martes, 17 de febrero de 2026

​Si yo te digo ven, ... lo dejas todo


Por Kurro

​Últimamente, asomarse a la actualidad política es como entrar en un bucle donde el sentido común ha pedido la baja por estrés. La última noticia nos llega desde la Plaza de la Marina Española: el Partido Popular, valiéndose de su mayoría absoluta en el Senado, ha decidido abrir una vía ante el Tribunal Constitucional contra Pedro Sánchez. ¿El motivo? La supuesta falta de respeto del Ejecutivo a la labor de control de la Cámara Alta.

​El título de este artículo podría parecer el inicio de una balada romántica, pero en la política española actual suena más a una orden de comparecencia judicial. "Si yo te digo ven, lo dejas todo" parece ser el mantra de un Senado que, convertido en el principal bastión de la oposición, reclama su derecho a fiscalizar hasta el último suspiro del Gobierno. Y el Gobierno, por su parte, responde con el silencio o la ausencia, cansado de lo que consideran una "bronca" programada y poco productiva.

​Como siempre ocurre en estas lides, la ley tiene una letra y un espíritu. La letra dice que el Senado tiene el derecho y el deber de controlar al Gobierno. Pero el espíritu de la ley —ese que debería velar por la convivencia y la operatividad del Estado— ha sido sustituido por la táctica de trinchera.

​Desde el punto de vista conductual, la situación es agotadora:

  • ​Se convocan comisiones que parecen más un interrogatorio de película que un debate parlamentario.
  • ​Se piden comparecencias no para obtener información, sino para generar el "corte" de vídeo que alimente las redes sociales.
  • ​Se utiliza la Mesa del Senado para retorcer reglamentos y bloquear leyes que ya han pasado por el Congreso.

​Todo este ruido nos confirma una sospecha que muchos compartimos: la Transición del 78 está agotada. El traje institucional que nos dimos hace casi medio siglo ya no nos queda bien; nos aprieta en las costuras y, a fuerza de tirones partidistas, ha empezado a romperse.

​El problema no es solo que el PP use el Senado como un martillo, ni que el Gobierno lo trate como un estorbo. El problema es de calidad democrática. Hemos permitido que el interés partidista —el "mío" contra el "tuyo"— se sitúe sistemáticamente por encima del interés general. Y cuando el sentido de Estado desaparece, solo quedan los jueces para poner orden en una arena que, por definición, debería ser política.

​Si las instituciones se convierten en armas arrojadizas, terminan perdiendo su utilidad. Un Senado que solo sirve para la bronca y un Gobierno que se refugia en la opacidad para evitarla son las dos caras de una misma moneda: la de la parálisis.

​Quizás sea hora de dejar de poner parches y admitir que necesitamos una reforma constitucional que clarifique las reglas del juego antes de que terminemos de romper el tablero. Porque si seguimos así, al final, cuando el sistema nos diga "ven", no quedará nada que dejar, porque lo habremos gastado todo en una pelea que no beneficia a nadie.


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