martes, 10 de marzo de 2026

MONO CON UNA GRANADA


Marzo de 2026. No estamos ante una crisis diplomática común, sino ante la ejecución de una patología política que busca redibujar el mapa del mundo bajo la bota de un solo hombre. Donald Trump ha iniciado un asedio planetario que no conoce fronteras ni aliados; una estrategia de "tierra quemada" donde el objetivo final es el control absoluto de los recursos que permiten la vida moderna.

​Trump no está librando guerras inconexas; está ejecutando un cierre de pinza planetario. Al capturar el "surtidor de Caracas" en enero, no solo derribó un régimen; cortó la arteria vital de Cuba, dejándola hoy en una oscuridad literal. El mensaje es claro: si no eres sumiso, te apago la luz.

​Pero la ambición no se detiene en el petróleo. Con la Operación Furia Épica incendiando el Golfo Pérsico, Trump busca el mando sobre el 80% de la energía fósil mundial. Y mientras el mundo mira el fuego en Irán, él pone su ojo rapaz en Groenlandia. No es un capricho geográfico; es la búsqueda del monopolio de los minerales críticos para asfixiar la supremacía tecnológica de China.

​En este tablero de fuerzas telúricas, la acción de Pedro Sánchez se muestra heróica. Al negar el uso de las bases españolas y denunciar el belicismo incendiario, se ha convertido en el último gran referente de la dignidad europea.

​Sin embargo, lo más sangrante es la carroñería interna. Sus rivales políticos, cual hienas hambrientas, aguardan a que los leones de Manhattan terminen de desgarrar al gobierno español para lanzarse sobre los restos. Prefieren ver a España humillada por aranceles y bloqueos si eso les permite alcanzar el poder. Esa falta de consenso nacional por pura supervivencia es el mayor regalo que le están haciendo al megalómano.

​Y mientras España resiste, Europa duerme. La aquiescencia de Bruselas, personificada en las manifestaciones gratuitas de una Von der Leyen sin mando real en exteriores, es escandalosa. No hay una desautorización clamorosa contra el matón; hay un silencio que otorga y una Europa que, por miedo, contribuye a su propia irrelevancia.

​Pero el mono con la granada tiene un punto débil: su propia casa. La opinión pública estadounidense está agotada. El ciudadano medio está harto de pagar la factura de una inflación nacida de la ambición imperialista. Las calles de Washington y Nueva York empiezan a comprender que su bienestar está siendo sacrificado para que un puñado de corporaciones controlen la energía del planeta.

​Estamos regresando a la ley de la selva. Si el despertar de los pueblos no se produce pronto, y si los dirigentes europeos no abandonan su sumisión, la heroicidad solitaria de Sánchez será solo una nota al pie en la crónica de una tragedia anunciada.

No es una guerra contra el comunismo; es una guerra contra la soberanía de todos.

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