jueves, 5 de marzo de 2026

Dictocracia populista


El silencio ya no es una opción.

Mientras escribo estas líneas, el mundo contiene el aliento ante una escalada bélica que no solo amenaza con incendiar Oriente Medio, sino que está demoliendo los cimientos mismos de lo que entendemos por soberanía y decencia diplomática.

​Lo que hemos vivido esta semana con el anuncio de la Casa Blanca sobre la "colaboración" de España —mantenido por Washington con una frialdad asombrosa pese al desmentido categórico de nuestro Gobierno— no es un simple malentendido. Es una maniobra de intoxicación informativa propia de regímenes que no rinden cuentas a nadie y que pretenden doblegar la voluntad de naciones soberanas mediante la confusión y el hecho consumado.

​Una dictocracia populista no necesita convencer con argumentos; le basta con señalar a un enemigo (Irán, o incluso aliados "rebeldes" como España) y actuar de forma mesiánica, como si el líder fuera el único capaz de salvar a la nación, por encima de congresos, jueces o tratados internacionales.

​Debemos llamar a las cosas por su nombre. El Sr. Trump ha iniciado la "Operación Furia Épica" contra Irán sin contar siquiera con la aprobación del Congreso de su propio país. Ignorar los contrapesos democráticos internos para lanzar misiles es, por definición, un acto que roza la tiranía dictatorial de otros tiempos.

​Cuando un líder se cree por encima de las leyes de su nación y del Derecho Internacional, el mundo deja de ser un lugar seguro. No se puede permitir que el destino de millones de personas dependa del cálculo electoral de un solo hombre que desprecia los foros de debate internacionales. La violencia nunca ha sido el camino; es solo el atajo de quienes carecen de argumentos.

​En este contexto, la postura del Gobierno de España es, sencillamente, valiente. Al prohibir el uso de las bases de Rota y Morón para ataques ofensivos, España se ha quedado prácticamente sola frente al "lanzallamas" de Trump, mientras otros vecinos europeos callan o ceden por miedo.

​Trump ya ha respondido con su arma favorita: el chantaje económico. Amenazar con un bloqueo comercial total y aranceles destructivos a nuestro aceite o nuestro vino por no querer ser cómplices de una guerra ilegal es la prueba de que, para esta Casa Blanca, no somos "aliados", sino "vasallos". Alzar la voz hoy es defender que España es una nación con principios, no un tablero de Risk donde Washington mueve las fichas a su antojo.

​Lo más hiriente es observar el papel de la oposición en casa. Mientras España es señalada y amenazada internacionalmente, el PP y Vox mantienen una postura más que tibia.

​Es paradójico: muestran una ferocidad inaudita para atacar al Gobierno por cualquier cuestión doméstica, pero agachan la cabeza ante un líder extranjero que insulta a nuestro liderazgo y amenaza nuestra economía. ¿Dónde queda el patriotismo cuando se trata de defender nuestra soberanía frente a las imposiciones de una administración que nos llama "aliados terribles" solo porque no queremos más sangre?

​Desde este rincón, quiero ser claro: la solución no está en las bombas. Si queremos un futuro para nuestros hijos, debemos fortalecer los foros de debate internacional. La ONU no puede ser un simple decorado mientras un presidente "desregula" la guerra como si fuera una norma ambiental.

​Si permitimos que se normalice el ataque preventivo y la mentira como herramienta diplomática, hoy es Irán, ayer fue Venezuela, pero mañana puede ser cualquiera. No podemos dejar que el mundo retroceda a los tiempos donde el más fuerte dictaba la moral a base de pólvora y aranceles.

​Hoy más que nunca: No a la guerra. Sí a la soberanía. Sí a la política frente a la tiranía.


P.D. El desprecio final: Diplomacia de alcoba frente a la ONU

No quiero cerrar esta reflexión sin mencionar el gesto de ayer, que termina de retratar el talante del inquilino de la Casa Blanca. En plena crisis bélica, con el mundo al borde del abismo, Trump decidió enviar a la Primera Dama a representarlo ante las Naciones Unidas. No es una cuestión de género, es una cuestión de rango y dignidad institucional. Enviar a un familiar en lugar de a un diplomático de carrera o a un alto cargo del Estado es una humillación deliberada a la comunidad internacional. Es el comportamiento propio de un sátrapa que confunde los asuntos de Estado con su patrimonio privado; una señal clara de que, para él, los foros de debate no son más que un estorbo en su camino hacia el poder absoluto.

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