Sabemos cómo empiezan las guerras, pero nadie tiene el mapa de cómo terminan. Lo que estamos viviendo este marzo de 2026 no es un conflicto diplomático más; es el resultado de dejar que el destino del orbe lo decidan dos egos desmedidos que parecen haber perdido el contacto con la realidad terrestre. Por un lado, un Donald Trump que gestiona la geopolítica como si fuera un reality show de casino, y por el otro, un Benjamín Netanyahu que, en su huida hacia adelante, parece empeñado en incendiar Oriente Medio para salvar su propio pellejo político.
Lo que estos dos "majaras" no parecen entender —o peor aún, les da igual— es que el mundo no es un tablero de plástico, sino una red de vasos comunicantes. Están jugando con cerillas en una gasolinera mundial y la mecha del cóctel molotov ya está encendida.
Es el colmo del cinismo. Trump nos señala con el dedo y nos llama "aliados de bajo coste" porque el Gobierno español se ha plantado. España se ha negado —con toda la razón y conforme a la ley— a autorizar que nuestras bases sean utilizadas como lanzaderas para ataques ofensivos en este conflicto. Al ver que no puede saltarse nuestra soberanía a su antojo para bombardear a discreción, el "majara" de la Casa Blanca nos amenaza con llevarse los juguetes a otro patio.
Nos quiere castigar por no querer ser cómplices directos de un incendio que él mismo y Netanyahu han provocado. Pero la ironía es sangrienta: mientras nos presiona, sus decisiones militares en la zona ya han provocado que Irán bloquee el Estrecho de Ormuz. El resultado es una realidad vulgar y dolorosa para nosotros: nuestro campo se asfixia porque sin el gas del Golfo no hay fertilizantes, y nuestra pesca y transporte se paran porque el precio del gasóleo es ya una sentencia de muerte comercial.
Ante el matonismo de unos y la temeridad de otros, surge una pregunta necesaria: ¿Hasta cuándo vamos a ser rehenes de los humores de Washington? Quizás la verdadera salida a este callejón no sea rogarle a Trump que se quede, sino proponer un cambio de paradigma: que Rota y Morón dejen de ser bases americanas "prestadas" para convertirse en bases de la OTAN bajo mando y financiación europea.
Transformar estas bases en pilares de la Defensa Europea nos daría la soberanía que hoy nos quieren arrebatar. Rota pasaría de ser un portaaviones a merced de un tweet presidencial a ser el escudo real de una Europa que debe aprender a defenderse sola, protegiendo sus propias rutas de suministro sin tener que pedir permiso a nadie ni esperar a ver qué decide el siguiente iluminado de turno.
Estamos en la antesala de un conflicto de dimensiones épicas donde la lógica ha sido sustituida por el mesianismo y el mercadeo. No podemos seguir siendo los espectadores pasivos de una película dirigida por locos que juegan con fuego en nuestra propia costa.
Es hora de que Europa despierte y de que el sentido común vuelva a los despachos antes de que el bolsillo de los mortales no aguante más. Porque mientras ellos juegan a ser dioses de la guerra con su cóctel molotov, aquí abajo solo queremos que el jornal alcance para la nevera y que el mundo deje de arder por la soberbia de unos pocos.
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