Buenos días Sr. Mariano Rajoy Brey Aunque me fastidie, tengo algo que reconocerle y es que, desde su refundación en 1989, su base electoral no baja de 8,2 millones de electores.
A usted y,… para ser justos, a la crisis hay que atribuir el mérito histórico de que 10,9 M de españoles/as oyeran el "Súmate al cambio" y les confiaran su voto.
Eso me lleva a imaginarme votante de su partido, no de esa base, pero sí de los 2,7 M que creyeron lo que prometían y, finalmente, no hicieron más que sumar votos rehenes hasta las próximas elecciones; un aterrador ejercicio sobre cómo pensaría antes y después de votar.
Desde 1978 soy empleado público. Desde el 86 milito en un sindicato de clase, por lo que he participado en todas las huelgas generales desde aquel 14-D (1988) contra la reforma laboral del Gobierno de Felipe González, hasta la última antes de las elecciones, la del 29-S (2010) contra la reforma laboral, la reducción salarial en el sector público y la congelación de las pensiones del Gobierno de Zapatero.
Veintidós años en los que, además de algunas crisis y “la crisis”, se han sucedido cinco movilizaciones de carácter general y otras muchas sectoriales para defender el sector público.
Muchas reformas laborales, un sin fin de medidas contra los trabajadores, contra el subsidio de desempleo, contra las pensiones y hasta una guerra preventiva en ese periodo. Todas llevadas a cabo tanto por gobiernos socialistas y conservadores, que se han empeñado en estos 22 años tiempo en mimar al sector financiero y empresarial y en devaluar las condiciones de la clase trabajadora, podrían haber causado en mi ánimo ese viraje en el voto.
La noche del 20 de noviembre de 2011 los españoles pudimos ver, de un lado, el batacazo de su principal contrincante. Se acababa un periodo de gobierno socialista, también alojado en la Moncloa gracias a un número histórico de votos y pudimos ver, del otro lado, su imagen victoriosa en el balcón de Génova. Había hecho historia.
Siempre se nos ha vendido ilusión, y no hay nada más ilusionante que el cambio en los malos momentos. Lo hizo F. González y lo ha hecho usted.
Estoy seguro que los 2,7 M de votos que quisieron sumarse al cambio, ayudados por 11,1 M de desencantados con la democracia, creyeron sanamente que gobernarían para ellos y no para los mercados; creyeron de verdad que “eran el partido de los trabajadores” y no el de los empresarios; entendieron que en una Europa conservadora, su mera llegada al gobierno nos inundaría de euros; honradamente pensaron que devolver la confianza a los mercados no sería a su costa; creyeron, por encima de todo, que las condiciones de todos cambiarían a mejor.
Hicieron posible un cambio sí; pero no el cambio que esperaban.
Yo, como hipotético votante de su partido, que deseaba, soñaba, fantaseaba o, sencillamente, fui víctima del espejismo del sediento en el desierto, o de la infidelidad ideológica de una casta política, vi como, en poquísimo tiempo, su lenguaje ambiguo en la oposición, en la pre y campaña electoral se desveló como una sarta de mentiras evidentes.
Observé cómo, ya con la mayoría absoluta que contribuí a otorgarles, empezaron a sucederse reformas y más reformas todas encaminadas a responder a exigencias financieras exógenas y a ideológicas endógenas.
Reformas que buscaban abaratar el despido, dar facilidades a empresarios para poner en el paro a cientos de miles de compañeros, para aligerar empresas con poco coste creando clima de inseguridad y miedo laboral; reformas que cobijaban recortes salariales para los empleados públicos, y la devaluación del sector público para hacerlo vulnerable, ineficaz y, por tanto, susceptible de liberalizar; reformas que envolvían recortes en la Sanidad Pública y en la Enseñanza para desvalorizarla y ofrecerla a los mercados; reformas que cercenaban el Estado del Bienestar, recortaban derechos que tanto habían costado; reformas en la Justicia que ocultaban trabas para el acceso universal y gratuito; reformas, recortes, recortes. Dos huelgas generales más.
Estrategias y coartadas que abrían la brecha de género; que quitaban a la mujer su libertad de decisión. Estrategias y coartadas para satanizar y ahogar el molesto sindicalismo de clase; para distraer la mirada sobre la corrupción. Estrategias y coartadas mafiosas ocultando y destruyendo pruebas frente a la obligada colaboración con la Justicia. Estrategias y coartadas para hacer de la inversión pública un medio de financiación y no un servicio a las necesidades sociales.
Atentados contra el sistema público de pensiones, contra el subsidio de desempleo. Promoción del mercadeo en el mercado laboral.
Rescate para bancos que desahucian, facilidades para empresarios que despiden, protección judicial para el cohecho y la prevaricación, dinero negro, subvenciones ilegales y evasión de capitales blanqueados por una Hacienda que, a nosotros, no nos perdona una.
Un interminable rosario de acciones que dicen hacerse para sacar a España de la crisis, pero que está hundiendo a los españoles/as en un repugnante barrizal en el que proliferan las sanguijuelas que viven a costa de de nuestra sangre.
Escándalos, escándalos y más escándalos que ponen en brete nuestra democracia y promueven la desafección ciudadana, lo cual, dado su suelo electoral, firme y compacto, también les beneficiaría en el futuro pues mantiene y multiplica la desmotivación con la que se configura la abstención.
Pobreza, …. pobreza para muchos y más riqueza para los de siempre.
Seguro que no me ve como uno de sus votantes. Usted y yo sabemos que no hay mayor tontería que un trabajador votando al PP; yo tampoco me lo quería imaginar como presidente del gobierno y hele aquí, gestionando nuestros destinos gracias a “la crisis”, a los millones de acólitos, de apáticos y a esos otro 2,7 M de tontos que, a estas alturas, estarán ya muy arrepentidos.
Si no dimite antes, que a mi gusto debería , nos vemos, como a ustedes gusta decir, Dios mediante, en las próximas elecciones Sr. Rajoy.
F. Sánchez
04/11/2013
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