martes, 31 de diciembre de 2013

Sindicato contra sindicalismo, trabajadores contra sindicato

La labor del sindicalismo de clase en la vertebración social necesaria para el desarrollo y consolidación de nuestra democracia es un hecho histórico incuestionable que molesta, e incluso irrita, a los segmentos sociales más reaccionarios que, si bien siempre fueron esencialmente contrarios a ella, han sabido mimetizarse para, cual virus, vivir a su costa.

La clase política, sin el coadyuvante sindical, no hubiese legislado en la forma que se hizo en los años posteriores a la transición. La sociedad española no hubiese disfrutado de los beneficios que produjo esa catarsis social cargada de ilusión, de miedos y valentía, de ganas de opinar, criticar y de participar tras 40 años de pesadilla opresora, de sindicato vertical y de fuero de los trabajadores.

Las aspiraciones de una clase trabajadora sometida a los dictados de los sindicatos verticales y del fuero de los trabajadores no hubiese sido posible sin el concurso militante de los sindicatos de clase primero, clandestinamente, en el franquismo y luego, legalmente, en democracia.

Queríamos, deseábamos vivir en democracia y estábamos dispuestos a participar, a pelear y a entregar por ella. Sabíamos cuánto nos jugábamos, qué beneficios acarreaba y supimos ser, a la vez, reivindicativos y generosos, críticos y conciliadores, rebeldes y disciplinados.

Sin el movimiento sindical no hubiese sido posible lograr aquellas aspiraciones laborales.

Sin UGT, y sin CCOO, No hubiese sido posible avanzar en la dignificación laboral y en la consecución de un estado de bienestar social que hoy, con tesis promovidas por claros intereses mercantiles, y remozadas de sutileza de modernidad política, iguales en esencia a las que antaño amparaban la explotación laboral y la desigualdad social, quieren mostrar dicho estado de bienestar como una rémora para la recuperación de una crisis financiera, por sus efectos económicos, políticos, ideológicos, legislativos e institucionales se configura como “La Gran Crisis” que ha incidido, además, en nuestra escala de valores.

Contrariamente a lo que se nos quiere hacer creer, “La Gran Crisis” no es provocada por el estado de protección social al que agrede despiadadamente y sí, precisamente, por aquellos que a toda costa pretenden liquidarlo pues ven en él un nicho de negocio que engrosará sus ganancias a costa de devaluar nuestro mercado laboral y a costa de ensanchar la brecha de la desigualdad social, erradicando la sanidad pública, universal y gratuita, la educación pública estatal basada en los principios de convivencia democrática y la protección de los dependientes y desfavorecidos. A costa, en definitiva, de transferir la atención pública de las necesidades sociales al especulativo mundo de la oferta y la demanda, al universo global de la rentabilidad empresarial, al devenir de los mercados financieros para hacer de ello una fuente inagotable de negocio de pingües beneficios.

Es también un hecho que el sindicalismo de clase se ha configurado históricamente como enemigo de esos intereses por lo que denostarlo, desacreditarlo y abatirlo siempre ha sido objetivo de las clases dominantes, anteayer de una forma burda y hoy, mas sutilmente, con legislaciones regresivas y coercitivas, sin caer en la cuenta, o acaso sí, que su caída supone la del propio sistema democrático sometiéndolo a la globalización y al capitalismo más feroz.

La taimada omnipresencia de los lobbies financieros y empresariales, que se fortalecen en la medida que se debilita el sindicalismo, ha ido presionado a una clase política en la que, incluso, se han infiltrado, imprimiendo ese cariz legislativo que ha ido orientando la acción política hacia parámetros económicos alejados, cuando no contrapuestos, de los sociales, para lo cual ha sido preciso deprimir el papel de catalizador legislativo y social del sindicalismo, para promover así, sin obstáculos, un marco de laboral basado en un desigual "one on one" donde el trabajador, ya debilitado al perder su capacidad de organizarse, tendrá siempre las de perder frente a un empresario fortalecido por unos políticos adúlteros.

El sindicato no ha sido, no es y no puede ser una entidad abstracta para los trabajadores. No es un servicio público con funcionarios. Los dirigentes y liberados no son funcionarios que están ahí para solucionarnos la vida y a los que acudimos solo cuando estamos con el agua al cuello para exigirle concurso sin inmiscuirnos.

¿Cuántas veces hemos oído en tono de reproche eso de qué han hecho los sindicatos en tal o cual asunto?, como si el sindicato fuese algo ajeno a quien hace la pregunta. ¿Cuántas veces hemos oído, principalmente a esos que entonan el reproche, decir que no hacen huelga, no se manifiestan, o no se afilian por no hacer el juego a unos sindicatos a los que luego exigen un compromiso del que ellos son incapaces? ¿Son culpables de ello los trabajadores o los propios sindicatos?

