En el complejo tablero de este marzo de 2026, parece que hemos olvidado los matices. Hoy, si defiendes la necesidad de un ejército moderno o la protección de las fronteras, te tachan de belicista. Si gritas "No a la Guerra", te acusan de ingenuo. Pero, ¿es tan difícil entender que se puede aborrecer la agresión militar y, al mismo tiempo, entender que la libertad necesita un escudo?
La situación ha dado un vuelco dramático. No solo nos enfrentamos a las presiones de gasto militar; nos enfrentamos a un Donald Trump incendiario que ha vuelto a poner sus miras en Cuba. Bajo el cínico concepto de una "toma de control amistosa" y calificando a la isla de "nación fallida", Trump está jugando con fuego en el Caribe.
Este belicismo trumpista no busca la estabilidad, busca el dominio mediante la intimidación. Poner freno a este impulso imperialista es una obligación moral para cualquiera que crea en el derecho internacional. El "No a la Guerra" cobra hoy más fuerza que nunca frente a quienes ven en la intervención militar la primera y única solución a los problemas geopolíticos.
Mientras el mundo mira con contención hacia el Caribe, en España el Gobierno se encuentra en una situación de "perder-perder" en el relato doméstico:
- La derecha "plus ultra": Esos "patriotas" cuya única brújula es hacer caer al Presidente. Para ellos, la soberanía nacional es secundaria si pueden usar a Trump como ariete. Exigen un vasallaje absoluto a Washington, aplaudiendo incluso las amenazas de aranceles y la retórica intervencionista con tal de ver debilitado al Ejecutivo español. Su "patriotismo" termina donde empieza su obsesión por el poder.
- La izquierda "podemita" y dogmática: Instalada en un purismo que los ha llevado a la irrelevancia (así les va). Critican cada euro invertido en seguridad como si las amenazas de Trump o la inestabilidad global fueran ciencia ficción. Ignoran que los derechos sociales que defienden no durarían un asalto sin un Estado capaz de proteger su integridad territorial y su autonomía estratégica.
A pesar de esta pinza asfixiante, está ocurriendo algo que a muchos les cuesta digerir: se está generando una corriente internacional de respeto hacia la figura del Primer Ministro español. En un momento donde otros líderes se pliegan o callan, Sánchez está manteniendo la dignidad frente al matón internacional.
España está demostrando que se puede ser un socio fiable en Europa y la OTAN sin ser un súbdito de los caprichos de Trump. Se puede decir "No" a las aventuras incendiarias en Cuba o Irán y, simultáneamente, fortalecer nuestras fronteras para que nadie piense que nuestra libertad está en venta o desprotegida.
La paz no es la ausencia de armas, sino la presencia de justicia y soberanía. Debemos plantar cara al belicismo de Trump, que solo busca incendiar regiones enteras para su beneficio electoral. Pero esa firmeza diplomática solo es posible si tenemos la capacidad de defendernos.
Es hora de superar los eslóganes vacíos: ser pacifista no es ser pasivo; ser patriota no es ser vasallo. Defender lo nuestro —y lo de Europa— es la única base real para poder seguir diciendo, con la cabeza muy alta, "No a la Guerra".
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