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sábado, 24 de octubre de 2026

La vergüenza no era el acento tejano


De Aznar en el rancho de Bush a Sánchez ante Naciones Unidas. Cuatro presidentes, distintas maneras de ejercer el poder y una reflexión sobre la dignidad política, el respeto democrático y la memoria.


A veces, por estas redes, alguien me pregunta si no siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos.

La pregunta suele llegar acompañada de algún insulto, una descalificación personal o una de esas sentencias rotundas que pretenden sustituir a los argumentos. Como si el patriotismo se midiera por la intensidad con la que uno desprecia al presidente cuando no pertenece a su cuerda política.

Pues bien, la pregunta me ha hecho recordar otra época.

Y otra vergüenza.

Cuando España se hizo tejana

Recuerdo a José María Aznar junto a George W. Bush. Recuerdo aquella fotografía de los pies sobre la mesa, el puro y la familiaridad exhibida con el presidente de la primera potencia mundial. Y recuerdo especialmente su comparecencia en el rancho de Crawford, Texas, el 22 de febrero de 2003.

Son imágenes de momentos distintos, pero forman parte de una misma etapa política.

Y recuerdo aquel peculiar acento estadounidense de Aznar, que a mis oídos parecía más propio de alguien empeñado en convertirse en tejano de adopción que de un presidente español compareciendo ante la prensa internacional.

Aquello me produjo una considerable vergüenza ajena.

No porque un presidente español deba hablar inglés con una pronunciación impecable. Ni mucho menos. A mí no me preocupa el acento de nuestros gobernantes, sino lo que dicen, lo que hacen y los intereses que defienden.

Lo que me incomodaba era la imagen de un presidente que parecía confundir la relevancia internacional de España con la proximidad personal al hombre más poderoso del planeta.

Pero lo verdaderamente grave no estaba en la pronunciación.

Estaba en Irak.

El problema no era cómo hablaba. Era lo que se estaba decidiendo

Aquel 22 de febrero de 2003, Bush recibió a Aznar en Crawford. Ambos defendieron públicamente la necesidad de desarmar a Sadam Husein.

La transcripción oficial de aquella comparecencia, conservada en los archivos de la Casa Blanca, permite comprobar el tono de sus declaraciones y la posición que ambos mantenían ante Irak.

Apenas unas semanas después, la invasión se convertiría en una realidad.

En septiembre de 2007 conocimos, a través de la publicación de un acta diplomática de aquella reunión, detalles de las conversaciones que habían mantenido ambos dirigentes.

Los preparativos militares estadounidenses estaban muy avanzados. Se hablaba de plazos para la intervención, de resoluciones de Naciones Unidas y de cómo afrontar la oposición que la guerra despertaba en distintos países.

Tambiéŕn en España.

Millones de ciudadanos se habían manifestado contra aquella intervención. No era una protesta marginal ni una ocurrencia de unos cuantos agitadores. Era una movilización social extraordinaria que expresaba un rechazo profundo a una guerra cuyas justificaciones acabarían seriamente desacreditadas.

El Gobierno español, sin embargo, continuó respaldando políticamente la estrategia de Washington.

Pocas semanas después llegó la fotografía de las Azores.

Bush, Blair y Aznar escenificaron una alianza que precedió inmediatamente a la invasión.

Sus defensores sostuvieron que aquella posición respondía a la responsabilidad internacional de España y a sus compromisos con los aliados.

Yo la consideré entonces, y sigo considerándola, un grave error político y moral.

Las armas de destrucción masiva, cuya existencia nos aseguraba aquel pseudotejano y que ocuparon el centro de la justificación de la guerra, no aparecieron. Las consecuencias humanas y geopolíticas de aquella intervención fueron devastadoras.

Por eso, cuando recuerdo el rancho de Crawford, el acento tejano es casi lo de menos.

Era la expresión más pintoresca de algo que me preocupaba bastante más: una manera de entender el prestigio internacional de España excesivamente ligada a la cercanía con el poder estadounidense.

Y siempre he pensado que la importancia de un país no se mide por la confianza personal que su presidente consiga despertar en otro mandatario.

Zapatero: también hay una manera de estar en política

Y ya que hablamos de dignidad institucional, hay otra escena que siempre me ha parecido reveladora.

