En química, el agua regia es esa mezcla corrosiva capaz de disolver hasta el metal más noble. En la política española, la derecha "plus ultra" (esa aleación de PP y Vox) ha fabricado su propio ácido para intentar disolver, no las leyes, sino la figura de Pedro Sánchez.
¿Por qué ese ensañamiento casi biológico... o patológico? La respuesta no está en el BOE, sino en la envidia, que corroe más que cualquier compuesto químico.
Para una derecha que a menudo confunde el apellido con el mérito, que un tipo se mueva por Bruselas con soltura, hable idiomas sin intérprete y exhiba un doctorado, no es un activo del país: es una ofensa personal. La mediocridad no soporta el brillo ajeno; prefiere decir que el oro es falso antes que admitir que no tiene quilates para igualarlo.
Lo que en cualquier biografía sería una gesta de superación —caer, ser defenestrado por los suyos y volver para ganar— para la derecha plus ultra es una anomalía insufrible. No le perdonan que no pida permiso para ganar. Su capacidad de resistencia se ha convertido en una patología para la oposición: el recordatorio constante de la impotencia de quienes, por más que gritan, no logran moverlo del sitio.
Cuando no se pueden rebatir los avances sociales con argumentos que no suenen a egoísmo de clase, solo queda el ataque destructivo. Se ataca la tesis, el avión o hasta la forma de caminar. Es la estrategia clásica del mediocre: si no puedo subir a tu altura, cavaré un hoyo para que parezca que estamos al mismo nivel.
El problema del agua regia es que, aunque busque disolver el metal, a menudo acaba consumiendo el recipiente que la contiene. La derecha plus ultra se agota en su propia acidez, en un odio que ya roza lo clínico, mientras el objeto de su obsesión sigue ahí, impasible. Al final, la envidia siempre dice mucho más del envidioso que del envidiado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario