lunes, 5 de enero de 2015

¿PODREMOS?

Acabó 2014, sexto año de la era antisocial que se inició en 2008 con una bestial crisis económica global producida por los traficantes financieros internacionales y que tuvo (y tiene) efectos devastadores en las milagreras economías que, como la española, basaron su crecimiento en burbujas especulativas auspiciadas por usureros de un solo credo y carroñeros de cualquier color.

Esa crisis dineraria ha ramificado en unas indeseables vertientes, conformando una mayoría social resignada a la que se le ha exigido esfuerzo y sacrificio para soportar recortes en materias fundamentales como la sanidad o la educación; una mayoría trabajadora que sufre paro, pobreza y represión; una mayoría ciudadana que convive con el temor al desahucio de sus hogares e incluso de su patria pues se ha visto resurgir un movimiento migratorio propio de los años 60.

En contraposición a todo ello, aprovechándose de esa resignación social, se ha hecho fuerte una opulenta clase social cuyo hedonismo ha infectado a individuos con piel de políticos, de servidores públicos y de sindicalistas, manchando de corrupción a unos acomodados partidos, órganos institucionales y sindicatos cuya poca determinación han puesto en cuestión su credibilidad y, de paso, la de una joven democracia renacida después de 40 años de dictadura golpista, transformando la resignación en hastío.

El hastío, y hasta la indignación, que se confunden con la determinación social para cambiar las cosas como protagonistas que somos de lo que sucede, lleva a los pueblos a cometer errores, a confundir el tocino con la velocidad y a conformar un excelente caldo de cultivo para nuevos oportunistas. Hay ejemplos históricos de ello.

En los primeros tiempos de esta nueva era, el Partido Socialista erró los mensajes y hasta las acciones, deslumbrado quizás por la quimera económica surgida de la especulación inmobiliaria en el que nos sumió el anterior gobierno del Partido Popular. Pensaron que la economía española era lo que parecía e hipotecaron el bienestar social en pro del capital y de los señores del dinero. Los españoles erramos al achacarles el origen de una crisis global y decidimos creer a aquellos que años antes nos habían mentido; creímos a una derecha que supo adueñarse de un puñado de votos progresistas y de la abstención para hacerse con las más altas cotas de poder conocido, al absolutismo democrático que nos ha llevado a la peor situación social que ha padecido el país en los últimos tiempos; la sociedad creyó a un presidenciable que ha atesorado el mayor grado de incumplimiento electoral conocido, aumentando el descrédito democrático e institucional cuando más falta nos hacía como pueblo tener una democracia fuerte, estable y creíble capaz de enfrentarse a la crítica situación.

Erramos y nos fallaron cuando más falta nos hacían políticos creíbles y honestos que gobernasen para los más desfavorecidos, cuando más necesitábamos a instituciones que nos representasen dignamente y cuando más necesitábamos a sindicatos que nos defendieran ante la voracidad capitalista. La historia siempre da muestras de sarcasmo, se ríe de nosotros y, cuando más necesitábamos de ellos, fue cuando más se puso en cuestión la esencia de su ser. 

Nosotros, como sociedad, nos equivocamos al creerles y dar al PP una aplastante mayoría y ellos han errado al considerarnos rebaño con el que alimentar la voracidad de los mercados.

En este 2014, ya muerto, se congregó en torno a una figura mediática el descontento social mostrado por el movimiento 15-M y nació Podemos con un inusitado empuje que se hizo patente en las elecciones europeas y que, en las encuestas, le lleva a ser la fuerza política hacia donde se decanta una mayor intención de voto, paradójicamente incluso en aquellas circunscripciones donde no presenta candidatura.

Los tradicionales partidos democráticos, principalmente los que sostienen el bipartidismo nuevamente yerran, como ya lo hicieron ante el 15-M, pasando de la puerilidad a la agresividad política, obviando primero el fenómeno (lo que no se menciona no existe) para luego, atacar a los “populistas” y “salvapatrias de las escobas” que, en la estrategia del miedo, nos advierten hundirán el país en una sudamericanización.

Podemos ha modulado, suavizado y ajustado sus heterodoxos discursos desde aquel 25 de mayo en que 1.245.948 votos le metieron en el arco parlamentario europeo.

No se presentaran a las municipales ni autonómicas, enfocando sus esfuerzos a unas generales para las que ya, las consignas emanadas del hartazgo social están siendo suavizadas sobremanera. El programa, ante la eventual responsabilidad de gobierno, se hace algo más… ortodoxo, menos chirriante con el sistema y conforme se acerquen las fechas se adaptará aún más, hasta que, acaso, acaben produciendo más decepción en una sociedad ya desencantada; no obstante, cada ataque a esta nueva formación le supone un nuevo puñado de votos que hace temblar a un bipartidismo que si bien ha producido beneficios al país tras la dictadura, no ha tenido la sensibilidad suficiente para entender a una mayoría que sufre, ni el nervio necesario para actuar conforme al clamor popular. Sin hacer nada, cada nueva ofensiva a los líderes de Podemos produce nuevas simpatías hacia los mismos pues han marcado una diferencia en una sociedad que prefiere la incertidumbre a la certidumbre de lo que conoce.

Probablemente se sucederán nuevas estrategias políticas con la pretensión de acabar con Podemos como organización. Tal vez lo consigan (no parece probable), o tal vez no; pero en tanto en cuanto alguien no se apodere de la idea en que se basa el fenómeno y la ponga en práctica de forma creíble, Podemos no morirá porque ha sabido capitalizar la ilusión de muchos españoles. Aquella misma ilusión con la que nos enfrentamos a la transición y que políticos de escasa talla han dilapidado.

Tal vez Podemos llegue a enfrentarse a una responsabilidad de gobierno cierta y abandone su rol de cartero de SS. MM. Los Reyes Magos de Oriente para asumir el de cabeza de familia con limitación de recursos mostrándonos lo que es posible y de lo que no lo es y, entonces, despertemos del sueño.

Ello generará una decepción peligrosa que hará cuestionar no ya a los políticos, sino a la propia democracia como sistema de convivencia.

Pase lo que pase, no nos equivoquemos de nuevo.

F. Sanchez
05-Enero-2015



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