Isabel Díaz Ayuso ha construido su marca política sobre una beligerancia casi mística. La vemos a diario: es una guerrera incansable que no se calla ante nada ni nadie, siempre dispuesta a dar lecciones de ética y a pedir dimisiones ajenas al menor soplido de sospecha. Pero parece que esa armadura de Juana de Arco madrileña solo es de hierro cuando golpea hacia fuera; hacia dentro, es de plastilina para amoldarse a la conveniencia del poder.
Resulta fascinante —y aterrador— observar su doble moral quirúrgica: una ferocidad extrema para denunciar cualquier supuesta injusticia en el bando contrario y una suavidad de guante de seda para proteger la impunidad propia.
El código roto: "Simio no mata simio"
Para entender lo que ocurre en el PP de Madrid hay que recordar aquella ley de El planeta de los simios: "Simio no mata simio". En la Puerta del Sol, el código se ha pervertido. Aquí, la máxima es que el partido no se toca, aunque para ello haya que "matar" civilmente a la mujer que denuncia.
Los hechos que relatan medios como El Plural o elDiario.es son demoledores. Una exconcejala aporta pruebas, mensajes y hasta nueve correos enviados a la propia presidenta; pide auxilio a su cúpula. ¿Y qué recibe? Según las informaciones, desprecio y silencio. Mientras la víctima pedía amparo, Ayuso seguía regalando fotos y sonrisas junto al alcalde señalado, Manuel Bautista. Esa imagen es el monumento más cínico a la política de fachada: el mensaje de que, en esta manada, el mando del "macho alfa" municipal vale más que la integridad de una compañera.
La denigrante traición de género
Y es que, claro, ya es grave denunciar ese abuso sexual y laboral —en grado de presunción, como ellos dicen cuando les toca— ante quien ostenta la responsabilidad de una organización política que se dice democrática. Pero esa gravedad se convierte en un denigrante asco cuando, además, quien da la espalda es mujer.
Es insoportable ver cómo se rompe ese código básico de humanidad. No es solo una cuestión de siglas; es una traición de género en el escalafón más alto. Que una mujer con el poder de Ayuso utilice su altavoz para blindar al presunto agresor tachando el caso de "fabricado", mientras ignora las pruebas documentales de una subordinada, convierte su discurso de "libertad" en una broma macabra.
Una sororidad de cartón piedra
La realidad es que la "Libertad" de la que presume la presidenta tiene letra pequeña. Es la libertad de irse de cañas o de atacar ferozmente al adversario, pero no incluye la libertad de denunciar un acoso interno sin ser triturada por la maquinaria del partido.
Esa es la verdadera cara de Ayuso ante "lo suyo":
- Inquisidora con el rival, exigiendo pureza máxima.
- Negacionista con los suyos, ignorando correos y avisos formales.
- Indiferente ante el sufrimiento de una mujer si el escándalo ensucia su gestión.
Al final, Ayuso aplica la técnica de la avestruz con tacones: esconder la cabeza pero mantener la pose desafante. Qué barato sale el coraje cuando solo se usa contra el enemigo, y qué caro le sale a la mujer que confió en que, en su partido, la verdad importaba más que las fotos oficiales.