Buenos días Sr. Rajoy. Después de la pausa navideña vuelvo a
dedicarle mi saludo, que intentaré intercalar con otros asuntillos que llaman
mi atención al verlos pasar.
Quedan poco más de 11 meses para la consulta que da forma al
desafío independentista catalán.
Sí, esa que pretende saber de los catalanes de
si quieren que Catalunya sea un estado y, en caso afirmativo, si quieren que
sea un estado independiente. Pregunta, dicho sea de paso, que tiene cierto
truquillo pues excluye de la segunda parte de la misma a todos aquellos que nieguen la primera con lo cual el Sr. Arturo, Artur en aquellas tierras,
y sus compañeros de viaje podrían ganar la consulta, caso de celebrarse, aunque
una mayoría de ciudadanos votasen NO.
Truquillo si, porque suponiendo un censo electoral de 10 catalanes
y una participación del 80%, se manifestarían ocho catalanes. Pongamos que, de éstos,
tres votan NO a la primera cuestión. Esa opinión negativa les descartaría para responder
a la segunda pregunta y solo quedarían cinco con derecho a opinar sobre el cogollo.
Imaginemos que, de éstos, 3/5 dijeran SI a la independencia y,
consecuentemente, 2/5 opinaran que NO. Para Arturo, y mas, una mayoría (60%) apoyaría
el independentismo frente a un 40% que manifestaría NO al independentismo. Recarga de discurso.
La realidad,
por el contrario, sería que cinco de cada ocho, el 62,5% de los catalanes en este supuesto, habrían dicho NO.
El problema no se hubiese solucionado, los sentimientos anticatalanistas
vs antiespañolistas y viceversa seguirían enfrentados tanto si se hace
referéndum, como si no se hace. Se daría, eso sí, un nueva componente: el federalismo como solución intermedia.
¿Qué quiero decirle con esto? ¿Que soy contrario al
independentismo catalán o de cualquier otra de las autonomías nacidas de la
Constitución del 78? ¿Qué soy contrario a la creación de un estado federal? No.
No soy contrario, ni tampoco quiero decir que, en estos momentos, sea favorable
a ello.
No vivo ni trabajo en Catalunya y, aunque hubiese nacido
allí, entiendo que mi opinión no tendría validez constitucional. De lo que realmente
soy favorable es que los nobles caballeros de la política ofrezcan soluciones y
no enredos.
No veo muy acertada su postura al respecto, pues el decir lacónicamente
“se cumplirá la ley” para negar cualquier demanda catalanista no sólo no soluciona
el desafío, más al contrario, aviva aun más los ánimos y la animosidad, que no es lo mismo; como no
veo tampoco solución la que hace el Sr. Pérez, como gusta llamar Celia Villalobos al líder del PSOE, de poner vela a dios y al diablo con la propuesta del estado federal
porque ¿un estado federal de qué forma? ¿Monarquía Federal o República Federal? ¿y que más?
Y es que la letra de nuestra Constitución, esa que pactamos los españoles
en el 78, es intocable por los ilustres políticos aunque, en su espíritu de
norma convivencial, sea agredida una y otra vez para mantenerlos como casta
privilegiada a costa de manipular a la población. Las únicas modificaciones han
sido, sin el concurso ciudadano, para favorecer el liberalismo económico.
En el 78, con un momento histórico determinado, consensuamos
una norma de convivencia sobre la que ya
se alzan voces de actualización cuya existencia, aunque por distintos motivos,
reconoce hasta el propio monarca español.
Consensuamos una norma que otorga la Jefatura del Estado al
designado por Francisco Franco; una norma que parece reconfigurarnos territorialmente
cuando lo que hace es renombrar como comunidades autónomas, con escasa autonomía, a las regiones del fransquismo;
una norma que mantiene un trato de favor a la iglesia católica y ¿por qué no?
ya puestos, a los descendientes de quien se alzó contra el estado de derecho en
1936, que gozan de beneficios vedados a otros españoles.
Ya fuimos muy
generosos en 1978 para superar la transición de la dictadura a la democracia y ahora ese ejercicio de generosidad, pero también de responsabilidad para con un pueblo, corresponde a otros.
Creo que esa generosidad a la que aludía D. Juan Carlos I en
su discurso navideño debería exigirse a una clase política, a una nobleza aristocrática
y a un rey que viven a costa de la democracia de este país al que dicen querer
tanto.
La transición pasó, se superó ese momento y ahora caminamos
por el s XXI, padecemos una sociedad en crisis económica, que siempre se pone
lo primero, pero también institucional, política, asociativa, territorial y,
por las prácticas que nos escandalizan, de valores, causada por esa falta de determinación
en la resolución de los problemas ciudadanos.
Es el momento que preguntar con valentía y generosidad no a catalanes
ni vascos, al conjunto de los españoles sobre el modelo de estado que queremos;
sobre la monarquía o la derrocada república; sobre nuestra configuración
territorial y su capacidad de decisión; sobre las reglas de juego político,
sistemas de elección, limitación de mandatos, …; sobre si nuestro estado ha de
ser católico, budista, aconfesional o laico, sobre la educación, los servicios públicos
que deben ser intocables y el grado de protección social mínimo; sobre los
sindicatos y su papel institucional; sobre tantas y tantas cuestiones sobre las
que debemos opinar para configurar unas normas de convivencia que reparta en
igual medida derechos y obligaciones.
Sr. Rajoy, y por extensión, Sr. Pérez Rubalcaba, Sr. Cayo
Lara, Sra. Diez y tantas y tantas señorías elegidas por un pueblo al que dicen
representar, pero que cada día se siente menos representado, es el momento de
abordar una reforma constitucional con realismo, generosidad y compromiso
democrático.
F. Sánchez
07/01/2014
F. Sánchez
07/01/2014
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