran la razón. Me habría conformado con un intercambio razonado de opiniones.

Pero las respuestas fueron subiendo de tono.

«Retrasado mental», «hijo de puta» y otras muchas lindezas formaron parte del repertorio que tuve que leer.

Y junto a los insultos aparecieron manifestaciones racistas, xenófobas, machistas y expresiones de un desprecio hacia determinados seres humanos que, sinceramente, me revolvieron por dentro.

En más de una ocasión tuve que contenerme para no responder con la misma moneda.

No porque me faltaran palabras, sino porque no quiero que la conducta de otros termine convirtiéndome en aquello que precisamente rechazo.

Finalmente dejé de participar en aquel hilo.

No me quedé sin argumentos. Tampoco me convencieron.

Simplemente llegó un momento en que continuar leyendo aquellas manifestaciones me producía un profundo asco. No hacia las personas por pensar de forma distinta, sino hacia esa manera de despreciar, insultar y deshumanizar a otros seres humanos.

Y comprendí que seguir respondiendo no iba a servir para construir ningún diálogo.

Lo verdaderamente inquietante es que no considero aquello un episodio aislado.

Observo cómo determinados discursos políticos y sociales encuentran cada vez mayor aceptación cuando señalan a colectivos vulnerables como responsables de nuestros problemas.

El inmigrante, el pobre, quien necesita una ayuda pública o quien simplemente es diferente se convierte con demasiada facilidad en objeto de sospecha.

Y parece que cuanto más cruel resulta el mensaje, más aplausos consigue.

Naturalmente, existen problemas reales relacionados con la inmigración, la vivienda, la distribución de los recursos públicos y la eficacia de las políticas sociales. Deben discutirse con rigor, sin prohibiciones ni simplificaciones.

Pero una cosa es debatir cómo se gestionan los recursos y otra muy distinta celebrar que alguien pueda quedarse sin techo.

Una sociedad puede discutir cuánto, cómo y a quién ayuda. Lo que no debería discutirse es la dignidad de quien necesita ayuda.

He vivido suficientes años para recordar una sociedad que, con todas sus imperfecciones, aspiraba a avanzar en derechos, libertades, igualdad y justicia social.

Una sociedad en la que muchos creíamos que las generaciones siguientes vivirían mejor y serían más tolerantes, más cultas y más solidarias.

Hoy ya no tengo esa certeza.

Y eso me entristece.

Porque los gobiernos cambian, las leyes se modifican y las decisiones políticas pueden rectificarse.

Pero ¿qué sucede cuando lo que empieza a deteriorarse es nuestra propia conciencia colectiva?

¿Qué ocurre cuando dejamos de reconocernos en el sufrimiento ajeno?

¿Qué futuro podemos esperar de una sociedad en la que algunas personas parecen sentirse orgullosas de su insensibilidad?

Sé que las redes sociales no son un retrato fiel de toda la sociedad. Sé que amplifican el ruido, premian la provocación y favorecen los enfrentamientos. Y sé también que existen muchísimas personas buenas, generosas y comprometidas, creyentes y no creyentes, conservadoras y progresistas, que trabajan silenciosamente para mejorar la vida de los demás.

Pero reconocerlo no consigue disipar del todo mi inquietud.

Porque detrás de cada comentario hay una persona. Y detrás de tantos mensajes de desprecio hay formas de pensar que no desaparecen cuando apagamos el teléfono.

Al llegar a este punto de mi vida, me duele preguntarme si hemos sabido transmitir a quienes vienen detrás el valor de aquello que tanto costó conquistar.

Me duele comprobar cómo la demagogia encuentra terreno abonado allí donde debería crecer el pensamiento crítico.

Y me duele, sobre todo, que algo tan elemental como sentir compasión por quien sufre pueda convertirse en motivo de enfrentamiento.

No me desespera que existan personas que piensen políticamente de manera distinta a mí. Eso es la democracia. Ni considero que mis ideas estén libres de errores.

Lo que me produce verdadera desesperanza es comprobar que, para algunos, pensar diferente parece exigir también dejar de sentir por los demás.

Tal vez sea el cansancio de los años. Tal vez sea la decepción de quien creyó que el progreso material vendría acompañado inevitablemente de un mayor progreso moral.

O tal vez sea simplemente que todavía me resisto a aceptar como normal lo que nunca debería serlo.

No quiero perder la esperanza en el ser humano. Pero reconozco que hay días en los que mantenerla cuesta.

Y hoy es uno de esos días.

Porque cada vez me preocupa menos quién pueda ganar unas elecciones y más qué clase de sociedad estamos contribuyendo a construir.

¿De qué nos servirá conquistar el futuro si, por el camino, terminamos perdiendo nuestra humanidad?

El Rincón de Kurro

martes, 20 de octubre de 2026

CONTRATO CON ESPAÑA… ¿O CONTRATO CON EL DIABLO?


Doce promesas, una firma solemne y una letra pequeña que quizá no conozcamos hasta después de las elecciones.

El Rincón de Kurro — 20 de octubre de 2026

Alberto Núñez Feijóo acaba de presentar solemnemente su «Contrato con España». Doce compromisos, cuatro páginas, una firma y una escenografía cuidadosamente preparada para transmitir seriedad, responsabilidad y confianza. No faltan las grandes palabras: regeneración democrática, unidad, prosperidad, esfuerzo, bienestar, respeto a las instituciones y amor a España.

Todo muy solemne. Todo muy patriótico. Y, permítanme decirlo, todo muy electoral.

Reconozco que lo primero que me ha llamado la atención no ha sido tanto el contenido como el nombre elegido. ¿Un contrato? ¿De verdad estamos ante un contrato?

Porque, hasta donde alcanza mi experiencia, los contratos contienen obligaciones suficientemente concretas, condiciones, plazos y consecuencias por incumplimiento. No todos establecen penalizaciones expresas, naturalmente, pero existen reglas que permiten exigir lo pactado o reclamar responsabilidades cuando una de las partes deja de cumplir.

Este, sin embargo, parece pertenecer a una categoría bastante singular: una parte lo firma, la otra debe confiar y, si lo prometido no se cumple, nadie puede exigir judicialmente su ejecución por el mero hecho de aquella firma.

Y aquí comienza mi primera reflexión.

No hay que imaginar que Feijóo nos invita a firmar su contrato. Ya nos está pidiendo que lo suscribamos con nuestro voto. Algunos ciudadanos lo harán, legítimamente, convencidos de que sus doce promesas representan el futuro que desean para España.

Feijóo ha puesto su firma sobre el papel. Sus electores pondrán la suya en las urnas.