Noviembre de 2007. Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile.

Hugo Chávez arremete contra José María Aznar y lo califica de fascista.

¿Quién sale en defensa del expresidente español?

José Luis Rodríguez Zapatero.

El mismo Zapatero que había combatido políticamente el apoyo de Aznar a la guerra de Irak. El mismo que, tras llegar al Gobierno en abril de 2004, había ordenado retirar las tropas españolas de aquel país.

Zapatero no compartía las ideas de Aznar. Lo dejó perfectamente claro.

Pero recordó que había sido elegido democráticamente por los españoles y exigió respeto para él.

Aquello marcaba un estilo.

Y, aunque el célebre «¿Por qué no te callas?» del rey Juan Carlos acabó acaparando los titulares, para mí lo verdaderamente importante fue la intervención del presidente del Gobierno.

Zapatero defendió a un adversario político ante un mandatario extranjero.

No defendió sus decisiones. No justificó su actuación en Irak. No renunció a sus convicciones.

Defendió la legitimidad democrática de quien había presidido España.

Y demostró que es posible discrepar profundamente sin convertir al adversario en un enemigo al que todo está permitido.

Esa actitud me sigue pareciendo digna de reconocimiento.


Reconocer los aciertos no obliga a justificar los errores

Y ahora imagino a algunos lectores preparando ya la réplica.

«¿Y Zapatero? ¿Qué me dices de Zapatero y sus problemas judiciales?».

Pues hablemos también de Zapatero.

Considero que fue un gran presidente del Gobierno, especialmente por su contribución a la ampliación de los derechos sociales y civiles.

Durante sus mandatos se aprobaron el matrimonio entre personas del mismo sexo, la Ley de Dependencia de 2006 y otras importantes medidas legislativas en materia de igualdad.

Y retiró las tropas españolas de Irak, cumpliendo uno de sus compromisos electorales más relevantes.

Son decisiones que forman parte de nuestra historia democrática y que merecen ser reconocidas.

Pero eso no significa que comparta toda su gestión.

Siempre he sido crítico con la forma en que afrontó la crisis económica sobrevenida a partir de 2008.

Y quiero explicar por qué.

No ignoro que aquella crisis tuvo un alcance internacional extraordinario. Tampoco que obligó a numerosos gobiernos europeos, de diferentes orientaciones políticas, a adoptar decisiones difíciles.

Mi discrepancia no consiste en negar esas circunstancias.

Consiste en cómo considero que debió responder políticamente a ellas.

La situación económica había cambiado de forma radical respecto de aquella en la que Zapatero obtuvo la confianza de los electores.

Las medidas que terminó aplicando, especialmente a partir de 2010, se apartaban sustancialmente del programa con el que el PSOE había concurrido a las elecciones.

Siempre he pensado que debió explicar con absoluta claridad a los españoles la gravedad de lo que estaba sucediendo, las alternativas existentes y las consecuencias de las decisiones que consideraba necesarias.

Y, sobre todo, creo que debió convocar elecciones.

No porque la Constitución lo obligara, sino porque aquellas medidas suponían, a mi juicio, una modificación tan profunda del compromiso electoral que merecían una nueva legitimación democrática.

Si las circunstancias te obligan a gobernar con un programa sustancialmente diferente del que ofreciste a los ciudadanos, lo políticamente adecuado es pedirles nuevamente su confianza.

Esa era mi opinión entonces.

Y sigue siéndolo ahora.

¿Y las cuestiones judiciales que puedan afectar a Zapatero?

Mi criterio es exactamente el mismo que aplicaría a cualquier otro ciudadano.

Que se investigue cuanto deba investigarse. Que los tribunales trabajen con independencia. Que se respeten las garantías procesales y la presunción de inocencia. Y que, si se acreditan responsabilidades, se exijan conforme a la ley.

Ni sus aciertos políticos le conceden inmunidad ni una investigación permite anticipar una condena.

No necesito convertir a Zapatero en un santo para reconocer sus méritos.

Ni necesito borrar sus aciertos para criticar sus errores.

Rajoy: la dignidad también se pone a prueba en la derrota

Y esa misma vara de medir debe aplicarse a Mariano Rajoy.

