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viernes, 23 de octubre de 2026

El patriotismo de quita y pon: Milei, España y la bandera de los otros


Cuando el rechazo a un presidente pesa más que el respeto a las instituciones, el patriotismo corre el riesgo de convertirse en una coartada ideológica.

Hace un par de días publiqué en Threads una reflexión que no esperaba que provocara semejante discusión.

Me parecía vergonzoso que el presidente de Argentina, Javier Milei, viniera a España a insultar al presidente de nuestro Gobierno y que, para colmo, encontrara a españoles dispuestos a celebrarlo.

Mi planteamiento era sencillo: no se trataba de defender a Pedro Sánchez, sino de exigir respeto a nuestras instituciones y a la soberanía de nuestro país.

Y terminaba formulando una pregunta:

¿Qué clase de patriotas son quienes aplauden semejante desaire mientras se llenan la boca hablando de España y patriotismo?

No imaginaba entonces hasta dónde llegaría aquella pregunta.

La publicación que dio origen al debate. La ilustración es una caricatura satírica, no una representación documental de un encuentro.

Cuando una reflexión alcanza casi 90.000 visualizaciones

Lo que comenzó como una reflexión personal sobre la conducta de Milei ha terminado convirtiéndose en un debate de dimensiones que no esperaba.

Apenas dos días después de publicarla, mi entrada en Threads había alcanzado 88.600 visualizaciones, alrededor de 3.000 «me gusta», 823 respuestas y 255 republicaciones.

Son cifras que me han sorprendido. Pero lo verdaderamente interesante no es cuántas personas han visto la publicación, sino las reacciones que ha provocado.

Entre esos centenares de comentarios hay coincidencias, discrepancias razonadas, críticas legítimas y también insultos, acusaciones y descalificaciones que dicen bastante sobre la manera en que discutimos de política.

No pretendo confundir las visualizaciones con apoyos ni presentar los «me gusta» como una encuesta de opinión. Sería absurdo.

Lo que sí considero significativo es que una pregunta aparentemente sencilla haya generado semejante discusión.

La publicación había alcanzado 88.600 visualizaciones y 823 respuestas en aproximadamente dos días. Las cifras corresponden al momento de la captura.

También me ha sorprendido encontrar una republicación de una cuenta que reproduce mi reflexión traducida al japonés y la presenta favorablemente.

No sé hasta dónde habrá llegado esa difusión, ni pretendo atribuirle una repercusión internacional que desconozco.

Pero resulta curioso que alguien considere interesante trasladar a otra audiencia una reflexión sobre nuestras instituciones mientras algunos de quienes proclaman defenderlas responden con insultos.

Una cuenta de Threads reproduce y comenta favorablemente la reflexión original mediante una traducción.

Cuando las palabras provocan un conflicto diplomático

Lo sucedido con Milei no puede reducirse a una simple discusión entre dos políticos que no se soportan.

Un presidente del Gobierno puede recibir críticas, incluso muy duras, de sus adversarios. Forma parte del debate democrático.

Pero las declaraciones de un presidente extranjero tienen una dimensión diferente. Quien ocupa esa responsabilidad representa institucionalmente a su país, incluso cuando interviene en actos de carácter político.

Y cuando sus declaraciones contienen descalificaciones contra el presidente del Gobierno de otro Estado, las consecuencias pueden ir mucho más allá de la polémica mediática.

Las manifestaciones de Javier Milei provocaron una respuesta del Ministerio español de Asuntos Exteriores, encabezado por José Manuel Albares, y un nuevo episodio de tensión diplomática entre España y Argentina.

No olvidemos, además, que ambos países ya atravesaron una grave crisis diplomática en 2024, también a raíz de declaraciones de Milei.

Por tanto, no estamos ante una cuestión exclusivamente personal.

Estamos hablando de las relaciones entre dos Estados unidos por profundos vínculos históricos, culturales y humanos.

Y eso exige una responsabilidad que debería estar por encima de las simpatías ideológicas.

Ver vídeo de Albares en YouTube

Ver video Albares

[VÍDEO: Intervención de José Manuel Albares sobre las declaraciones de Milei]

Un debate en el que apareció de todo

A medida que aumentaban las respuestas, fui comprobando cómo la discusión se alejaba cada vez más de la cuestión original.

Algunos participantes argumentaban que Sánchez no merece respeto porque, a su juicio, ha mentido, incumplido promesas o perjudicado a España.

Otros daban directamente por probadas acusaciones que deberían examinarse con las garantías propias de un Estado de derecho.