El sindicalismo es un movimiento nacido de la necesidad de defensa de los intereses de la clase obrera frente a los del empleador. Los sindicatos se configuran pues como un instrumento de los trabajadores para organizar a los trabajadores por, para y con los trabajadores en la defensa de esos nuestros intereses. Son, en definitiva, el instrumento que hace posible el movimiento sindical. Sin sindicatos no habrá sindicalismo y sin éste, los trabajadores perderemos, como estamos perdiendo, los logros alcanzados con la lucha de los que nos precedieron, de los cuales hemos sido beneficiarios y somos meros depositarios y responsables de entregar reforzados a nuestros hijos.

El descrédito sindical ha conseguido que los trabajadores, algunos o muchos trabajadores,  no perciban a los sindicatos como ese instrumento, útil y necesario para la protección y defensa de nuestros intereses.

Se está produciendo un divorcio de dos partes de un todo, quizás por la constante amenaza empresarial, tal vez por la campaña mediática promovida por la derecha  más rancia y por los sectores económicos neoliberales, acaso por la comodidad y aburguesamiento de los propios trabajadores o, también, de los dirigentes sindicales, algunos o muchos de los dirigentes sindicales que han imitado a la clase política y se han alejado, como ella, de las bases queriendo hacer un sindicalismo por y para, pero sin los trabajadores. Al igual que la clase política está provocando un nuevo modelo de democracia por y para el pueblo, pero sin el pueblo.

Quizás los actuales dirigentes, algunos o muchos dirigentes sindicales se hayan dejado llevar por esa sutileza modernista y hayan generado un sindicalismo despótico en el que, sin contar con las bases, se han ofrecido servicios para atraer afiliación pero no se ha exigido militancia para comprometer a los trabajadores con el movimiento sindical. O tal vez los trabajadores hayan renunciado a su voz para decir en los sindicatos que quieren de los sindicatos y ello puede haber acomodado a los dirigentes más mediocres, que se han rodeado de los del “sí señor”, excluyendo cualquier opinión crítica.

Es posible que, sin darse cuenta o, peor, dándose cuenta de ello, esos modernos y, repito, mediocres dirigentes sindicales, versados en la gestión organizativa y congresual, hayan acuñado un sindicalismo despótico el cual, una vez excluida de facto la voz, la participación y la crítica de las bases, haya perdido el músculo y el nervio que precisa y demanda la clase trabajadora.

Por otra parte, y en mi opinión, durante años, el sindicato que no el sindicalismo, ha ido de la mano de la clase política haciéndose dependiente, cuando no imitadora, de ella. Ha aceptado una simbiosis antinatural, cayendo en sus mismas prácticas y vicios que hace que los trabajadores, al igual que la sociedad en general, les estén pasando una factura que al final pagaremos todos.

La presunta corrupción política en una democracia sana precisa de una censura social explícita, de una acción ética y, en su caso, judicial independiente, clara y contundente. La supuesta corruptela sindical en un sindicalismo sano y vigoroso precisa de esa misma, o más, censura, ética y, en su caso, acción judicial independiente, rápida y ejemplarizante.

Son muchas las noticias sobre imputaciones judiciales en casos de corrupción política y, sospechosamente constantes, muchas sobre presuntas irregularidades gestoras en el ámbito sindical que, junto con una actuación laxa de las organizaciones políticas y sindicales que condicionan la responsabilidad política y sindical a la judicial, contribuyen al descrédito social y laboral de políticos y sindicalistas.

También son muchos los políticos y sindicalistas que día a día, sin eco mediático, trabajan honestamente por los ciudadanos en general y por los trabajadores en particular. Y muchos los trabajadores y ciudadanos que siguen creyendo que el mercado laboral necesita del sindicalismo de clase y de unos sindicatos fuertes, participativos y participados y de unos políticos que ejerzan la política respetando el mandato popular.

Todos ellos son los que hoy mantienen viva la esencia de la democracia y el sindicalismo. Todos ellos saben que la forma de proteger los que otros lograron para nosotros y de avanzar no es inhibiéndose o absteniéndose, no es dando la espalda.

La forma de avanzar saben que es participando, votando sin ortopedias, criticando para construir, censurando y exigiendo responsabilidades para erradicar las conductas y sujetos que atentan contra nuestros intereses para favorecer los espurios.

Esos trabajadores y ciudadanos saben, sabemos, como sabíamos en la transición, cuánto nos jugamos en este partido.


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