Se puede discrepar de sus políticas, criticar su gestión económica y cuestionar sus decisiones sin recurrir a la humillación personal.

Recuerdo, por ejemplo, aquella tarde del 31 de mayo de 2018, cuando se debatía en el Congreso la moción de censura que terminaría desalojándolo de La Moncloa.

Rajoy pasó buena parte de aquellas horas en el restaurante Arahy, mientras el debate parlamentario continuaba sin su presencia.

La escena me pareció poco afortunada.

Comprendo que afrontar una derrota política de semejante magnitud no debe resultar sencillo. Pero precisamente en esos momentos se pone a prueba la manera de ejercer una responsabilidad institucional.

Habría preferido verlo permanecer en el Congreso, escuchar las intervenciones y afrontar políticamente lo que estaba sucediendo.

La documentación parlamentaria de la moción de censura recoge su tramitación y aprobación el 1 de junio de 2018.

Es una crítica a su comportamiento en aquel momento, no una invitación a despreciarlo.

Porque la dignidad institucional no debería depender de si quien ocupa el cargo pertenece al partido al que uno vota.


Pedro Sánchez: resistir, negociar y gobernar en tiempos difíciles

Y llegamos al presente.

Veo a Pedro Sánchez intervenir ante la Asamblea General de Naciones Unidas, defender el multilateralismo, reivindicar la legalidad internacional y hablar de paz, cooperación y derechos humanos.

Su intervención del 23 de septiembre de 2026 ante Naciones Unidas constituye, a mi juicio, una muestra de esa voluntad de defender posiciones propias en el escenario internacional.

Lo veo mantener esas posiciones incluso cuando generan discrepancias con algunos de los gobiernos más poderosos del planeta.

Y esa imagen, personalmente, me produce orgullo.

Pero sería injusto reducir mi valoración de Sánchez a su desenvoltura en los escenarios internacionales.

Porque hay algo más que considero especialmente relevante: su resiliencia política y su capacidad para alcanzar acuerdos en un escenario parlamentario extraordinariamente complejo.

No estamos hablando de un presidente que haya disfrutado de cómodas mayorías absolutas ni de una oposición particularmente dispuesta a facilitarle las cosas.

Ha tenido que gobernar mediante coaliciones, negociaciones y acuerdos con fuerzas políticas de intereses muy diferentes, en ocasiones abiertamente enfrentados entre sí.

Y eso, en un sistema parlamentario como el nuestro, no constituye una anomalía democrática.

Es precisamente una de las expresiones de su funcionamiento.

Naturalmente, esos acuerdos tienen costes, generan contradicciones y pueden merecer críticas. No todos me parecen igualmente acertados.

Pero negociar no es claudicar por definición, como tampoco alcanzar compromisos con adversarios equivale a traicionar a los electores.

Gobernar sin mayoría absoluta exige algo más que pronunciar discursos.

Exige escuchar, ceder, negociar y asumir que nadie puede imponer íntegramente su programa.

Y Sánchez ha tenido que hacerlo, además, en circunstancias que difícilmente podrían calificarse de normales.

Primero llegó la pandemia de la COVID-19, con una emergencia sanitaria, social y económica de dimensiones extraordinarias.

Después, la erupción del volcán de La Palma, que arrasó viviendas, explotaciones agrícolas y proyectos de vida enteros.

Más tarde, la invasión rusa de Ucrania, con sus consecuencias sobre los precios de la energía, la inflación y la economía europea.

A ello se han sumado las tensiones internacionales, los problemas de abastecimiento, las dificultades de acceso a la vivienda y un clima político interno de confrontación permanente.


No pretendo atribuir al Gobierno la responsabilidad de acontecimientos que tuvieron su origen fuera de sus decisiones.

Pero tampoco sería razonable analizar su gestión como si esos acontecimientos no hubieran existido.

Y, pese a todo, durante sus mandatos se han aprobado reformas y medidas que considero importantes para la vida de millones de españoles.

La reforma laboral de 2021, acordada mediante el diálogo social, introdujo cambios sustanciales en la contratación y contribuyó a reducir la temporalidad.

Las sucesivas subidas del salario mínimo interprofesional mejoraron las retribuciones de numerosos trabajadores con salarios bajos.

