Hay días en los que me embarga una extraña sensación. No sé si llamarla tristeza, decepción, impotencia o, sencillamente, desesperanza. Quizás sea una mezcla de todas ellas.
Hace unos días publiqué en Threads una noticia sobre la decisión de la Junta de Andalucía de no continuar financiando un programa de atención a personas sin hogar, desarrollado por varias organizaciones humanitarias, entre ellas Cruz Roja.
Hablamos de seres humanos. De personas que no tienen un techo bajo el que cobijarse. Españoles y extranjeros. Hombres y mujeres a quienes la vida, por distintas circunstancias, ha colocado en una situación de extrema vulnerabilidad.
Pero lo que terminó afectándome profundamente no fue solo la noticia, sino las reacciones que provocó.
Bastó que apareciera la palabra inmigrantes para que se desencadenara una avalancha de comentarios viscerales, de rechazo y de una frialdad que me resultó difícil de comprender.
No todos los comentarios expresaban lo mismo, ni toda preocupación por la gestión de los recursos puede reducirse a xenofobia. Pero en demasiadas intervenciones parecía que la nacionalidad de quienes necesitaban ayuda era más importante que su sufrimiento.
Y entonces me asaltó una pregunta:
¿En qué momento hemos empezado a considerar la compasión como una debilidad y la solidaridad como algo sospechoso?
Por el contenido de muchos mensajes, tuve la impresión de encontrarme ante personas próximas a posiciones políticas conservadoras, algunas posiblemente identificadas con los valores cristianos.
Y aquí quiero detenerme.
Yo no soy creyente. No voy por la vida golpeándome el pecho para demostrar una fe que no profeso. Pero conozco suficientemente los principios del cristianismo como para saber que predican el amor al prójimo, la misericordia, la solidaridad con el necesitado y la acogida al extranjero.
No hace falta creer en Dios para comprender el valor de esos principios.
Por eso me resulta especialmente farisaica la actitud de quienes presumen de cristianos, exhiben sus símbolos religiosos y se proclaman defensores de determinados valores, pero parecen olvidarlos cuando el necesitado tiene otro origen, otra cultura o simplemente no pertenece a los suyos.
No digo que todos los creyentes actúen así. Sería profundamente injusto. Conozco y admiro la labor de innumerables personas cristianas que dedican su vida a ayudar a los demás, sin preguntarles de dónde vienen ni qué religión profesan.
Pero una cosa es profesar una fe y otra utilizarla como distintivo de respetabilidad mientras se desprecia a quienes esa misma fe invita a proteger.
Y esa contradicción me resulta difícil de digerir.
Durante aquel hilo procuré mantener la mesura, la educación y hasta la cortesía con quienes discrepaban de mí.
Intenté razonar, explicar que hablábamos de personas sin hogar, que entre ellas había españoles y extranjeros, que la miseria no tiene nacionalidad y que la solidaridad no debería depender de un pasaporte.
No pretendía imponer mis ideas. Ni siquiera necesitaba que me dieran la razón. Me habría conformado con un intercambio razonado de opiniones.
Pero las respuestas fueron subiendo de tono.
«Retrasado mental», «hijo de puta» y otras muchas lindezas formaron parte del repertorio que tuve que leer.
Y junto a los insultos aparecieron manifestaciones racistas, xenófobas, machistas y expresiones de un desprecio hacia determinados seres humanos que, sinceramente, me revolvieron por dentro.
En más de una ocasión tuve que contenerme para no responder con la misma moneda.
No porque me faltaran palabras, sino porque no quiero que la conducta de otros termine convirtiéndome en aquello que precisamente rechazo.
Finalmente dejé de participar en aquel hilo.
No me quedé sin argumentos. Tampoco me convencieron.
Simplemente llegó un momento en que continuar leyendo aquellas manifestaciones me producía un profundo asco. No hacia las personas por pensar de forma distinta, sino hacia esa manera de despreciar, insultar y deshumanizar a otros seres humanos.
