Parece un guion escrito por el destino. El mismo día en que el Estado decide, tras 45 años, levantar las alfombras de nuestra historia desclasificando 153 documentos, muere Antonio Tejero. Con él no solo se va el hombre del tricornio y el grito en el hemiciclo; se va, definitivamente, el último eslabón de un silencio pactado. Mañana, los archivos nos darán papeles, pero la muerte nos ha quitado la voz que podría explicarlos.
1. Fabricar el "ruido"
Al leer los manuscritos ahora liberados, uno entiende que el caos de aquel día no fue un accidente. Anotaciones como "¿Quiénes sembrarán bulos?" o "Calentar el ambiente" revelan que la desinformación fue un arma estratégica.
Es desolador ver cómo esa "rémora" sigue vigente. El "ruido" que hoy empaña nuestras instituciones, con políticos lanzando bulos desde la tribuna del Congreso —el mismo lugar que Tejero asaltó—, es el heredero directo de aquella táctica. Se busca la confusión para que el ciudadano, abrumado, deje de buscar la verdad.
2. El "Cromo"
Siempre sospechamos que el indulto a la cúpula del golpe fue un pago por servicios prestados: el silencio. Armada calló sobre la "Operación Mixta" (la de los políticos de salón) y Tejero calló sobre quiénes le engañaron para entrar en el Congreso. Hoy, ese silencio planea más que nunca sobre los legajos. El Estado nos entrega hoy el índice del libro, pero los protagonistas se han encargado de arrancar las páginas más comprometedoras antes de irse.
3. El mito de los "españoles de bien"
Los documentos revelan planes de atentado contra la Corona (Operación Hermes), rompiendo el mito de que todos los golpistas eran "monárquicos". Esto debería hacer reflexionar a esa derecha que hoy se apropia de la bandera y sataniza al resto tildándolos de "enemigos de la patria". Los verdaderos enemigos de la estabilidad fueron aquellos que, bajo el disfraz de la salvación nacional, estaban dispuestos a todo.
Nos lamentamos de ser una sociedad desinformada a pesar de la tecnología. Hoy tenemos los PDFs, pero ya no tenemos a quién preguntar. Hemos pasado de la era de La Clave, donde se buscaba la luz del debate, a una era de clips de 20 segundos y sombras permanentes.
Tejero muere el día que nacen sus archivos. Es la metáfora perfecta de nuestra democracia: llegamos a la verdad cuando ya nadie puede rendir cuentas. Ahora solo queda el ruido, y nuestra responsabilidad de no dejar que nos ensordezca.
La muerte de Tejero hoy se cruza con las transcripciones de sus llamadas familiares de aquella noche. En ellas, el eco de una traición percibida: la creencia de que el Rey estaba detrás y luego les dejó solos. ¿Fue un engaño de sus superiores para que apretara el gatillo? ¿Fue el bulo definitivo? Sea como sea, esa duda sembrada en el seno de la familia Tejero es la misma que hoy, en 2026, sigue dividiendo a un país que aún no sabe distinguir entre el relato de salvación y la cruda realidad de la traición.
No hay comentarios:
Publicar un comentario