La Ley 21/2021, de garantía del poder adquisitivo de las pensiones, recuperó un mecanismo de revalorización vinculado al IPC, reforzando la protección de los pensionistas frente a la inflación.

También se aprobaron medidas de protección social durante la pandemia, como los ERTE extraordinarios, y se estableció el ingreso mínimo vital, posteriormente regulado por la Ley 19/2021, además de reformas en materia de derechos civiles, igualdad y protección social.

No todas esas políticas han funcionado de manera perfecta. Algunas presentan deficiencias y otras siguen pendientes de ofrecer los resultados esperados.

La vivienda, por ejemplo, continúa siendo uno de los grandes problemas de nuestro país, especialmente para los jóvenes y las familias con menos recursos.

Y sería absurdo negar que el Gobierno tiene responsabilidades en las cuestiones que no ha conseguido resolver.

Pero una valoración equilibrada tampoco puede ignorar las reformas aprobadas, los acuerdos alcanzados y las dificultades extraordinarias en las que ha tenido que gobernar.

Hay quienes presentan su capacidad de resistencia como si fuera exclusivamente una obsesión por permanecer en La Moncloa.

Yo veo también otra dimensión.

La de un dirigente que ha conseguido mantener una acción de gobierno y promover cambios legislativos en un Parlamento donde cada mayoría debe construirse, frecuentemente, desde posiciones políticas muy alejadas.

Se puede discutir el precio político de esos acuerdos. Se puede cuestionar su oportunidad y sus consecuencias.

Pero no se puede negar que requieren capacidad negociadora.

Y conviene recordar algo: en democracia parlamentaria, la legitimidad de un Gobierno no depende de que sus apoyos nos resulten simpáticos, sino de que se obtengan conforme a las reglas constitucionales.

Por supuesto, no considero a Sánchez infalible.

Le reprocho decisiones y actitudes. Creo que en ocasiones ha cometido errores de comunicación, que algunas de sus actuaciones merecen una crítica severa y que determinadas dificultades de su Gobierno no pueden atribuirse siempre a factores externos o a la oposición.

También considero que la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto institucional deben exigírsele con el mismo rigor que a cualquier otro presidente.

Pero reconocer esos aspectos no me obliga a ignorar sus aciertos.

Ni a aceptar esa especie de obligación moral de avergonzarme de él que algunos pretenden imponerme.

Puedo sentir orgullo de su presencia internacional, reconocer su capacidad para construir acuerdos y valorar las reformas sociales impulsadas por sus gobiernos, sin renunciar por ello a mi derecho a criticarlo.

Porque el verdadero ejercicio de independencia política no consiste en encontrar defectos únicamente en quienes piensan de manera diferente.

Consiste también en saber reconocer los méritos de quienes comparten algunas de nuestras convicciones, sin convertirlos por ello en personajes intocables.

Y, sobre todo, en juzgar a los gobernantes teniendo en cuenta no solamente lo que prometieron, sino también las circunstancias en las que tuvieron que gobernar, las decisiones que adoptaron y sus consecuencias reales para los ciudadanos.

Ni la obediencia es patriotismo ni la discrepancia es traición

Hay una idea que me preocupa especialmente en el debate político actual.

La pretensión de que algunos pueden decidir quién siente orgullo de España, quién debe avergonzarse de su presidente y quién merece ser considerado patriota.

Parece que, para determinados sectores, la dignidad nacional depende de quién gobierne.

Si gobierna uno de los suyos, cualquier discrepancia exterior puede interpretarse como un ataque a España.

Si gobierna el adversario, insultarlo se convierte casi en una obligación patriótica.

A mí esa forma de entender la política me resulta profundamente contradictoria.

España no pertenece a ningún partido.

Tampoco a quienes más alto gritan su nombre.

España también somos quienes pensamos de otra manera, quienes discrepamos de determinados discursos y quienes consideramos que el respeto institucional no puede administrarse según las simpatías políticas.

Por eso valoro aquella defensa que Zapatero hizo de Aznar.

Por eso puedo criticar la gestión económica de Zapatero sin negar sus avances sociales.

Por eso puedo cuestionar la actitud de Rajoy durante su moción de censura sin convertir su derrota en motivo de humillación.