Y es entonces cuando me viene a la memoria el viejo pacto literario con el diablo, aquel que se rubricaba con la propia sangre.

Naturalmente, hablo metafóricamente. Pero no me parece una imagen desacertada.

Porque cuando los ciudadanos depositamos nuestra confianza electoral no entregamos simplemente una papeleta. Ponemos en manos de quienes eventualmente nos gobernarán decisiones que afectan a nuestros salarios, nuestras pensiones, nuestra sanidad, la educación de nuestros hijos, nuestros derechos sociales y las condiciones de vida de las generaciones futuras.

Nos jugamos bastante más que una firma.

Y algunos suscribirán ese contrato convencidos, otros esperanzados y quizá no pocos sin haberse detenido a examinar suficientemente su letra pequeña.

Lo paradójico es que, mientras los ciudadanos asumiremos las consecuencias reales de las políticas que se apliquen, el firmante no establece en su documento ninguna penalización contractual por incumplirlas.

¿No tiene todo esto algo de lo que, en sentido figurado, podríamos llamar un contrato leonino?

Una parte asume las consecuencias. La otra conserva un amplio margen para interpretar sus compromisos.

Una entrega la confianza. La otra administra las condiciones.

Y si las cosas salen mal, siempre habrá una crisis, una dificultad presupuestaria, una coyuntura internacional imprevista o una herencia recibida que permita explicar por qué aquello que parecía irrenunciable ha dejado de ser posible.

Eso sin contar con que Feijóo ya tiene cierta experiencia en estas ceremonias.

En febrero de 2009 firmó otro documento muy parecido, entonces denominado «Contrato con Galicia». Aquel contenía catorce compromisos y también se presentó entre banderas, fotografías y promesas de rendición de cuentas. Incluso anunció que aspiraba a obtener una calificación no inferior a sobresaliente.

La realidad posterior fue bastante más discutida que la solemnidad de aquella ceremonia.

En 2016, el candidato socialista gallego Xoaquín Fernández Leiceaga denunció que doce de los catorce compromisos habían quedado incumplidos. Era, naturalmente, una valoración de la oposición y no una auditoría independiente. Tampoco sería justo ignorar que hubo medidas ejecutadas y circunstancias económicas extraordinarias que condicionaron los resultados.

Pero precisamente ahí reside el problema.

Entre aquellos compromisos figuraba convertir la lucha contra el desempleo en una máxima prioridad. Sin embargo, según el Instituto Gallego de Estadística, la tasa media de paro pasó del 12,4 % en 2009 al 20,5 % en 2012.

La crisis económica explica buena parte de aquel deterioro, pero no convierte automáticamente una prioridad proclamada en un objetivo alcanzado.

¿Se cumplió el contrato? ¿Se incumplió? ¿Quién realizó una evaluación independiente? ¿Qué consecuencias prácticas tuvo?

Y, sobre todo, ¿qué garantía adicional ofrece Feijóo ahora para que su nuevo documento sea algo más que aquel de 2009?

No pretendo negar la legitimidad de formular compromisos electorales. Todo lo contrario. Considero imprescindible que quien aspire a gobernar explique qué pretende hacer y se someta posteriormente al juicio de los ciudadanos.

Lo que me cuesta aceptar es que una colección de promesas, redactadas con suficiente amplitud como para admitir interpretaciones muy diferentes, adquiera la categoría de contrato simplemente porque su autor decida denominarla así.

España es un país social, económica, territorial y políticamente complejo. Sus problemas no caben en doce titulares, por muy atractivos que resulten.

Las pensiones están relacionadas con el empleo, los salarios, la productividad y las cotizaciones. La sanidad depende de la financiación, los profesionales y la organización. La vivienda condiciona la emancipación juvenil, la formación de familias y la movilidad laboral. La educación repercute en la igualdad de oportunidades y en el desarrollo económico.

Y todo ello se encuentra condicionado por una realidad europea e internacional que ningún Gobierno controla completamente.

Reducir semejante complejidad a doce grandes compromisos puede ser un recurso legítimo de comunicación política. Pero presentarlo como una fórmula magistral para resolver los problemas de España tiene, desde mi punto de vista, algo de alquimia electoral.

Se mezclan doce promesas atractivas, se añaden unas dosis de patriotismo, regeneración y grandes palabras, se agita cuidadosamente el recipiente y se ofrece el resultado como remedio para nuestros males.

Y siempre habrá alguien dispuesto a comprar el producto sin preguntar demasiado por sus ingredientes.

Por ejemplo, Feijóo promete construir al menos un millón de viviendas. Magnífico. Pero ¿en qué plazo, dónde, con qué financiación y cuántas serán públicas o estarán destinadas a alquileres verdaderamente asequibles?

También promete actualizar las pensiones conforme al IPC. Una declaración tranquilizadora, sin duda, aunque conviene recordar que esa garantía ya está recogida en nuestra legislación desde la reforma de 2021.

Lo verdaderamente interesante sería conocer qué medidas adicionales propone para asegurar la suficiencia y sostenibilidad futura de nuestro sistema público de pensiones.

Pero hay una promesa que merece especial atención: bajar impuestos.

¿A quién no le gustaría pagar menos?

A mí también, naturalmente.

Sin embargo, desde mi manera de entender la sociedad y la función del Estado, una rebaja fiscal no puede valorarse únicamente por la cantidad que dejamos de pagar.

Necesito saber qué impuestos se reducirán, en qué cuantía, quiénes obtendrán mayores beneficios y cuánto dejarán de ingresar las administraciones públicas.

Y, especialmente, cómo se compensará esa eventual pérdida de recursos.

Porque los impuestos no son simplemente dinero que sale de nuestros bolsillos. También son hospitales, colegios, universidades, dependencia, infraestructuras, pensiones y servicios públicos que muchos ciudadanos no podrían costearse individualmente.

Por supuesto, no considero que todos los impuestos sean intocables ni que cualquier gasto público esté justificado. Creo en la eficiencia administrativa, en combatir el despilfarro y en un sistema fiscal que no castigue injustamente el trabajo.

Pero también creo que la justicia tributaria exige contribuir de acuerdo con la capacidad económica de cada uno y disponer de servicios públicos de calidad con independencia de la fortuna personal.

Esa es, en buena medida, la esencia de mi concepción socialdemócrata.

Por eso me preocupa que se hable tanto de cuánto dejaremos de pagar y tan poco de lo que podríamos dejar de recibir.

Porque quien dispone de elevados ingresos puede contratar seguros sanitarios privados, pagar determinados servicios educativos o complementar su jubilación mediante inversiones.

