viernes, 6 de marzo de 2026

No a la Guerra, si a la Defensa.

​En el complejo tablero de este marzo de 2026, parece que hemos olvidado los matices. Hoy, si defiendes la necesidad de un ejército moderno o la protección de las fronteras, te tachan de belicista. Si gritas "No a la Guerra", te acusan de ingenuo. Pero, ¿es tan difícil entender que se puede aborrecer la agresión militar y, al mismo tiempo, entender que la libertad necesita un escudo?

​La situación ha dado un vuelco dramático. No solo nos enfrentamos a las presiones de gasto militar; nos enfrentamos a un Donald Trump incendiario que ha vuelto a poner sus miras en Cuba. Bajo el cínico concepto de una "toma de control amistosa" y calificando a la isla de "nación fallida", Trump está jugando con fuego en el Caribe.

​Este belicismo trumpista no busca la estabilidad, busca el dominio mediante la intimidación. Poner freno a este impulso imperialista es una obligación moral para cualquiera que crea en el derecho internacional. El "No a la Guerra" cobra hoy más fuerza que nunca frente a quienes ven en la intervención militar la primera y única solución a los problemas geopolíticos.

​Mientras el mundo mira con contención hacia el Caribe, en España el Gobierno se encuentra en una situación de "perder-perder" en el relato doméstico:

  1. La derecha "plus ultra": Esos "patriotas" cuya única brújula es hacer caer al Presidente. Para ellos, la soberanía nacional es secundaria si pueden usar a Trump como ariete. Exigen un vasallaje absoluto a Washington, aplaudiendo incluso las amenazas de aranceles y la retórica intervencionista con tal de ver debilitado al Ejecutivo español. Su "patriotismo" termina donde empieza su obsesión por el poder.
  2. La izquierda "podemita" y dogmática: Instalada en un purismo que los ha llevado a la irrelevancia (así les va). Critican cada euro invertido en seguridad como si las amenazas de Trump o la inestabilidad global fueran ciencia ficción. Ignoran que los derechos sociales que defienden no durarían un asalto sin un Estado capaz de proteger su integridad territorial y su autonomía estratégica.

​A pesar de esta pinza asfixiante, está ocurriendo algo que a muchos les cuesta digerir: se está generando una corriente internacional de respeto hacia la figura del Primer Ministro español. En un momento donde otros líderes se pliegan o callan, Sánchez está manteniendo la dignidad frente al matón internacional.

​España está demostrando que se puede ser un socio fiable en Europa y la OTAN sin ser un súbdito de los caprichos de Trump. Se puede decir "No" a las aventuras incendiarias en Cuba o Irán y, simultáneamente, fortalecer nuestras fronteras para que nadie piense que nuestra libertad está en venta o desprotegida.

​La paz no es la ausencia de armas, sino la presencia de justicia y soberanía. Debemos plantar cara al belicismo de Trump, que solo busca incendiar regiones enteras para su beneficio electoral. Pero esa firmeza diplomática solo es posible si tenemos la capacidad de defendernos.

​Es hora de superar los eslóganes vacíos: ser pacifista no es ser pasivo; ser patriota no es ser vasallo. Defender lo nuestro —y lo de Europa— es la única base real para poder seguir diciendo, con la cabeza muy alta, "No a la Guerra".

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