Y por eso puedo reconocer determinados aciertos de Sánchez sin sentirme obligado a justificar cada una de sus decisiones.

No encuentro contradicción alguna.

Al contrario.

Creo que la contradicción está en exigir respeto para los propios mientras se considera legítimo cualquier insulto contra los demás.

¿Vergüenza de nuestro presidente?

Vuelvo a la pregunta inicial.

¿Siento vergüenza del presidente del Gobierno que tenemos?

No por las razones que algunos pretenden imponerme.

Puedo discrepar de Pedro Sánchez. Puedo criticar sus decisiones. Puedo exigirle responsabilidades políticas con toda la firmeza que considere necesaria.

Y, si alguna actuación de cualquier responsable público pudiera constituir delito, defenderé que se investigue y se juzgue con todas las garantías.

Pero no voy a aceptar que nadie me dicte de qué debo sentir orgullo o vergüenza.

Recuerdo perfectamente cuándo sentí vergüenza ajena viendo a un presidente español en el rancho de George W. Bush.

Y recuerdo que aquella sensación no procedía simplemente de un acento impostado.

Procedía de lo que estaba ocurriendo detrás de aquella escenificación.

De Irak.

De las Azores.

De una guerra que tantos españoles rechazamos.

También recuerdo con admiración a un presidente socialista defendiendo públicamente a su adversario político ante Hugo Chávez.

Y hoy puedo sentir orgullo al escuchar a otro presidente español defender ante Naciones Unidas posiciones que considero dignas de reconocimiento.

Pero también al observar su capacidad de resistencia política, su habilidad para construir acuerdos parlamentarios y las reformas sociales aprobadas en medio de circunstancias extraordinariamente difíciles.

No hay ninguna incompatibilidad entre esos recuerdos.

Porque la dignidad política no es patrimonio de una sigla.

Y porque la independencia de criterio comienza precisamente cuando somos capaces de reconocer un acierto en quien no nos gusta y un error en quien nos representa.

Así que, cuando vuelvan a preguntarme si siento vergüenza del presidente que tenemos, quizá les responda con otra pregunta:

¿Vergüenza de qué? ¿De que un presidente español defienda sus posiciones ante el mundo y consiga impulsar reformas sociales en medio de enormes dificultades, o de aquella España que quiso hacerse grande poniendo los pies sobre la mesa de los poderosos mientras se preparaba una guerra?

Cada cual tendrá sus recuerdos.

Yo tengo los míos.

Y también tengo muy claro algo:

La dignidad de un presidente no se mide por su proximidad a los poderosos, ni por la cantidad de insultos que recibe de sus adversarios, sino también por su capacidad para defender sus convicciones, alcanzar acuerdos, afrontar las dificultades y mejorar, con sus aciertos y sus errores, la vida de los ciudadanos.


Documentación y fuentes

Para quienes prefieran comprobar los hechos antes de discutir las opiniones, dejo algunas de las fuentes utilizadas:

La guerra de Irak y José María Aznar

Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero

La moción de censura a Mariano Rajoy

Los gobiernos de Pedro Sánchez

Las valoraciones políticas expresadas en este artículo son personales. Las referencias documentales se facilitan para distinguir los hechos comprobables de las opiniones que estos me merecen.

El Rincón de Kurro

viernes, 23 de octubre de 2026

El patriotismo de quita y pon: Milei, España y la bandera de los otros


Cuando el rechazo a un presidente pesa más que el respeto a las instituciones, el patriotismo corre el riesgo de convertirse en una coartada ideológica.

Hace un par de días publiqué en Threads una reflexión que no esperaba que provocara semejante discusión.

Me parecía vergonzoso que el presidente de Argentina, Javier Milei, viniera a España a insultar al presidente de nuestro Gobierno y que, para colmo, encontrara a españoles dispuestos a celebrarlo.

Mi planteamiento era sencillo: no se trataba de defender a Pedro Sánchez, sino de exigir respeto a nuestras instituciones y a la soberanía de nuestro país.

Y terminaba formulando una pregunta:

¿Qué clase de patriotas son quienes aplauden semejante desaire mientras se llenan la boca hablando de España y patriotismo?

No imaginaba entonces hasta dónde llegaría aquella pregunta.