Quien vive de un salario modesto o de una pensión necesita especialmente que la sanidad pública, la educación y la protección social funcionen.

Y si una rebaja fiscal beneficia principalmente a quienes más tienen, mientras la pérdida de ingresos termina deteriorando los servicios públicos, el resultado puede ser bastante menos atractivo de lo que sugería el anuncio.

No afirmo que necesariamente vaya a suceder. Dependerá del diseño concreto de las medidas.

Precisamente por eso quisiera conocerlo.

Porque las rebajas fiscales también pueden tener letra pequeña, y lo que algunos se ahorran individualmente puede terminar costándonos mucho más colectivamente.

Hay otra información reciente que me ha hecho reflexionar.

Alberto Nadal, responsable económico del PP, ha planteado revisar la participación del Estado en empresas privadas y limitarla fundamentalmente a los ámbitos de defensa, seguridad nacional y servicios públicos esenciales.

De prosperar esa orientación, podrían revisarse participaciones estatales en compañías como Telefónica, Talgo, Duro Felguera o CaixaBank, aunque por ahora no existe una decisión firme anunciada de venderlas.

La propuesta presenta ciertas semejanzas con la orientación privatizadora impulsada por Javier Milei en Argentina, sin que ello signifique que ambos proyectos sean idénticos.

Y vuelven a surgir las preguntas.

¿Qué empresas considera el PP estratégicas? ¿Cuáles dejarían de justificar una participación pública? ¿Quién adquiriría esas acciones? ¿A qué precio? ¿Qué dividendos futuros dejaría de percibir el Estado y qué capacidad de influencia perdería en sectores importantes?

No sostengo que toda participación estatal deba mantenerse indefinidamente. Pero tampoco comparto la idea de que la presencia pública en determinadas actividades económicas sea necesariamente un problema.

En ocasiones permite proteger intereses estratégicos, mantener capacidad de decisión o atender objetivos que el mercado, por sí solo, no siempre garantiza.

Por eso quisiera conocer si los ingresos de eventuales ventas se destinarían a reducir deuda, financiar inversiones, compensar rebajas fiscales o atender otras necesidades.

Porque vender patrimonio público puede proporcionar ingresos inmediatos, pero también significa desprenderse de activos que pueden generar valor e influencia durante muchos años.

Y me pregunto si semejante propuesta no merecería figurar, con toda su letra pequeña, en un contrato que pretende comprometer el futuro de España.

Pero llegamos a una cuestión que considero todavía más importante.

Feijóo ha firmado su contrato. ¿Quién garantiza que pueda cumplirlo si necesita gobernar con Vox?

No estoy anticipando un resultado electoral. Nadie conocerá la composición definitiva del Congreso hasta que se abran las urnas el próximo 29 de noviembre.

Sin embargo, podemos examinar las estimaciones publicadas por algunas empresas demoscópicas privadas.

40dB. atribuyó 132 diputados al PP y 66 a Vox. GAD3 estimó 133 y 65, respectivamente. Y Sigma Dos, en su sondeo del 19 de octubre, sitúa al PP entre 132 y 137 escaños y a Vox entre 65 y 68.

Son encuestas, no resultados electorales. Y sabemos que pueden equivocarse, especialmente cuando existe incertidumbre sobre la movilización y la participación.

Pero estas proyecciones permiten analizar una circunstancia concreta: Vox representaría aproximadamente un tercio de los diputados obtenidos conjuntamente por ambas formaciones.

Un tercio.

Eso no significa que le correspondiera automáticamente un tercio de los ministerios ni que su influencia pudiera calcularse mediante una sencilla regla de tres.

La capacidad negociadora depende de muchas circunstancias, especialmente de las alternativas parlamentarias disponibles.

Pero tampoco parece razonable suponer que una formación con semejante representación hipotética renunciaría sin más a defender su propio programa y a obtener responsabilidades gubernamentales.

Porque hay algo que no deberíamos olvidar: Vox también tendría compromisos con sus electores y difícilmente entraría en un Gobierno para olvidarse de todos ellos.

Y sus propuestas no son exactamente las mismas que las del PP.

Ambos partidos comparten parte del espacio político conservador, pero no son intercambiables. Podríamos decir, recurriendo al arcoíris político, que unos se presentan de azul y otros ocupan una tonalidad bastante más próxima al ultravioleta.

Y los matices, especialmente cuando afectan a derechos y políticas públicas, importan mucho.

Vox ha defendido importantes reducciones fiscales, cambios estructurales en la organización territorial del Estado, modificaciones de normas laborales, revisión de políticas de igualdad, medidas migratorias más restrictivas y una profunda reducción de regulaciones administrativas.

También ha planteado reformas del sistema de pensiones, incluida una mayor presencia de mecanismos de capitalización.

No todas esas propuestas son incompatibles con las del Partido Popular. Tampoco podemos afirmar que todas acabarían incorporándose a un hipotético acuerdo.

Pero sí parece legítimo preguntarse hasta dónde podría evolucionar el programa de Feijóo como consecuencia de una negociación con Abascal.

¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Se mantendría íntegramente el actual sistema público de reparto y su garantía de actualización conforme al IPC?

¿Qué sucedería con la reforma laboral, los convenios colectivos, los derechos sindicales o determinadas obligaciones empresariales?

¿Qué cambios podrían introducirse en las políticas de igualdad, inmigración, educación o protección social?

¿Y cómo se financiarían las rebajas fiscales defendidas por ambos partidos sin comprometer los servicios públicos?

No estoy afirmando que esas modificaciones vayan necesariamente a producirse.

Precisamente porque no lo sabemos, considero imprescindible que se expliquen las posiciones y los límites de cada formación antes de que los ciudadanos depositen su voto.

Y quizá alguien piense que exagero al preguntarme por el alcance de una eventual coalición.

Pero tenemos experiencias autonómicas recientes que merecen ser examinadas.

En Andalucía, tras las elecciones de mayo de 2026, Juanma Moreno necesitó pactar con Vox para formar Gobierno. El PP había obtenido 53 diputados y Vox 15.

El nuevo Ejecutivo mantuvo trece consejerías, pero incorporó tres vicepresidencias y amplió su estructura en trece altos cargos, pasando de 301 a 314.

En Castilla y León, el pacto de 2026 dio lugar a una estructura de al menos 105 altos cargos previstos, frente a los 96 del anterior Gobierno del PP en solitario. La prensa estimó el incremento de las retribuciones correspondientes en aproximadamente 700.000 euros anuales.

En Extremadura se establecieron dos vicepresidencias, una para cada partido, y se reorganizaron consejerías. Aragón también distribuyó vicepresidencias y responsabilidades entre ambas formaciones.