Y comprendí que seguir respondiendo no iba a servir para construir ningún diálogo.
Lo verdaderamente inquietante es que no considero aquello un episodio aislado.
Observo cómo determinados discursos políticos y sociales encuentran cada vez mayor aceptación cuando señalan a colectivos vulnerables como responsables de nuestros problemas.
El inmigrante, el pobre, quien necesita una ayuda pública o quien simplemente es diferente se convierte con demasiada facilidad en objeto de sospecha.
Y parece que cuanto más cruel resulta el mensaje, más aplausos consigue.
Naturalmente, existen problemas reales relacionados con la inmigración, la vivienda, la distribución de los recursos públicos y la eficacia de las políticas sociales. Deben discutirse con rigor, sin prohibiciones ni simplificaciones.
Pero una cosa es debatir cómo se gestionan los recursos y otra muy distinta celebrar que alguien pueda quedarse sin techo.
Una sociedad puede discutir cuánto, cómo y a quién ayuda. Lo que no debería discutirse es la dignidad de quien necesita ayuda.
He vivido suficientes años para recordar una sociedad que, con todas sus imperfecciones, aspiraba a avanzar en derechos, libertades, igualdad y justicia social.
Una sociedad en la que muchos creíamos que las generaciones siguientes vivirían mejor y serían más tolerantes, más cultas y más solidarias.
Hoy ya no tengo esa certeza.
Y eso me entristece.
Porque los gobiernos cambian, las leyes se modifican y las decisiones políticas pueden rectificarse.
Pero ¿qué sucede cuando lo que empieza a deteriorarse es nuestra propia conciencia colectiva?
¿Qué ocurre cuando dejamos de reconocernos en el sufrimiento ajeno?
¿Qué futuro podemos esperar de una sociedad en la que algunas personas parecen sentirse orgullosas de su insensibilidad?
Sé que las redes sociales no son un retrato fiel de toda la sociedad. Sé que amplifican el ruido, premian la provocación y favorecen los enfrentamientos. Y sé también que existen muchísimas personas buenas, generosas y comprometidas, creyentes y no creyentes, conservadoras y progresistas, que trabajan silenciosamente para mejorar la vida de los demás.
Pero reconocerlo no consigue disipar del todo mi inquietud.
Porque detrás de cada comentario hay una persona. Y detrás de tantos mensajes de desprecio hay formas de pensar que no desaparecen cuando apagamos el teléfono.
Al llegar a este punto de mi vida, me duele preguntarme si hemos sabido transmitir a quienes vienen detrás el valor de aquello que tanto costó conquistar.
Me duele comprobar cómo la demagogia encuentra terreno abonado allí donde debería crecer el pensamiento crítico.
Y me duele, sobre todo, que algo tan elemental como sentir compasión por quien sufre pueda convertirse en motivo de enfrentamiento.
No me desespera que existan personas que piensen políticamente de manera distinta a mí. Eso es la democracia. Ni considero que mis ideas estén libres de errores.
Lo que me produce verdadera desesperanza es comprobar que, para algunos, pensar diferente parece exigir también dejar de sentir por los demás.
Tal vez sea el cansancio de los años. Tal vez sea la decepción de quien creyó que el progreso material vendría acompañado inevitablemente de un mayor progreso moral.
O tal vez sea simplemente que todavía me resisto a aceptar como normal lo que nunca debería serlo.
No quiero perder la esperanza en el ser humano. Pero reconozco que hay días en los que mantenerla cuesta.
Y hoy es uno de esos días.
Porque cada vez me preocupa menos quién pueda ganar unas elecciones y más qué clase de sociedad estamos contribuyendo a construir.
¿De qué nos servirá conquistar el futuro si, por el camino, terminamos perdiendo nuestra humanidad?
El Rincón de Kurro
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