La publicación que dio origen al debate. La ilustración es una caricatura satírica, no una representación documental de un encuentro.

Cuando una reflexión alcanza casi 90.000 visualizaciones

Lo que comenzó como una reflexión personal sobre la conducta de Milei ha terminado convirtiéndose en un debate de dimensiones que no esperaba.

Apenas dos días después de publicarla, mi entrada en Threads había alcanzado 88.600 visualizaciones, alrededor de 3.000 «me gusta», 823 respuestas y 255 republicaciones.

Son cifras que me han sorprendido. Pero lo verdaderamente interesante no es cuántas personas han visto la publicación, sino las reacciones que ha provocado.

Entre esos centenares de comentarios hay coincidencias, discrepancias razonadas, críticas legítimas y también insultos, acusaciones y descalificaciones que dicen bastante sobre la manera en que discutimos de política.

No pretendo confundir las visualizaciones con apoyos ni presentar los «me gusta» como una encuesta de opinión. Sería absurdo.

Lo que sí considero significativo es que una pregunta aparentemente sencilla haya generado semejante discusión.

La publicación había alcanzado 88.600 visualizaciones y 823 respuestas en aproximadamente dos días. Las cifras corresponden al momento de la captura.

También me ha sorprendido encontrar una republicación de una cuenta que reproduce mi reflexión traducida al japonés y la presenta favorablemente.

No sé hasta dónde habrá llegado esa difusión, ni pretendo atribuirle una repercusión internacional que desconozco.

Pero resulta curioso que alguien considere interesante trasladar a otra audiencia una reflexión sobre nuestras instituciones mientras algunos de quienes proclaman defenderlas responden con insultos.

Una cuenta de Threads reproduce y comenta favorablemente la reflexión original mediante una traducción.

Cuando las palabras provocan un conflicto diplomático

Lo sucedido con Milei no puede reducirse a una simple discusión entre dos políticos que no se soportan.

Un presidente del Gobierno puede recibir críticas, incluso muy duras, de sus adversarios. Forma parte del debate democrático.

Pero las declaraciones de un presidente extranjero tienen una dimensión diferente. Quien ocupa esa responsabilidad representa institucionalmente a su país, incluso cuando interviene en actos de carácter político.

Y cuando sus declaraciones contienen descalificaciones contra el presidente del Gobierno de otro Estado, las consecuencias pueden ir mucho más allá de la polémica mediática.

Las manifestaciones de Javier Milei provocaron una respuesta del Ministerio español de Asuntos Exteriores, encabezado por José Manuel Albares, y un nuevo episodio de tensión diplomática entre España y Argentina.

No olvidemos, además, que ambos países ya atravesaron una grave crisis diplomática en 2024, también a raíz de declaraciones de Milei.

Por tanto, no estamos ante una cuestión exclusivamente personal.

Estamos hablando de las relaciones entre dos Estados unidos por profundos vínculos históricos, culturales y humanos.

Y eso exige una responsabilidad que debería estar por encima de las simpatías ideológicas.

Ver vídeo de Albares en YouTube

Ver video Albares

[VÍDEO: Intervención de José Manuel Albares sobre las declaraciones de Milei]

Un debate en el que apareció de todo

A medida que aumentaban las respuestas, fui comprobando cómo la discusión se alejaba cada vez más de la cuestión original.

Algunos participantes argumentaban que Sánchez no merece respeto porque, a su juicio, ha mentido, incumplido promesas o perjudicado a España.

Otros daban directamente por probadas acusaciones que deberían examinarse con las garantías propias de un Estado de derecho.

Y tampoco faltaron quienes recurrieron al insulto personal como si fuera una forma particularmente brillante de defender sus ideas.

Me han llamado rojo, comunista, ignorante y algunas cosas bastante menos presentables.

Naturalmente, aparecieron ETA, Bildu, Marruecos, Ceuta y prácticamente todos los asuntos que suelen utilizarse para desviar una conversación política hacia otra discusión diferente.

Hubo incluso quien preguntó qué clase de patriotismo tenían los «zurdos españoles» que se habían dejado invadir por los musulmanes.

Reconozco que aquello me pudo.

