Desde el dorado retiro de Abu Dabi, donde el sol no proyecta dudas y el desierto guarda silencios milenarios, nos llega un eco que suena a sentencia: "Voy a acabar ganando". Es la voz de Juan Carlos I, el hombre que una vez fue motor y hoy es nostalgia, el monarca que levanta la mano en la foto de LOC con la suficiencia de quien se sabe a salvo tras un movimiento de enroque perfecto, protegido por el muro de la desclasificación y la amnesia colectiva.
Dice el emérito que al final tendremos que reconocer lo que hizo. Y tiene razón, aunque quizás no de la forma que él imagina. Reconocemos la coreografía del 23-F, esa función de gala donde las luces apuntaron al palco real mientras las sombras movían los hilos en el foso. Pero en este tablero de piezas marcadas, su "victoria" no nace de la luz, sino de la asombrosa elasticidad de una moral pública que permite separar al "héroe de la democracia" del "evasor confeso".
Porque en esta España nuestra, parece que los "españoles de bien" están dispuestos a elevar el consentimiento al rango de ley. Se escucha ya el ruido de sables dialécticos, con figuras como Feijóo lanzándose al ruedo para normalizar lo que en cualquier otra democracia sería un escándalo terminal. Se habla de formalizar legislativamente una asignación presupuestaria para el exmonarca, una suerte de pensión de gratitud que selle, por fin, la paz con sus "devaneos fiscales". Es el triunfo de la narrativa sobre la ética: transformar las cuentas opacas en simples descuidos de juventud institucional que el contribuyente, en un alarde de generosidad casi mística, debe sufragar con una nómina oficial.
Como bien analizan estos días las voces más lúcidas de la prensa, estamos ante un choque de trenes entre la legitimidad histórica y la decencia tributaria. El Rey sonríe porque sabe que el tiempo es el mejor abogado y que la justicia de los hombres tiene un límite que la majestad sabe sortear con elegancia. Su victoria es lograr que el lodo de ayer se convierta en la asignación de mañana, convenciendo a los suyos de que sus deudas con Hacienda son solo una nota al pie en una biografía de gloria.
Esta Matrioska institucional que nos prometieron vacía de lodo solo enseña la piel para ocultar el hueso. Se desclasifica lo que ya no quema para tapar lo que aún escuece: un Rey que exige ser reconocido mientras sus deberes como ciudadano siguen bajo la arena de los Emiratos. Su triunfo es el de la forma sobre el fondo, el de la capa exterior de la muñeca rusa que brilla pintada de democracia mientras las capas interiores guardan el frío de los pactos de alcoba y las facturas sin nombre.
Al final, Juan Carlos I se proclama vencedor en un juego donde él mismo puso las reglas, el tablero y hasta el árbitro. Pero en este Rincón de Kurro sabemos que, por mucho que el lodo se seque bajo el sol del desierto y se disfrace de partida presupuestaria, la mancha no se va con decretos. Quizás gane la batalla de los titulares, pero su corona de gloria siempre tendrá el amargo sabor de una redención comprada y el cinismo de quien se cree libre de cargas en un país que aún paga sus deudas.
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