La
labor del sindicalismo de clase en la vertebración social necesaria para el
desarrollo y consolidación de nuestra democracia es un hecho histórico
incuestionable que molesta, e incluso irrita, a los segmentos sociales más
reaccionarios que, si bien siempre fueron esencialmente contrarios a ella, han
sabido mimetizarse para, cual virus, vivir a su costa.
La
clase política, sin el coadyuvante sindical, no hubiese legislado en la forma
que se hizo en los años posteriores a la transición. La sociedad española no
hubiese disfrutado de los beneficios que produjo esa catarsis social cargada de
ilusión, de miedos y valentía, de ganas de opinar, criticar y de participar
tras 40 años de pesadilla opresora, de sindicato vertical y de fuero de los
trabajadores.
Las
aspiraciones de una clase trabajadora sometida a los dictados de los sindicatos
verticales y del fuero de los trabajadores no hubiese sido posible sin el
concurso militante de los sindicatos de clase primero, clandestinamente, en el
franquismo y luego, legalmente, en democracia.
Queríamos,
deseábamos vivir en democracia y estábamos dispuestos a participar, a pelear y
a entregar por ella. Sabíamos cuánto nos jugábamos, qué beneficios acarreaba y
supimos ser, a la vez, reivindicativos y generosos, críticos y conciliadores, rebeldes
y disciplinados.
Sin
el movimiento sindical no hubiese sido posible lograr aquellas aspiraciones
laborales.
Sin
UGT, y sin CCOO, No hubiese sido posible avanzar en la dignificación laboral y
en la consecución de un estado de bienestar social que hoy, con tesis promovidas
por claros intereses mercantiles, y remozadas de sutileza de modernidad política,
iguales en esencia a las que antaño amparaban la explotación laboral y la desigualdad
social, quieren mostrar dicho estado de bienestar como una rémora para la recuperación
de una crisis financiera, por sus efectos económicos, políticos, ideológicos, legislativos
e institucionales se configura como “La
Gran Crisis” que ha incidido, además, en nuestra escala de valores.
Contrariamente
a lo que se nos quiere hacer creer, “La Gran Crisis” no es provocada por el
estado de protección social al que agrede despiadadamente y sí, precisamente, por
aquellos que a toda costa pretenden liquidarlo pues ven en él un nicho de
negocio que engrosará sus ganancias a costa de devaluar nuestro mercado laboral
y a costa de ensanchar la brecha de la desigualdad social, erradicando la
sanidad pública, universal y gratuita, la educación pública estatal basada en
los principios de convivencia democrática y la protección de los dependientes y
desfavorecidos. A costa, en definitiva, de transferir la atención pública de
las necesidades sociales al especulativo mundo de la oferta y la demanda, al
universo global de la rentabilidad empresarial, al devenir de los mercados
financieros para hacer de ello una fuente inagotable de negocio de pingües
beneficios.
Es
también un hecho que el sindicalismo de clase se ha configurado históricamente
como enemigo de esos intereses por lo que denostarlo, desacreditarlo y abatirlo
siempre ha sido objetivo de las clases dominantes, anteayer de una forma burda
y hoy, mas sutilmente, con legislaciones regresivas y coercitivas, sin caer en
la cuenta, o acaso sí, que su caída supone la del propio sistema democrático sometiéndolo
a la globalización y al capitalismo más feroz.
La
taimada omnipresencia de los lobbies financieros y empresariales, que se fortalecen
en la medida que se debilita el sindicalismo, ha ido presionado a una clase política
en la que, incluso, se han infiltrado, imprimiendo ese cariz legislativo que ha
ido orientando la acción política hacia parámetros económicos alejados, cuando
no contrapuestos, de los sociales, para lo cual ha sido preciso deprimir el
papel de catalizador legislativo
y social del sindicalismo, para promover así, sin obstáculos, un marco de laboral
basado en un desigual "one on
one" donde
el trabajador, ya debilitado al perder su capacidad de organizarse, tendrá
siempre las de perder frente a un empresario fortalecido por unos
políticos adúlteros.
El
sindicato no ha sido, no es y no puede ser una entidad abstracta para los
trabajadores. No es un servicio público con funcionarios. Los dirigentes y
liberados no son funcionarios que están ahí para solucionarnos la vida y a los que
acudimos solo cuando estamos con el agua al cuello para exigirle concurso sin
inmiscuirnos.
¿Cuántas
veces hemos oído en tono de reproche eso de qué han hecho los sindicatos en tal
o cual asunto?, como si el sindicato fuese algo ajeno a quien hace la pregunta.
¿Cuántas veces hemos oído, principalmente a esos que entonan el reproche, decir
que no hacen huelga, no se manifiestan, o no se afilian por no hacer el juego a
unos sindicatos a los que luego exigen un compromiso del que ellos son
incapaces? ¿Son culpables de ello los trabajadores o los propios sindicatos?