Tirando de sarcasmo, le pregunté si se refería a la conquista del año 711, cuya historia nos conduciría, casi ocho siglos después, hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

¡Menuda responsabilidad histórica nos atribuía a los zurdos!

Uno intenta mantener la seriedad, pero hay ocasiones en las que el humor resulta inevitable.

Lo verdaderamente llamativo era que aquellas intervenciones tenían algo en común:

No respondían a la pregunta que había planteado.

Una discusión sobre el respeto institucional acaba remontándose al año 711.

Sánchez no es España, pero representa institucionalmente a España

Una de las confusiones más repetidas durante el debate ha sido identificar el respeto al presidente del Gobierno con una defensa incondicional de Pedro Sánchez.

No son lo mismo.

Se puede criticar su gestión, discrepar de sus decisiones, denunciar políticamente sus incumplimientos y trabajar democráticamente para que deje de gobernar.

Todo eso es legítimo.

Pero Pedro Sánchez ocupa la Presidencia del Gobierno porque ha obtenido la confianza del Congreso de los Diputados conforme a los procedimientos establecidos en nuestra Constitución.

No porque sus adversarios le hayan concedido permiso para hacerlo.

Y esa legitimidad no desaparece porque haya ciudadanos que lo detesten.

Respetar una institución no obliga a compartir las decisiones de quien temporalmente la representa.

Por eso me resulta tan difícil comprender que algunos consideren perfectamente aceptable que un mandatario extranjero insulte al presidente español simplemente porque ellos también lo rechazan.

Una cosa es la discrepancia política y otra convertirla en una excusa para despreciar nuestras propias instituciones.

¿Y cuando Sánchez llamó indecente a Rajoy?

También hubo quien recordó el debate electoral de 2015 en el que Pedro Sánchez dijo a Mariano Rajoy que no era una persona decente.

Lo recuerdo perfectamente.

Fue una descalificación dura, discutible y criticable.

Pero aquello ocurrió en un enfrentamiento electoral entre dos candidatos españoles que aspiraban a presidir el Gobierno.

Lo sucedido con Milei tiene otra dimensión: es un presidente extranjero interviniendo, mediante insultos y descalificaciones, en la confrontación política interna de España.

No hace falta justificar aquella frase de Sánchez para cuestionar la conducta de Milei.

Como tampoco hace falta justificar las declaraciones de Óscar Puente sobre el presidente argentino.

Podemos criticar todas esas intervenciones sin convertir la política en una cadena interminable de represalias verbales.

Porque si cada insulto justifica el siguiente, terminaremos aceptando que la diplomacia se ejerza a gritos.

Y no creo que eso beneficie a nadie.

La patria no pertenece a un partido

Aquí llegamos, a mi juicio, al fondo del asunto.

Hay sectores políticos que reivindican constantemente su condición de patriotas, se envuelven en la bandera y parecen considerar que tienen una especie de derecho exclusivo a decidir quién es buen español y quién no.

Sin embargo, cuando un dirigente extranjero arremete contra un presidente español al que detestan, algunos encuentran motivos para celebrarlo.

La contradicción me parece evidente.

Porque España no pertenece a quienes votan a un determinado partido.

España también es de quienes votan a otros.

Es de quienes apoyan al Gobierno y de quienes lo combaten democráticamente.

De quienes defienden la monarquía y de quienes preferirían una república.

De quienes se sienten de izquierdas, de derechas, de centro o de ninguna parte.

La bandera no cambia de significado cada vez que cambia el Gobierno.

Y las instituciones tampoco dejan de ser españolas cuando las ocupan personas que no nos gustan.

El patriotismo no puede consistir en defender a España únicamente cuando gobiernan los nuestros.

O, al menos, esa no es mi manera de entenderlo.

Cuando el insulto sustituye al argumento

Hay un intercambio entre los muchos que he mantenido estos días que me parece especialmente ilustrativo.

Un participante comenzó afirmando que «la Patria es de todos», pero inmediatamente calificó de «basura roja» a quienes identificaba como adversarios políticos.

Defendió que se dirigieran los peores insultos a Sánchez, aunque procedieran de un mandatario extranjero, y presentó a Milei como un ejemplo de señorío.