Y tampoco faltaron quienes recurrieron al insulto personal como si fuera una forma particularmente brillante de defender sus ideas.

Me han llamado rojo, comunista, ignorante y algunas cosas bastante menos presentables.

Naturalmente, aparecieron ETA, Bildu, Marruecos, Ceuta y prácticamente todos los asuntos que suelen utilizarse para desviar una conversación política hacia otra discusión diferente.

Hubo incluso quien preguntó qué clase de patriotismo tenían los «zurdos españoles» que se habían dejado invadir por los musulmanes.

Reconozco que aquello me pudo.

Tirando de sarcasmo, le pregunté si se refería a la conquista del año 711, cuya historia nos conduciría, casi ocho siglos después, hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

¡Menuda responsabilidad histórica nos atribuía a los zurdos!

Uno intenta mantener la seriedad, pero hay ocasiones en las que el humor resulta inevitable.

Lo verdaderamente llamativo era que aquellas intervenciones tenían algo en común:

No respondían a la pregunta que había planteado.

Una discusión sobre el respeto institucional acaba remontándose al año 711.

Sánchez no es España, pero representa institucionalmente a España

Una de las confusiones más repetidas durante el debate ha sido identificar el respeto al presidente del Gobierno con una defensa incondicional de Pedro Sánchez.

No son lo mismo.

Se puede criticar su gestión, discrepar de sus decisiones, denunciar políticamente sus incumplimientos y trabajar democráticamente para que deje de gobernar.

Todo eso es legítimo.

Pero Pedro Sánchez ocupa la Presidencia del Gobierno porque ha obtenido la confianza del Congreso de los Diputados conforme a los procedimientos establecidos en nuestra Constitución.

No porque sus adversarios le hayan concedido permiso para hacerlo.

Y esa legitimidad no desaparece porque haya ciudadanos que lo detesten.

Respetar una institución no obliga a compartir las decisiones de quien temporalmente la representa.

Por eso me resulta tan difícil comprender que algunos consideren perfectamente aceptable que un mandatario extranjero insulte al presidente español simplemente porque ellos también lo rechazan.

Una cosa es la discrepancia política y otra convertirla en una excusa para despreciar nuestras propias instituciones.

¿Y cuando Sánchez llamó indecente a Rajoy?

También hubo quien recordó el debate electoral de 2015 en el que Pedro Sánchez dijo a Mariano Rajoy que no era una persona decente.

Lo recuerdo perfectamente.

Fue una descalificación dura, discutible y criticable.

Pero aquello ocurrió en un enfrentamiento electoral entre dos candidatos españoles que aspiraban a presidir el Gobierno.

Lo sucedido con Milei tiene otra dimensión: es un presidente extranjero interviniendo, mediante insultos y descalificaciones, en la confrontación política interna de España.

No hace falta justificar aquella frase de Sánchez para cuestionar la conducta de Milei.

Como tampoco hace falta justificar las declaraciones de Óscar Puente sobre el presidente argentino.

Podemos criticar todas esas intervenciones sin convertir la política en una cadena interminable de represalias verbales.

Porque si cada insulto justifica el siguiente, terminaremos aceptando que la diplomacia se ejerza a gritos.

Y no creo que eso beneficie a nadie.

La patria no pertenece a un partido

Aquí llegamos, a mi juicio, al fondo del asunto.

Hay sectores políticos que reivindican constantemente su condición de patriotas, se envuelven en la bandera y parecen considerar que tienen una especie de derecho exclusivo a decidir quién es buen español y quién no.

Sin embargo, cuando un dirigente extranjero arremete contra un presidente español al que detestan, algunos encuentran motivos para celebrarlo.

La contradicción me parece evidente.

Porque España no pertenece a quienes votan a un determinado partido.

España también es de quienes votan a otros.

Es de quienes apoyan al Gobierno y de quienes lo combaten democráticamente.

De quienes defienden la monarquía y de quienes preferirían una república.

De quienes se sienten de izquierdas, de derechas, de centro o de ninguna parte.

La bandera no cambia de significado cada vez que cambia el Gobierno.

Y las instituciones tampoco dejan de ser españolas cuando las ocupan personas que no nos gustan.

El patriotismo no puede consistir en defender a España únicamente cuando gobiernan los nuestros.

O, al menos, esa no es mi manera de entenderlo.

Cuando el insulto sustituye al argumento

Hay un intercambio entre los muchos que he mantenido estos días que me parece especialmente ilustrativo.

Un participante comenzó afirmando que «la Patria es de todos», pero inmediatamente calificó de «basura roja» a quienes identificaba como adversarios políticos.