Son situaciones diferentes y no conviene confundirlas.

Tampoco puedo asegurar que todos los nuevos puestos respondan exclusivamente a la necesidad de acomodar dirigentes de uno u otro partido. Algunos pueden corresponder a competencias nuevas o necesidades organizativas reales.

Pero, permítanme, la coincidencia merece una reflexión.

¿No resulta paradójico que partidos que proclaman su intención de adelgazar las administraciones terminen ampliando determinados niveles de dirección después de negociar un gobierno de coalición?

En Andalucía, además, me gustaría conocer exactamente qué funciones desempeñan los trece puestos adicionales, quiénes los ocupan, qué coste representan y qué razones justifican su creación.

Porque si responden a necesidades administrativas reales, podrán explicarse. Y si obedecen principalmente al reparto político, también debería conocerse.

No afirmo que toda ampliación administrativa sea negativa. Una Administración puede necesitar más profesionales, más medios e incluso nuevos órganos cuando sus funciones lo justifican.

Pero no deberíamos confundir el fortalecimiento de los servicios públicos con la multiplicación de puestos de dirección política.

Personalmente, prefiero que cualquier incremento de recursos destinado a mejorar la sanidad se traduzca, siempre que sea posible, en más médicos, enfermeras, profesionales sanitarios y medios asistenciales, antes que en una estructura directiva más amplia cuya utilidad no haya sido suficientemente acreditada.

Y aquí regreso al compromiso de Feijóo de reducir ministerios, altos cargos y asesores.

¿Qué sucedería si, para integrar a Vox en un Gobierno de coalición, hubiera que redistribuir ministerios, crear nuevas secretarías de Estado o ampliar determinadas estructuras administrativas?

¿Aceptaría el PP reducir sus propias posiciones para cederlas al socio?

¿O buscarían una fórmula que permitiera acomodar a ambos sin que ninguno perdiera demasiados espacios de poder?

Los precedentes autonómicos no permiten asegurar cuál sería la respuesta, pero sí justifican la pregunta.

Porque, además, el reparto no se limita a los despachos.

Una coalición también exige negociar políticas.

En Castilla y León, por ejemplo, el acuerdo de 2026 incorporó compromisos programáticos sobre cuestiones sociales, administrativas y económicas. Y algunas de las decisiones posteriores muestran que la participación de Vox puede traducirse en actuaciones concretas dentro de las competencias que administra.

Un ejemplo reciente es la modificación de las condiciones para conceder determinadas ayudas a producciones cinematográficas, incorporando restricciones relacionadas con lo que la Consejería de Cultura considera adoctrinamiento ideológico.

No pretendo juzgar aquí la totalidad de esa regulación, pero sí señalar algo evidente: las competencias atribuidas a un socio de coalición pueden convertirse en decisiones administrativas que afectan directamente a los ciudadanos.

Por tanto, no hablamos únicamente de quién ocupa cada despacho.

Hablamos de qué políticas se aplican desde ellos.

Y desde mi perspectiva socialdemócrata, esta cuestión tiene una importancia especial.

No considero que el Estado deba intervenir en todo ni que la iniciativa privada sea incompatible con el interés general. Una economía moderna necesita empresas competitivas, inversión, innovación y seguridad jurídica.

Pero también necesita protección social suficiente, servicios públicos universales, derechos laborales efectivos y mecanismos de redistribución que impidan que el lugar donde uno nace o la fortuna de su familia determinen todas sus oportunidades.

No comparto la idea de que reducir la intervención pública constituya siempre una mejora, ni que toda regulación sea una traba innecesaria.

Hay normas que complican injustificadamente la actividad económica y deberían simplificarse. Pero también las hay que protegen la seguridad de los trabajadores, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades y los derechos de los consumidores.

La cuestión no consiste simplemente en contar cuántas normas se eliminan, sino en analizar cuáles son prescindibles y cuáles garantizan derechos efectivos.

Lo mismo sucede con los impuestos.

Para mí, la prosperidad de un país no puede medirse únicamente por la reducción de la presión fiscal o por los beneficios empresariales.

También debe medirse por la posibilidad real de acceder a una vivienda, disponer de una sanidad de calidad, recibir una educación adecuada, trabajar con dignidad y alcanzar la jubilación sin miedo a la pobreza.

No creo que esta forma de entender la sociedad sea patrimonio exclusivo de ningún partido, pero sí constituye un criterio esencial desde el que examino las propuestas políticas.

Y por eso me interesan mucho más las consecuencias concretas de las decisiones que la grandilocuencia de las ceremonias electorales.

Hay, además, otra cuestión que me inquieta especialmente.

Gobernar implica enfrentarse a dificultades imprevistas. Una crisis internacional, una recesión, un conflicto bélico o una catástrofe pueden alterar cualquier programa.

Es lógico que los gobiernos tengan que adaptar sus decisiones.

Pero existe una diferencia fundamental entre explicar responsablemente por qué no se ha podido cumplir un compromiso y utilizar cualquier contratiempo como coartada para abandonarlo.

Y cuando se gobierna en coalición aparece una explicación adicional extraordinariamente cómoda: la culpa puede ser del socio.

Imaginemos que Feijóo debe renunciar a alguna de sus promesas porque Vox exige una medida incompatible con ella.

¿Nos diría que quiso cumplir, pero que las circunstancias parlamentarias se lo impidieron?

¿Y si fuera Vox quien tuviera que renunciar a una parte de su programa? ¿Atribuiría a Feijóo la responsabilidad?

No afirmo que eso vaya a suceder. Pero tampoco me parece una hipótesis tan extravagante como para descartarla.

La experiencia demuestra que las coaliciones necesitan negociar y transigir. Eso es legítimo, como también lo es gobernar mediante acuerdos parlamentarios.

Lo que cuestiono es presentar compromisos personales con apariencia de garantías absolutas cuando su cumplimiento podría depender de acuerdos posteriores que todavía desconocemos.

Y aquí encuentro la gran paradoja del documento.

Feijóo firma hoy un contrato con España, pero el programa de gobierno verdaderamente determinante podría terminar escribiéndolo mañana con Abascal.

Ese hipotético segundo documento tendría una importancia enorme. Podría definir ministerios, presupuestos, prioridades económicas, reformas laborales, políticas sociales, inmigración, educación y muchas otras cuestiones que afectan directamente a nuestra vida cotidiana.

Y nosotros habríamos votado antes de conocerlo.

Por cierto, no se trata únicamente de especulaciones sobre futuras relaciones entre ambos partidos. Feijóo ha confirmado este mismo 20 de octubre conversaciones con Vox para estudiar fórmulas de colaboración electoral en el Senado.

