El Silencio de los Algoritmos contra la Democracia
A veces, la realidad no imita al arte; simplemente lo actualiza con fibra óptica y silicio. Si Fritz Lang levantara la cabeza, no necesitaría rodar de nuevo su obra maestra, Metrópolis. Le bastaría con observar cómo un puñado de magnates tecnológicos, desde sus atalayas digitales, pretenden dictar el destino de las naciones como si fueran los nuevos dueños de una ciudad global que ya no se divide por barrios, sino por píxeles.
Recientemente, hemos asistido a un movimiento que, por inusual en el tablero geopolítico actual, resulta de una intrepidez asombrosa. Pedro Sánchez ha decidido que el "Salvaje Oeste Digital" ha tenido demasiada barra libre y ha pedido a la Fiscalía que investigue a X, Meta y TikTok.
No estamos ante invasiones territoriales, anexiones geográficas o golpes de Estado de bayoneta y tanque. Ante esas agresiones físicas, el instinto de supervivencia nos permitiría, al menos, intentar la defensa; sabríamos contra qué disparar o dónde levantar la trinchera.
Lo que denunciamos aquí es una agresión de guante blanco y código binario. Es un envenenamiento silencioso que entra por la retina y se aloja en el sistema nervioso de la sociedad. Al no haber estruendo, no hay alerta. La soberanía se nos escapa entre los dedos mientras hacemos scroll, y cuando queremos darnos cuenta, el algoritmo ya ha decidido por nosotros quién es el enemigo, qué es la verdad y hacia dónde debe caminar nuestra democracia.
Sin embargo, seamos realistas: no estamos cerca de un punto de ebullición social. A diferencia de las tiranías del pasado, los señores del algoritmo han perfeccionado el arma definitiva: la gratificación instantánea. Es difícil rebelarse contra una estructura que, mientras te quita soberanía, te regala dopamina.
El envenenamiento es ya tan profundo que ha convertido la ansiedad y la polarización en nuestra "nueva normalidad". La dependencia es estructural: hoy, desconectarse de las Big Tech se percibe casi como un suicidio civil. Por eso, el ataque personal de figuras como Elon Musk o el dueño de Telegram contra líderes electos es tan eficaz; saben que poseen el megáfono y que la sociedad está demasiado anestesiada por el entretenimiento como para percibir la gravedad del insulto a su propia soberanía.
Sánchez ha decidido que España sea el laboratorio de una resistencia necesaria, una apuesta por la soberanía humana frente a la dictadura del engagement. Pero la pregunta que flota en el aire, tras el eco de noticias en medios como el New York Times, es si este paso valiente será seguido por otros o si quedará como un quijotesco intento de frenar molinos digitales.
La historia nos enseña que las libertades se pierden poco a poco, pero se recuperan de golpe. El problema es que para recuperarlas "de golpe" hace falta un despertar colectivo que el algoritmo se encarga de desactivar cada mañana. Quizás no estamos ante una revolución inminente, pero al menos alguien ha tenido la osadía de encender la luz en una habitación donde nos estaban robando a oscuras.
¿Bastará con esto para que el veneno deje de circular? Probablemente no, pero el silencio ya se ha roto.
Para profundizar en este debate, no te pierdas estos posts anteriores:
- 🔗 ¿Marte o la Humanidad? El choque de 2026: Donde analizamos por qué España irrita tanto al eje Musk-Trump y la famosa "lección de la levadura".
- 🔗 Soberanía vs. Algoritmo: La respuesta a los señores del dinero: Una reflexión sobre cómo la democracia no puede rendirse ante quienes se creen por encima de la ley por tener miles de millones en su cuenta.
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