Normalmente no escribo sobre estos temas. Hoy no hablaré de política, ni del PP o del PSOE; tampoco de la necesidad imperiosa de que la izquierda se organice de una vez por todas, ni de si los norteamericanos acabarán echando a Trump del Despacho Oval. Todos esos son temas tan importantes para nuestro presente como insignificantes frente a la vastedad de lo que hoy quiero compartir.
(Y abro un paréntesis aquí: mientras perdemos el tiempo en estas lides, hay quienes aún debaten si la Tierra es plana o niegan la evidencia de que estamos transformando el clima. Es curioso cómo el negacionismo y el terraplanismo ganan terreno justo cuando la ciencia nos ofrece las respuestas más fascinantes; es como si, ante la magnitud del cosmos, algunos prefirieran cerrar los ojos y refugiarse en un mapa de cartón. Pero no, hoy no perderé el tiempo con quienes eligen la ceguera voluntaria).
Decía Stephen Hawking que el tiempo no tuvo un inicio como imaginamos. Utilizaba la analogía del Polo Sur: si viajas hacia el sur, llegas a un punto donde la dimensión simplemente termina de forma suave. No hay nada "al sur del Polo Sur". De la misma manera, el tiempo nace con el universo, pero no hubo un "antes".
Sin embargo, mi intuición me dice que nuestra realidad es como una gota en una mezcla de líquidos de distintas densidades. Al agitarse ese sistema entrópico, se forman burbujas que no se mezclan entre sí. Nosotros habitamos una de ellas, con nuestras leyes, nuestra gravedad y nuestra luz. Quizás los agujeros negros no sean solo sumideros de materia, sino puntos donde la tensión superficial de nuestra burbuja se estira hasta abrir una puerta a lo que hay fuera, a otras vecindades universales.
Pero aquí surge nuestro gran hándicap existencial: estamos condenados a nuestra propia burbuja. Aunque pudiéramos cruzar a la contigua, nuestras leyes físicas (nuestra "densidad") serían incompatibles. Nos desintegraríamos antes de poder analizar qué necesitamos para interactuar allí. Somos ciegos ante lo que tenemos al lado.
Esta inalcanzable inmensidad, esta "materia oscura" que intuimos pero no tocamos, es la que ha obligado a nuestra civilización incipiente a buscar explicaciones en lo sagrado. Hemos crecido aceptando maravillas de la física de forma exponencial, hasta el punto de creer que nada es imposible. Pero ante el muro de lo que no podemos ver ni medir, volvemos a la mística.
La evolución de nuestra conciencia nos llevará a entender que esas incursiones fugaces o tenues de "otras realidades" no son magia. Por eso, al final del camino, la ciencia y la fe se encuentran en una paradoja:
Dios existe, pero no es Dios.
Al final, cuando uno contempla esa inconmensurable vastedad y la posibilidad de que seamos solo una gota de aceite en un océano de burbujas infinitas, nuestras trifurcas cotidianas pierden todo su sentido. Esas guerras ideológicas, el ruido incesante de la política y nuestras pequeñas luchas de poder se revelan como lo que son: hormigas peleando por una miga de pan en medio de un huracán cósmico. Quizás la verdadera evolución no sea tecnológica, sino alcanzar la humildad necesaria para entender que, en un universo donde el orden se restablece en capas inalcanzables, lo único realmente pequeño es nuestra incapacidad de dejar de mirarnos el ombligo.