Esas conversaciones no constituyen un acuerdo para gobernar España, pero muestran que ambas formaciones ya están explorando posibles entendimientos.

De manera que tampoco parece una extravagancia preguntarse qué condiciones podrían negociar en el Congreso si la aritmética parlamentaria exigiera sus apoyos recíprocos.

Y aquí aparece otra cuestión.

¿Compromete el contrato a Feijóo?

Políticamente, sí. Jurídicamente, no como un contrato ordinario.

¿Compromete a Abascal?

No.

¿Compromete a los hipotéticos ministros de Vox o a sus diputados?

Tampoco por el simple hecho de haberlo firmado Feijóo.

¿Y qué sucedería si alguno de los compromisos chocara con las condiciones de un acuerdo de coalición?

Esa es precisamente la letra pequeña que todavía desconocemos.

Naturalmente, no se puede exigir a un candidato que anticipe todas las circunstancias de su futuro Gobierno ni que conozca el resultado de unas negociaciones que aún no se han producido.

Pero sí se le puede pedir que explique públicamente cuáles son sus compromisos irrenunciables, qué medidas estaría dispuesto a negociar y qué consecuencias económicas tendrían sus propuestas.

Especialmente cuando utiliza la palabra contrato para revestirlas de una solemnidad extraordinaria.

No quiero terminar esta reflexión dando la impresión de que considero ilegítima una eventual coalición entre PP y Vox. Si se alcanzara conforme a las reglas de nuestra democracia parlamentaria, tendría la legitimidad institucional que corresponde a cualquier Gobierno constituido legalmente.

Mi preocupación no consiste en negar esa posibilidad, sino en conocer sus condiciones y consecuencias.

Tampoco pretendo sostener que Feijóo vaya necesariamente a incumplir aquello que ahora promete.

Lo que digo es que una firma, por solemne que sea, no sustituye a las garantías, la transparencia ni la rendición de cuentas.

Y que el antecedente de Galicia invita, cuando menos, a examinar con prudencia la diferencia entre los compromisos anunciados y los resultados finalmente obtenidos.

Al final vuelvo al título de esta reflexión.

¿Contrato con España o contrato con el diablo?

No porque identifique literalmente a nadie con el diablo, naturalmente. Se trata de una metáfora literaria que me sirve para expresar una preocupación: la posibilidad de que los ciudadanos aceptemos un pacto sin conocer suficientemente todas sus condiciones.

En aquellos viejos relatos, el diablo solía esconderse en la letra pequeña.

Aquí lo inquietante es que una parte importante de esa letra pequeña quizá ni siquiera esté escrita todavía.

Y lo verdaderamente singular es que Feijóo nos está pidiendo que suscribamos su contrato ahora, mediante nuestro voto, aunque el documento que finalmente determine las políticas de un hipotético Gobierno de coalición pudiera negociarse después del 29 de noviembre.

Algunos lo firmarán convencidos de lo que han leído.

Otros quizá confiando en que las promesas se cumplirán íntegramente.

Y otros puede que ni siquiera se hayan planteado cuánto costarán, quién las financiará o hasta dónde podrán modificarse.

Todos estarán ejerciendo legítimamente su derecho al voto.

Pero las consecuencias de las decisiones que se adopten después afectarán también a quienes no hayan suscrito aquel contrato.

Porque los compromisos electorales pueden ser particulares de un partido, pero las políticas de un Gobierno tienen consecuencias colectivas.

Y esas consecuencias las pagamos, o las disfrutamos, todos.

Por eso, antes de rubricar metafóricamente con nuestra sangre, considero razonable preguntar cuánto cuesta lo prometido, quién lo financia, qué garantías existen y qué condiciones podría imponer quien todavía no ha firmado nada.

Quizá la cuestión sea mucho más sencilla de lo que parece.

Feijóo pone la firma. Abascal podría negociar las condiciones. Y los españoles asumiríamos las consecuencias.

No sé si finalmente habrá contrato, pacto de coalición o gobierno en solitario. Eso lo decidirán los ciudadanos con sus votos y, después, nuestros representantes conforme a las reglas parlamentarias.

Pero me gustaría que, llegado ese momento, nadie pretendiera presentarnos como inevitable aquello que hoy no se ha explicado con suficiente claridad.

Porque gobernar consiste en administrar intereses, recursos y derechos reales, no en representar una ceremonia.

Y la confianza de los ciudadanos merece algo más que una firma ante las cámaras.

La confianza se solicita. Las garantías se acreditan. Y los compromisos se demuestran cumpliéndolos.

O, dicho de otra manera:

¿Estamos ante un contrato con España o ante uno cuya verdadera letra pequeña conoceremos cuando ya hayamos votado?

Quizá no sea necesario invocar al diablo.

Pero sí sería prudente asegurarnos de que, cuando llegue la hora de cumplir lo prometido, no descubramos que nosotros pusimos la sangre mientras otros se reservaron el derecho de cambiar las cláusulas.


El Rincón de Kurro

20 de octubre de 2026

Fuentes y documentación

lunes, 19 de octubre de 2026

Rumbo a la idiocracia: cuando pensar empieza a ser una molestia


La democracia no corre peligro solamente cuando alguien pretende silenciar a quienes piensan diferente. También se debilita cuando conseguimos que nadie quiera escucharlos.

De la ficción a una realidad inquietante

En 2006, la película Idiocracia, dirigida por Mike Judge, imaginaba un futuro disparatado en el que la ignorancia había terminado por imponerse al conocimiento, la vulgaridad al razonamiento y el espectáculo al pensamiento.

Era una comedia. Una caricatura deliberadamente exagerada que pretendía hacernos reír.

Veinte años después, algunas de sus escenas pueden suscitar una sonrisa bastante más incómoda.

No porque estemos viviendo literalmente aquella ficción, sino porque resulta inquietante comprobar cómo determinados mecanismos que la película ridiculizaba encuentran paralelismos en nuestro debate público.

El grito se impone al argumento. La ocurrencia desplaza a la explicación. El insulto consigue más atención que una propuesta razonada. Y no faltan quienes han descubierto que, para obtener adhesiones, puede resultar más rentable despertar resentimientos que ofrecer soluciones.

Tengo la inquietante sensación de que estamos caminando hacia una sociedad en la que pensar críticamente empieza a resultar incómodo y en la que razonar corre el riesgo de convertirse en una actividad casi extravagante.

No porque seamos menos inteligentes que nuestros antepasados. Ni siquiera porque estemos menos informados.

Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, sin embargo, pocas veces me había preocupado tanto la facilidad con la que un eslogan puede imponerse a un razonamiento.

Estamos rodeados de información, pero eso no significa que estemos mejor informados. Y mucho menos que seamos más capaces de distinguir entre lo verdadero, lo falso y lo simplemente conveniente.

Quizás lo verdaderamente preocupante no sea que existan dirigentes dispuestos a explotar la ignorancia, sino que estemos dejando de exigirles que la combatan.

Porque cuando una sociedad deja de hacer preguntas, quienes pretenden gobernarla pueden terminar considerando innecesario dar respuestas.

La extraordinaria rentabilidad del mensaje simplón

Explicar un problema exige conocerlo. Proponer una solución requiere estudiar sus causas, valorar alternativas, calcular consecuencias y reconocer dificultades.

Pero todo ese esfuerzo puede ahorrarse con una frase contundente, una acusación escandalosa o una promesa suficientemente atractiva.

¿Que las pensiones plantean importantes desafíos de financiación? No hace falta explicar la demografía, las cotizaciones, los salarios, la productividad o los ingresos públicos. Basta con prometer que eliminando determinados gastos sobrará dinero para todo.

¿Que los servicios públicos necesitan más recursos? Prometamos bajar impuestos sin explicar cómo sostendremos la sanidad, la educación o la atención a la dependencia.

¿Que la vivienda se ha convertido en un problema para millones de personas? Busquemos un culpable al que señalar, aunque las causas sean mucho más complejas.

¿Que la realidad contradice nuestro discurso? Peor para la realidad.

La demagogia tiene una ventaja extraordinaria sobre la pedagogía: no necesita demostrar que sus soluciones funcionan. Le basta con conseguir que su público quiera creerlas.

Y cuanto más simple sea el mensaje, más fácil resultará repetirlo, compartirlo y convertirlo en una supuesta verdad colectiva.

No importa tanto que la propuesta sea razonable como que resulte emocionalmente atractiva.

Y ahí comienza el verdadero problema.

Primero se desacredita, después se deshumaniza

Hay algo que me preocupa todavía más que la simplificación de los problemas: la progresiva normalización del desprecio hacia quien piensa de manera diferente.

Ya no basta con discrepar de las ideas del adversario. Parece necesario presentarlo como un ser despreciable, indigno, peligroso o moralmente inferior.

No se combate su argumento: se ataca su persona.

No se rebate una propuesta: se insulta a quien la formula.

No se discuten sus decisiones: se cuestiona hasta su derecho a participar en el debate.

Y así se consigue algo extraordinariamente peligroso.

Cuando previamente has convencido a alguien de que su adversario es despreciable, ya no necesitas demostrar que sus argumentos son falsos. Has conseguido que no quiera escucharlos.

El insulto deja entonces de ser una simple manifestación de mala educación. Se convierte en un instrumento para desautorizar al adversario antes de que pueda abrir la boca.

Y si alguien intenta introducir un matiz, aportar un dato o plantear una reflexión, enseguida puede ser señalado como cómplice del enemigo.

Ya no se trata de convencer. Se trata de dividir el mundo entre los nuestros y los otros.

Esa es, a mi juicio, una de las formas más eficaces de empobrecer una democracia.

Porque el pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar lo que dicen nuestros adversarios. Consiste también, y especialmente, en someter a examen aquello que dicen quienes nos resultan simpáticos, próximos o ideológicamente afines.

Y eso, reconozcámoslo, cuesta bastante más.

El gran circo de las emociones

Las redes sociales han proporcionado un escenario formidable para esta transformación.

Un razonamiento elaborado necesita tiempo y atención. Un insulto apenas necesita unos segundos.

Una explicación económica puede exigir varios párrafos. Un vídeo de diez segundos, convenientemente recortado, puede provocar miles de reacciones.

Una rectificación razonada rara vez despierta tanto entusiasmo como una acusación escandalosa.

Y así vamos convirtiendo el debate público en una competición por nuestra atención.

La indignación, el miedo, el resentimiento y la ira se convierten en poderosos instrumentos de movilización emocional.

Hay quienes ya ni siquiera necesitan explicar por qué deberíamos apoyar sus propuestas. Les basta con convencernos de que debemos rechazar, despreciar o temer a quienes tienen enfrente.

El problema no es sentir emociones. Son consustanciales a nuestra humanidad y tienen un papel legítimo en la política.

El problema aparece cuando dejamos que las emociones sustituyan al razonamiento, en lugar de acompañarlo.

Cuando dejamos de preguntarnos si algo es cierto y comenzamos a valorar únicamente si confirma lo que ya creíamos.

Cuando compartimos una noticia porque perjudica a quien detestamos, sin molestarnos en comprobarla.

Cuando disculpamos en los nuestros aquello que condenamos indignados en los demás.

O cuando aceptamos cualquier disparate, siempre que lo pronuncie alguien de nuestro bando.

Entonces dejamos de ser ciudadanos que opinan y corremos el riesgo de convertirnos en simples seguidores que aplauden.

Dirigentes que ya no necesitan explicar nada

Imaginemos por un momento el escenario ideal para un dirigente político poco interesado en rendir cuentas.

Un público que aplaude sus afirmaciones sin pedir pruebas.

Que recibe sus promesas sin exigir cifras.

Que justifica sus contradicciones sin solicitar explicaciones.

Que interpreta cualquier crítica como un ataque de sus enemigos.

Y que considera una traición escuchar argumentos procedentes del otro lado.

¿Qué necesidad tendría ese dirigente de elaborar propuestas rigurosas?

¿Para qué explicar de dónde saldrá el dinero, cuáles serán las consecuencias de sus decisiones o qué sacrificios exigirán?

¿Para qué comparecer ante preguntas incómodas si basta con denunciar una conspiración, señalar a un enemigo o lanzar una consigna?

El poder sin espíritu crítico enfrente encuentra muchas menos dificultades para convertirse en arbitrariedad.

Y esto no debería preocuparnos únicamente cuando gobiernan quienes rechazamos.

Tendría que preocuparnos, sobre todo, cuando gobiernan aquellos con quienes simpatizamos.

Porque una democracia no mejora cuando dejamos de fiscalizar a los nuestros. Se debilita.

La democracia necesita gobiernos responsables, oposiciones exigentes y ciudadanos capaces de distinguir entre la crítica legítima y la descalificación sistemática.

No necesita hinchas políticos que perdonen cualquier cosa a los suyos y condenen exactamente lo mismo cuando lo hacen los contrarios.

¿Y nosotros? ¿No tenemos responsabilidad?

