En este febrero de 2026, el presidente Pedro Sánchez ha vuelto a marcar un hito en la esfera internacional que deja al descubierto las vergüenzas de la vieja política. Al decir "no" al rearme nuclear en la Conferencia de Múnich, España no solo ha rechazado una carrera armamentística suicida; ha señalado directamente la incapacidad de una parte de la clase política para proteger la vida en nuestra "aldea sideral".
No es una exageración retórica decir de la capacidad de nuestra especie para destruir 60 veces el mañana. Con 13.000 ojivas en el mundo —el 90% en manos de perfiles tan inestables como los de Putin y Trump—, la humanidad tiene hoy capacidad para aniquilar la biosfera entre 15 y 100 veces. Multiplicar este potencial destructivo no es estrategia, es una estulticia terminal. Es la prueba de que el miedo ha anulado la inteligencia: ¿qué sentido tiene acumular armas para borrar sesenta veces un mundo que solo tenemos una vez?
Aquí es donde el análisis se vuelve más crudo. Esa misma derecha plusultra que hoy tacha a Sánchez de "ingenuo" por defender el desarme, es la que sistemáticamente vota en contra de las medidas para frenar el cambio climático. El negacionismo es otra es otra forma de acabar con nosotros mismos.
Para ellos, la destrucción parece ser el único lenguaje. Mientras Sánchez aboga por un "rearme moral" y diplomático, la oposición sigue anclada en un doble negacionismo:
- Negacionismo militar: Creen que la seguridad se compra con más ojivas, ignorando que cada nuevo misil nos acerca al error de cálculo final.
- Negacionismo climático: Frenan el Pacto Verde y desprecian los objetivos de emisiones para 2040, acelerando la destrucción sutil —pero cada vez más evidente— de nuestro ecosistema.
Es una ironía trágica: están dispuestos a gastar miles de millones en armas para defender una tierra que, simultáneamente, están dejando morir al boicotear las leyes ambientales. Como siempre, van a lo suyo: al negocio de la industria de defensa y al cortoplacismo de los combustibles fósiles, despreciando la perspectiva humana más elemental.
Sánchez ha puesto el dedo en la llaga: ¿es nuestra sociedad lo suficientemente madura para confiarle el "botón rojo" a líderes que ni siquiera creen en la ciencia del clima? Confiar el destino del planeta a quienes se dejan conducir por el corazón (o el hígado) y no por la razón es un riesgo que España no está dispuesta a correr.
Con su postura en Múnich, Sánchez ha posicionado a España como un faro de sensatez. Frente a una derecha que prefiere el rugido del cañón y el humo de las chimeneas, surge una visión que entiende que este es el único mundo que tenemos.
La paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de la razón para impedir que nuestra aldea sideral desaparezca, ya sea por una explosión atómica o por el colapso silencioso de su atmósfera. Hoy, el hito de Sánchez es recordarnos que, para salvar el futuro, primero hay que tener la madurez de dejar de fabricar su fin.
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