Hay una máxima perversa que recorre hoy los pasillos de la política española: la idea de que el colapso de la convivencia es el peaje necesario para alcanzar el poder. Bajo el influjo de ese trumpismo importado, una "derecha plusultra" ha decidido que no existen líneas rojas. Se utiliza a la familia como arma arrojadiza, se deshumaniza al adversario y se retuerce la verdad hasta que los hechos —como las palabras de Margarita Robles o la realidad de nuestras misiones de paz— se vuelven irreconocibles. Es la política del barro, donde el objetivo no es convencer, sino crispar a una población que, a menudo por puro agotamiento o pasotismo, se vuelve permeable a la gresca.
Esta estrategia se cimenta sobre un cinismo histórico que la memoria colectiva no debería indultar. Resulta obsceno escuchar hoy lecciones de patriotismo de quienes agitan el fantasma de una ETA derrotada o amenazan con un falso aislamiento internacional por la firmeza del "No a la guerra". Olvidan que fue el propio Aznar quien, en 1996, presumía de hablar "catalán en la intimidad" revolcado con Pujol para conseguir el poder, mientras hoy incendia la calle contra cualquier pacto. Olvidan que, en 1998, ese mismo dirigente hablaba de "movimiento de liberación" para negociar con ETA mientras la banda aún mataba. Y, sobre todo, olvidan al Aznar de 2003: aquel que con las botas sobre la mesa y en un insufrible acento tejano lanzaba arengas de guerra basadas en unas armas de destrucción masiva que nunca existieron.
Pero el punto de inflexión más oscuro llegó en marzo de 2004, con la gran mentira de los atentados de Atocha. Aquella intoxicación mediática y conspiranoica no fue un error, sino una estrategia consciente para no aceptar la voluntad de las urnas. Esa misma raíz, que bebe directamente del ADN de una derecha heredera del franquismo, es la que hoy utiliza la deslegitimación democrática para intentar derribar al Gobierno. Aquella derecha nos arrastró a una guerra ilegal en Irak, exactamente igual que hoy se agita el miedo a las armas nucleares para justificar nuevas aventuras bélicas o se pliegan a los delirios de figuras como Trump o Netanyahu.
El patriotismo real no es el de la foto con el líder demagogo de turno, sino el que defiende la decencia y la paz. Por eso, tan equivocada está la izquierda que sueña con un gasto militar de cero euros —dejando al país indefenso ante un mundo real y peligroso—, como esa derecha fascitoide que ve en la guerra la solución a cualquier conflicto. España necesita dirigentes que dirijan, que protejan cuando sea estrictamente necesario y que no embarullen la convivencia diaria con bulos esparcidos entre los más permeables. La crispación es contagiosa, pero quiero creer que el pueblo español no ha perdido el juicio. Solo cuando la sociedad diga un "¡BASTA!" rotundo a quienes prefieren que la sociedad colapse antes que aceptar la legiti
midad democrática, podremos recuperar el respeto que todos los españoles merecen. Porque al final del día, lo que es peor para el país nunca podrá ser mejor para los ciudadanos, aunque le sirva a unos pocos para asaltar los cielos del poder.
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