Sería demasiado cómodo atribuir toda la culpa a los políticos, los medios de comunicación o los algoritmos.

Nosotros también participamos en ese escenario.

Cada vez que difundimos algo sin comprobarlo.

Cada vez que preferimos una respuesta ingeniosa a una explicación verdadera.

Cada vez que confundimos la contundencia con la razón.

Cada vez que aplaudimos un insulto porque va dirigido contra alguien que no nos gusta.

O cada vez que rechazamos una información, no porque sea falsa, sino porque contradice nuestras convicciones.

No estoy diciendo que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que debamos mantener una equidistancia artificial entre la verdad y la mentira.

Precisamente lo contrario.

Se trata de recuperar la exigencia de pruebas, la honestidad intelectual y la capacidad de reconocer que también podemos equivocarnos.

No todas las ideas son igual de razonables. No todos los argumentos resisten una comprobación.

Pero para distinguirlos hace falta algo más que indignación y consignas.

Hace falta pensar.

Y, en ocasiones, tener el valor de llevarles la contraria a los nuestros.

La idiocracia no necesita imponerse por la fuerza

Cuando hablo de idiocracia no me refiero a una sociedad poblada por personas carentes de inteligencia.

Me refiero a algo bastante más inquietante: una sociedad en la que la inteligencia crítica deja de tener prestigio, el conocimiento se desprecia cuando resulta incómodo y la ignorancia exhibida con suficiente seguridad puede confundirse con liderazgo.

Una sociedad en la que el que pregunta molesta, el que matiza parece débil y el que rectifica es considerado un perdedor.

Mientras tanto, el que grita, insulta y promete soluciones milagrosas puede presentarse como alguien valiente que dice las cosas claras.

Y no.

Decir barbaridades con aplomo no es sinónimo de sinceridad.

Como tampoco hablar muy alto demuestra que se tenga razón.

La idiocracia no necesita prohibir los libros si consigue que nadie quiera leerlos.

No necesita censurar los argumentos si logra que nadie quiera escucharlos.

Y no necesita eliminar el pensamiento crítico si consigue que pensar resulte menos atractivo que dejarse llevar.

En la película, aquella sociedad era una exageración humorística.

En nuestra realidad, el riesgo no consiste en que todos terminemos comportándonos como sus personajes, sino en que acabemos aceptando como normales algunos de los mecanismos que la ficción pretendía ridiculizar.

Todavía podemos cambiar de dirección

No creo que estemos condenados inexorablemente a ese destino. Pero tampoco pienso que podamos evitarlo simplemente lamentándonos.

Necesitamos recuperar una costumbre que nunca debimos perder: exigir explicaciones.

Que quien prometa bajar impuestos explique cuánto, a quién y con qué consecuencias.

Que quien anuncie recortes detalle qué servicios se verán afectados.

Que quien acuse aporte pruebas.

Que quien gobierne rinda cuentas.

Que quien aspire a gobernar presente algo más que una relación interminable de culpables.

Y que quienes participamos en el debate público seamos capaces de escuchar, discrepar, contrastar y rectificar.

No se trata de renunciar a nuestras convicciones. Se trata de defenderlas con argumentos y de estar dispuestos a revisarlas cuando los hechos lo justifiquen.

Porque la democracia no consiste en que todos pensemos lo mismo.

Consiste, entre otras cosas, en que podamos pensar libremente y discutir nuestras diferencias sin convertirnos en enemigos.

Quizás el mayor triunfo de quienes explotan el enfrentamiento no sea conseguir que odiemos a nuestros adversarios, sino conseguir que dejemos de pensar por nosotros mismos.

Y entonces ya no necesitarán convencernos de nada.

Bastará con decirnos a quién debemos odiar, qué debemos temer y qué tenemos que aplaudir.

Y lo haremos.

No porque nos hayan arrebatado la libertad de pensar, sino porque habremos renunciado a ejercerla.

Esa sería, a mi entender, la verdadera idiocracia.

Y lo más inquietante es que podría llegar sin que nadie la impusiera, sin que se prohibiera un solo libro, sin que se cerrara un periódico y sin que nadie nos ordenara guardar silencio.

Simplemente habríamos dejado de hacernos preguntas.

Por eso, antes de reírnos demasiado de aquella película, quizás deberíamos preguntarnos algo:

¿Nos estamos riendo de una sociedad absurda imaginada hace veinte años o estamos empezando a reconocer algunos de nuestros propios comportamientos?

Y, sobre todo:

¿Estamos dispuestos a seguir pensando por nosotros mismos, aunque eso signifique, de vez en cuando, descubrir que quienes nos llevan la contraria tienen razón?

El Rincón de Kurro
19 de octubre de 2026

domingo, 18 de octubre de 2026

LA PARADOJA DEL PENSIONISTA MASOKA


Cuando las lágrimas de la nostalgia nos impiden ver la realidad.

Hay cosas que, por mucho que uno se esfuerce, resultan difíciles de comprender.

Por ejemplo, la del pensionista que desconfía profundamente de un Gobierno que ha recuperado la revalorización de las pensiones conforme al IPC, pero pone la mano en el fuego por PP y Vox, convencido de que jamás pondrán en peligro sus derechos.

Y eso que tenemos memoria suficiente para recordar aquel famoso 0,25 %, el incremento anual al que quedaron reducidas las pensiones durante varios años bajo el Gobierno de Mariano Rajoy.

No hablamos de una sospecha, una interpretación malintencionada ni una promesa electoral. Hablamos de algo que ocurrió.

Conviene precisar que aquella política fue responsabilidad del PP, no de Vox, que entonces no gobernaba. Pero ese antecedente debería servir, como mínimo, para exigir garantías a quienes hoy aspiran a dirigir el país.

Y, sin embargo, nuestro protagonista no alberga la menor duda.

Los hechos le generan desconfianza, mientras que las promesas le inspiran una fe inquebrantable.

Es la curiosa paradoja de quien parece dispuesto a poner en riesgo sus propios intereses con tal de ver satisfechas sus preferencias políticas. O, peor aún, de quien termina prestando más atención a los insultos, los eslóganes y las emociones que a las razones, los argumentos y los hechos comprobables.

Pero creo que detrás de esa contradicción puede esconderse algo más profundo, más humano y, probablemente, más frecuente de lo que imaginamos.

LAS LÁGRIMAS DE LA NOSTALGIA EMPAÑAN LA MIRADA E IMPIDEN VER LA REALIDAD.

Con los años tendemos a recordar con especial cariño determinados momentos de nuestro pasado. Y es comprensible. La memoria tiene esa maravillosa capacidad de conservar lo que nos hizo felices y, a veces, de suavizar aquello que nos hizo sufrir.

