Buenos días Sr. Rajoy. En la antigua Grecia, cuando
alguien moría se enterraba con una moneda bajo la lengua. Ese óbolo servía para
pagar a Caronte, el
barquero de Hades,
encargado de guiar las almas difuntas a través del río Aqueronte. Aquellos que no podían pagar tenían que vagar cien años por las
riberas del río, tiempo después del cual, el tenebroso barquero, accedía a portearlos sin
cobrar.
En España somos más prosaicos, y más pillos. Nuestro
barquero no es Caronte, ni está subcontratado por Hades; nuestro río no
atraviesa el inframundo, ni desemboca en el mar Jónico. Transcurre por tierras
castellano-leonesas para morir en el Duero; el pasajero de nuestra barca no
es un alma en pena y sí un pícaro estudiante.
Como ve, todo mucho más prosaico, tanto que, nuestro barquero, en vez de
tener un lugar en la mitología, acaba engrosando nuestro acervo popular dando origen al dicho “decirle a uno las tres verdades del barquero”.
Se cuenta de un humilde barquero en Salamanca que, por
un módico precio, llevaba a la otra orilla del Tormes a aquellos que no podían
costear el elevado peaje impuesto para cruzar
el puente que unía sus dos riberas. El personaje se vio en el brete de tener que pasar gratis a un
estudiante, tan pobre como avispado y que, tras porfiar hasta la extenuación, acordaron
que, a cambio, el estudiante le diría tres apreciables verdades.
Estas fueron las tres verdades, mal llamadas del
barquero, pues debían ser del estudiante. Primera: "Pan duro, duro, más
vale duro que ninguno". Segunda: "Zapato malo, malo, más vale en el
pie que no en la mano". Tercera y definitiva: "Dime, barquero, si a
todos los pasas como a mí, dime, ¿cómo es que sigues en este oficio?"
Es evidente que Caronte nunca navegó por el Tormes y
las verdades de barquero, ni tan siquiera la que cuestionaba el escaso sentido
de su negocio, son tales verdades y más parecen perseguir la resignación del remero porque, en realidad, si comes pan duro pasarás hambre porque perderás los dientes, seguro; si
te calzas mal zapato no podrás dar un paso con tus pies destrozados aunque andes descalzo; si el
barquero dejase su oficio el peaje obtendría más beneficio. Es evidente, en fin, que esto no
es Grecia, cuna de la democracia.
No obstante, ese estudiante se le parece mucho, no en lo
de pobre o en lo espabilado, Sr. Rajoy, pero sí en sus intenciones, pues venía a
decir al barquero que se debía ser agradecido y conformarse con un mendrugo, con unos malos zapatos y
además, le desanimaba en su noble hacer para que, abandonando su servicio,
todos tuviesen que cruzar el puente, previo pago del portazgo para hacerlo.
Las verdades del barquero no eran tales y, a poca
memoria que hagamos, las suyas menos.
No relacionaré “sus verdades” de campaña porque, dos
años después, están en la mente de todos. Aquello que dijeron y aquello que han
hecho. Sí diré qué, al igual que el desvergonzado estudiante, usted quiere que
nos conformemos con un mal trabajo por el temor al paro, con una mala horma que
nos impida patear las calles protestando y quiere también que nos convenzamos
de lo ruinoso de los servicios públicos que conforman el estado del bienestar,
por que ¿para qué ofrecer gratis la Sanidad, Educación o Justicia si pueden
privatizarse y proporcionar pingües beneficios a aquellos a los que en verdad rinde pleitesía?
Yo, que no quería cruzar este río de la crisis con
usted como barquero, le diré mis tres verdades, las tres verdades que promueven
la confianza ciudadana que, a la postre y con distintos fines, anhelan todos
los políticos.
Primera: La ética democrática
exige cumplir las promesas electorales y contar con la ciudadanía en las
decisiones de gobierno ajenas a esas promesas.
Segunda: El despotismo democrático conduce a la acracia social y ésta al
totalitarismo.
Tercera: El capitalismo democrático no existe. Capitalismo y democracia son
términos contrapuestos y doblegar ésta al servicio de aquel pervierte peligrosamente
el sistema.
Ni una sola de éstas, mis tres verdades, ha sido atendidas por usted y su despótica mayoría democrática. Es más, ustedes han causado un daño, acaso irreparable, por lo que les auguro que su vida política está terminando, aunque la alternativa política que merece este país no acabe de emprender el viaje de vuelta.
Sepa que, cuando ello ocurra y felizmente le echemos de la vida política, no pondremos un óbolo bajo su mentirosa lengua, ni sobre los parpados que
cierran sus ojos ciegos a la penuria social. Ya nos habrá quitado bastante como para que,
cuando llegue al embarcadero, no tenga que contarle a Caronte “sus verdades”, que aquello no es Salamanca, Sr. Rajoy.
Con lo nuestro pagará sobradamente el pasaje, el suyo y el de su corte, al inframundo del que nunca debieron salir.
Entonces todos suspiraremos escarmentados: Mariano Rajoy D.E.P.A., que como todos sabemos quiere decir Deja Este País Arruinado.
F. Sánchez
23/12/2013
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