Lo que vivimos el pasado 11 de febrero en el Congreso de los Diputados debería habernos dejado una sensación de respeto y rigor. Se comparecía para hablar de seguridad ferroviaria, de víctimas y de familias que esperan respuestas tras tragedias como la de Adamuz. Sin embargo, lo que presenciamos fue la transformación del Parlamento en aquella barraca de feria, el tren de los escobazos, recordáis.
El debate no buscaba las causas técnicas de una concatenación de incidentes nefastos; buscaba el titular más sangriento. Vimos a un Alberto Núñez Feijóo que, lejos de la "política para adultos" que prometió al llegar de Galicia, se lanzó al barro de la hipérbole judicial. Calificar la gestión actual de "negligencia criminal" es un bumerán peligroso: es, en la práctica, calificar su propia gestión en la tragedia de Angrois con el mismo rasero. Allí, la transparencia brilló por su ausencia y la asunción de responsabilidades políticas fue un desierto. Hoy, la amnesia interesada parece ser el requisito previo para subir al estrado.
Pero lo más desolador no es el tono de la derecha "plus-ultra", que parece estar sumida la agenda del PP. Lo verdaderamente preocupante es la respuesta de una sociedad sumida en la desgana democrática.
Hemos pasado de ser ciudadanos participativos a espectadores pasivos de un "tren de los escobazos". Un espectáculo donde Feijóo y Abascal -y cierra España- golpean sin ton ni son a un Sánchez, sin mas información que la ya dada hasta ahora por su ministro del ramo; mientras los problemas reales de las infraestructuras se quedan tirados en el andén sin una sola propuesta constructiva. Esta política de trinchera está logrando algo terrible: que la gente se desconecte, que apague la televisión y que deje de creer en las instituciones como herramientas de progreso.
Y en ese vacío de esperanza y de memoria, aparece el síntoma más alarmante: nuestra juventud.
Siempre hemos creído que la rebeldía juvenil era el motor para avanzar, el impulso para romper las cadenas del pasado y conquistar nuevos derechos. Pero hoy, alimentada por una desinformación sistemática y un éxito propagandístico brutal de los sectores más reaccionarios, esa rebeldía está funcionando en sentido inverso.
Vemos con estupor a chavales, que no conocieron el franquismo ni la transición, alabando la figura de un dictador del que apenas conocen el nombre, pero al que compran como un "icono rebelde" frente a lo políticamente correcto. Es la rebeldía del retroceso. Si la democracia se les presenta como un caos de insultos y falta de futuro, el autoritarismo idealizado les parece un refugio exótico.
Un exito propagandistico de la plus-ultra; y un error de perspectiva de nuestro arco político pues ha creído que la libertad se heredaba sin necesidad de explicarla. Mientras unos daban escobazos en el Congreso, otros, su caja de resonsncia, colonizaban las mentes de los más jóvenes con mitos en blanco y negro pintados de colores brillantes.
Si la rebeldía de los jóvenes ya no busca nuevos horizontes sino que suspira por viejas cadenas, no solo tenemos un problema de desinformación; tenemos un problema de esperanza. El tren de los escobazos no solo golpea al rival, está descarrilando el futuro de una generación que ha olvidado que la libertad no es un paisaje heredado, sino una conquista diaria que se pierde en cuanto se deja de entender.
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