Entre la Generosidad y el Abismo
Existe un cansancio que no se cura durmiendo. Es el agotamiento del electorado progresista, una fatiga crónica nacida de asistir, legislatura tras legislatura, al espectáculo de una izquierda que parece más experta en la autopsia de sus propias siglas que en la arquitectura de un futuro compartido. Sin embargo, en el tablero político de este febrero de 2026, algo se mueve bajo el ruido de superficie. No es un estruendo, sino un murmullo de supervivencia: la intuición de que, o se anuda de nuevo el "hilo rojo", o nos despeñamos todos por el abismo del cinismo.
La reciente puesta de largo de la nueva estructura de Sumar, con Izquierda Unida, los Comuns y Más Madrid tomando el timón, marca un punto de inflexión simbólico. Es curioso que la ausencia de Yolanda Díaz sea, precisamente, el síntoma de salud que el proyecto necesitaba. Los hiper-liderazgos, tan magnéticos como abrasadores, suelen dejar tras de sí un desierto de cuadros políticos y una militancia que solo sabe mirar hacia arriba. Hoy, el paso a un modelo coral, federal y —permítanme el optimismo— maduro, sugiere que la izquierda ha entendido que la fe en una sola persona es el camino más corto hacia la decepción.
Pero este "hilo rojo" no solo cose territorios y partidos estatales. Cruza fronteras que el nacionalismo más rancio querría blindadas. Es aquí donde emerge la figura de Gabriel Rufián, ejerciendo una altura de miras que contrasta con el perfil de agitador de otros tiempos. Rufián ha comprendido la geometría de la supervivencia cruzada: si el proyecto progresista en Madrid se hunde, Cataluña no regresa a una Arcadia idílica, sino a un ciclo oscuro. Un ciclo donde la política del diálogo es sustituida por el monólogo de los extremos, donde el conflicto se vuelve el único lenguaje y donde la utilidad del voto independentista de izquierdas se disuelve en la nada.
¿Y el PSOE? Los socialistas observan este movimiento con la ambivalencia del que necesita un socio fuerte para gobernar, pero teme a un competidor serio que le dispute el alma. A Ferraz le asusta la fragmentación porque la Ley D’Hondt no tiene piedad, pero también le incomoda una izquierda cohesionada que le obligue a salir de su zona de confort en temas como la vivienda o la fiscalidad. Si este nuevo motor progresista logra arrancar, el PSOE se verá forzado a elegir entre ser un partido de orden o ser, realmente, el motor de transformación que prometió.
La clave de bóveda de todo este edificio es la generosidad política. Una palabra que en los pasillos del Congreso suena a utopía, pero que hoy es puro realismo. Generosidad para no tirarse los trastos a la cabeza ante la primera discrepancia; generosidad para dejar de mirarse el ombligo orgánico y empezar a mirar las facturas de la gente; y generosidad para ajustar el debate a lo esencial.
Si la izquierda logra domesticar sus egos y entender que su supervivencia está encadenada a la del vecino, el hilo rojo resistirá la tensión. No se trata ya de ganar una batalla de relatos, sino de evitar que el agotamiento se convierta en rendición. Porque cuando la esperanza se cansa, lo que viene después no es el vacío, sino la oscuridad de quienes solo saben construir muros.