El carné número 006 de Vox no es solo un trozo de plástico; es la reliquia de un tiempo en el que el partido cabía en un taxi. Javier Ortega Smith, el hombre que nadó hasta Gibraltar y que se erigió en el "fiscal de la nación" durante el procés, ha sacado su identificación ante las cámaras como quien blinda un búnker. Pero en la nueva "Misión Imposible" de Santiago Abascal, la veteranía no es un grado, es una amenaza.
La sede de Bambú ha dictado sentencia: en el Vox de 2026 no hay espacio para "espías" con criterio propio. La resistencia de Ortega Smith en el Ayuntamiento de Madrid —donde se aferra a la portavocía contra viento y marea— no es solo una defensa de ideales, es el último suspiro de un fundador que se niega a ser enterrado políticamente. Lo irónico es que el mismo Ortega que durante años exigió lealtad ciega y disciplina de cuartel, hoy clama por la "democracia interna" y los estatutos.
La respuesta de Abascal ha sido quirúrgica y despiadada. Las noticias de las últimas horas no dejan lugar a dudas: la dirección nacional ha expulsado ya a los concejales leales a Ortega, dejándolos como "no adscritos" y dinamitando el grupo municipal en la capital. Prefieren la amputación a la disidencia; prefieren perder peso institucional en el Ayuntamiento antes que permitir un contrapoder que no baje la cabeza.
Como bien ha señalado Ortega Smith en sus últimas declaraciones en la Cadena SER, acusa a Abascal de "torpedear" la labor municipal para priorizar el control del aparato. Es la guerra total: el líder contra el mito
Como en las mejores películas de espionaje, el agente que sabe demasiado y vuela demasiado alto termina siendo declarado "activo tóxico" por su propia agencia. Ortega Smith ha descubierto que, en los partidos de autor, el pasado se borra con un clic y el carné 006 no sirve para abrir puertas si el jefe ha cambiado la cerradura.
Hoy, el "agente Ortega" se queda solo en la Plaza de la Villa. Tiene el carné, tiene los galones y tiene la historia, pero se ha quedado sin licencia para discrepar. En el cuartel general ya no contestan a sus señales: la orden es silencio, purga y reemplazo.
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