El
sindicalismo es un movimiento nacido de la necesidad de defensa de los intereses
de la clase obrera frente a los del empleador. Los sindicatos se configuran pues
como un instrumento de los trabajadores para organizar a los trabajadores por,
para y con los trabajadores en la defensa de esos nuestros intereses. Son, en
definitiva, el instrumento que hace posible el movimiento sindical. Sin
sindicatos no habrá sindicalismo y sin éste, los trabajadores perderemos, como estamos
perdiendo, los logros alcanzados con la lucha de los que nos precedieron, de
los cuales hemos sido beneficiarios y somos meros depositarios y responsables
de entregar reforzados a nuestros hijos.
El
descrédito sindical ha conseguido que los trabajadores, algunos o muchos
trabajadores, no perciban a los sindicatos
como ese instrumento, útil y necesario para la protección y defensa de nuestros
intereses.
Se
está produciendo un divorcio de dos partes de un todo, quizás por la constante amenaza
empresarial, tal vez por la campaña mediática promovida por la derecha más rancia y por los sectores económicos
neoliberales, acaso por la comodidad y aburguesamiento de los propios
trabajadores o, también, de los dirigentes sindicales, algunos o muchos de los
dirigentes sindicales que han imitado a la clase política y se han alejado,
como ella, de las bases queriendo hacer un sindicalismo por y para, pero sin los
trabajadores. Al igual que la clase política está provocando un nuevo modelo de
democracia por y para el pueblo, pero sin el pueblo.
Quizás
los actuales dirigentes, algunos o muchos dirigentes sindicales se hayan dejado
llevar por esa sutileza modernista y hayan generado un sindicalismo despótico
en el que, sin contar con las bases, se han ofrecido servicios para atraer
afiliación pero no se ha exigido militancia para comprometer a los trabajadores
con el movimiento sindical. O tal vez los trabajadores hayan renunciado a su
voz para decir en los sindicatos que quieren de los sindicatos y ello puede
haber acomodado a los dirigentes más mediocres, que se han rodeado de los del “sí
señor”, excluyendo cualquier opinión crítica.
Es
posible que, sin darse cuenta o, peor, dándose cuenta de ello, esos modernos y,
repito, mediocres dirigentes sindicales, versados en la gestión organizativa y
congresual, hayan acuñado un sindicalismo despótico el cual, una vez excluida de
facto la voz, la participación y la crítica de las bases, haya perdido el músculo
y el nervio que precisa y demanda la clase trabajadora.
Por
otra parte, y en mi opinión, durante años, el sindicato que no el sindicalismo,
ha ido de la mano de la clase política haciéndose dependiente, cuando no
imitadora, de ella. Ha aceptado una simbiosis antinatural, cayendo en sus
mismas prácticas y vicios que hace que los trabajadores, al igual que la
sociedad en general, les estén pasando una factura que al final pagaremos
todos.
La
presunta corrupción política en una democracia sana precisa de una censura
social explícita, de una acción ética y, en su caso, judicial independiente, clara
y contundente. La supuesta corruptela sindical en un sindicalismo sano y
vigoroso precisa de esa misma, o más, censura, ética y, en su caso, acción judicial
independiente, rápida y ejemplarizante.
Son
muchas las noticias sobre imputaciones judiciales en casos de corrupción política
y, sospechosamente constantes, muchas sobre presuntas irregularidades gestoras
en el ámbito sindical que, junto con una actuación laxa de las organizaciones
políticas y sindicales que condicionan la responsabilidad política y sindical a
la judicial, contribuyen al descrédito social y laboral de políticos y
sindicalistas.
También
son muchos los políticos y sindicalistas que día a día, sin eco mediático,
trabajan honestamente por los ciudadanos en general y por los trabajadores en
particular. Y muchos los trabajadores y ciudadanos que siguen creyendo que el mercado
laboral necesita del sindicalismo de clase y de unos sindicatos fuertes,
participativos y participados y de unos políticos que ejerzan la política
respetando el mandato popular.
Todos
ellos son los que hoy mantienen viva la esencia de la democracia y el
sindicalismo. Todos ellos saben que la forma de proteger los que otros lograron
para nosotros y de avanzar no es inhibiéndose o absteniéndose, no es dando la
espalda.
La
forma de avanzar saben que es participando, votando sin ortopedias, criticando
para construir, censurando y exigiendo responsabilidades para erradicar las
conductas y sujetos que atentan contra nuestros intereses para favorecer los espurios.
Esos
trabajadores y ciudadanos saben, sabemos, como sabíamos en la transición, cuánto
nos jugamos en este partido.
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