Añoramos nuestra juventud, nuestro primer amor, la fuerza y el vigor de aquellos años. Añoramos aquella sensación de poder con todo, de comernos el mundo, de no necesitar a nadie ni depender de nada.

Añoramos nuestra familia al completo. A nuestros padres, a nuestros hermanos, a quienes compartieron nuestra vida y hoy ya no están.

Añoramos a nuestros hijos pequeños, sus primeras palabras, sus juegos, sus abrazos. Aquella casa llena de vida, de proyectos, de alegrías y también de preocupaciones que hoy recordamos con una sonrisa.

Añoramos momentos maravillosos que ya no volverán.

Y es perfectamente comprensible. Yo diría que hasta hermoso.

Pero hay algo que quizá olvidamos: muchos de aquellos momentos felices transcurrieron en un escenario social, económico y político que distaba mucho de ser halagüeño.

En una España con menos libertades, menos derechos, mayores desigualdades y unas condiciones de vida que hoy difícilmente aceptaríamos.

Y ahí aparece la gran trampa de la nostalgia.

Confundimos lo hermosa que fue nuestra juventud con lo bueno que supuestamente era el mundo en el que la vivi4mos.

No necesariamente añoramos aquella sociedad. Añoramos lo que fuimos, lo que tuvimos y a quienes nos acompañaban.

A veces no echamos de menos aquellos tiempos. Echamos de menos a las personas que éramos entonces.

Y esa diferencia es fundamental.

Porque nuestra juventud pudo ser maravillosa sin que aquella España lo fuera.

Y LLEGA EL MOMENTO EN QUE LA VIDA NOS CAMBIA LA PERSPECTIVA.

Cuando alcanzamos la jubilación, lamentablemente, ya hemos dejado atrás buena parte de aquella juventud, de aquel vigor y de aquella sensación de que podíamos comernos el mundo.

No lo digo desde el edadismo, que rechazo profundamente. Cumplir años no significa perder capacidades, independencia, ilusiones ni ganas de vivir. Hay personas mayores con una vitalidad y una autonomía admirables.

Pero tampoco podemos ignorar una realidad: con el paso de los años pueden aumentar nuestras necesidades de atención sanitaria, cuidados, protección económica y apoyo social.

Y entonces adquiere todavía mayor importancia algo que quizá en nuestra juventud no valorábamos suficientemente: la solidaridad colectiva.

Esa solidaridad que ayudamos a construir con décadas de trabajo, cotizaciones, impuestos y esfuerzo.

La que permite que hoy percibamos una pensión y que mañana nuestros hijos puedan percibir la suya.

La que sostiene los hospitales públicos, la atención a la dependencia y los servicios que necesitamos cuando nuestras fuerzas, nuestras circunstancias o nuestra salud dejan de ser las de antes.

Porque nuestro sistema público de pensiones no funciona como una hucha individual donde cada cual retira exclusivamente lo que ingresó. Es un pacto de solidaridad entre generaciones.

Nosotros contribuimos a sostener a quienes nos precedieron y las generaciones que hoy trabajan contribuyen a sostenernos a nosotros.

Esa es una de las grandes conquistas de nuestra sociedad.

Y por eso resulta especialmente paradójico que alguien que ya disfruta de esa protección colectiva pueda dejarse seducir por discursos que desprecian lo público, cuestionan la solidaridad o prometen reducir impuestos sin explicar suficientemente cómo seguirán financiándose los derechos sociales.

No se trata de exigir a nadie que renuncie a sus simpatías políticas, a sus convicciones ni a los recuerdos de su juventud.

Se trata de no confundir esas simpatías, ni la nostalgia que nos lleva a idealizar tiempos pasados, con las garantías reales que hoy protegen nuestros derechos.

Las pensiones públicas, su revalorización, la sanidad universal, la educación pública y los derechos laborales no son regalos caídos del cielo ni concesiones graciosas de ningún gobernante.

Son conquistas sociales, fruto de décadas de trabajo, reivindicaciones, sacrificios y decisiones políticas.

Derechos que no siempre existieron y que tampoco debemos considerar eternamente garantizados.

Por eso, cuando alguien promete proteger nuestras pensiones, me parece estupendo. Pero habrá que preguntarle cómo piensa hacerlo, con qué recursos, mediante qué compromisos y con qué garantías.

Porque prometer bajadas de impuestos, mejores prestaciones y que nada se recortará es relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es explicar cómo se financiará todo ello sin debilitar los servicios públicos ni las bases de nuestro Estado del bienestar.

Las promesas electorales no pueden valer más que los hechos comprobables.

Y tampoco debería pesar más nuestra antipatía hacia un gobernante que la valoración objetiva de sus decisiones.

Se puede criticar a Pedro Sánchez, discrepar de su gestión y desear legítimamente otro Gobierno. Pero eso no debería impedir reconocer las medidas favorables que se hayan aprobado, como tampoco debería llevarnos a aceptar sin examen cualquier promesa de sus adversarios.

Porque los derechos no se defienden con actos de fe, sino con leyes, financiación suficiente y compromisos verificables.

Y aquí reside la verdadera paradoja de nuestro pensionista masoka: desconfía de una protección que ya existe, olvida lo que ocurrió con aquel 0,25 % y deposita toda su confianza en promesas cuyo cumplimiento todavía está por demostrar.

Quizá porque los insultos le llegan más que las explicaciones. Quizá porque las emociones vencen a las razones. O quizá porque la nostalgia ha terminado por convertir los recuerdos personales en convicciones políticas.

No sé si llamarlo ingenuidad, memoria selectiva, nostalgia mal entendida o masoquismo político.

Pero sí tengo algo bastante claro.

La nostalgia es un sentimiento legítimo, entrañable y profundamente humano. Convertirla en criterio político puede salir muy caro.

Especialmente cuando lo que está en juego es nuestra pensión, nuestra sanidad, nuestros derechos y el futuro de nuestros hijos y nietos.

Porque recordar con cariño el pasado no debería hacernos olvidar cuánto hemos avanzado, cuánto nos costó conseguirlo y cuánto nos queda todavía por defender.

Podemos añorar profundamente nuestra juventud sin desear que nuestros nietos tengan que vivir en la España de nuestra juventud.

Y podemos sentirnos orgullosos de todo lo que hemos trabajado, luchado y contribuido sin olvidar que hoy también necesitamos preservar aquella solidaridad que ayudamos a construir.

Porque una cosa es echar de menos los años en que podíamos comernos el mundo y otra muy distinta permitir que, por nostalgia, terminen comiéndose los derechos que conquistamos.