Defendió que se dirigieran los peores insultos a Sánchez, aunque procedieran de un mandatario extranjero, y presentó a Milei como un ejemplo de señorío.

Cuando le señalé la contradicción entre semejante lenguaje y su pretendida defensa del respeto, respondió acusándonos de fascistas, atribuyéndome la justificación de agresiones contra Vox y la Policía y terminando por llamarme «chusma roja».

Mi respuesta fue sencilla: condeno cualquier agresión, venga de donde venga y afecte a quien afecte, incluido Santiago Abascal.

No sé si conseguí hacerle reflexionar. Probablemente no.

Pero aquel intercambio me hizo pensar en algo que trasciende nuestra discusión:

Qué difícil resulta defender la tolerancia cuando se considera que quien discrepa de nosotros no merece siquiera ser tratado con respeto.

Y qué fácil es atribuir al adversario opiniones que nunca ha expresado para evitar discutir las que realmente sostiene.

Dos momentos de un mismo intercambio: de la defensa de los insultos de Milei a las descalificaciones personales contra quien discrepa.

Lo que me preocupa no es que alguien piense de manera radicalmente distinta a la mía.

Lo que me preocupa es la facilidad con la que algunas personas han normalizado el desprecio hacia quien piensa de otra manera.

Basta con identificar a alguien como adversario político para atribuirle automáticamente toda clase de defectos, intenciones y responsabilidades.

Ya no se discute lo que ha dicho.

Se discute lo que supuestamente es.

Y si se le coloca una etiqueta suficientemente despectiva, parece que todo lo demás queda justificado.

Como si llamarme rojo o comunista fuera suficiente para demostrar que estaba equivocado.

No sostengo que estas conductas sean patrimonio exclusivo de una ideología. Sería absurdo afirmarlo.

Pero sí creo que estamos asistiendo a una degradación preocupante del debate público, alimentada por la polarización, los mensajes simplistas y una creciente incapacidad para reconocer legitimidad a quien discrepa de nosotros.

Hemos llegado a confundir la firmeza con la grosería y la discrepancia con la enemistad.

Y eso empobrece nuestra democracia.

También ha habido respuestas que merecen reconocimiento

Sería injusto presentar todos los comentarios recibidos como una sucesión de insultos.

No ha sido así.

He encontrado personas que comparten mi planteamiento y otras que discrepan, pero lo hacen con educación y argumentos.

Incluso participantes que no simpatizan con Pedro Sánchez han sido capaces de distinguir entre su rechazo político al presidente y el respeto debido a la institución que representa.

Eso demuestra que todavía es posible discutir sin convertir cada conversación en una batalla.

Y me parece importante reconocerlo.

Porque no escribo estas reflexiones para que todo el mundo piense como yo.

Las escribo porque creo que merece la pena confrontar ideas, revisar argumentos y defender nuestras convicciones sin renunciar al respeto hacia los demás.

Las capturas seleccionadas no constituyen una muestra representativa de las respuestas recibidas. Son ejemplos concretos que permiten ilustrar distintas formas de participar en una discusión pública.

Y vuelvo a la pregunta original

Después de casi 90.000 visualizaciones y centenares de respuestas, mi posición sigue siendo exactamente la misma.

No necesito defender todas las decisiones de Pedro Sánchez para exigir que un presidente extranjero respete las instituciones españolas.

Tampoco necesito compartir las ideas de Javier Milei para reconocer que fue elegido democráticamente por los argentinos y que merece el respeto institucional correspondiente.

El principio debería ser el mismo en ambos casos.

Porque la democracia no consiste únicamente en respetar a quienes votamos.

Consiste también en aceptar la legitimidad de quienes no votamos, mientras ejerzan sus responsabilidades conforme a las reglas democráticas.

Podemos discrepar profundamente sin convertirnos en enemigos.

Podemos criticar al Gobierno sin despreciar las instituciones.

Y podemos defender a España sin apropiarnos de su bandera ni pretender que solo nosotros representamos a los españoles.

Después de todo lo leído, sigo sin encontrar una respuesta convincente a la pregunta que originó esta discusión:

¿Qué clase de patriotismo es ese que celebra los insultos de un mandatario extranjero contra el presidente del Gobierno español?

Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece.

Cuando alguien solo defiende el respeto a España si gobiernan los suyos, puede que no esté defendiendo tanto a España como a los suyos.

Y eso, por muchas banderas que se agiten, es otra cosa.


El Rincón de Kurro
23 de octubre de 2026