Cuando le señalé la contradicción entre semejante lenguaje y su pretendida defensa del respeto, respondió acusándonos de fascistas, atribuyéndome la justificación de agresiones contra Vox y la Policía y terminando por llamarme «chusma roja».

Mi respuesta fue sencilla: condeno cualquier agresión, venga de donde venga y afecte a quien afecte, incluido Santiago Abascal.

No sé si conseguí hacerle reflexionar. Probablemente no.

Pero aquel intercambio me hizo pensar en algo que trasciende nuestra discusión:

Qué difícil resulta defender la tolerancia cuando se considera que quien discrepa de nosotros no merece siquiera ser tratado con respeto.

Y qué fácil es atribuir al adversario opiniones que nunca ha expresado para evitar discutir las que realmente sostiene.

Dos momentos de un mismo intercambio: de la defensa de los insultos de Milei a las descalificaciones personales contra quien discrepa.

Lo que me preocupa no es que alguien piense de manera radicalmente distinta a la mía.

Lo que me preocupa es la facilidad con la que algunas personas han normalizado el desprecio hacia quien piensa de otra manera.

Basta con identificar a alguien como adversario político para atribuirle automáticamente toda clase de defectos, intenciones y responsabilidades.

Ya no se discute lo que ha dicho.

Se discute lo que supuestamente es.

Y si se le coloca una etiqueta suficientemente despectiva, parece que todo lo demás queda justificado.

Como si llamarme rojo o comunista fuera suficiente para demostrar que estaba equivocado.

No sostengo que estas conductas sean patrimonio exclusivo de una ideología. Sería absurdo afirmarlo.

Pero sí creo que estamos asistiendo a una degradación preocupante del debate público, alimentada por la polarización, los mensajes simplistas y una creciente incapacidad para reconocer legitimidad a quien discrepa de nosotros.

Hemos llegado a confundir la firmeza con la grosería y la discrepancia con la enemistad.

Y eso empobrece nuestra democracia.

También ha habido respuestas que merecen reconocimiento

Sería injusto presentar todos los comentarios recibidos como una sucesión de insultos.

No ha sido así.

He encontrado personas que comparten mi planteamiento y otras que discrepan, pero lo hacen con educación y argumentos.

Incluso participantes que no simpatizan con Pedro Sánchez han sido capaces de distinguir entre su rechazo político al presidente y el respeto debido a la institución que representa.

Eso demuestra que todavía es posible discutir sin convertir cada conversación en una batalla.

Y me parece importante reconocerlo.

Porque no escribo estas reflexiones para que todo el mundo piense como yo.

Las escribo porque creo que merece la pena confrontar ideas, revisar argumentos y defender nuestras convicciones sin renunciar al respeto hacia los demás.

Las capturas seleccionadas no constituyen una muestra representativa de las respuestas recibidas. Son ejemplos concretos que permiten ilustrar distintas formas de participar en una discusión pública.

Y vuelvo a la pregunta original

Después de casi 90.000 visualizaciones y centenares de respuestas, mi posición sigue siendo exactamente la misma.

No necesito defender todas las decisiones de Pedro Sánchez para exigir que un presidente extranjero respete las instituciones españolas.

Tampoco necesito compartir las ideas de Javier Milei para reconocer que fue elegido democráticamente por los argentinos y que merece el respeto institucional correspondiente.

El principio debería ser el mismo en ambos casos.

Porque la democracia no consiste únicamente en respetar a quienes votamos.

Consiste también en aceptar la legitimidad de quienes no votamos, mientras ejerzan sus responsabilidades conforme a las reglas democráticas.

Podemos discrepar profundamente sin convertirnos en enemigos.

Podemos criticar al Gobierno sin despreciar las instituciones.

Y podemos defender a España sin apropiarnos de su bandera ni pretender que solo nosotros representamos a los españoles.

Después de todo lo leído, sigo sin encontrar una respuesta convincente a la pregunta que originó esta discusión:

¿Qué clase de patriotismo es ese que celebra los insultos de un mandatario extranjero contra el presidente del Gobierno español?

Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece.

Cuando alguien solo defiende el respeto a España si gobiernan los suyos, puede que no esté defendiendo tanto a España como a los suyos.

Y eso, por muchas banderas que se agiten, es otra cosa.


El Rincón de Kurro
23 de octubre de 2026